Secretos de Cuba
Bienvenido[a] visitante al foro Secretos de Cuba. Para escribir un mensaje hay que registrarse, asi evitamos que se nos llene el foro de spam. Pero si no quieres registrarte puedes continuar y leer toda la informacion contenida en el foro.
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Facebook
Anuncios
¿Quién está en línea?
En total hay 37 usuarios en línea: 0 Registrados, 1 Ocultos y 36 Invitados :: 2 Motores de búsqueda

Ninguno

[ Ver toda la lista ]


La mayor cantidad de usuarios en línea fue 1247 el Jue Sep 13, 2007 8:43 pm.
Buscar
 
 

Resultados por:
 

 


Rechercher Búsqueda avanzada

Sondeo

Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

54% 54% [ 42 ]
42% 42% [ 33 ]
4% 4% [ 3 ]

Votos Totales : 78

Secretos de Cuba en Twitter

1984 DE GEORGE ORWELL

Página 3 de 3. Precedente  1, 2, 3

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 10:38 am

Recuerdo del primer mensaje :

Amigos, tomando como punto de partida la excelente idea de la forista Roberta Duarte de presentar el texto de 'Rebelion en la Granja' quede motivado para incluir el texto de '1984' como punto de partida para un posible debate.

Seria fascinante debatir la siguiente pregunta: ¿Que aspectos del sistema cubano estan reflejados en 1984?

Saludos cordiales,

El Compañero.



--






GEORGE ORWELL: "1984"
Fecha de Edición: 1949 - Edición electrónica: 2005



Reseña Biográfica de George Orwell (de la Editorial)



George Orwell, cuyo verdadero nombre era Eric Blair, nació en la ciudad de Bengala, en la India, en 1903, y falleció en Londres, en 1950. De origen escocés, estudió en Inglaterra, pero regresó a la India, donde formó parte de la policía imperial. En 1928 volvió a Europa. Vivió en París, ciudad en la que llevó una dura existencia; luego se trasladó a Londres y allí trabajó como maestro de escuela y en una librería. Aquellos años serían descritos en su primer libro Mis años de miseria en París y Londres, en el que se marca la tendencia social que caracteriza toda la obra, de Orwell.
En 1934 publicó sus dos primeras novelas: Días birmanos y La hija del cura, esta última sobre la vida inglesa. Dos años después editó otras dos obras: la novela Mantén en alto la aspidistra y El camino del muelle Wigan, libro en que describe los efectos de la depresión y examina las perspectivas del socialismo en Inglaterra.
Orwell fue siempre socialista, pero extremadamente crítico. Participó en la guerra civil española, donde fue herido. Durante su convalecencia escribió Homenaje a Cataluña, obra en que ataca a los comunistas de inspiración soviética, por su política partidista y monopólica, a la que atribuye las causas de la derrota.
Con la novela Subir en busca del aire volvió al tema de la vida social inglesa. Es la última obra que publicó antes de la Segunda Guerra Mundial, en la que no pudo intervenir por su débil salud.
En 1943 ingresó a la redacción del diario Tribune y colaboró también en el Observer. De esta época datan la mayoría de sus ensayos.
En 1945 publicó Rebelión en la granja o "Granja Animal", según la traducción literal de su título en inglés: "Animal Farm". Es una animada sátira del régimen soviético, con la que alcanzó éxito internacional.
En 1949 apareció su novela de anticipación, 1984, en la que presenta un cuadro del mundo futuro, en una prolongación ideal de la línea del comunismo soviético llevado a sus más desoladoras consecuencias.Es muy interesante comparar esta obra con "Un Mundo Feliz" de Aldous Huxley que también presenta un cuadro del futuro, pero a partir del entorno democrático y capitalista de la sociedad de consumo.




Última edición por el Jue Dic 20, 2007 11:16 am, editado 1 vez

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo


Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:08 am

Te explicaré por qué nos molestamos en curarte. Tú, Winston, eres una mancha en el tejido; una mancha que debemos borrar. ¿No te dije hace poco que somos diferentes de los martirizadores del pasado? No nos contentamos con una obediencia negativa, ni siquiera con la sumisión más abyecta. Cuando por fin te rindas a nosotros, tendrá que impulsarte a ello tu libre voluntad. No destruimos a los herejes porque se nos resisten; mientras nos resisten no los destruimos. Los convertimos, captamos su mente, los reformamos. Al hereje político le quitamos todo el mal y todas las ilusiones engañosas que lleva dentro; lo traemos a nuestro lado, no en apariencia, sino verdaderamente, en cuerpo y alma. Lo hacemos uno de nosotros antes de matarlo. Nos resulta intolerable que un pensamiento erróneo exista en alguna parte del mundo, por muy secreto e inocuo que pueda ser. Ni siquiera en el instante de la muerte podemos permitir alguna desviación. Antiguamente, el hereje subía a la hoguera siendo aún un hereje, proclamando su herejía y hasta disfrutando con ella. Incluso la víctima de las purgas rusas se llevaba su rebelión encerrada en el cráneo cuando avanzaba por un pasillo de la prisión en espera del tiro en la nuca. Nosotros, en cambio, hacemos perfecto el cerebro que vamos a destruir. La consigna de todos los despotismos era: «No harás esto o lo otro». La voz de mando de los totalitarios era: «Harás esto o aquello». Nuestra orden es: «Eres». Ninguno de los que traemos aquí puede volverse contra nosotros. Les lavamos el cerebro. Incluso aquellos miserables traidores en cuya inocencia creíste un día Jones, Aaronson y Rutherford — los conquistamos al final. Yo mismo participé en su interrogatorio. Los vi ceder paulatinamente, sollozando, llorando a lágrima viva, y al final no los dominaba el miedo ni el dolor, sino sólo un sentimiento de culpabilidad, un afán de penitencia. Cuando acabamos con ellos no eran más que cáscaras de hombre. Nada quedaba en ellos sino el arrepentimiento por lo que habían hecho y amor por el Gran Hermano. Era conmovedor ver cómo lo amaban. Pedían que se les matase en seguida para poder morir con la mente limpia. Temían que pudiera volver a ensuciárseles.
La voz de O'Brien se había vuelto soñadora y en su rostro permanecía el entusiasmo del loco y la exaltación del fanático. «No está mintiendo pensó Winston , no es un hipócrita; cree todo lo que dice.» A Winston le oprimía el convencimiento de su propia inferioridad intelectual. Contemplaba aquella figura pesada y de movimientos sin embargo agradables que paseaba de un lado a otro entrando y saliendo en su radio de visión. O'Brien era, en todos sentidos, un ser de mayores proporciones que él. Cualquier idea que Winston pudiera haber tenido o pudiese tener en lo sucesivo, ya se le había ocurrido a O’Brien, examinándola y rechazándola. La mente de aquel hombre contenía a la de Winston. Pero, en ese caso, ¿cómo iba a estar loco O’Brien? El loco tenía que ser él, Winston. O'Brien se detuvo y lo miró fijamente. Su voz había vuelto a ser dura:
No te figures que vas a salvarte, Winston, aunque te rindas a nosotros por completo. Jamás se salva nadie que se haya desviado alguna vez. Y aunque decidiéramos dejarte vivir el resto de tu vida natural, nunca te escaparás de nosotros. Lo que está ocurriendo aquí es para siempre. Es preciso que se te grabe de una vez para siempre. Te aplastaremos hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma. Te sucederán cosas de las que no te recobrarás aunque vivas mil años. Nunca podrás experimentar de nuevo un sentimiento humano. Todo habrá muerto en tu interior. Nunca más serás capaz de amar, de amistad, de disfrutar de la vida, de reírte, de sentir curiosidad por algo, de tener valor, de ser un hombre íntegro... Estarás hueco. Te vaciaremos y te rellenaremos de... nosotros.
Se detuvo y le hizo una señal al hombre de la bata blanca. Winston tuvo la vaga sensación de que por detrás de él le acercaban un aparato grande. O’Brien se había sentado junto a la cama de modo que su rostro quedaba casi al mismo nivel del de Winston.
— Tres mil — le dijo, por encima de la cabeza de Winston, al hombre de la bata blanca.
Dos compresas algo húmedas fueron aplicadas a las sienes de Winston. Éste sintió una nueva clase de dolor. Era algo distinto. Quizá no fuese dolor. O'Brien le puso una mano sobre la suya para tranquilizarlo, casi con amabilidad.
— Esta vez no te dolerá — le dijo. — No apartes tus ojos de los míos.
En aquel momento sintió Winston una explosión devastadora o lo que parecía una explosión, aunque no era seguro que hubiese habido ningún ruido. Lo que si se produjo fue un cegador fogonazo. Winston no estaba herido; sólo postrado. Aunque estaba tendido de espaldas cuando aquello ocurrió, tuvo la curiosa sensación de que le habían empujado hasta quedar en aquella posición. El terrible e indoloro golpe le había dejado aplastado. Y en el interior de su cabeza también había ocurrido algo. Al recobrar la visión, recordó quién era y dónde estaba y reconoció el rostro que lo contemplaba; pero tenía la sensación de un gran vacío interior. Era como si le faltase un pedazo del cerebro.
— Esto no durará mucho — dijoO'Brien. — Mírame a los ojos. ¿Con qué país está en guerra Oceanía?
Winston pensó. Sabía lo que significaba Oceanía y que él era un ciudadano de este país. También recordaba que existían Eurasia y Asia Oriental; pero no sabía cuál estaba en guerra con cuál. En realidad, no tenía idea de que hubiera guerra ninguna.
— No recuerdo.
Oceanía está en guerra con Asia Oriental. ¿Lo recuerdas ahora?
— Sí.
— Oceanía ha estado siempre en guerra con Asia Oriental. Desde el principio de tu vida, desde el principio del Partido, desde el principio de la Historia, la guerra ha continuado sin interrupción, siempre la misma guerra. ¿Lo recuerdas?
— Sí.
— Hace once años inventaste una leyenda sobre tres hombres que habían sido condenados a muerte por traición. Pretendías que habías visto un pedazo de papel que probaba su inocencia. Ese recorte de papel nunca existió. Lo inventaste y acabaste creyendo en él. Ahora recuerdas el momento en que lo inventaste, ¿te acuerdas?
— Sí.
— Hace poco te puse ante los ojos los dedos de mi mano. Viste cinco dedos. ¿Recuerdas?
— Sí.
O'Brien le enseñó los dedos de la mano izquierda con el pulgar oculto.
— Aquí hay cinco dedos. ¿Ves cinco dedos? — Sí.
Y los vio durante un fugaz momento. Llegó a ver cinco dedos, pero pronto volvió a ser todo normal y sintió de nuevo el antiguo miedo, el odio y el desconcierto. Pero durante unos instantes — quizá no más de treinta segundos — había tenido una luminosa certidumbre y todas las sugerencias de O'Brien habían venido a llenar un hueco de su cerebro convirtiéndose en verdad absoluta. En esos instantes dos y dos podían haber sido lo mismo tres que cinco, según se hubiera necesitado. Pero antes de que O'Brien hubiera dejado caer la mano, ya se había desvanecido la ilusión. Sin embargo, aunque no podía volver a experimentarla, recordaba aquello como se recuerda una viva experiencia en algún período remoto de nuestra vida en que hemos sido una persona distinta.
— Ya has visto que es posible — le dijo O'Brien.
— Sí — dijo Winston.
O'Brien se levantó con aire satisfecho. A su izquierda vio Winston que el hombre de la bata blanca preparaba una inyección. O'Brien miró a Winston sonriente. Se ajustó las gafas como en los buenos tiempos.
— ¿Recuerdas haber escrito en tu diario que no importaba que yo fuera amigo o enemigo, puesto que yo era por lo menos una persona que te comprendía y con quien podías hablar? Tenías razón. Me gusta hablar contigo. Tu mentalidad atrae a la mía. Se parece a la mía excepto en que está enferma. Antes de que acabemos esta sesión puedes hacerme algunas preguntas si quieres.
— ¿La pregunta que quiera?
— Sí. Cualquiera. — Vio que los ojos de Winston se fijaban en la esfera graduada — : Ahora no funciona. ¿Cuál es tu primera pregunta?
— ¿Qué habéis hecho con Julia? — dijo Winston.
O'Brien volvió a sonreír.
— Te traicionó, Winston. Inmediatamente y sin reservas. Pocas veces he visto a alguien que se nos haya entregado tan pronto. Apenas la reconocerías si la vieras. Toda su rebeldía, sus engaños, sus locuras, su suciedad mental... todo eso ha desaparecido de ella como si lo hubiera quemado. Fue una conversión perfecta, un caso para ponerlo en los libros de texto.
— ¿La habéis torturado?
O'Brien no contestó.
— A ver, la pregunta siguiente.
— ¿Existe el Gran Hermano?
— Claro que existe. El Partido existe. El Gran Hermano es la encarnación del Partido.
— ¿Existe en el mismo sentido en que yo existo?
— Tú no existes — dijo O'Brien.
A Winston volvió a asaltarle una terrible sensación de desamparo. Comprendía por qué le decían a él que no existía; pero era un juego de palabras estúpido. ¿No era un gran absurdo la afirmación «tú no existes»? Pero, ¿de qué servía rechazar esos argumentos disparatados?
— Yo creo que existo — dijo con cansancio. — Tengo plena conciencia de mi propia identidad. He nacido y he de morir. Tengo brazos y piernas. Ocupo un lugar concreto en el espacio. Ningún otro objeto sólido puede ocupar a la vez el mismo punto. En este sentido, ¿existe el Gran Hermano?
— Eso no tiene importancia. Existe.
— Morirá el Gran Hermano?
— Claro que no. ¿Cómo va a morir? A ver, la pregunta siguiente.
Existe la Hermandad?
— Eso no lo sabrás nunca, Winston. Si decidimos libertarte cuando acabemos contigo y si llegas a vivir noventa años, seguirás sin saber si la respuesta a esa pregunta es sí o no. Mientras vivas, será eso para ti un enigma.
Winston yacía silencioso. Respiraba un poco más rápidamente. Todavía no había hecho la pregunta que le preocupaba desde un principio. Tenía que preguntarlo, pero su lengua se resistía a pronunciar las palabras. O'Brien parecía divertido. Hasta sus gafas parecían brillar irónicamente. Winston pensó de pronto: «Sabe perfectamente lo que le voy a preguntan». Y entonces le fue fácil decir:
— ¿Qué hay en la habitación 101?
La expresión del rostro de O'Brien no cambió. Respondió:
— Sabes muy bien lo que hay en la habitación 101, Winston. Todo el mundo sabe lo que hay en la habitación 101. — Levantó un dedo hacia el hombre de la bata blanca. Evidentemente, la sesión había terminado. Winston sintió en el brazo el pinchazo de una inyección. Casi inmediatamente, se hundió en un profundo sueño.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:09 am

