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EL PODEROSO CABALLERO, LA DISIDENCIA Y CASTRO

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EL PODEROSO CABALLERO, LA DISIDENCIA Y CASTRO

Mensaje por odioafifo el Sáb Abr 26, 2008 7:03 am

23/04/2008
EL PODEROSO CABALLERO, LA DISIDENCIA Y CASTRO, por Iria González Rodiles





Por: Iria González-Rodiles

“Dice el Comandante que ‘esto’ tiene que acabarse”, asegura un agente de la Policía Política cubana a un colega de la prensa independiente, quien, a su vez, me transmite el mensaje intimidatorio al-pie-de-la-letra, a solicitud del gendarme. Entiéndase por ‘esto’, la prensa alternativa, la oposición, la disidencia. Comprendí que “la orden de extinguirnos había sido dada”. Y así lo escribí, lo denuncié, desde Cuba.

Aunque el hecho data de los meses posteriores a la Primavera Negra del 2003, posee absoluta vigencia: el oscurecimiento de la Primera Estación Cubana, no ha terminado. No se trata, por lo tanto, de una efemérides o un suceso ocasional, pasado, sino de un fenómeno permanente, porque aún existe la privación de libertad por el quehacer pacífico o el criterio distintos al oficial.

Bajo ese estado de sitio sobre la conciencia ciudadana permanecen condenados, a monumentales años de cárcel, prominentes miembros de la oposición y la disidencia cubanas que fueron sometidos a juicios sumarísimos, sin la mínima garantía que proporciona un Estado de Derecho: eran considerados culpables de antemano.

Pero Castro lo sabe: ha fallado. Porque los tiempos son otros: cuando casi todos escuchan. Y porque su mente resbala, como lo hizo su propio cuerpo al revolcarse por el piso de la tribuna. Ya su paciente Enemigo –y de todos nosotros, los mortales— no lo ronda; se ha posesionado de él: la ancianidad achacosa.

El escándalo de la andanada represiva contra la disidencia interna –pacífica, en grado absoluto— ha revuelto el estómago al amplio espectro político internacional, sin excluir la izquierda, siempre tan defensora, simpatizante, fanática, del régimen cubano. Mas ya era excesivo. “Hasta aquí ”, han dicho.

Sí, el Comandante sabe que ha perdido buen terreno en el mundo oscureciendo la primavera de la bella isla tropical, caribeña. Aunque no sea la primera vez: en el 2003, como antes, durante décadas, la represión siempre estuvo presente en el panorama nacional, de forma expresa o furtiva, sutil o alardosa,pero entonces corrían los tiempos del “cuando nadie escuchaba” y de la total desinformación.

Y la mejor o única manera de recuperar “lo perdido” y justificar la escandalosa represión sería acusando a la disidencia de ser agentes asalariados de la CIA, mercenarios a sueldo del tan odiado –¿odiado?— imperialismo norteamericano, que ponían en peligro la “soberanía y la independencia nacionales”. Suficiente, para “ablandar”, al menos, a sus consentidores amigos. Y para ellos –gobernantes e intelectuales izquierdistas—, envió emisarios. No sé hasta qué punto y si en realidad los embaucó de nuevo o si continuaron siendo cómplices a ultranza.

Del dinero y otros asuntos

Pero, ¿es que Fidel Castro llegó al poder sin que mediara dinero alguno? ¿Falla su memoria o su mente ya desvaría? Y las armas, los pertrechos de guerra, los suministros necesarios, la propaganda, todos los recursos utilizados durante su contienda ¿de dónde salieron? ¿Con qué se adquirían, sino con dinero? ¿No recaudaba fondos mediante la venta clandestina de bonos? ¿No aportaron dinero propio hasta quienes combatieron a su lado? ¿No colaboró económicamente con Castro el exilio cubano?

Según los historiadores y expertos del tema, durante sus preparativos de la expedición en México que, por supuesto, incluían la compra de armamento, a Fidel Castro el impulso final le vino con cien mil dólares aportados por Prío (1), de los cuales quince mil fueron dedicados a adquirir el yate Granma, un viejo navío de recreo de veinte metros de eslora comprado a un norteamericano”. (2)

Así, lo que es lícito para Fidel Castro –recibir dinero del exilio cubano, de sus compatriotas— él lo decreta ilícito para otros, aunque los demás no lo destinen a urdir y realizar acciones armadas o terroristas.

