Secretos de Cuba
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Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

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“”” PEPITO.”””

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“”” PEPITO.”””

Mensaje por EstebanCL el Dom Feb 10, 2008 7:33 pm

“”” PEPITO.”””





Cruz era un gordo bonachón y simpático en su trato con la gente, esa fue la primera impresión que tuve de él en aquellas pocas guardias donde coincidimos estando atracados en el muelle de Casablanca. Siempre anduvo embarrado de grasa de pies a cabeza y se mantenía ocupado en el cuarto de máquinas. Comía con el plato en las manos y sentado sobre una bita ubicada a popa de la superestructura. Alcancé verlo vestido de limpio cuando lo relevaba en las guardias de portalón por la mañana, después, ambos partiríamos con rumbos desconocidos.

Recuerdo mi entrada en aquel buque, relevé al Segundo Oficial de apellido Coto. Muy organizado en su trabajo, la entrega pudo realizarse en tiempo record, no sé si por su desespero en abandonar el barco. Luego me enteré que desapareció en el océano Pacífico envuelto en una nube de misterio que solo Holmes o Poirot pueden descifrar. Las versiones que rondaron fueron variadas, pero todas ellas mencionaban un detalle muy importante, varias páginas del Diario de Navegación habían sido arrancadas y desaparecidas. Alcohol, mujeres y todo ese ambiente surrealista que nos acercaba un poco a la época de los piratas, condimentaron aquella trágica historia. Lo cierto fue que nunca se supo nada y ya es demasiado tarde para saberlo. ¿Qué pasó, que se escribió en aquel mutilado Diario? Fueron preguntas que sirvieron de tertulias en los salones de oficiales después de las comidas.

Era un barco viejo, fue algo famoso a principios de los setenta, no sé si se acordarán de aquella nave que se les escapó a los militares chilenos, me refiero al Marble Island. No alcanzó la fama del Playa Larga porque no existieron disparos, consignas, héroes como el cocinero Gumersindo o el Capitán brasilero, nada, todo ocurrió con mucha discreción, no había espacio para tantos héroes. Cuando me enrolaron tenía otro nombre, se llamaba Pepito Tey, uno de los peores barcos en mi historia naval.

Ese día permanecíamos tranquilos en nuestros camarotes, esperábamos por el sondeo que realizaban antes de cada salida y me tiré despreocupado sobre el sofá a leer algo para matar el tiempo. Un poco de escándalo me sacó de aquel viaje transcurrido entre personajes de una historia que muchos lectores asumen como suya, el paso continuo de personas por el pasillo y esa adicción del cubano por conocerlo todo, logró que marcara la página y cerrara el libro para lograr un regreso a la realidad. La voz de Cruz sobresalía por encima de todas, no lo conocía, no tenía un patrón establecido para determinar si se encontraba invadido por la ira. Otras voces, conocidas o nuevas, se esforzaban por destruir cada argumento del gordo. Brotan palabras que de solo escucharlas producen escalofríos, misión, estado, CIA, secreto, sacrificio, revolucionario, abnegación, deber, bloqueo, medidas. No recuerdo en cuál orden fueron expresadas, pero cuando logré abrir la puerta del camarote, la voz de Cruz comenzaba a ser temblorosa y cedía en sus posiciones hasta caer abatido. Allí se encontraba un hombre con el uniforme de fitosanitario en su noble papel de espectador, tenía una agenda en la mano, cerrada como su boca. No recuerdo ahora el nombre de aquel hijoputa que se encontraba de secretario del partido abordo, era un enfermero, mulato él, muy demagogo, bastante pendejo, y no lo digo porque me haya caído mal, lo vi en su rostro el día que entré a su camarote con un trozo de cabilla en la mano. Hacía solo unos meses que ocupara la plaza de secretario del sindicato de la marina, luego navegamos en otro barco y supo esquivar su presencia en esta nave, no le convenía hablar en pasado, el tipo era quien llevaba esa ofensiva que hizo retroceder a Cruz en sus humanas demandas. Dirigí mis pasos en dirección al camarote del gordo, pero ya todo había concluido, el enfermero pasó a mi lado vistiendo de uniforme y con las charreteras puestas, las de enfermero, sin mando. Detrás de él se retiraba el fitosanitario, no cruzamos saludo alguno, Cruz cerró la puerta con un violento tirón. Sudaba copiosamente cuando me abrió y tenía el rostro enrojecido, se sentó en su sofá y me invitó con desconfianza a observar su cama. Unas diez o quince muestras de excrementos de rata descansaban tranquilamente sobre ella, abrió uno de los gaveteros y me mostró varios jabones Nácar mordidos, revistas destruidas. De truco, pensé inmediatamente, si esas ratas son capaces de comerse ese jabón, en un acto de desespero pueden mordernos. Con un poco de calma me contó que había llamado al inspector para mostrarle aquel asqueroso panorama y que el tipo había coincidido con él, solicitaría la fumigación inmediata del buque. Con esa idea partió hacia el camarote del Capitán, pero desafortunadamente se encontraba reunido con varias autoridades.