III
— Hay tres etapas en tu reintegración erijo O'Brien — ; primero aprender, luego comprender y, por último, aceptar. Ahora tienes que entrar en la segunda etapa.
Como siempre, Winston estaba tendido de espaldas, pero ya no lo ataban tan fuerte. Aunque seguía sujeto al lecho, podía mover las rodillas un poco y volver la cabeza de uno a otro lado y levantar los antebrazos. Además, ya no le causaba tanta tortura la palanca. Podía evitarse el dolor con un poco de habilidad, porque ahora sólo lo castigaba O'Brien por faltas de inteligencia. A veces pasaba una sesión entera sin que se moviera la aguja del disco. No recordaba cuántas sesiones habían sido. Todo el proceso se extendía por un tiempo largo, indefinido — quizá varias semanas, — y los intervalos entre las sesiones quizá fueran de varios días y otras veces sólo de una o dos horas.
— Mientras te hallas ahí tumbado — le dijo O'Brien, — te has preguntado con frecuencia, e incluso me lo has preguntado a mí, por qué el Ministerio del Amor emplea tanto tiempo y trabajo en tu persona. Y cuando estabas en libertad te preocupabas por lo mismo. Podías comprender el mecanismo de la sociedad en que vivías, pero no los motivos subterráneos. ¿Recuerdas haber escrito en tu Diario: «Comprendo el cómo; no comprendo el porqué»? Cuando pensabas en el porqué es cuando dudabas de tu propia cordura. Has leído el libro de Goldstein, o partes de él por lo menos. ¿Te enseñó algo que ya no supieras?
— ¿Lo has leído tú? dijo Winston.
— Lo escribí. Es decir, colaboré en su redacción. Ya sabes que ningún libro se escribe individualmente.
— ¿Es cierto lo que dice?
— Como descripción, sí. Pero el programa que presenta es una tontería. La acumulación secreta de conocimientos, la extensión paulatina de ilustración y, por último, la rebelión proletaria y el aniquilamiento del Partido. Ya te figurabas que esto es lo que encontrarías en el libro. Pura tontería. Los proletarios no se sublevarán ni dentro de mil años ni de mil millones de años. No pueden. Es inútil que te explique la razón por la que no pueden rebelarse; ya la conoces. Si alguna vez te has permitido soñar en violentas sublevaciones, debes renunciar a ello. El Partido no puede ser derribado por ningún procedimiento. Las normas del Partido, su dominio es para siempre. Debes partir de ese punto en todos tus pensamientos.
O'Brien se acercó más al lecho.
— ¡Para siempre! — repitió. — Y ahora volvamos a la cuestión del cómo y el porqué. Entiendes perfectamente cómo se mantiene en el poder el Partido. Ahora dime, ¿por qué nos aferramos al poder? ¿Cuál es nuestro motivo? ¿Por qué deseamos el poder? ¡Habla! — añadió al ver que Winston no le respondía.
Sin embargo, Winston siguió callado unos instantes. Sentíase aplanado por una enorme sensación de cansancio. El rostro de O'Brien había vuelto a animarse con su fanático entusiasmo. Sabía Winston de antemano lo que iba a decirle O'Brien que el Partido no buscaba el poder por el poder mismo, sino sólo para el bienestar de la mayoría. Que le interesaba tener en las manos las riendas porque los hombres de la masa eran criaturas débiles y cobardes que no podían soportar la libertad ni encararse con la verdad y debían ser dominados y engañados sistemáticamente por otros hombres más fuertes que ellos. Que la Humanidad sólo podía escoger entre la libertad y la felicidad, y para la gran masa de la Humanidad era preferible la felicidad. Que el Partido era el eterno guardián de los débiles, una secta dedicada a hacer el mal para lograr el bien sacrificando su propia felicidad a la de los demás. Lo terrible, pensó Winston, lo verdaderamente terrible era que cuando O'Brien le dijera esto, se lo estaría creyendo. No había más que verle la cara. O'Brien lo sabía todo. Sabía mil veces mejor que Winston cómo era en realidad el mundo, en qué degradación vivía la masa humana y por medio de qué mentiras y atrocidades la dominaba el Partido. Lo había entendido y pesado todo y, sin embargo, no importaba: todo lo justificaba él por los fines. ¿Qué va uno a hacer, pensó Winston, contra un loco que es más inteligente que uno, que le oye a uno pacientemente y que sin embargo persiste en su locura?
— Nos gobernáis por nuestro propio bien — dijo débilmente. — Creéis que los seres humanos no están capacitados para gobernarse, y en vista de ello...
Estuvo a punto de gritar. Una punzada de dolor se le había clavado en el cuerpo. O'Brien había presionado la palanca y la aguja de la esfera marcaba treinta y cinco.
— Eso fue una estupidez, Winston; has dicho una tontería. Debías tener un poco más de sensatez.
Volvió a soltar la palanca y prosiguió:
— Ahora te diré la respuesta a mi pregunta. Se trata de esto: el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder. No la riqueza ni el lujo, ni la longevidad ni la felicidad; sólo el poder, el poder puro. Ahora comprenderás lo que significa el poder puro. Somos diferentes de todas las oligarquías del pasado porque sabemos lo que estamos haciendo. Todos los demás, incluso los que se parecían a nosotros, eran cobardes o hipócritas. Los nazis alemanes y los comunistas rusos se acercaban mucho a nosotros por sus métodos, pero nunca tuvieron el valor de reconocer sus propios motivos. Pretendían, y quizá lo creían sinceramente, que se habían apoderado de los mandos contra su voluntad y para un tiempo limitado y que a la vuelta de la esquina, como quien dice, había un paraíso donde todos los seres humanos serían libres e iguales. Nosotros no somos así. Sabemos que nadie se apodera del mando con la intención de dejarlo. El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura. El objeto de la persecución no es más que la persecución misma. La tortura sólo tiene como finalidad la misma tortura. Y el objeto del poder no es más que el poder. ¿Empiezas a entenderme?
A. Winston le asombraba el cansancio del rostro de O'Brien. Era fuerte, carnoso y brutal, lleno de inteligencia y de una especie de pasión controlada ante la cual sentíase uno desarmado; pero, desde luego, estaba cansado. Tenía bolsones bajo los ojos y la piel floja en las mejillas. O'Brien se inclinó sobre él para acercarle más la cara, para que pudiera verla mejor.
— Estás pensando — le dijo — que tengo la cara avejentada y cansada. Piensas que estoy hablando del poder y que ni siquiera puedo evitar la decrepitud de mi propio cuerpo.
¿No comprendes, Winston, que el individuo es sólo una célula? El cansancio de la célula supone el vigor del organismo. ¿Acaso te mueres al cortarte las uñas?
Se apartó del lecho y empezó a pasear con una mano en el bolsillo.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:10 am