Pero sobre el escabroso tema del dinero, fuentes fidedignas revelan mucho más: Entre fines de 1957 y mediados de 1958 la CIA, representada en Santiago de Cuba por el vicecónsul Robert D. Wiecha, le había entregado al Movimiento 26 de julio unos cincuenta mil dólares mientras mantenía relaciones fluidas con diversas vertientes de la oposición”. (3)

Y el líder máximo de ese movimiento insurgente era Fidel Castro, nadie lo ignora. De modo que recaudar dinero con la ayuda de la CIA es –de nuevo— lícito para Fidel Castro, pero no lo es para otros, aunque el dinero recibido por los demás ni provenga de la CIA, ni lo empleen en acciones violentas y armadas.

A Castro lo justificaba su “lucha contra la dictadura batistiana”; a los disidentes, la imperiosa necesidad del restablecimiento de la democracia, el estado de derecho y el respeto a los derechos humanos en Cuba. (Para una, otra, señores. Y con toda razón, porque cada uno de estos reclamos se han esfumado de la Isla por más de medio siglo).

Pero si alguien puede acusarse de poner en riesgo “la independencia y la soberanía” de Cuba, ha sido, es, Fidel Castro. Entre otros incontables motivos –tales como el protagonismo en las guerras de África y las guerrillas en América Latina—, porque el subsidio de la Unión Soviética sobrepasó, en el transcurso de treinta años, la escandalosa cifra de “mil millones de dólares, según la angustiada auditoría de la historiadora rusa Irina Zorina, una cifra que multiplica por ocho el monto del Plan Marshall destinado a reconstruir toda Europa después de la Segunda Guerra Mundial”. (4) (De la CIA a la KGB, de los EEUU a la URSS. ¡Cuánta dialéctica marxista-leninista, señores!).

Aún más: por dinero también Castro puso en peligro a la mismísima Unión Soviética. Según los estudiosos del tema, en la década de los ’80 “el subsidio a Cuba ya andaba en varios miles de millones de dólares anuales, mientras la situación económica en la propia URSS se deterioraba rápidamente en el frente financiero y en el de la producción (...) El país involucionaba hacia el Tercer Mundo como consecuencia de garrafales disparates económicos” (5), entre éstos, la monumental subvención al régimen de La Habana, agrego.
.
Con dinero o sin dinero, ¿se puede?

Pero aquí no termina la historia de las malas andanzas del Poderoso Caballero en la Cuba de hoy. A pesar de la escasez y de la pobreza que sufren los cubanos, el régimen desvía e invierte cuantiosos recursos en sus campañas políticas ideologizantes. Tal es el caso de las llamadas tribunas abiertas, marchas del pueblo combatiente, desfiles, concentraciones, mítines de repudio y todo tipo de convocatoria masiva gubernamental, (perfectos instrumentos para zombizar a los participantes, en tanto que la mente ociosa y programada se conduce como un rebaño obediente, manipulable, sin criterio propio).

Recuerdo un artículo –que siento no tener a mano para citarlo textualmente, escrito por la destacada opositora Martha Beatriz Roque y publicado en un Boletín de la Asociación de Economistas Independientes, con el cual colaboré por algún tiempo— donde se demostraba el alto costo de las millones de banderitas de papel y de pulóveres, que se elaboran para las constantes convocatorias, mientras faltan cuadernos y uniformes para los escolares.

Otro tanto sucede –explicaba Martha Beatriz— con la madera que se destina para la construcción de tribunas a todo lo largo y ancho del país, la energía eléctrica para la transmisión y el alumbrado de los actos, además del gasto de combustible para transportar a los participantes y las constantes interrupciones de la jornada laboral, por sólo citar algunos ejemplos. Todo esos recursos y muchos otros sólo se encuentran disponibles para la ciudadanía de manera muy limitada e, incluso, hasta le resultan casi inaccesibles.

Pero, totalitarista al fin, el régimen cubano es Dueño de Todo y, como tal, puede tomar de las arcas estatales, lo que estime conveniente para sus campañas políticas robotizantes. Puede disponer del dinero a su antojo, porque siempre estará justificado, ‘debidamente autorizado’.

