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El día que murió Fidel Castro

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El día que murió Fidel Castro

Mensaje por Huésped el Miér Ene 03, 2007 5:49 pm

Miren el articulo que encontre, lo publico para su deleite y analisis:


Septiembre 8, 1997
El día que murió Fidel Castro

A Castro no lo matará el odio de sus víctimas, por intenso y extenso que sea. Lo matará el defecto de fabricación que tiene—algo imperdonable en un diosecillo como él--: su naturaleza mortal. Ese día, los cubanos presenciarán el siguiente escenario.

7 de septiembre de 1997 en El Nuevo Herald
CARLOS ALBERTO MONTANER

PRIMERA PARTE


Madrid—El dolor sobre la nuca fue intenso y breve. Perdió el conocimiento y cayó de bruces sobre su mesa de trabajo. Lo encontró Chomy Miyar, su ayudante, a quien suadiestramiento como médico no le dejó espacio a la ilusión: el comandante se moría. Algo perfectamente predecible tras las dos isquemias cerebrales transitorias anteriormente padecidas, la primera de ellas en 1989. Setenta y tantos años, hipertenso, colérico, ex fumador arterioesclerótico: tenía que sucederle. Y así ocurrió, su corazón se detuvo para siempre dos horas más tarde, de madrugada, pese a todos los intentos de reanimación. Junto a él estaban su mujer Delia del Valle, tres de sus hijos, y sus hermanos Raúl y Ramón. Raúl, el de peor fama pero el más sentimental, lloraba. De alguna manera, Ramón había asumido el rol paternal de hombre fuerte y sostenía al resto de la familia. Deliberadamente no le avisaron a la hermana Angelita. No era de fiar, y todo había que mantenerlo en el mayor de los secretos.


En un salón contiguo, afectados y nerviosos, seis personas hablaban en voz muy baja: José Ramón Machado Ventura, Ricardo Alarcón, Ulises Rosales del Toro, Abelardo Colomé Ibarra, Juan Almeida y Carlos Lage. Inesperadamente llegó Roberto Robaina. Nadie pudo adivinar quién le había avisado, pero tampoco nadie tuvo la descortesía de preguntarle. Cualquier observador inteligente hubiera percibido que no encajaba en el grupo. Era un outsider. Alarcón fue el más frío al saludarlo; Lage, el más educado y amable, pero siempre desde su desvitalizada corrección.


Cuando Raúl se dirigió al pequeño grupo ya se había recuperado. ``Fidel ha muerto'', dijo, y enseguida añadió lo siguiente: ``En marcha la Operación Alba''. La ``Operación Alba'' estaba prevista para el momento en que sucediera lo inevitable. El general Ulises Rosales del Toro, jefe del Estado Mayor, acuartelaría inmediatamente a todas las tropas del ejército y las colocaría en alerta máxima, listas para cualquier eventualidad. Oficialmente se decía que era una medida previsoria ante un artero ataque yanqui, pero la verdad profunda era otra: impedir cualquier aventura de posibles oficiales desafectos no localizados por la contrainteligencia. El general Colomé Ibarra, ministro del Interior, movilizaría a todas las fuerzas policiacas y parapoliciacas, con especial énfasis en los batallones antimotines, pero sin excluir a los Comités de Defensa de la Revolución. Una dotación de diez mil agentes saldría esa madrugada a detener preventivamente a los disidentes, reforzar las embajadas extranjeras y custodiar las estaciones de radio, televisión y los aeropuertos civiles. El doctor José Ramón Machado Ventura—el gran apparatchik--, se encargaría de controlar al Partido Comunista, cuyos jefes provinciales tendrían que presentarse a las siete de la mañana en la oficina del Comité Central para recibir las instrucciones. Carlos Lage citaría al Consejo de Ministros y Juan Almeida al Consejo de Estado. Ricardo Alarcón haría lo mismo con la Asamblea Nacional del Poder Popular, pues a ésta le tocaría refrendar la prevista sucesión de Raúl a la jefatura del Estado. Robaina, naturalmente, convocaría al cuerpo diplomático y se encargaría de la prensa extranjera.