— Somos los sacerdotes del poder — dijo. — El poder es Dios. Pero ahora el poder es sólo una palabra en lo que a ti respecta. Y ya es hora de que tengas una idea de lo que el poder significa. Primero debes darte cuenta de que el poder es colectivo. El individuo sólo detenta poder en tanto deja de ser un individuo. Ya conoces la consigna del Partido: «La libertad es la esclavitud». ¿Se te ha ocurrido pensar que esta frase es reversible? Sí, la esclavitud es la libertad. El ser humano es derrotado siempre que está solo, siempre que es libre. Ha de ser así porque todo ser humano está condenado a morir irremisiblemente y la muerte es el mayor de todos los fracasos; pero si el hombre logra someterse plenamente, si puede escapar de su propia identidad, si es capaz de fundirse con el Partido de modo que él es el Partido, entonces será todopoderoso e inmortal. Lo segundo de que tienes que darte cuenta es que el poder es poder sobre seres humanos. Sobre el cuerpo, pero especialmente sobre el espíritu. El poder sobre la materia..., la realidad externa, como tú la llamarías..., carece de importancia. Nuestro control sobre la materia es, desde luego, absoluto.
Durante unos momentos olvidó Winston la palanca. Hizo un violento esfuerzo para incorporarse y sólo consiguió causarse dolor.
Pero, ¿cómo vais a controlar la materia? — exclamó sin poderse contener. — Ni siquiera conseguís controlar el clima y la ley de la gravedad. Además, existen la enfermedad, el dolor, la muerte...
O'Brien le hizo callar con un movimiento de la mano:
— Controlamos la materia porque controlamos la mente. La realidad está dentro del cráneo. Irás aprendiéndolo poco a poco, Winston. No hay nada que no podamos conseguir: la invisibilidad, la levitación... absolutamente todo. Si quisiera, podría flotar ahora sobre el suelo como una pompa de jabón. No lo deseo porque el Partido no lo desea. Debes librarte de esas ideas decimonónicas sobre las leyes de la Naturaleza. Somos nosotros quienes dictamos las leyes de la Naturaleza.
— ¡No las dictáis! Ni siquiera sois los dueños de este planeta. ¿Qué me dices de Eurasia y Asia Oriental? Todavía no las habéis conquistado.
— Eso no tiene importancia. Las conquistaremos cuando nos convenga. Y si no las conquistásemos nunca, ¿en qué puede influir eso? Podemos borrarlas de la existencia. Oceanía es el mundo entero.
— Es que el mismo mundo no es más que una pizca de polvo. Y el hombre es sólo una insignificancia. ¿Cuánto tiempo lleva existiendo? La Tierra estuvo deshabitada durante millones de años.
— ¡Qué tontería! La Tierra tiene sólo nuestra edad. ¿Cómo va a ser más vieja? No existe sino lo que admite la conciencia humana.
— Pero las rocas están llenas de huesos de animales desaparecidos, mastodontes y enormes reptiles que vivieron en la Tierra muchísimo antes de que apareciera el primer hombre.
— ¿Has visto alguna vez esos huesos, Winston? Claro que no. Los inventaron los biólogos del siglo XIX. Nada hubo antes del hombre. Y después del hombre, si éste desapareciera definitivamente de la Tierra, nada habría tampoco. Fuera del hombre no hay nada.
— Es que el universo entero está fuera de nosotros. ¡Piensa en las estrellas! Puedes verlas cuando quieras. Algunas de ellas están a un millón de años-luz de distancia. Jamás podremos alcanzarlas.
¿Qué son las estrellas? — dijo O'Brien con indiferencia. — Solamente unas bolas de fuego a unos kilómetros de distancia. Podríamos llegar a ellas si quisiéramos o hacerlas desaparecer, borrarlas de nuestra conciencia. La Tierra es el centro del universo. El sol y las estrellas giran en torno a ella.
Winston hizo otro movimiento convulsivo. Esca vez no dijo nada. O'Brien prosiguió, como si contestara a una objeción que le hubiera hecho Winston:
— Desde luego, para ciertos fines es eso verdad. Cuando navegamos por el océano o cuando predecimos un eclipse, nos puede resultar conveniente dar por cierto que la Tierra gira alrededor del sol y que las estrellas se encuentran a millones y millones de kilómetros de nosotros. Pero, ¿qué importa eso? ¿Crees que está fuera de nuestros medios un sistema dual de astronomía? Las estrellas pueden estar cerca o lejos según las necesitemos. ¿Crees que ésa es tarea difícil para nuestros matemáticos? ¿Has olvidado el doblepensar?
Winston se encogió en el lecho. Dijera lo que dijese, le venía encima la veloz respuesta como un porrazo, y, sin embargo, sabía — sabía — que llevaba razón. Seguramente había alguna manera de demostrar que la creencia de que nada existe fuera de nuestra mente es una absoluta falsedad. ¿No se había demostrado hace ya mucho tiempo que era una teoría indefendible? Incluso había un nombre para eso, aunque él lo había olvidado. Una fina sonrisa recorrió los labios de O'Brien, que lo estaba mirando.
— Te digo, Winston, que la metafísica no es tu fuerte. La palabra que tratas de encontrar es solipsismo. Pero estás equivocado. En este caso no hay solipsismo. En todo caso, habrá solipsismo colectivo, pero eso es muy diferente; es precisamente lo contrario. En fin, todo esto es una digresión — añadió con tono distino. — El verdadero poder, el poder por el que tenemos que luchar día y noche, no es poder sobre las cosas, sino sobre los hombres. — Después de una pausa, asumió de nuevo su aire de maestro de escuela examinando a un discípulo prometedor — : Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro?
Winston pensó un poco y respondió:
— Haciéndole sufrir.
— Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo vas á estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorebajamiento. Todo lo demás lo destruiremos, todo. Ya estamos suprimiendo los hábitos mentales que han sobrevivido de antes de la Revolución. Hemos cortado los vínculos que unían al hijo con el padre, un hombre con otro y al hombre con la mujer. Nadie se fía ya de su esposa, de su hijo ni de un amigo. Pero en el futuro no habrá ya esposas ni amigos. Los niños se les quitarán a las madres al nacer, como se les quitan los huevos a la gallina cuando los pone. El instinto sexual será arrancado donde persista. La procreación consistirá en una formalidad anual como la renovación de la cartilla de racionamiento. Suprimiremos el orgasmo. Nuestros neurólogos trabajan en ello. No habrá lealtad; no existirá más fidelidad que la que se debe al Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano. No habrá risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Todos los placeres serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano... incesantemente.
Se calló, como si esperase a que Winston le hablara. Pero éste se encogía más aún. No se le ocurría nada. Parecía helársele el corazón. O'Brien prosiguió:
— Recuerda que es para siempre. Siempre estará ahí la cara que ha de ser pisoteada. El hereje, el enemigo de la sociedad, estarán siempre a mano para que puedan ser derrota dos y humillados una y otra vez. Todo lo que tú has 'sufrido desde que estás en nuestras manos, todo eso continuará sin cesar. El espionaje, las traiciones, las detenciones, las torturas, las ejecuciones y las desapariciones se producirán continuamente. Será un mundo de terror a la vez que un mundo triunfal. Mientras más poderoso sea el Partido, menos tolerante será. A una oposición más débil corresponderá un despotismo más implacable. Goldstein y sus herejías vivirán siempre. Cada día, a cada momento, serán derrotados, desacreditados, ridiculizados, les escupiremos encima, y, sin embargo, sobrevivirán siempre. Este drama que yo he representado contigo durante siete años volverá a ponerse en escena una y otra vez, generación tras generación, cada vez en forma más sutil. Siempre tendremos al hereje a nuestro albedrío, chillando de dolor, destrozado, despreciable y, al final, totalmente arrepentido, salvado de sus errores y arrastrándose a nuestros pies por su propia voluntad. Ese es el mundo que estamos preparando, Winston. Un mundo de victoria tras victoria, de triunfos sin fin, una presión constante sobre el nervio del poder. Ya veo que empiezas a darte cuenta de cómo será ese mundo. Pero acabarás haciendo más que comprenderlo. Lo aceptarás, lo acogerás encantado, te convertirás en parte de él.
Winston había recobrado suficiente energía para hablar:
— ¡No podréis conseguirlo! — dijo débilmente.
— ¿Qué has querido decir con esas palabras, Winston?
— No podréis crear un mundo como el que has descrito. Eso es un sueño, un imposible.
— ¿Por qué?
— Es imposible fundar una civilización sobre el miedo, el odio y la crueldad. No perduraría.
— ¿Por qué no?
— No tendría vitalidad. Se desintegraría, se suicidaría.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:10 am

— No seas tonto. Estás bajo la impresión de que el odio es más agotador que el amor. ¿Por qué va a serlo? Y si lo fuera, ¿qué diferencia habría? Supón que preferimos gastarnos más pronto. Supón que aceleramos el tempo de la vida humana de modo que los hombres sean seniles a los treinta años. ¿Qué importaría? ¿No comprendes que la muerte del individuo no es la muerte? El Partido es inmortal.
Como de costumbre, la voz había vencido a Winston. Además, temía éste que si persistía su desacuerdo con O'Brien, se moviera de nuevo la aguja. Sin embargo, no podía estarse callado. Apagadamente, sin argumentos, sin nada en que apoyarse excepto el inarticulado horror que le producía lo que había dicho O'Brien, volvió al ataque.
— No sé, no me importa. De un modo o de otro, fracasaréis. Algo os derrotará. La vida os derrotará.
— Nosotros, Winston, controlamos la vida en todos sus niveles. Te figuras que existe algo llamado la naturaleza humana, que se irritará por lo que hacemos y se volverá contra nosotros. Pero no olvides que nosotros creamos la naturaleza humana. Los hombres son infinitamente maleables. O quizás hayas vuelto a tu antigua idea de que los proletarios o los esclavos se levantarán contra nosotros y nos derribarán. Desecha esa idea. Están indefensos, como animales. La Humanidad es el Partido. Los otros están fuera, son insignificantes.
— No me importa. Al final, os vencerán. Antes o después os verán como sois, y entonces os despedazarán.
— ¿Tienes alguna prueba de que eso esté ocurriendo? ¿O quizás alguna razón de que pudiera ocurrir?
— No. Es lo que creo. Sé que fracasaréis. Hay algo en el universo; no sé lo que es: algún espíritu, algún principio contra lo que no podréis.
— Acaso crees en Dios, Winston?
— No.
— Entonces, ¿qué principio es ese que ha de vencernos?
— No sé. El espíritu del Hombre.
— ¿Y te consideras tú un hombre?
— Sí.
— Si tú eres un hombre, Winston, es que eres el último. Tu especie se ha extinguido; nosotros somos los herederos. ¿Te das cuenta de que estás solo, absolutamente solo? Te encuentras fuera de la historia, no existes. — Cambió de tono y de actitud y dijo con dureza — : ¿Te consideras moralmente superior a nosotros por nuestras mentiras y nuestra crueldad?
— Sí, me considero superior.
O'Brien guardó silencio. Pero en seguida empezaron a hablar otras dos voces. Después de un momento, Winston reconoció que una de ellas era la suya propia. Era una cinta magnetofónica de la conversación que había sostenido con O'Brien la noche en que se había alistado en la Hermandad. Se oyó a sí mismo prometiendo solemnemente mentir, robar, falsificar, asesinar, fomentar el hábito de las drogas y la prostitución, propagar las enfermedades venéreas y arrojar vitriolo a la cara de un niño. O'Brien hizo un pequeño gesto de impaciencia, como dando a entender que la demostración casi no merecía la pena. Luego hizo funcionar un resorte y las voces se detuvieron.
— Levántate de ahí dijo O'Brien.
Las ataduras se habían soltado por sí mismas. Winston se puso en pie con gran dificultad.
— Eres el último hombre — dijo O'Brien. — Eres el guardián del espíritu humano. Ahora te verás como realmente eres. Desnúdate.
Winston se soltó el pedazo de cuerda que le sostenía el «mono». Había perdido hacía tiempo la cremallera. No podía recordar si había llegado a desnudarse del todo desde que lo detuvieron. Debajo del «mono» tenía unos andrajos amarillentos que apenas podían reconocerse como restos de ropa interior. Al caérsele todo aquello al suelo, vio que había un espejo de tres lunas en la pared del fondo. Se acercó a él y se detuvo en seco. Se le había escapado un grito involuntario.
— Anda — dijo O'Brien. — Colócate entre las tres lunas. Así te verás también de lado.
Winston estaba aterrado. Una especie de esqueleto muy encorvado y de un color grisáceo andaba hacia él. La imagen era horrible. Se acercó más al espejo. La cabeza de aquella criatura tan extraña aparecía deformada, ya que avanzaba con el cuerpo casi doblado. Era una cabeza de presidiario con una frente abultada y un cráneo totalmente calvo, una nariz retorcida y los pómulos magullados, con unos ojos feroces y alertas. Las mejillas tenían varios costurones. Desde luego, era la cara de Winston, pero a éste le pareció que había cambiado aún más por fuera que por dentro. Se había vuelto casi calvo y en un principio creyó que tenía el pelo cano, pero era que el color de su cuero cabelludo estaba gris. El cuerpo entero, excepto las manos y la cara, se había vuelto gris como si lo cubriera una vieja capa de polvo. Aquí y allá, bajo la suciedad, aparecían las cicatrices rojas de las heridas, y cerca del tobillo sus varices formaban una masa inflamada de, la que se desprendían escamas de piel. Pero lo verdaderamente espantoso era su delgadez. La cavidad de sus costillas era tan estrecha como la de un esqueleto. Las piernas se le habían encogido de tal manera que las rodillas eran más gruesas que los muslos. Esto le hizo comprender por qué O'Brien le había dicho que se viera de lado. La curvatura de la espina dorsal era asombrosa. Los delgados hombros avanzaban formando un gran hueco en el pecho y el cuello se doblaba bajo el peso del cráneo. De no haber sabido que era su propio cuerpo, habría dicho Winston que se trataba de un hombre de más de sesenta años aquejado de alguna terrible enfermedad.
— Has pensado a veces elijo O’Brien — que mi cara, la cara de un miembro del Partido Interior, está avejentada y revela un gran cansancio. ¿Qué piensas contemplando la tuya?
Cogió a Winston por los hombros y le hizo dar la vuelta hasta tenerlo de frente.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:10 am