(Sí, poderoso es el dinero; tanto, que el propio Don Francisco de Quevedo y Villegas lo calificó de Don y de Caballero, a pesar de condenarlo. Teóricamente, sólo el comunismo contempla la desaparición del metal. Pero, hasta ahora, a Dios gracias y para el bien de todos, no ha llegado esa etapa de la “sociedad del futuro”. Todo lo contrario: hasta las ‘caricaturas’ de gobiernos comunistas que, por desgracia, aún existen en el mundo actual, utilizan el dinero, y de qué mala manera).

Pero quienes se oponen, quienes disienten, no poseen nada. No cuentan con ninguna fuente económica para hacer su labor opositora al régimen o divulgar sus proyectos políticos. Aún más, por su condición de disidentes, se les cierran todas las puertas de la sociedad cubana de hoy. Tienen que recurrir, como históricamente se ha hecho en la Isla, al exilio cubano, a los amigos y simpatizantes, a las organizaciones no gubernamentales de la esfera internacional.

Ahora, viendo las cosas como son, ¿qué actividad humana se realiza sin dinero? Porque el dinero rige toda la vida del mundo actual, está presente en todas transacciones de nuestros tiempos y surgió desde los albores de la civilización.

Pero cobrar un sueldo, recibir ciertas prebendas (viajes, autos, casas, que no están al alcance de todos los ciudadanos), como pago por la docilidad de someterse a un guión –como sucede dentro del mundo de la oficialidad, de los incondicionales a la dictadura—, es una cosa. Y recibir una asignación mínima para la sobrevivencia dentro de una sociedad hostil y cerrada, y contar con una ayuda que proporcione cierta independencia económica respecto al Dueño de Todo, para poder expresarse y obrar libremente –como es el caso de la disidencia— es otra cosa. Ésa es la diferencia fundamental entre el oficialismo y la disidencia.

Cuanto haga el Poder será considerado como “políticamente correcto”; cuanto haga la Oposición, como “políticamente incorrecto”. ¿Por qué considerar uno legal y el otro no?De nuevo, lo que es lícito para Fidel Castro es ilícito para los demás, aunque sólo intenten un cambio sin el empleo de la violencia.

Así las cosas, Castro intentó remendar la imagen personal antes de su “retiro” del poder. Poco logró: la Unión Europea mantuvo las sanciones aplicadas desde aquella oscura primavera cubana y, quizás, la izquierda nunca le perdone el error garrafal que añadió otra marca, otra mancha, a los zurdos... por la tanta zurdera. Pero, por encima de todo, su brillante inteligencia muestra un evidente cancaneo, porque ni siquiera logró extinguir el movimiento de opositores y disidentes. Alto precio ha pagado el régimen cubano por el ‘gorilazo’ del 2003, inútilmente.

Calculó mal. Sí, lo sabe. Él, que se consideraba invencible, “a winner”, campeón de Una Gran Contienda, siempre ileso, aunque “metiera la pata... hasta las narices”, cuando aquel, su “Divino Tesoro” –también— se tornó su Enemigo: la juventud.

Tal vez, porque vencer la vejez no es asunto fácil. Cuentan las Enseñanzas de Don Juan que para lograrlo deben vencerse primero el miedo, la claridad de mente y el poder. Pero, quien se obsesiona con el poder no logra vencer la vejez, ni alcanzar el pleno Conocimiento, hasta los máximos límites permisibles a la especie humana. Y él se quedó ahí, enfermizamente enamorado del Poder.

Durante la etapa republicana de la Isla (cuánto ha llovido), Don Fernando Ortiz solicitó a todos los cubanos, sin excepción: Renazca la paz en Cuba a toda costa, aceptemos sin anacrónicas patrioterías las soluciones que política y socialmente se imponen a nuestro terrible problema”. (6)

Parece que todavía su voz resuena, con más fuerza que nunca –en todos los confines de nuestra tierra natal y del mundo, por donde andamos dispersos nosotros, los cubanos—, reclamándonos no pasar por alto la magnífica posibilidad de que Cuba cambie, para el bien de todos.

odioafifo
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