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Cuba: escuela del dolor y el sufrimiento...

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Cuba: escuela del dolor y el sufrimiento...

Mensaje por Invitado el Jue Mayo 15, 2008 8:23 pm

Un gran amigo escribio este capitulo en su libro: Magica Fe.
Creo que con este solo ejemplo se pone al descubierto la gran realidad que ha vivido nuestro pueblo en estos ultimos 50 anos.
Se los dejo a consideracion , realmente impresionante.

CUBA
LA «ESCUELA DEL DOLOR»

De esta pequeña-gran historia también hace lo suyo...
Recibí la extraña carta en los tiempos en los que empezaba a golpear la puerta de mi propio corazón. Y en mi calidad de novato del «club» no supe prestarle la debida atención.
Pero la Providencia, en permanente vigilancia frente a la computadora del «todo en su momento», volvió a teclear en mi destino. Y la misiva y la fotografía que le daba color salieron a mi encuentro en una de las frecuentes escaramuzas libradas en el archivo.
Fue entonces, al trasluz de la experiencia, cuando aprecié la intensa pureza de aquel diamante de papel.
El mensaje procedía de un remoto y desconocido paraje en la provincia cubana de Matanzas. Lo firmaba, con una reposada caligrafía, el maestro del pueblo. Y lo hacía —según rezaba el manuscrito— por orden de un tal Samuel.
Breve y enigmático, como mero porteador, se limitaba a señalar:
«... Y puesto que usted tiene en mente escribir sobre el dolor y el sufrimiento, le aconsejo que, antes, visite al amigo Samuel...»
Emparejada con la contundente cuartilla aparecía, como digo, la foto de una casita de una planta. Mejor dicho, de su rústica fachada. Y sobre la puerta, pintado a mano, un cartel con la siguiente y desconcertante leyenda:

«ESCUELA DEL SUFRIMIENTO
NO SE COBRA. HORARIO: CUANDO USTED PUEDA.
SAMUEL (LICENCIADO EN DOLOR).»


Las dudas me atormentaron durante meses.
¿Quién era aquel insólito «licenciado»? ¿Cómo podía saber que la nave nodriza me preparaba para escribir acerca de tan delicadas cuestiones? ¿Por qué se manifestaba a través de una segunda persona? ¿Estaba ante un loco o un iluminado?
Naturalmente, sólo había una forma rápida y eficaz de resolver el racimo de enigmas.
Y una mañana de abril, tras cruzar el lujurioso valle del Yumurí, fui a presentarme ante el maestro de escuela. Pero el providencial y anciano intermediario se mostró tan críptico y misterioso como en su carta. Y se negó a darme explicaciones.
—... Mejor será que vea y juzgue por sí mismo.
Y solícito me guió hasta los confines de una aldea de juguete.
Allí, tumbada entre las blancas columnas de un palmeral, reconocí al punto la fachada de adobe y el cartel de la fotografía: «... SAMUEL (LICENCIADO EN DOLOR).»
Y el suspense redobló en el tambor del pecho del viajero.
—¡A la paz de Dios, don Efrén y la compaña! Pasen ustedes...
Aquel cayado sarmentoso y enlutado resultó ser la madre de Samuel.
Don Efrén (nombre supuesto) ensayó unos pasos en la penumbra.
Un quinqué de petróleo, con su laborioso y amarillo tartamudeo, y un cañón de luz, disparando desde un ventanuco sin cristal, fueron poniéndome al corriente de los inquilinos y enseres capitales que animaban la más increíble «escuela» jamás vista por este trotamundos.
Una única y espartana estancia. Suelo apisonado por el ir y venir de la pobreza. Una mesa aquejada de cojera. Un simulacro de alacena, burlando inexplicablemente la ley de la gravedad. Platos y pucheros desconchados sin derecho a jubilación. Agua del Yumurí en un campanudo lebrillo, con su particular tormenta de mosquitos. Un calendario con vistas a la utopía: la sonora y turquesa luz de las playas de Varadero. Un cuadro con la imagen de la Virgen-muñeca de la Caridad del Cobre, con el oro, el manto y los cuernos de la luna transmutados por la alquimia de los años. Una somnolienta silueta de un perro, tibia y estratégicamente bañado por el cañón de luz. Dos achacosas sillas de anea, de pie en el silencio. Y en la última pared, simulando verticalidad, una litera de dos camas que alguien robó al mar. Y en lo alto del maderamen, unos ojos voladores contagiados del verde prieto de los manglares.
—... Le presento a Samuel.
¡Dios! Efrén hablaba con razón: «... Vea y juzgue por sí mismo.»
Y los ojos de Samuel, como una galaxia embotellada, radiaron un saludo. Después creí oír un hilo de voz.
¡Dios! ¿Cómo era posible?
Samuel: cuarenta años.
¡Dios! ¡Y cuarenta años en aquella litera, paralizado de pies a cabeza!
Sólo la mirada y la voz habían sido perdonadas.
Samuel: «licenciado en sufrimiento» por todas las universidades interiores.
Y en aquel instante dieron comienzo mis «clases particulares» en torno al dolor: otra «asignatura pendiente» que tampoco figura en el bachillerato.
Y en compañía de otros «alumnos» —desahuciados, tullidos, ciegos, viudas, desesperados y demás vasallos de la miseria—, tuve el privilegio y la fortuna de aprender sufrimiento desde el mismísimo sufrimiento.
Y allí supe, sobre todo, del «porqué» del padecimiento humano.
Allí, los universos aparcados en un hilo de voz me enseñaron a traducir el aparentemente inútil idioma de las lágrimas.
Una semana después, al despedirme, lo hice como Dios y mi corazón me dieron a entender: besando con veneración al destacado socio del club de la mágica fe.
Y sus ojos voladores me acompañan desde entonces. Meses más tarde, don Efrén enviaba una postrera carta.
Con una caligrafía incomodada por la tristeza me comunicaba la muerte de Samuel.
La noticia se presentó coloreada por otra fotografía.
En la imagen reconocí emocionado la casita de adobe y su puerta, a juego con el encalado-esperanza.
El viejo y familiar cartel había sido reemplazado por otro de similar porte, pero de contenido bien distinto.
Escrita igualmente a mano, la leyenda anunciaba:

«ESCUELA DEL SUFRIMIENTO
CERRADA POR RESURRECCIÓN.
SAMUEL SE HA LEVANTADO Y ANDA DE PALIQUE CON DIOS.»

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