— ¡Fíjate en qué estado te encuentras! — dijo. — Mira la suciedad que cubre tu cuerpo. ¿Sabes que hueles como un macho cabrío? Es probable que ya no lo notes. Fíjate en tu horrible delgadez. ¿Ves? Te rodeo el brazo con el pulgar y el índice. Y podría doblarte el cuello como una remolacha. ¿Sabes que has perdido veinticinco kilos desde que estás en nuestras manos? Hasta el pelo se te cae a puñados. ¡Mira! — le arrancó un mechón dé pelo. — Abre la boca. Te quedan nueve, diez, once dientes. ¿Cuántos tenías cuando te detuvimos? Y los pocos que te quedan se te están cayendo. ¡¡Mira!!
Agarró uno de los dientes de abajo que le quedaban a Winston. Éste sintió un dolor agudísimo que le corrió por toda la mandíbula. O'Brien se lo había arrancado de cuajo, tirándolo luego al suelo.
Te estás pudriendo, Winston. Te estás desmoronando. ¿Qué eres ahora? Una bolsa llena de porquería. Mírate otra vez en el espejo. ¿Ves eso que tienes enfrente? Es el último hombre. Si eres humano, ésa es la Humanidad.. Anda, vístete otra vez.
Winston empezó a vestirse con movimientos lentos y rígidos. Hasta ahora no había notado lo débil que estaba. Sólo un pensamiento le ocupaba la mente: que debía de llevar en aquel sitio más tiempo de lo que se figuraba. Entonces, al mirar los miserables andrajos que se habían caído en torno suyo, sintió una enorme piedad por su pobre cuerpo. Antes de saber lo que estaba haciendo, se había sentado en un taburete junto al lecho y había roto a llorar. Se daba plena cuenta de su terrible fealdad, de su inutilidad, de que era un montón de huesos envueltos en trapos sucios que lloraba iluminado por una deslumbrante luz blanca. Pero no podía contenerse. O'Brien le puso una mano en el hombro casi con amabilidad.
— Esto no durará siempre — le dijo. — Puedes evitarte todo esto en cuanto quieras. Todo depende de ti.
— ¡Tú tienes la culpa! — sollozó Winston. — Tú me convertiste en este guiñapo. .
— No, Winston, has sido tú mismo. Lo aceptaste cuando te pusiste contra el Partido. Todo ello estaba ya contenido en aquel primer acto de rebeldía. Nada ha ocurrido que tú no hubieras previsto.
Después de una pausa, prosiguió:
Te hemos pegado, Winston; te hemos destrozado. Ya has visto cómo está tu cuerpo. Pues bien, tu espíritu está en el mismo estado. Has sido golpeado e insultado, has gritado de dolor, te has arrastrado por el suelo en tu propia sangre, y en tus vómitos has gemido pidiendo misericordia, has traicionado a todos. ¿Crees que hay alguna degradación en que no hayas caído?
Winston dejó de llorar, aunque seguía teniendo los ojos llenos de lágrimas. Miró a O'Brien.
— No he traicionado a Julia — dijo.
O'Brien lo miró pensativo.
— No, no. Eso es cierto. No has traicionado a Julia.
El corazón de Winston volvió a llenarse de aquella adoración por O'Brien que nada parecía capaz de destruir. «¡Qué inteligente — pensó, — qué inteligente es este hombre!» Nunca dejaba O'Brien de comprender lo que se le decía. Cualquiera otra persona habría contestado que había traicionado a Julia. ¿No se lo habían sacado todo bajo tortura? Les había contado absolutamente todo lo que sabía de ella: su carácter, sus costumbres, su vida pasada; había confesado, dando los más pequeños detalles, todo lo que había ocurrido entre ellos, todo lo que él había dicho a ella y ella a él, sus comidas, alimentos comprados en el mercado negro, sus relaciones sexuales, sus vagas conspiraciones contra el Partido... y, sin embargo, en el sentido que él le daba a la palabra traicionar, no la había traicionado. Es decir, no había dejado de amarla. Sus sentimientos hacia ella seguían siendo los mismos. O'Brien había entendido lo que él quería decir sin necesidad de explicárselo.
— Dime — murmuró Winston, — ¿cuándo me matarán?
— A lo mejor, tardan aún mucho tiempo — respondió O'Brien. — Eres un caso difícil. Pero no pierdas la esperanza. Todos se curan antes o después. Al final, te mataremos.
IV
Sentíase mucho mejor. Había engordado y cada día estaba más fuerte. Aunque hablar de días no era muy exacto.
La luz blanca y el zumbido seguían como siempre, pero la nueva celda era un poco más confortable que las demás en que había estado. La cama tenía una almohada y un colchón y había también un taburete. Lo habían bañado, permitiéndole lavarse con bastante frecuencia en un barreño de hojalata. Incluso le proporcionaron agua caliente. Tenía ropa interior nueva y un nuevo «mono». Le curaron las várices vendándoselas adecuadamente. Le arrancaron el resto de los dientes y le pusieron una dentadura postiza.
Debían de haber pasado varias semanas e incluso meses. Ahora le habría sido posible medir el tiempo si le hubiera interesado, pues lo alimentaban a intervalos regulares. Calculó que le llevaban tres comidas cada veinticuatro horas, aunque no estaba seguro si se las llevaban de día o de noche. El alimento era muy bueno, con carne cada tres comidas. Una vez le dieron también un paquete de cigarrillos. No tenía cerillas, pero el guardia que le llevaba la comida, y que nunca le hablaba, le daba fuego. La primera vez que intentó fumar, se mareó, pero perseveró, alargando el paquete mucho tiempo. Fumaba medio cigarrillo después de cada comida.
Le dejaron una pizarra con un pizarrín atado a un pico. Al principio no lo usó. Se hallaba en un continuo estado de atontamiento. Con frecuencia se tendía desde una comida hasta la siguiente sin moverse, durmiendo a ratos y a ratos pensando confusamente. Se había acostumbrado a dormir con una luz muy fuerte sobre el rostro. La única diferencia que notaba con ello era que sus sueños tenían así más coherencia. Soñaba mucho y a veces tenía ensueños felices. Se veía en el País Dorado o sentado entre enormes, soleadas y gloriosas ruinas con su madre, con Julia o con O'Brien, sin hacer nada, sólo tomando el sol y hablando de temas pacíficos. Al despertarse, pensaba mucho tiempo sobre lo que había soñado. Había perdido la facultad de esforzarse intelectualmente al desaparecer el estímulo del dolor. No se sentía aburrido ni deseaba conversar ni distraerse por otro medio. Sólo quería estar aislado, que no le pegaran ni lo interrogaran, tener bastante comida y estar limpio.
Gradualmente empezó a dormir menos, pero seguía sin desear levantarse de la cama. Su mayor afán era yacer en calma y sentir cómo se concentraba más energía en su cuerpo. Se tocaba continuamente el cuerpo para asegurarse de que no era una ilusión suya el que sus músculos se iban redondeando y su piel fortaleciendo. Por último, vio con alegría que sus muslos eran mucho más gruesos que sus rodillas. Después de esto, aunque sin muchas ganas al principio, empezó a hacer algún ejercicio con regularidad. Andaba hasta tres kilómetros seguidos; los medía por los pasos que daba en torno a la celda. La espalda se le iba enderezando. Intentó realizar ejercicios más complicados, y se asombró, humillado, de la cantidad asombrosa de cosas que no podía hacer. No podía coger el taburete estirando el brazo ni sostenerse en una sola pierna sin caerse. Intentó ponerse en cuclillas, pero sintió unos dolores terribles en los muslos y en las pantorrillas. Se tendió de cara al suelo e intentó levantar el peso del cuerpo con las manos. Fue inútil; no podía elevarse ni un centímetro. Pero después de unos días más — otras cuantas comidas — incluso eso llegó a realizarlo. Lo hizo hasta seis veces seguidas. Empezó a enorgullecerse de su cuerpo y a albergar la intermitente ilusión de que también su cara se le iba normalizando. Pero cuando casualmente se llevaba la mano a su cráneo calvo, recordaba el rostro cruzado de cicatrices y deformado que había visto aquel día en el espejo. Se le fue activando el espíritu. Sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared y la pizarra sobre las rodillas, se dedicó con aplicación a la tarea de reeducarse.
Había capitulado, eso era ya seguro. En realidad — lo comprendía ahora — había estado expuesto a capitular mucho antes de tomar esa decisión. Desde que le llevaron al Ministerio del Amor — e incluso durante aquellos minutos en que Julia y él se habían encontrado indefensos espalda contra espalda mientras la voz de hierro de la telepantalla les ordenaba lo que tenían que hacer — se dio plena cuenta de la superficialidad y frivolidad de su intento de enfrentarse con el Partido. Sabía ahora que durante siete años lo había vigilado la Policía del Pensamiento como si fuera un insecto cuyos movimientos se estudian bajo una lupa. Todos sus actos físicos, todas sus palabras e incluso sus actitudes mentales habían sido registradas o deducidas por el Partido. Incluso la motita de polvo blanquecino que Winston había dejado sobre la tapa de su diario la habían vuelto a colocar cuidadosamente en su sitio. Durante los interrogatorios le hicieron oír cintas magnetofónicas y le mostraron fotografías. Algunas de éstas recogían momentos en que Julia y él habían estado juntos. Sí, incluso... Ya no podía seguir luchando contra el Partido. Además, el Partido tenía razón. ¿Cómo iba a equivocarse el cerebro inmortal y colectivo? ¿Con qué normas externas podían comprobarse sus juicios? La cordura era cuestión de estadística. Sólo había que aprender a pensar como ellos pensaban. ¡¡Claro que...!
El pizarrín se le hacía extraño entre sus dedos entorpecidos. Empezó a escribir los pensamientos que le acudían. Primero escribió con grandes mayúsculas:
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
Luego, casi sin detenerse, escribió debajo:
DOS Y DOS SON CINCO