Días después de la salida y durante la reunión del comité de base de la UJC, se solicitó una sanción para Cruz por parte del secretario del partido. Me contaron que esa sanción fue aprobada por “unanimidad”, yo no jugaba en ninguno de los equipos, hablo del año 1981. En la misma medida que nos alejábamos de las costas del nuevo continente, en esa medida empeoraba nuestra situación y los temores aumentaban. De noche, las escuchabas correr en pandillas por todo el falso techo del camarote y superestructura, poco importaba la cubierta donde te encontraras. La merienda de la guardia del puente había que mantenerla donde nos encontráramos presentes y ellas no entraran. Los gritos de las ratas eran capaces de despertarnos, sabe Dios si eran producidas por violaciones, asaltos, disputas entre machos, discusiones por territorios. Aquellos gritos aumentaron y no fueron pocas las veces donde me levanté invadido por el pánico.

Como hacía la guardia de doce de la noche a cuatro de la mañana, teníamos la costumbre de reunirnos con la guardia saliente de máquinas en la cocina. Nos preparábamos un desayuno antes de irnos a la cama, esa costumbre se impuso en la mayoría de los buques cubanos. Maquinista, engrasador, oficial y timonel intercambiábamos chismes mientras uno de nosotros se encargaba de preparar algo y colar café. En el caso de este buque, teníamos la costumbre de sonar la puerta de acceso a la cocina con un palo, lo hacíamos con el propósito de anunciar nuestra entrada y permitirles que se marcharan. Existieron madrugadas que después de cumplir con ese ritual, encontrábamos a unas veinte ratas dispersas por todos los rincones de la cocina. Algunas salían de las ollas que contenían residuos de alimentos y se encontraban sin fregar. Todas las tuberías que corrían dentro de ese local, mostraban huellas de las patas de esos animales, no fueron pocas las ocasiones en las que llamé la atención de los cocineros, enfermero y Capitán, pero de poco servían mis reclamos, la vida era un constante carnaval y el problema se había solucionado con la sanción de Cruz.

Anduvo por el camarote en varias oportunidades, lo hizo con la rapidez que le permitieron sus patas. Pude verlo por el rabillo del ojo mientras leía y trataba de rescatar ese sueño perdido entre posiciones, tragos de un café que sabía a todo menos al nombre de la infusión, cuentos de aventuras pasadas y comenzaban a agotarse, comentarios tímidos sobre nuestras situaciones, desconfianza del que permanecía despierto junto a ti. Leyendo podía sorprenderme el alba y escuchar los pasos de la gente que se dirigía al comedor. A veces, fingía estar dormido cuando entraba la camarotera a limpiar el camarote, lo hacía para vacilarle el culo en un descuido. Otras veces, podía sentir su aliento cuando limpiaba junto a mi cama y apretaba los ojos para no espantarla. Después, la imaginación se encargaría de aliviar ese desespero acumulado entre testículos, dormía sereno y sin apetito para almorzar, así, pude mantenerme en el mismo peso durante diez años que no ascendí.

