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Estos zurdos nunca aprenden....

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Estos zurdos nunca aprenden....

Mensaje por jose gonzalez el Lun Ene 21, 2008 3:18 pm

Izquierdas carnívoras y vegetarianas


Carlos Alberto Montaner
Conferencia de apertura del seminario internacional “Globalization and the Rise of the Left in Latin America”
The Withersponn Institute
Princeton University, 6 de diciembre de 2007


La mayor paradoja que presenta el moderno debate ideológico latinoamericano es su antigüedad. Tiene 200 años de iniciado. Apenas hay factores novedosos en la disputa. Se trata de variaciones sobre un mismo tema. En 1810, cuando comienza el enfrentamiento entre España y sus colonias, la lista de agravios que exhibían los criollos incluía la falta de comercio libre internacional, el proteccionismo, el centralismo administrativo impuesto por los Borbones madrileños, la excesiva y arbitraria presión fiscal, y un tipo de estructura estatal en donde los poderes públicos dependían totalmente de la Corona. La Corona hacía las leyes, nombraba los jueces, ejercía la autoridad de forma ilimitada y utilizaba sus recursos para enriquecer a los cortesanos favoritos.

Como sucedió en Estados Unidos, los criollos se rebelaron contra esa forma de relación entre la metrópolis y las colonias. La Corona y los realistas que la respaldaban defendían el modelo mercantilista del antiguo régimen, mientras los independentistas postulaban las ideas liberales y republicanas entonces en boga. El uruguayo José Gervasio Artigas, por ejemplo, solía tener consigo un pequeño ejemplar de la Constitución norteamericana de 1787, el colombiano Antonio Nariño tradujo, publicó, y fue a la cárcel por ello, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano promulgada por los franceses en 1789, mientras Simón Bolívar, sin mucho éxito, intentaba que su admirado Benjamín Constant le reconociera su condición de liberal.

Estamos, pues, ante un curioso cambio de papeles e identidad. Si entonces los dos grandes sectores políticos enfrentados se hubieran denominado “derecha” e “izquierda”, los realistas hubieran sido la derecha reaccionaria, y los independentistas habrían sido conocidos como la izquierda progresista. Dos siglos más tarde, las denominaciones han cambiado de signo y quienes se denominan izquierda progresista son los proteccionistas, enemigos del comercio libre internacional, partidarios de una economía estatista y centralizada, dotada por medio de una intensa presión fiscal, controlada por el gobierno, mientras quienes sostienen las ideas liberales -mercado, derechos de propiedad, apertura comercial, primacía del individuo, bajos impuestos, limitación de la autoridad y división de poderes de acuerdo con la tradición republicana- son calificados como derecha conservadora. O sea, los denostados neoliberales.

Las señas de identidad

No hay, naturalmente, una izquierda, sino varias, y algunas de ellas están mucho más cerca de la derecha liberal de lo que están dispuestas a admitir. En un libro reciente, El regreso del idiota, que, como el anterior, publicado hace más de una década, el Manual del perfecto idiota latinoamericano, he escrito junto a Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa, en el tono jocoso que elegimos para estos polémicos textos, clasificamos a las izquierdas como ‘vegetarianas” y “carnívoras”.

Grosso modo, la vegetariana es la que se mueve dentro del marco de la democracia occidental, cercana al modelo socialdemócrata europeo de nuestros días, mientras la carnívora se desplaza a la velocidad que le permite su crispada realidad política hacia el colectivismo autoritario de inspiración cubana, como señala Hugo Chávez en una metáfora marinera: “navegamos hacia el mar de la felicidad cubano”. Borrascoso Estrecho de la Florida, por cierto, del que, cuando pueden, los cubanos suelen escapar en unas balsas nada metafóricas.

La manera más comprensible de entender las diferencias entre esas izquierdas es acercarnos a los casos concretos. La vasta y muy variopinta familia se compone, aparentemente, de Argentina, Brasil, Uruguay, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y, por supuesto, en el extremo más radical, Cuba, esa reliquia de diseño soviético surgida de la Guerra fría. A Chile se le suele incluir en el mismo pelotón porque gobiernan los socialistas desde hace dos periodos, en concertación con los democristianos, pero, en realidad, la señora Michelle Bachelet, como antes Ricardo Lagos, se parecen muy poco a eso que se llama “izquierda latinoamericana”.