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:11 am

Pero luego sintió cierta dificultad para concentrarse. No recordaba lo que venía después, aunque estaba seguro de saberlo. Cuando por fin se acordó de ello, fue sólo por un razonamiento. No fue espontáneo. Escribió:
EL PODER ES DIOS
Lo aceptaba todo. El pasado podía ser alterado. El pasado nunca había sido alterado. Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental. Oceanía había estado siempre en guerra con Asia Oriental. Jones, Aaronson y Rutherford eran culpables de los crímenes de que se les acusó. Nunca había visto la fotografía que probaba su inocencia. Esta foto no había existido nunca, la había inventado él. Recordó haber pensado lo contrario, pero estos eran falsos recuerdos, productos de un autoengaño. ¡Qué fácil era todo! Rendirse, y lo demás venía por sí solo. Era como andar contra una corriente que le echaba a uno hacia atrás por mucho que luchara contra ella, y luego, de pronto, se decidiera uno a volverse y nadar a favor de la corriente. Nada habría cambiado sino la propia actitud. Apenas sabía Winston por qué se había revelado. ¡Todo era tan fácil, excepto...!
Todo podía ser verdad. Las llamadas leyes de la Naturaleza eran tonterías. La ley de la gravedad era una imbecilidad. «Si yo quisiera — había dicho O'Brien, — podría flotar sobre este suelo como una pompa de jabón.» Winston desarrolló esta idea: «Si él cree que está flotando sobre el suelo y yo simultáneamente creo que estoy viéndolo flotar, ocurre efectivamente». De repente, como un madero de un naufragio que se suelta y emerge en la superficie, le acudió este pensamiento: «No ocurre en realidad. Lo imaginamos. Es una alucinación». Aplastó en el acto este pensamiento levantisco. Su error era evidente porque presuponía que en algún sitio existía un mundo real donde ocurrían cosas reales. ¿Cómo podía existir un mundo semejante? ¿Qué conocimiento tenemos de nada si no es a través de nuestro propio espíritu? Todo ocurre en la mente y sólo lo que allí sucede tiene una realidad.
No tuvo dificultad para eliminar estos engañosos pensamientos; no se vio en verdadero peligro de sucumbir a ellos. Sin embargo, pensó que nunca debían habérsele ocurrido. Su cerebro debía lanzar una mancha que tapara cualquier pensamiento peligroso al menor intento de asomarse a la conciencia. Este proceso había de ser automático, instintivo. En neolengua se le llamaba paracrimen. Era el freno de cualquier acto delictivo.
Se entrenó en el paracrimen. Se planteaba proposiciones como éstas: «El Partido dice que la tierra no es redonda», y se ejercitaba en no entender los argumentos que contradecían a esta proposición. No era fácil. Había que tener una gran facultad para improvisar y razonar. Por ejemplo, los problemas aritméticos derivados de la afirmación dos y dos son cinco requerían una preparación intelectual de la que él carecía. Además para ello se necesitaba una mentalidad atlética, por decirlo así. La habilidad de emplear la lógica en un determinado momento y en el siguiente desconocer los más burdos errores lógicos. Era tan precisa la estupidez como la inteligencia y tan difícil de conseguir.
Durante todo este tiempo, no dejaba de preguntarse con un rincón de su cerebro cuánto tardarían en matarlo. «Todo depende de tí>, le había dicho O'Brien, pero Winston sabía muy bien que no podía abreviar ese plazo con ningún acto consciente. Podría tardar diez minutos o diez años. Podían tenerlo muchos años aislado, mandarlo a un campo de trabajos forzados o soltarlo durante algún tiempo, como solían hacer. Era perfectamente posible que antes de matarlo le hicieran representar de nuevo todo el drama de su detención, interrogatorios, etc. Lo cierto era que la muerte nunca llegaba en un momento esperado. La tradición — no la tradición oral, sino un conocimiento difuso que le hacía a uno estar seguro de ello aunque no lo hubiera oído nunca era que le mataban a uno por detrás de un tiro en la nuca. Un tiro que llegaba sin aviso cuando le llevaban a uno de celda en celda por un pasillo.
Un día cayó en una ensoñación extraña. Se veía a sí mismo andando por un corredor en espera del disparo. Sabía que dispararían de un momento a otro. Todo estaba ya arreglado, se había reconciliado plenamente con el Partido. No más dudas ni más discusiones; no más dolor ni miedo. Tenía el cuerpo saludable y fuerte. Andaba con gusto, contento de moverse él solo. Ya no iba por los estrechos y largos pasillos del Ministerio del Amor, sino por un pasadizo de enorme anchura iluminado por el sol, un corredor de un kilómetro de anchura por, el cual había transitado ya en aquel delirio que le produjeron las drogas. Se hallaba en el País Dorado siguiendo unas huellas en los pastos roídos por los conejos. Sentía el muelle césped bajo sus pies y la dulce tibieza del sol. Al borde del campo había unos olmos cuyas hojas se movían levemente y algo más allá corría el arroyo bajo los sauces.
De pronto se despertó horrorizado. Le sudaba todo el cuerpo. Se había oído a sí mismo gritando:
— ¡Julia! ¡Julia! !Julia! ¡Amor mío! Julia.
Durante un momento había tenido una impresionante alucinación de su presencia. No sólo parecía que Julia estaba con él, sino dentro de él. Era como si la joven tuviera su misma piel. En aquel momento la había querido más que nunca. Además, sabía que se encontraba viva y necesitaba de su ayuda.
Se tumbó en la cama y trató de tranquilizarse. ¿Qué había hecho? ¿Cuántos años de servidumbre se había echado encima por aquel momento de debilidad?
Al cabo de unos instantes oiría los pasos de las botas. Era imposible que dejaran sin castigar aquel estallido. Ahora sabrían, si no lo sabían ya antes, que él había roto el convenio tácito que tenía con ellos. Obedecía al Partido, pero seguía odiándolo. Antes ocultaba un espíritu herético bajo una apariencia conformista. Ahora había retrocedido otro paso: en su espíritu se había rendido, pero con la esperanza de mantener inviolable lo esencial de su corazón, Winston sabía que estaba equivocado, pero prefería que su error hubiera salido a la superficie de un modo tan evidente. O'Brien lo comprendería. Aquellas estúpidas exclamaciones habían sido una excelente confesión.
Tendría que empezar de nuevo. Aquello iba a durar años y años. Se pasó una mano por la cara procurando familiarizarse con su nueva forma. Tenía profundas arrugas en las mejillas, los pómulos angulosos y la nariz aplastada. Además, desde la última vez en que se vio en el espejo tenía una dentadura postiza completa. No era fácil conservar la inescrutabilidad cuando no se sabía la cara que tenía uno. En todo caso no bastaba el control de las facciones. Por primera vez se dio cuenta de que la mejor manera de ocultar un secreto es ante todo ocultárselo a uno mismo. De entonces en adelante no sólo debía pensar rectamente, sino sentir y hasta soñar con rectitud, y todo el tiempo debería encerrar su odio en su interior como una especie de pelota que formaba parte de sí mismo y que sin embargo estuviera desconectada del resto de su persona; algo así como un quiste.
Algún día decidirían matarlo. Era imposible saber cuándo ocurriría, pero unos segundos antes podría adivinarse. Siempre lo mataban a uno por la espalda mientras andaba por un pasillo. Pero le bastarían diez segundos. Y entonces, de repente, sin decir una palabra, sin que se notara en los pasos que aún diera, sin alterar el gesto... podría tirar el camuflaje, y ¡bang!, soltar las baterías de su odio. Sí, en esos segundos anteriores a su muerte, todo su ser se convertiría en una enorme llamarada de odio. Y casi en el mismo instante ¡bang!, llegaría la bala, demasiado tarde, o quizá demasiado pronto. Le habrían destrozado el cerebro antes de que pudieran considerarlo de ellos. El pensamiento herético quedaría impune. No se habría arrepentido, quedaría para siempre fuera del alcance de esa gente. Con el tiro habrían abierto un agujero en esa perfección de que se vanagloriaban. Morir odiándolos, ésa era la libertad.
Cerró los ojos. Su nueva tarea era más difícil que cualquier disciplina intelectual. Tenía primero que degradarse, que mutilarse. Tenía que hundirse en lo más sucio. ¿Qué era lo más horrible, lo que a él le causaba más repugnancia del Partido? Pensó en el Gran Hermano. Su enorme rostro (por verlo constantemente en los carteles de propaganda se lo imaginaba siempre de un metro de anchura), con sus enormes bigotes negros y los ojos que le seguían a uno a todas partes, era la imagen que primero se presentaba a su mente. ¿Cuáles eran sus verdaderos sentimientos hacia el Gran Hermano?
En el pasillo sonaron las pesadas botas. La puerta de acero se abrió con estrépito. O’Brien entró en la celda. Detrás de él venían el oficial de cara de cera y los guardias de negros uniformes.
— Levántate elijo O’Brien. — Ven aquí.
Winston se acercó a él. O'Brien lo cogió por los hombros con sus enormes manazas y lo miró fijamente:
— Has pensado engañarme — le dijo. — Ha sido una tontería por tu parte. Ponte más derecho y mírame a la cara. Después de unos minutos de silencio, prosiguió en tono más suave:
— Estás mejorando. Intelectualmente estás ya casi bien del todo. Sólo fallas en lo emocional. Dime, Winston, y recuerda que no puedes mentirme; sabes muy bien que descubro todas tus mentiras. Dime: ¿cuáles son los verdaderos sentimientos que te inspira el Gran Hermano?
— Lo odio.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:11 am

— ¿Lo odias? Bien. Entonces ha llegado el momento de aplicarte el último medio. Tienes que amar al Gran Hermano. No basta que le obedezcas; tienes que amarlo.
Empujó delicadamente a Winston hacia los guardias.
— Habitación 101 — dijo.
V
En cada etapa de su encarcelamiento había sabido Winston — o creyó saber — hacia dónde se hallaba, aproximadamente, en el enorme edificio sin ventanas. Probablemente, había pequeñas diferencias en la presión del aire. Las celdas donde los guardias lo habían golpeado estaban bajo el nivel del suelo. La habitación donde O'Brien lo había interrogado estaba cerca del techo. Este lugar de ahora estaba a muchos metros bajo tierra. Lo más profundo a que se podía llegar.
Era mayor que casi todas las celdas donde había estado. Pero Winston no se fijó más que en dos mesitas ante él, cada una de ellas cubierta con gamuza verde. Una de ellas estaba sólo a un metro o dos de él y la otra más lejos, cerca de la puerta. Winston había sido atado a una silla tan fuerte que no se podía mover en absoluto, ni siquiera podía mover la cabeza que le tenía sujeta por detrás una especie de almohadilla obligándole a mirar de frente.
Se quedó sólo un momento. Luego se abrió la puerta y entró O'Brien.
— Me preguntaste una vez qué había en la habitación 101. Te dije que ya lo sabías. Todos lo saben. Lo que hay en la habitación 101 es lo peor del mundo.
La puerta volvió a abrirse. Entró un guardia que llevaba algo, un objeto hecho de alambres, algo así como una caja o una cesta. La colocó sobre la mesa próxima a la puerta: a causa de la posición de O'Brien, no podía Winston ver lo que era aquello.
— Lo peor del mundo — continuó O'Brien — varía de individuo a individuo. Puede ser que le entierren vivo o morir quemado, o ahogado o de muchas otras maneras. A, veces se trata de una cosa sin importancia, que ni siquiera es mortal, pero que para el individuo es lo peor del mundo.
Se había apartado un poco de modo que Winston pudo ver mejor lo que había en la mesa. Era una jaula alargada con un asa arriba para llevarla. En la parte delantera había algo que parecía una careta de esgrima con la parte cóncava hacia afuera. Aunque estaba a tres o cuatro metros de él pudo ver que la jaula se dividía a lo largo en dos departamentos y que algo se movía dentro de cada uno de ellos. Eran ratas.
— En tu caso — dijo O'Brien, — lo peor del mundo son las ratas.
Winston, en cuanto entrevió al principio la jaula, sintió un temblor premonitorio, un miedo a no sabía qué. Pero ahora, al comprender para qué servía aquella careta de alambre, parecían deshacérsele los intestinos.
— No puedes hacer eso! — gritó con voz descompuesta. — ¡Es imposible! ¡No puedes hacerme eso!
Recuerdas — dijo O'Brien — el momento de pánico que surgía repetidas veces en tus sueños? Había frente a ti un muro de negrura y en los oídos te vibraba un fuerte zumbido. Al otro lado del muro había algo terrible. Sabías que sabías lo que era, pero no te atrevías a sacarlo a tu conciencia. Pues bien, lo que había al otro lado del muro eran ratas.
— ¡O'Brien! dijo Winston, haciendo un esfuerzo para controlar su voz. — Sabes muy bien que esto no es necesario. ¿Qué quieres que diga?
O'Brien no contestó directamente. Había hablado con su característico estilo de maestro de escuela. Miró pensativo al vacío, como si estuviera dirigiéndose a un público que se encontraba detrás de Winston.
— El dolor no basta siempre. Hay ocasiones en que un ser humano es capaz de resistir el dolor incluso hasta bordear la muerte. Pero para todos hay algo que no puede soportarse, algo tan inaguantable que ni siquiera se puede pensar en ello. No se trata de valor ni de cobardía. Si te estás cayendo desde una gran altura, no es cobardía que te agarres a una cuerda que encuentres a tu caída. Si subes a la superficie desde el fondo de un río, no es cobardía llenar de aire los pulmones. Es sólo un instinto que no puede ser desobedecido. Lo mismo te ocurre ahora con las ratas. Para ti son lo más intolerable del mundo, constituyen una presión que no puedes resistir aunque te esfuerces en ello. Por eso las ratas te harán hacer lo que se te pide.
— Pero, ¿de qué se trata? ¿Cómo puedo hacerlo si no sé lo que es?
O'Brien levantó la jaula y la puso en la mesa más próxima a Winston, colocándola cuidadosamente sobre la gamuza. Winston podía oírse la sangre zumbándole en los oídos. Se sentía más abandonado que nunca. Estaba en medio de una gran llanura solitaria, un inmenso desierto quemado por el sol y le llegaban todos los sonidos desde distancias inconmensurables. Sin embargo, la jaula de las ratas estaba sólo a dos metros de él. Eran ratas enormes. Tenían esa edad en que el hocico de las ratas se vuelve hiriente y feroz y su piel es parda en vez de gris.
— La rata — dijo O'Brien, que seguía dirigiéndose a su público invisible, — a pesar de ser un roedor, es carnívora. Tú lo sabes. Habrás oído lo que suele ocurrir en los barrios pobres de nuestra ciudad. En algunas calles, las mujeres no se atreven a dejar a sus niños solos en las casas ni siquiera cinco minutos. Las ratas los atacan, y bastaría muy poco tiempo para que sólo quedaran de ellos los huesos. También atacan a los enfermos y a los moribundos. Demuestran poseer una asombrosa inteligencia para conocer cuándo está indefenso un ser humano.
Las ratas chillaban en su jaula. Winston las oía como desde una gran distancia. Las ratas luchaban entre ellas; querían alcanzarse a través de la división de alambre. Oyó también un profundo y desesperado gemido. Ese gemido era suyo.
O’Brien levantó la jaula y, al hacerlo, apretó algo sobre ella. Era un resorte. Winston hizo un frenético esfuerzo por desligarse de la silla. Era inútil: todas las partes de su cuerpo, incluso su cabeza, estaban inmovilizadas perfectamente. O'Brien le acercó más la jaula. La tenía Winston a menos de un metro de su cara.
— He apretado el primer resorte — dijo O'Brien. — Supongo que comprenderás cómo está construida esta jaula. La careta se adaptará a tu cabeza, sin dejar salida alguna. Cuando yo apriete el otro resorte, se levantará el cierre de la jaula. Estos bichos, locos de hambre, se lanzarán contra ti como balas. ¿Has visto alguna vez cómo se lanza una rata por el aire? Así te saltarán a la cara. A veces atacan primero a los ojos. Otras veces se abren paso a través de las mejillas y devoran la lengua.
La jaula se acercaba; estaba ya junto a él. Winston oyó una serie de chillidos que parecían venir de encima de su cabeza. Luchó furiosamente contra su propio pánico. Pensar, pensar, aunque sólo fuera medio segundo..., pensar era la única esperanza. De pronto, el asqueroso olor de las ratas le 3io en el olfato como si hubiera recibido un tremendo golpe. Sintió violentas náuseas y casi perdió el conocimiento. Todo lo veía negro. Durante unos instantes se convirtió en un loco, en un animal que chillaba desesperadamente. Sin embargo, de esas tinieblas fue naciendo una idea. Sólo había una manera de salvarse. Debía interponer a otro ser humano, el cuero de otro ser humano entre las ratas y él.
El círculo que ajustaba la careta era lo bastante ancho para taparle la visión de todo lo que no fuera la puertecita de alambre situada a dos palmos de su cara. Las ratas sabían lo que iba a pasar ahora. Una de ellas saltaba alocada, mientras que la otra, mucho más vieja, se apoyaba con sus patas rosadas y husmeaba con ferocidad. Winston veía sus patillas y sus dientes amarillos. Otra vez se apoderó de él un negro pánico. Estaba ciego, desesperado, con el cerebro vacío.
— Era un castigo muy corriente en la China imperial dijo O'Brien, tan didáctico como siempre.
La careta le apretaba la cara. El alambre le arañaba las mejillas. Luego..., no, no fue alivio, sino sólo esperanza, un diminuto fragmento de esperanza. Demasiado tarde, quizás fuese ya demasiado tarde. Pero había comprendido de pronto que en todo el mundo sólo había una persona a la que pudiese transferir su castigo, un cuerpo que podía arrojar entre las ratas y él. Y empezó a gritar una y otra vez, frenéticamente:
— ¡Házselo a Julia! ¡Házselo a Julia! ¡A mí, no! ¡A Julia! No me importa lo que le hagas a ella. Desgárrale la cara, descoyúntale los huesos. ¡Pero a mí, no! ¡A Julia! ¡A mí, no!
Caía hacia atrás hundiéndose en enormes abismos, alejándose de las ratas a vertiginosa velocidad. Estaba todavía atado a la silla, pero había pasado a través del suelo, de los muros del edificio, de la tierra, de los océanos, e iba lanzado por la atmósfera en los espacios interestelares, alejándose sin cesar de las ratas... Se encontraba ya a muchos años-luz de distancia, pero O'Brien estaba aún a su lado. Todavía le apretaba el alambre en las mejillas. Pero en la oscuridad que lo envolvía oyó otro chasquido metálico y sabía que el primer resorte había vuelto a funcionar y la jaula no había llegado a abrirse.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:11 am