No quise presionarlo y me propuse brindarle confianza para que me mostrara el rostro, él lo comprendió así y decidió cambiar la hora de sus visitas. Una madrugada, mientras me desvestía y tiraba los trapos encima del sofá, salió y se acercó un poco. Se mantuvo en esa posición mientras transcurría el proceso de presentación, recuerdo que había llegado con la merienda al camarote. Saqué un pedacito de queso y lo coloqué muy cerca del punto por donde había aparecido, me acosté y no leí ese día, no recuerdo por cuál razón no había leído, tuve que estar muy agotado. ¡Sorpresa! Al mediodía noté que el pedacito de queso había desaparecido.

En la madrugada siguiente se repitió la visita, parece que ese día estuvo un poco más confiado y la distancia entre nosotros fue acortada. Era simpático, mantuvo una posición vertical durante varios minutos que aprovechó para frotarse el rostro con sus patas delanteras. Abrí el papel de cartucho donde se encontraba envuelta mi merienda y extraje un pedazo de queso un poco más grande que el ofrecido la noche anterior. Mis movimientos lo asustaron y se protegió debajo del sofá, pero el miedo sentido no tuvo trágicos efectos. Anduvo algo lento hasta el trozo de queso y comió una parte de él, se retiró con el sobrante en la boca, imagino haya sido para su esposa e hijos, lo admiré por ese gesto casi olvidado entre los humanos, me acosté.

La distancia entre nosotros se acortaba en la misma medida que se reducían las millas hasta las islas Hawai, creo que cuando pasamos frente a Honolulu ya éramos verdaderos amigos. Solo necesitaba llamarlo por su nombre, ¿cuál?, no me lo había dicho, era muy silencioso. ¿Qué te parece Pepito, como el barco? Creo que él asintió y estuvo plenamente de acuerdo conmigo, me contó su historia, no era muy extensa tampoco. Dijo haber sido nieto de su abuelo, pero que éste tampoco tuvo nombre, hay que bautizarlo también, digamos que se llamó Pedro. Me contó que embarcó con su novia dentro de una caja de plátanos mientras el barco se encontraba atracado en uno de los muelles de Regla. Ambos decidieron un día conocer otras partes del mundo y alejarse de aquel muelle repleto de un ambiente contaminado por abonos, charcos de cebo, escapes de petróleo, y la constante persecución que produce el hambre. Se establecieron en los techos de la cubierta principal y allí fundaron su familia. Pedro tuvo varios hijos antes de morir y cada uno de ellos estableció sus territorios a babor y estribor en todas las cubiertas, creo que ya tienen familia en los botes salvavidas.

Consideré indigno arrojarle la comida al piso, y aunque estaba bastante limpio, nunca me ha gustado humillar a nadie. Agarré uno de los ceniceros que tenía encima de la mesita y lo fregué muy bien, ese fue el plato destinado a Pepito y no puedo negarles que me lo agradeció en el alma, era algo orgulloso. El tiempo destinado a la cocina fue reducido al máximo, habíamos vencido esa etapa donde los cuentos se agotan y comenzamos a convertirnos en enemigos, detestamos la presencia de uno de nosotros, odiamos una palabra imperfecta, celamos a una **** conocida y la doramos como a una virgen cualquiera. Pepito era diferente, pertenecía a un mundo distinto, no era necesario que me lo dijera, me escuchaba y eso resultaba suficiente. Me atraían sus historias, esas luchas constantes por sobrevivir eran admirables, unas veces individualistas, pero siempre se imponía el sentido común ante el sacrificio por los demás. Aprendí mucho de él, me dijo un día: “Cuando alguien parta por un camino y ves que no regresa, no obligues a otro a recorrerlo, hay que aprender de esas experiencias, existe otro camino, hay que buscarlo.” Nunca llegué a comprender la fuente de tanta sabiduría y siempre me preguntaba, ¿cómo es posible que un simple ratón fuera más inteligente que el ser humano? Pepito ayudó a corregir el rumbo de mi vida en varias oportunidades de desorientación. Nuestras conversaciones fueron más francas y la cercanía entre ambos resultó incalculable. Mientras me desvestía le colocaba su comida en el cenicero, claro, no sin antes fregarlo por respeto. Comía algo y se mantenía en su sitio esperando por ese interminable intercambio de opiniones, después, se marchaba tranquilo con el resto de su comida. Una vez le pregunté cuántos pertenecían a su núcleo y no quiso responderme, era algo discreto, pero supongo satisfacía sus necesidades cuando partía y no regresaba.