En definitiva, ¿qué tienen en común sus gobiernos? Fundamentalmente, cuatro aspectos:

· En primer lugar, el discurso político. Dentro de una visión paranoica, cercana a las teorías conspirativas, atacan permanente a lo que llaman el neoliberalismo. Achacan casi todos los males económicos actuales a las privatizaciones de los años noventa y a las recomendaciones del FMI y el BM resumidas en el Consenso de Washington (CW), olvidando totalmente la pobre situación del Continente anterior a esta etapa.

· También coinciden en el asistencialismo masivo. Reclutan a una buena parte de su clientela política con diversas formas de lo que llaman “gasto social”. Esos recursos a veces sirven para alimentar a los más necesitados -lo que sería justificable-, pero otras se utilizan para amansar, sobornar o utilizar como tropa de choque a los más peligrosos y agresivos, como sucede con los piqueteros argentinos.

· En general, el antiamericanismo, con diverso grado de virulencia, es otro rasgo común. Los yanquis, como decía el himno sandinista originalmente, son los “enemigos de la humanidad”.

· El cuarto elemento es la actitud antisistema y el desprecio por las instituciones y partidos políticos tradicionales. El líder de la nueva izquierda es, generalmente, un outsider.

Un poco de historia

¿Cómo se creó esta matriz de opinión? Todo parte de un inmenso error relacionado con la forma en que se crea la riqueza, pero antes de llegar a ese punto es conveniente hacer un breve recuento histórico.

En la segunda mitad de los ochenta del siglo pasado, ya resultaba totalmente inocultable que habían fracasado las propuestas cepalianas de sustitución de importaciones, mediante estados proteccionistas, fuertemente intervencionistas y planificadores, muchas veces convertidos en empresarios. Por ese camino, América Latina no se desarrollaba, sino se estancaba, retrocedía, o padecía altísimos índices de corrupción y feroces inflaciones, como las que sufrieron Perú, Argentina, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, mientras otros países, como los tigres de Asia, despegaban fulminantemente. Fenómeno que también se observaba en el Chile de Pinochet, donde la reforma fue muy exitosa en el plano económico y generó tasas de crecimiento cercanas al 8% de manera continua, al menos en los últimos años de la dictadura, aunque en el político se trató de un cruel experimento saldado con varios millares de muertos, desaparecidos y torturados.

Fue entonces, en los ochenta, cuando algunos políticos, generalmente procedentes del campo socialdemócrata, comenzaron a reformar las relaciones entre la sociedad y el Estado, introduciendo medidas de apertura extraídas del recetario liberal: Oscar Arias en Costa Rica, César Gaviria en Colombia, el boliviano Víctor Paz Estenssoro, el venezolano Carlos Andrés Pérez en su segundo periodo, el argentino Carlos Menem, el ecuatoriano Sixto Durán, y el mexicano Carlos Salinas de Gortari fueron buenos ejemplos del abandono de los viejos dogmas. Todos, de alguna manera, estaban respondiendo a una atmósfera general de regreso a la ortodoxia económica y a la defensa del mercado y la responsabilidad individual, movimiento que en Inglaterra había encabezado la señora Thatcher y, en Estados Unidos, Ronald Reagan. Resultaba muy significativo que pocos años antes, Friedrich Hayek (1974) y Milton Friedman (1976) hubieran recibido el Premio Nobel. Era, simplemente, la hora del liberalismo clásico, como se entiende en Europa esa palabra, que regresaba triunfal a la imaginación política colectiva tras el fracaso parcial de las propuestas keynesianas, y esta influencia llegaba a América Latina.

Sin embargo, los resultados de la reforma fueron insatisfactorios en América Latina. ¿Por qué? Por dos razones: la primera, es que esa reforma casi siempre se hizo a regañadientes, sin el previo consenso de la sociedad, de forma limitada, y con muchos elementos contradictorios como, por ejemplo, la falta de control en el gasto público, como sucedió en la Argentina de Menem, donde el aumento exponencial del gasto público hizo imposible el sostenimiento de la paridad entre el peso y el dólar, hasta que se produjo el estallido financiero, con la vergonzosa confiscación de los ahorros nacionales y el jubiloso e irresponsable impago de la deuda pública. Por otra parte, con frecuencia el proceso de privatización de las empresas estatales fue muy turbio, en algunos casos hubo enriquecimiento ilícito, y en casi todos los nuevos propietarios, aunque mejoraron muy notablemente los servicios ofrecidos, aumentaron las tarifas para recuperar sus inversiones, algo que irritó a una sociedad acostumbrada durante décadas al esquema contrario: pésimos servicios, o terriblemente insuficientes, pero fuertemente subsidiados.