VI
El Nogal estaba casi vacío. Un rayo de sol entraba por una ventana y caía, amarillento, sobre las polvorientas mesas. Era la solitaria hora de las quince. Las telepantallas emitían una musiquilla ligera.
Winston, sentado en su rincón de costumbre, contemplaba un vaso vacío. De vez en cuando levantaba la mirada a la cara que le miraba fijamente desde la pared de enfrente. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decía el letrero. Sin que se lo pidiera, un camarero se acercó a llenarle el vaso con ginebra de la Victoria, echándole también unas cuantas gotas de otra botella que tenía un tubito atravesándole el tapón. Era sacarina aromatizada con clavo, la especialidad de la casa.
Winston escuchaba la telepantalla. Sólo emitía música, pero había la posibilidad de que de un momento a otro diera su comunicado el Ministerio de la Paz. Las noticias del frente africano eran muy intranquilizadoras. Winston había estado muy preocupado todo el día por esto. Un ejército eurasiático (Oceanía estaba en perra con Eurasia; Oceanía había estado siempre en guerra con Eurasia) avanzaba hacia el sur con aterradora velocidad. El comunicado de mediodía no se había referido a. ninguna zona concreta, pero probablemente a aquellas horas se lucharía ya en la desembocadura del Congo. Brazzaville y Leopoldville estaban en peligro. No había que mirar ningún mapa para saber lo que esto significaba. No era sólo cuestión de perder el África central. Por primera vez en la guerra, el territorio de Oceanía se veía amenazado.
Una violenta emoción, no exactamente miedo, sino una especie de excitación indiferenciada, se apoderó de él, para luego desaparecer. Dejó de pensar en la guerra. En aquellos días no podía fijar el pensamiento en ningún tema más que unos momentos. Se bebió el vaso de un golpe. Como siempre, le hizo estremecerse e incluso sentir algunas arcadas.
El líquido era horrible. El clavo y la sacarina, ya de por sí repugnantes, no podían suprimir el aceitoso sabor de la ginebra, y lo peor de todo era que el olor de la ginebra, que le acompañaba día y noche, iba inseparablemente unido en su mente con el olor de aquellas…
Nunca las nombraba, ni siquiera en sus más recónditos pensamientos. Era algo de que Winston tenía una confusa conciencia, un olor que llevaba siempre pegado a la nariz. La ginebra le hizo eructar. Había engordado desde que lo soltaron, recobrando su antiguo buen color, que incluso se le había intensificado. Tenía las facciones más bastas, la piel de la nariz y de los pómulos era rojiza y rasposa, e incluso su calva tenía un tono demasiado colorado. Un camarero, también sin que él se lo hubiera pedido, le trajo el tablero de ajedrez y el número del Times correspondiente a aquel día, doblado de manera que estuviese a la vista el problema de ajedrez. Luego, viendo que el vaso de Winston estaba vacío, le trajo la botella de ginebra y lo llenó. No había que pedir nada. Los camareros conocían las costumbres de Winston. El tablero de ajedrez le esperaba siempre, y siempre le reservaban la mesa del rincón. Aunque el café estuviera lleno, tenía aquella mesa libre, pues nadie quería que lo vieran sentado demasiado cerca de él. Nunca se preocupaba de contar sus bebidas. A intervalos irregulares le presentaban un papel sucio que le decían era la cuenta, pero Winston tenía la impresión de que siempre le cobraban más de lo debido. No le importaba. Ahora siempre le sobraba dinero. Le habían dado un cargo, una ganga donde cobraba mucho más que en su antigua colocación.
La música de la telepantalla se interrumpió y sonó una voz. Winston levantó la cabeza para escuchar. Pero no era un comunicado del frente; sólo un breve anuncio del Ministerio de la Abundancia. En el trimestre pasado, ya en el décimo Plan Trienal, la cantidad de cordones para los zapatos que se pensó producir había sido sobrepasada en un noventa y ocho por ciento.
Estudió el problema de ajedrez y colocó las piezas. Era un final ingenioso. «Juegan las blancas y mate en dos jugadas.» Winston miró el retrato del Gran Hermano. Las blancas siempre ganan, pensó con un confuso misticismo. Siempre, sin excepción; está dispuesto así. En ningún problema de ajedrez, desde el principio del mundo, han ganado las negras ninguna vez. ¿Acaso no simbolizan las blancas el invariable triunfo del Bien sobre el Mal? El enorme rostro miraba a Winston con su poderosa calma. Las blancas siempre ganan.
La voz de la telepantalla se interrumpió y añadió en un tono diferente y mucho más grave: «Estad preparados para escuchar un importante comunicado a las quince treinta. ¡Quince treinta! Son noticias de la mayor importancia. Cuidado con no perdérselas. ¡Quince treinta!». La musiquilla volvió a sonar.
A Winston le latió el corazón con más rapidez. Sena el comunicado del frente; su instinto le dijo que habría malas noticias. Durante todo el día había pensado con excitación en la posible derrota aplastante en África. Le parecía estar viendo al ejército eurasiático cruzando la frontera que nunca había sido violada y derramándose por aquellos territorios de Oceanía como una columna de hormigas. ¿Cómo no había sido posible atacarlos por el flanco de algún modo? Recordaba con toda exactitud el dibujo de la costa occidental africana. Cogió una pieza y la movió en el ajedrez. Aquél era el sitio adecuado. Pero a la vez que veía la horda negra avanzando hacia el Sur, vio también otra fuerza, misteriosamente reunida, que de repente había cortado por la retaguardia todas las comunicaciones terrestres y marítimas del enemigo. Sentía Winston como si por la fuerza de su voluntad estuviera dando vida a esos ejércitos salvadores. Pero había que actuar con rapidez. Si el enemigo dominaba toda el África, si lograban tener aeródromos y bases de submarinos en El Cabo, cortarían a Oceanía en dos. Esto podía significarlo todo: la derrota, una nueva división del mundo, la destrucción del Partido. Winston respiró hondamente. Sentía una extraordinaria mezcla de sentimientos, pero en realidad no era una mezcla, sino una sucesión de capas o estratos de sentimientos en que no se sabía cuál era la capa predominante.
Le pasó aquel sobresalto. Volvió a poner la pieza en su sitio, pero por un instante no pudo concentrarse en el problema de ajedrez. Sus pensamientos volvieron a vagar. Casi conscientemente trazó con su dedo en el polvo de la mesa:
2+2=
«Dentro de ti no pueden entrar nunca», le había dicho Julia. Pues, sí, podían penetrar en uno. «Lo que te ocurre aquí es para siempre», le había dicho O'Brien. Eso era verdad. Había cosas, los actos propios, de las que no era posible rehacerse. Algo moría en el interior de la persona; algo se quemaba, se cauterizaba. Winston la había visto, incluso había hablado con ella. Ningún peligro había en esto. Winston sabía instintivamente que ahora casi no se interesaban por lo que él hacía. Podía haberse citado con ella si lo hubiera deseado. Esa única vez se habían encontrado por casualidad. Fue en el Parque, un día muy desagradable de marzo en que la tierra parecía hierro y toda la hierba había muerto. Winston andaba rápidamente contra el viento, con las manos heladas y los ojos acuosos, cuando la vio a menos de diez metros de distancia. En seguida le sorprendió que había cambiado de un modo indefinible. Se cruzaron sin hacerse la menor señal. Él se volvió y la siguió, pero sin un interés desmedido. Sabía que ya no había peligro, que nadie se interesaba por ellos. Julia no le hablaba. Siguió andando en dirección oblicua sobre el césped, como si tratara de librarse de él, y luego pareció resignarse a llevarlo a su lado. Por fin, llegaron bajo unos arbustos pelados que no podían servir ni para esconderse ni para protegerse del viento. Allí se detuvieron. Hacía un frío molestísimo. El viento silbaba entre las ramas. Winston le rodeó la cintura con un brazo.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:12 am