Con el objeto de transmitir la impresión de calma total, se decidió que el anuncio de la muerte de Castro lo diera primero un locutor de Radio Rebelde. A las cinco de la madrugadacomenzarían a tocar marchas militares e himnos políticos para preparar a la población. Todas las emisoras se pondrían en cadena. A las seis de la mañana—una vez que la ``Operación Alba'' ya había sido completada—un locutor circunspecto daría la noticia escuetamente: ``En la madrugada de hoy... etc., etc.''. La noticia terminaba con el anuncio de que Raúl Castro se dirigiría a la población a las ocho en punto. Se suspendían las clases y se declaraban treinta días de duelo nacional. Los tres primeros incluían el cierre de los centros de trabajo para que el pueblo pudiera llorar su pena y acudir a los funerales.


En efecto, a las ocho en punto, en la oficina del Consejo de Estado, en presencia de sus treinta miembros—que la cámara hábilmente se encargó de recoger--, Raúl Castro, con voz entrecortada, leyó dos cuartillas en las que precisaba tres cosas fundamentales: primero, Fidel, el padre de la patria, el maestro, el líder inigualable, había muerto como consecuencia de un devastador episodio cerebral; segundo, los mecanismos sucesorios habían funcionado con arreglo a la ley y todo estaba bajo el más absoluto control; y tercero, la revolución continuaría su inquebrantable rumbo socialista, ahora más que nunca, pues se trataba de un compromiso de honor con el héroe desaparecido. Tras su intervención se anunció que los funerales se llevarían a cabo 48 horas más tarde en la Plaza de la Revolución, donde se crearía un mausoleo, muy cerca de la estatua de José Martí.


La reacción de los cubanos reflejada por la televisión se movía entre la histeria y el estupor. Llantos, gritos, contorsiones. Algunos grupos de la Juventud Comunista gritaban: ``Fidel, seguro, a los yanquis dales duro'', como si quisieran revivirlo con la consigna. Los opositores, los desafectos y los indiferentes—es decir la inmensa mayoría del país—se recogían prudentes en sus casas para evitar confrontaciones con los no se sabe por qué encolerizados castristas. Lucía Newman, la corresponsal de CNN, aunque lo intentó, no consiguió filmar ninguna opinión crítica. El de Notimex ni se molestó en tratar de buscarla. Lo más cercano a la desaprobación eran personas que se encogían de hombros o que señalaban con un dedo en los labios su decisión de guardar silencio. La sensación prevaleciente era el miedo. Un miedo atroz a lo desconocido. Era como un descomunal y prolongado eclipse para un pueblo ignorante.


El sol, de pronto, había desaparecido.


El día del funeral, cuando Raúl Castro ocupó la tribuna, la plaza ya estaba llena. Fue el único que habló, pero todas las caras conocidas de la revolución lo acompañaban en primera fila. Se quería trasmitir de manera creíble una imagen de unidad. Sus emotivas palabras, cuidadosamente escogidas, reiteraron el mensaje anterior: la sucesión era un hecho; la revolución continuaba; los hombres mueren, pero el partido es inmortal. Aceptó, sin embargo, que la situación económica del país resultaba extraordinariamente difícil. El discurso apenas duró cuarenta y cinco minutos y fue más notable por lo que no dijo que por lo que repitió. No hubo, por ejemplo, desafíos a Estados Unidos ni retos al modelo occidental. Los astutos castrólogos enseguida notaron que algo había cambiado en el tono. Cuando se iban, en voz queda, Raúl le dio una orden a Lage: ``Reúne mañana al Consejo de Estado; están ocurriendo cosas importantes''. Se le veía terriblemente preocupado.


Mañana.- Fidel Castro muerto: el país se hunde.

© Firmas Press
Copyright © 1997 El Nuevo Herald


Última edición por el Jue Ene 04, 2007 9:30 am, editado 1 vez

Huésped
Invitado


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Re: El día que murió Fidel Castro

Mensaje por 18Brumaire el Jue Ene 04, 2007 9:24 am

El texto completo puede ser leido en el epilogo del libro Viaje al Corazon de Cuba por Carlos. El libro tambien esta muy bueno. El libro completo esta en este link.

http://www.firmaspress.com/viaje-al-corazon-de-cuba.pdf

18Brumaire
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