El inmenso error

Había, además, otro factor en el que casi nadie reparaba: la reforma introducía un elemento de eficiencia en el manejo de las finanzas públicas, pero no necesariamente aumentaba la riqueza existente. ¿En qué consistía la reforma? En esencia, en una decena de recomendaciones recogidas en el Consenso de Washington por el economista John Williamson, alguna de ellas, por cierto, alejada de las propuestas estrictamente liberales, como es esconder la falta de competitividad mediante la manipulación de la tasa de cambio. Recordemos cuáles eran, resumidas, esas diez recomendaciones:

1. El establecimiento de disciplina fiscal. Lo que se gastaba tenía que limitarse a los ingresos o a la capacidad razonable de endeudamiento, pero no más.

2. Control y reordenamiento del gasto público para privilegiar la salud, la educación y las infraestructuras, en detrimento del asistencialismo puramente humanitario, casi siempre improductivo y clientelista.

3. Reforma y simplificación fiscal para recaudar más eliminando excepciones y privilegios.

4. Liberalización de las tasas de interés.

5. Utilización del tipo de cambio para sostener la competitividad.

6. Disminución progresiva del proteccionismo arancelario.

7. Estimular la apertura el exterior para atraer inversiones extranjeras.

8. Privatización de las empresas en poder del Estado.

9. Facilitar el acceso al mercado de los agentes nacionales e internacionales para agilizar la realización de transacciones comerciales y estimular la competencia, reducir los precios y mejorar la calidad de bienes y servicios.

10. Fortalecimiento de los derechos de propiedad.

Todo eso, qué duda cabe, era importante y contribuía a crear un clima más propicio para la generación de riqueza, pero pertenecía al mundo de la macroeconomía, al de los famosos “ajustes”, y ya se sabe que los mortales viven en el otro, en la microeconomía, donde existen empresas que dan trabajo, pagan salarios, ahorran, obtienen beneficios, invierten y, cuando hay suerte y ciclos prolongados, crecen incesantemente absorbiendo la mano de obra nueva que se asoma al mercado laboral.

En los países que habían dado el salto a la modernidad y el progreso, además de recurrir al recetario liberal, el gobierno y la sociedad civil, en general, habían hecho un esfuerzo muy importante para mejorar sustancialmente el tejido empresarial alentando el ahorro interno y atrayendo el externo, invitando y fomentando la instalación de compañías internacionales que le agregaban un alto valor a la producción de bienes y servicios, y fortaleciendo de diversos modos a los empresarios nativos para que crearan riquezas desarrollando fuentes de empleo mientras generaban productos con calidad y competitividad suficientes como para estar presentes en los mercados internacionales.

Para los coreanos o los taiwaneses resultaba obvio que exportando arroz no era posible desarrollar el país, con lo que se ponía en duda la mítica reforma agraria como solución permanente de los problemas del campesinado pobre. Los singapurenses y los habitantes de Honk-Kong sabían que el aumento sustancial del nivel de vida de sus pequeños territorios dependía de la tecnología y la ciencia, y eso requería una fuerte asociación con el gran capital internacional. Depender de la mano de obra barata como una ventaja comparativa sólo podía servir por un tiempo, mientras dominaban los modos de producción de los países del primer mundo y conseguían ahorrar e invertir un porcentaje altísimo de los ingresos derivados de esa asociación, pero la secuencia de los objetivos estaba clara: asociarse a los productores eficientes, copiar, innovar, mejorar y competir en precio y calidad. Tampoco era una experiencia inédita en esa zona del mundo: ya lo habían hecho los japoneses tras la Segunda guerra mundial, y aún antes, a partir de la Revolución Meiji de 1867.

En el sudeste de Asia ninguna persona sensata situada en la esfera de poder tenía la menor duda: el desarrollo y la prosperidad provenían de la existencia de un denso y variado tejido empresarial, internacionalmente globalizado, caracterizado por el alto valor agregado, y eso requería altas tasas de ahorro e inversiones, investigación, disciplina laboral, fin de la guerra de clases y de las supersticiones marxistas, rigor, seguridad jurídica, y un capital humano de primer nivel, formado en buenas universidades e institutos de educación.

El marco macroeconómico, sí, era importante, como lo era la existencia de un Estado de derecho hospitalario con la creación de riquezas, pero sólo en la medida en que actuaban como facilitadores y servían de soporte para impulsar lo que ya algunos economistas llaman el empresarialismo o “capitalismo empresarial”. Y esto fue lo que falló en América Latina: pusieron el acento en algunos aspectos de la macroeconomía, como si todo fuera un problema contable o administrativo, e ignoraron el resto de la ecuación, lo que explica los pobres resultados globales que exhibe la región.



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