No había telepantallas, pero debía de haber micrófonos ocultos. Además, podían verlos desde cualquier parte. No importaba; nada importaba. Podrían haberse echado sobre el suelo y hacer eso si hubieran querido. Su carne se estremeció de horror tan sólo al pensarlo. Ella no respondió cuando la agarró del brazo, ni siquiera intentó desasirse. Ya sabía Winston lo que había cambiado en ella. Tenía el rostro más demacrado y una larga cicatriz, oculta en parte por el cabello, le cruzaba la frente y la sien; pero el verdadero cambio no radicaba en eso. Era que la cintura se le había ensanchado mucho y toda ella estaba rígida. Recordó Winston como una vez después de la explosión de una bomba cohete había ayudado a sacar un cadáver de entre unas ruinas y le había asombrado no sólo su increíble peso, sino su rigidez y lo difícil que resultaba manejarlo, de modo que más parecía piedra que carne. El cuerpo de Julia le producía ahora la misma sensación. Se le ocurrió pensar que la piel de esta mujer sería ahora de una contextura diferente.
No intentó besarla ni hablaron. Cuando marchaban juntos por el césped, lo miró Julia a la cara por primera vez. Fue sólo una mirada fugaz, llena de desprecio y de repugnancia. Se preguntó Winston si esta aversión procedía sólo de sus relaciones pasadas, o si se la inspiraba también su desfigurado rostro y el agüilla que le salía de los ojos. Sentáronse en dos sillas de hierro uno al lado del otro, pero no demasiado juntos. Winston notó que Julia estaba a punto de hablar. Movió unos cuantos centímetros el basto zapato y aplastó con él una rama. Su pie parecía ahora más grande, pensó Winston. Julia, por fin, dijo sólo esto:
Te traicioné.
— Yo también te traicioné — dijo él.
Julia lo miró otra vez con disgusto. Y dijo:
— A veces te amenazan con algo..., algo que no puedes soportar, que ni siquiera puedes imaginarte sin temblar. Y entonces dices: «No me lo hagas a mí, házselo a otra persona, a Fulano de Tal». Y quizá pretendas, más adelante, que fue sólo un truco y que lo dijiste únicamente para que dejaran de martirizarte y que no lo pensabas de verdad. Pero, no. Cuando ocurre eso se desea de verdad y se desea que a la otra persona se lo hicieran. Crees entonces que no hay otra manera de salvarte y estás dispuesto a salvarte así. Deseas de todo corazón que eso tan terrible le ocurra a la otra persona y no a ti. No te importa en absoluto lo que pueda sufrir. Sólo te importas entonces tú mismo.
— Sólo te importas entonces tú mismo — repitió Winston como un eco.
Y después de eso no puedes ya sentir por la otra persona lo mismo que antes.
No — dijo él — ; no se siente lo mismo.
No parecían tener más que decirse. El viento les pegaba a los cuerpos sus ligeros «monos». A los pocos instantes les producía una sensación embarazosa seguir allí callados. Además, hacía demasiado frío para estarse quietos. Julia dijo algo sobre que debía coger el Metro y se levantó para marcharse. Tenemos que vernos otro día — dijo Winston.
Sí, tenemos que vernos — dijo ella.
Winston, irresoluto, la siguió un poco. Iba a unos pasos detrás de ella. No volvieron a hablar. Aunque Julia no le dijo que se apartara, andaba muy rápida para evitar que fuese junto a ella. Winston se había decidido a acompañarla a la estación del Metro, pero de repente se le hizo un mundo tener que andar con tanto frío. Le parecía que aquello no tenía sentido. No era tanto el deseo de apartarse de Julia como el de regresar al café lo que le impulsaba, pues nunca le había atraído tanto El Nogal como en este momento. Tenía una visión nostálgica de su mesa del rincón, con el periódico, el ajedrez y la ginebra que fluía sin cesar. Sobre todo, allí haría calor. Por eso, poco después y no sólo accidentalmente, se dejó separar de ella por una pequeña aglomeración de gente. Hizo un desganado intento de volver a seguirla, pero disminuyó el paso y se volvió, marchando en dirección opuesta. Cinco metros más allá se volvió a mirar. No había demasiada circulación, pero ya no podía distinguirla. Julia podría haber sido cualquiera de doce figuras borrosas que se apresuraban en dirección al Metro. Es posible que no pudiera reconocer ya su cuerpo tan deformado.
«Cuando ocurre eso, se desea de verdad», y él lo había pensado en serio. No solamente lo había dicho, sino que lo había deseado. Había deseado que fuera ella y no él quien tuviera que soportar a las...
Se produjo un sutil cambio en la música que brotaba de la telepantalla. Apareció una nota humorística, «la nota amarilla». Una voz — quizá no estuviera sucediendo de verdad, sino que fuera sólo un recuerdo que tomase forma de sonido — cantaba:
Bajo el Nogal de las ramas extendidas
yo te vendí y tú me vendiste.
Winston tenía los ojos más lacrimosos que de costumbre. Un camarero que pasaba junto a él vio que tenía vacío el vaso y volvió a llenárselo de la botella de ginebra.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:12 am

Winston olió el líquido. Aquello estaba más repugnante cuanto más lo bebía, pero era el elemento en que él nadaba. Era su vida, su muerte y su resurrección. La ginebra lo hundía cada noche en un sopor animal, y también era la ginebra lo que le hacía revivir todas las mañanas. Al despertarse — rara vez antes de las once — con los párpados pegajosos, una boca pastosa y la espalda — que parecía habérsele partido — le habría sido imposible echarse abajo de la cama si no hubiera tenido siempre en la mesa de noche la botella de ginebra y una taza. Durante la mañana se quedaba escuchando la telepantalla con una expresión pétrea y la botella siempre a mano. Desde las quince hasta la hora de cerrar, se pasaba todo el tiempo en El Nogal. Nadie se preocupaba de lo que hiciera, no le despertaba ningún silbato ni le dirigía advertencias la telepantalla. Dos veces a la semana iba a un despacho polvoriento, que parecía un rincón olvidado, en el Ministerio de la Verdad, y trabajaba un poco, si a aquello podía llamársele trabajo. Había sido nombrado miembro de un subcomité de otro subcomité que dependía de uno de los innumerables subcomités que se ocupaban de las dificultades de menos importancia planteadas por la preparación de la onceava edición del Diccionario de Neolengua. En aquel despacho se dedicaban a redactar algo que llamaban el informe provisional, pero Winston nunca había llegado a enterarse de qué tenían que informar. Tenía alguna relación con la cuestión de si las comas deben ser colocadas dentro o fuera de las comillas. Había otros cuatro en el subcomité, todos en situación semejante a la de Winston. Algunos días se marchaban apenas se habían reunido después de reconocer sinceramente que no había nada que hacer. Pero otros días se ponían a trabajar casi con encarnizamiento haciendo grandes alardes de aprovechamiento del tiempo redactando largos informes que nunca terminaban. En esas ocasiones discutían sobre cual era el asunto sobre cuya discusión se les había encargado y esto les llevaba a complicadas argumentaciones y sutiles distingos con interminables digresiones, peleas, amenazas e incluso recurrían a las autoridades superiores. Pero de pronto parecía retirárseles la vida y se quedaban inmóviles en torno a la mesa mirándose unos a otros con ojos apagados como fantasmas que se esfuman con el canto del gallo.
La telepantalla estuvo un momento silenciosa. Winston levantó la cabeza otra vez. ¡El comunicado! Pero no, sólo era un cambio de música. Tenía el mapa de África detrás de los párpados, el movimiento de los ejércitos que él imaginaba era este diagrama; una flecha negra dirigiéndose verticalmente hacia el Sur y una flecha blanca en dirección horizontal, hacia el Este, cortando la cola de la primera. Como para darse ánimos, miró el imperturbable rostro del retrato, ¿Podía concebirse que la segunda flecha no existiera?
Volvió a aflojársele el interés. Bebió más ginebra, cogió la pieza blanca e hizo un intento de jugada. Pero no era aquélla la jugada acertada, porque...
Sin quererlo, le flotó en la memoria un recuerdo. Vio una habitación iluminada por la luz de una vela con una gran cama de madera clara y él, un chico de nueve o diez años que estaba sentado en el suelo agitando un cubilete de dados y riéndose excitado. Su madre estaba sentada frente a él y también se reía. Aquello debió de ocurrir un mes antes de desaparecer ella. Fueron unos momentos de reconciliación en que Winston no sentía aquel hambre imperiosa y le había vuelto temporalmente el cariño por su madre. Recordaba bien aquel día, un día húmedo de lluvia continua. El agua chorreaba monótona por los cristales de las ventanas y la luz del interior era demasiado débil para leer. El aburrimiento de los dos niños en la triste habitación era insoportable. Winston gimoteaba, pedía inútilmente que le dieran de comer, recorría la habitación revolviéndolo todo y dando patadas hasta que los vecinos tuvieron que protestar. Mientras, su hermanita lloraba sin parar. Al final le dijo su madre: «Sé bueno y te compraré un juguete.' Sí, un juguete precioso que te gustará mucho». Y había salido a pesar de la lluvia para ir a unos almacenes que estaban abiertos a esa hora y volvió con una caja de cartón conteniendo el juego llamado «De las serpientes y las escaleras». Era muy modesto. El cartón estaba rasgado y los pequeños dados de madera, tan mal cortados que apenas se sostenían. Winston recordaba el olor a humedad del cartón. Había mirado el juego de mal humor. No le interesaba gran cosa. Pero entonces su madre encendió una vela y se sentaron en el suelo a jugar. Jugaron ocho veces ganando cuatro cada uno. La hermanita, demasiado pequeña para comprender de qué trataba el juego, miraba y se reía porque los veía reír a ellos dos.. Habían pasado la tarde muy contentos, como cuando él era más pequeño.
Apartó de su mente estas imágenes. Era un falso recuerdo. De vez en cuando le asaltaban falsos recuerdos. Esto no importaba mientras que se supiera lo que era. Winston volvió a fijar la atención en el tablero de ajedrez, pero casi en el mismo instante dio un salto como si lo hubieran pinchado con un alfiler.
Un agudo trompetazo perforó el aire:' Era el comunicado, ¡victoria!; siempre significaba victoria la llamada de la trompeta antes de las noticias. Una especie de corriente eléctrica recorrió a todos los que se hallaban en el café. Hasta los camareros se sobresaltaron y aguzaron el oído.
La trompeta había dado paso a un enorme volumen de ruido. Una voz excitada gritaba en la telepantalla, pero apenas había empezado fue ahogada por una espantosa algarabía en las calles. La noticia se había difundido como por arte de magia. Winston había oído lo bastante para saber que todo había sucedido como él lo había previsto: una inmensa armada, reunida secretamente, un golpe repentino a la retaguardia del enemigo, la flecha blanca destrozando la cola de la flecha negra. Entre el estruendo se destacaban trozos de frases triunfales: «Amplia maniobra estratégica... perfecta coordinación... tremenda derrota... medio millón de prisioneros... completa desmoralización... controlamos el África entera... La guerra se acerca a su final... victoria... la mayor victoria en la historia de la Humanidad. !Victoria, victoria, victoria!».
Bajo la mesa, los pies de Winston hacían movimientos convulsivos. No se había movido de su asiento, pero mentalmente estaba corriendo, corriendo a vertiginosa velocidad, se mezclaba con la multitud, gritaba hasta ensordecer. Volvió a mirar el retrato del Gran Hermano. ¡Aquél era el coloso que dominaba el mundo! ¡La roca contra la cual se estrellaban en vano las hordas asiáticas! Recordó que sólo hada diez minutos — sí, diez minutos tan sólo — todavía se equivocaba su corazón al dudar si las noticias del frente serían de victoria o de derrota. ¡Ah, era más que un ejército eurasiático lo que había perecido! Mucho había cambiado en él desde aquel primer día en el Ministerio del Amor, pero hasta ahora no se había producido la cicatrización final e indispensable, el cambio salvador. La voz de la telepantalla seguía enumerando el botín, la matanza, los prisioneros, pero la gritería callejera había amainado un poco. Los camareros volvían a su trabajo. Uno de ellos acercó la botella de ginebra. Winston, sumergido en su feliz ensueño, no prestó atención mientras le llenaban el vaso. Ya no se veía corriendo ni gritando, sino de regreso al Ministerio del Amor, con todo olvidado, con el alma blanca como la nieve. Estaba confesándolo todo en un proceso público, comprometiendo a todos. Marchaba por un claro pasillo con la sensación de andar al sol y un guardia armado lo seguía. La bala tan esperada penetraba por fin en su cerebro.
Contempló el enorme rostro. Le había costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella oculta bajo el bigote negro. ¡Qué cruel e inútil incomprensión! ¡Qué tozudez , la suya exilándose a sí mismo de aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:12 am

Apéndice (de la Editorial)