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Re: “”” PEPITO.”””

Mensaje por EstebanCL el Dom Feb 10, 2008 7:34 pm

Uno de aquellos días y picado por la curiosidad, traje una potente lámpara del puente y me tiré bajo el sofá. Traté de localizar el punto de entrada y salida a su escondite, no hallé nada, tampoco quise pensar se trataba de un fantasma, era un tipo excepcionalmente precavido, no tenía la menor duda de eso, quizás no confiaba en mí, estaba justificado también, ¿en quién confiaba yo? Una de aquellas infinitas madrugadas, bajé el cenicero vacío y lo coloqué frente a él. No imagino cuántas cosas me dijo sentado en sus patas traseras, no dudo que se encontraba bien encajonado por mi gracia, se frotó más que nunca el rostro con sus paticas delanteras. No puedo negarles que me causó gracia, pero no deseaba perder a un buen amigo y lo premié con un trozo mayor de queso, ese día no hablamos mucho.

Aquellas relaciones secretas fueron de una fidelidad que supera a la de los seres humanos, mis preocupaciones se extendieron hasta nuestras permanencias en puerto. Tokio y sus efectos eléctricos no pudieron destruir esa amistad, siempre le dejaba algo antes de salir a la calle. Fueron días de poca comunicación, él resolvía los problemas de su familia mientras yo me ocupaba de la mía, hubo una química perfecta entre nosotros en ese aspecto y al regreso de viaje, Pepito subía a mi mano y yo lo colocaba encima de la mesa.

Cruz se quedó de vacaciones al regreso, no puedo asegurar si aquellas vacaciones fueron voluntarias o provocadas. En La Habana le mantuve la cuota a Pepito, solo que esta vez no era diaria. Nuestros encuentros se limitaron a los días de guardia, sin embargo, nunca mostró enojo. Tuvo que participar en los cambios de tripulaciones y debió asistir a esas aburridas e interminables reuniones, pero se mantuvo al margen de ellas. Claro, de vez en cuando me confesaba algún secreto, pero no se inmiscuía demasiado en nuestros chismes. Protestaba mucho por la presencia de las ratas, les temía como yo y reducían su espacio de vida, solo eso.

Partimos nuevamente y todo cobró su normalidad, Pepito llegó a convertirse en un pedazo imprescindible de mi vida. Fue parte de esa comunicación que tanto nos falta cuando andamos por el mar y el azul puede convertirse en un color deprimente. Cuando navegar pierde todo su arte y el amor por él se transforma en una vulgar vanidad con signo de peso o pacotilla. Regresando de aquel trágico viaje nos quedamos al garete a unas trescientas millas de las Islas Azores, no quiero recordarlo. Mi camarote se inundó de agua de mar, busqué por todos lados y nunca encontré el origen, pudo ocurrir desde otros camarotes, no sé. Pepito desapareció para siempre y me invadió la tristeza, había perdido a un gran compañero, un pariente lejano, un verdadero amigo. Con los bandazos viajaban libros y cajas de jugo, el agua lograba salpicar mi cama cuando chocaba con los gaveteros, el cenicero permanecía vacío sobre el sofá, fueron días interminables en esa lucha que se produce entre la vida y la muerte, y la que solo es superada por un milagro.

Varios años después, creo que superaba o próxima a la década, tomaba mi merienda a la hora establecida por el brake en una factoría y veo salir debajo de mi taquilla a un pequeño guayabito. Se detuvo muy próximo a mí y asumió la misma posición de Pepito en su primer encuentro. Se sentó sobre sus ancas y frotó el rostro con insistencia, diría con nerviosismo. Le ofrecí un pedacito de mi bocadito, comió algo y desapareció con el resto detrás de la taquilla, sonó el timbre y me reincorporé al trabajo, regresé muy feliz a mi casa.



Esteban Casañas Lostal.

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2008-02-10

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Re: “”” PEPITO.”””

Mensaje por yamelfaraon el Dom Feb 10, 2008 8:58 pm

Esteban no pusiste el titulo del cuento.Me parece que si fueras escritor de cuentos ganarias bastante dinero

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Re: “”” PEPITO.”””

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