Los principios de neolengua
Neolengua era la lengua oficial de Oceanía y fue creada para solucionar las necesidades ideológicas del Ingsoc o Socialismo Inglés. En el año 1984 aún no había nadie que utilizara la neolengua como elemento único de comunicación, ni hablado ni escrito. Los editoriales del Times estaban escritos en neolengua, pero era un tour de force que solamente un especialista podía llevar a cabo. Se esperaba que la neolengua reemplazara a la vieja lengua (o inglés corriente, diríamos nosotros) hacia el año 2050. Entretanto iba ganando terreno de una manera segura y todos los miembros del Partido tendían, cada vez más, a usar palabras y construcciones gramaticales de neolengua en el lenguaje ordinario. La versión utilizada en 1984, comprendida en las ediciones novena y décima del Diccionario de Neolengua, era provisional, y contenía muchas palabras superfluas y formaciones arcaicas que más tarde se suprimirían. Aquí nos referiremos a la última versión, la más perfeccionada, tal como aparece en la onceava edición del Diccionario.
La intención de la neolengua no era solamente proveer un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos del Ingsoc, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento. Lo que se pretendía era que una vez la neolengua fuera adoptada' de una vez por todas y la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento herético, es decir, un pensamiento divergente de los principios del Ingsoc, fuera literalmente impensable, o por lo menos en tanto que el pensamiento depende de las palabras. Su vocabulario estaba construido de tal modo que diera la expresión exacta y a menudo de un modo muy sutil a cada significado que un miembro del Partido quisiera expresar, excluyendo todos los demás sentidos, así como la posibilidad de llegar a otros sentidos por métodos indirectos. Esto se conseguía inventando nuevas palabras y desvistiendo a las palabras restantes de cualquier significado heterodoxo, y a ser posible de cualquier significado secundario. Por ejemplo: la palabra libre aún existía en neolengua, pero sólo se podía utilizar en afirmaciones como «este perro está libre de piojos», o «este prado está libre de malas hierbas». No se podía usar en su viejo sentido de «politicamente libre» o «intelectualmente libre», ya que la libertad política e intelectual ya no existían como conceptos y por lo tanto necesariamente no tenían nombre. Aparte de la supresión de palabras definitivamente heréticas, la reducción del vocabulario por sí sola se consideraba como un objetivo deseable, y no sobrevivía ninguna palabra de la que se pudiera prescindir. La finalidad de la neolengua no era aumentar, sino disminuir el área del pensamiento, objetivo que podía conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable.
La neolengua se basaba en la lengua inglesa tal como ahora la conocemos, aunque muchas frases de neolengua, incluso sin contener nuevas palabras, serían apenas inteligibles para el que hablara el inglés actual. Las palabras de neolengua se dividían en tres clases distintas, conocidas por los nombres de vocabulario A, vocabulario B (también llamado de palabras compuestas) y vocabulario C. Lo más simple sería discutir cada clase separadamente, pero las peculiaridades gramaticales de la lengua pueden ser tratadas en la sección dedicada al vocabulario A, ya que las mismas reglas se aplicaban a las tres categorías.
El vocabulario A. El vocabulario A consistía en las palabras de uso cotidiano: cosas como comer, beber, trabajar, vestirse, subir y bajar escaleras, conducir vehículos, cuidar el jardín, cocinar y cosas por el estilo. Se componía prácticamente de palabras que ya poseemos — palabras como golpear, correr, perro, árbol, azúcar, casa, campo — ; pero en comparación con el vocabulario inglés de hoy en día, su número era extremadamente pequeño, al mismo tiempo que sus significados eran más rigurosamente restringidos. Todas las ambigüedades y distintas variaciones de significado habían sido purgadas. En tanto que fuera posible, una palabra de neolengua de este tipo quedaba reducida simplemente a un sonido preciso que expresaba un concepto claramente entendido. Hubiera sido totalmente inconcebible utilizar el vocabulario A para propósitos literarios o para discusiones políticas o filosóficas. Su intención era la de expresar pensamientos simples y objetivos, casi siempre relacionados con objetos concretos o acciones físicas.
La gramática de la neolengua tenía dos grandes peculiaridades. La primera era una intercambiabilidad casi total entre las distintas partes de la oración. Cualquier palabra de la lengua (en principio esto era aplicable incluso a palabras abstractas como si o cuando) se podía usar como verbo, nombre, adjetivo o adverbio. Entre la forma del verbo y la del nombre, cuando eran de la misma raíz, no había nunca ninguna variación y así esta regla por si misma suponía la destrucción de muchas de las formas arcaicas. La palabra pensamiento, por ejemplo, no existía en neolengua. En su lugar existía pensar, que hacía la función de verbo y de nombre. Aquí no se seguía ningún principio etimológico. En algunos casos se conservaba el sustantivo original y en otros casos el verbo. Incluso cuando un nombre y un verbo de significado parecido no tenían una relación etimológica, con frecuencia se suprimía el uno o el otro. No existía, por ejemplo, una palabra como cortar, ya que su significado quedaba lo suficientemente cubierto por el nombre — verbo cuchillo. Los adjetivos se forzaban añadiendo el sufijo lleno al nombre — verbo, y los adverbios añadiendo demudo. Así, por ejemplo, rapidolleno quería decir rapidez, y rapidodemodo significaba rápidamente. Se conservaron algunos adjetivos de hoy en día como bueno, fuerte, grande, negro, blando, pero en un número muy reducido. Por otra parte, su necesidad era mínima, ya que se llegaba a cualquier significado adjetival añadiendo lleno a un sustantivo-verbo. No se conservaron ninguno de los adverbios hoy existentes exceptuando algunos que acababan en demodo; la terminación demodo era invariable. La palabra bien, por ejemplo, se sustituyó por buenmodo. Además, a cualquier palabra — y esto, como principio, se aplicaba a todas las palabras del idioma, — se le daba sentido de negación añadiendo el prefijo in o se le daba fuerza con el sufijo plus, o para aumentar el énfasis, dobleplus. Así por ejemplo, hirió significaba «caliente», mientras que plusfrío y dobleplu frío significaban respectivamente «muy frió» y «extraordinariamente frío». También era posible, como en el inglés de hoy en día, modificar el significado de casi todas las palabras con preposiciones afijas como, ante, post, sobre, sub, etc. A base de este método fue posible disminuir enormemente el vocabulario. Poniendo por caso la palabra bueno, ya no habría necesidad de la palabra malo ya que el significado requerido se expresaba tan bien o incluso mejor por inbueno. Lo único necesario, en el caso de que dos palabras formaran una pareja de significación opuesta, era decidir cuál suprimir. Oscuridad, por ejemplo, podía ser reemplazada por inluz o luz por inascuro, según lo que se prefiera. La segunda característica de la gramática de la neolengua era su regularidad. Aparte de algunas excepciones abajo mencionadas, todas las inflexiones seguían las mismas reglas. Así, en todos los verbos el pretérito y el participio pasado eran el mismo y terminaban en ed (1). El pretérito de pensar, pensé, de robar, robé, y así en toda la lengua; todas las otras formas: mandó, dio, habló, trajo, cogido, etc. fueron abolidas. Los plurales de hombre, buey, vida eran hombres, bueys, vidas.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:13 am

(1) En inglés. En español acabarían en la misma letra o seguirían como los verbos regulares, ejemplo: robé, hace, pensé, comer, comí. Los ejemplos ingleses robar, pensar en español ya son verbos y no justifican el ejemplo
La única clase de palabras a las que todavía se les permitía inflexiones irregulares eran los pronombres, los relativos, los adjetivos demostrativos y los verbos auxiliares. Todos estos seguían su uso antiguo excepto que «quien» había sido suprimido por innecesario y los tiempos condicionales de deber, debería, habían caído en desuso ya que habían sido cubiertos por «haría, habría hecho». Había también ciertas irregularidades en la formación de palabras creadas por la necesidad del habla fácil y rápida.
Una palabra que fuese difícil de pronunciar o que podía entenderse incorrectamente, se estimaba ipso facto una mala palabra; así que ocasionalmente, por la eufonía, se insertaban letras en una palabra o se conservaba una forma arcaica. Pero esta necesidad tenía más relación sobre todo con el vocabulario B. La razón de la importancia concedida a la facilidad de la pronunciación, se aclarará más tarde en este ensayo.
El vocabulario B: El vocabulario B consistía en palabras que habían sido construidas deliberadamente con propósitos políticos. Es decir, palabras que no solamente tenían en todos los casos implicaciones políticas sino que además poseían la intención de imponer una deseable actitud mental en la persona que las utilizaba. Sin una compresión total de los principios * del Ingsoc era difícil usar estas palabras correctamente. En algunos casos se podían traducir a la vieja lengua o incluso a palabras tomadas del vocabulario A, pero ello exigía una larga parrafada y siempre se perdían ciertos énfasis. Las palabras del vocabulario B eran una especie de taquigrafía verbal que a menudo englobaban toda una serie de ideas expresadas en unas pocas sílabas y a la vez con un sentido más exacto y más fuerte que en el lenguaje ordinario. Las palabras B eran en todos los casos palabras compuestas. * Consistían en dos o más palabras juntadas de un modo fácilmente pronunciable. El resultado era siempre un verbonombre y se utilizaba según las reglas normales. Pongamos un único ejemplo: la palabra bienpensar, que significa de un modo general «ortodoxia», o si uno quiere tomarla como verbo, «pensar de un modo ortodoxo». Su declinación era la siguiente: nombre-verbo, bienpensar; pretérito y participio pasado, bienpensado participio presente, bienpensante; adjetivo, bienpensadolleno; adverbio, bienpensadamente; nombre verbal, bienpensado.
*Palabras compuestas como ehablarsubir» también se encontraban, claro está, en el vocabulario A, pero no eran más que abreviaciones de conveniencia y no tenían ideología de ningún color en especial
Las palabras B no se construían de acuerdo con ningún plan etimológico. Las palabras podían ser de cualquier parte de la lengua, se podían poner en un orden cualquiera y ser mutiladas de modo que las hiciera de fácil pronunciación a la vez qué indicaban su derivación. En la palabra crimenpensar (pensamientocrimen), por ejemplo, el pensar iba detrás mientras que en pensarpol (Policía del Pensamiento) iba primero y en la última palabra, policía había perdido las tres sílabas finales. Dada la dificultad de asegurar la eufonía, las formaciones irregulares eran más comunes en el vocabulario B que en el vocabulario A. Por ejemplo, las formas adjetivadas de Miniver, Minipax y Minimor eran, respectivamante, Miniverlleno, Minipaxlleno y Minimorlleno, simplemente porque verdadlleno, pazlleno y amorlleno eran algo difíciles de pronunciar. En principio, de todos modos, todas las palabras B se modulaban del mismo modo.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:13 am

Algunas de las palabras B tenían significados muy sutiles, apenas inteligibles para quien no dominara la lengua en su totalidad. Consideremos, por ejemplo, una frase típica del editorial del Times como ésta: «Viejos pensadores incorazonsentir Ingsoc». El modo más sencillo de entender esto en la Viejalengua sería: «Como que se formaron con las ideas de antes de la Revolución, no pueden tener una comprensión emocional de los principios del Socialismo Inglés». Pero ésta no es una traducción adecuada. En primer lugar, para lograr captar el significado de la frase arriba mencionada, habría que tener una idea clara de lo que se entiende por Ingsoc. Y además, sólo una persona totalmente educada en el Irigsoc podía apreciar toda la fuerza de la palabra corazonsentir, que implicaba una ciega y entusiasta aceptación difícil de imaginar hoy; de la palabra viedopensar, que estaba inextricablemente mezclada con la idea de maldad y decadencia. Pero la función especial de ciertas palabras de neolengua, de las que vio era una, no era tanto expresar su significado como destruirlos. Estas palabras, pocas en número, por supuesto, habían extendido su significado hasta el punto de contener, dentro de ellas mismas, toda una serie de palabras que como quedaban englobadas por un solo término comprensivo, ahora podían ser relegadas y olvidadas. La mayor dificultad con la que se encontraban los compiladores del Diccionario de Neolengua no era inventar nuevas palabras, sino la de precisar, una vez inventadas aquéllas, cuál era su significado. Es decir, precisar qué series de palabras quedaban invalidadas con su existencia. Tal como ya hemos visto con la palabra liben, las palabras que en su día hubieran tenido un significado herético, a veces se conservaban por conveniencia, pero limpias de los significados indeseables. Innombrables palabras como honor, justicia, moralidad, internacionalismo, democracia, ciencia y religión simplemente habían dejado de existir. Unas cuantas palabras hacían de tapadera y, al encubrirlas, las abolían. Todas las palabras agrupadas bajo los conceptos de libertad e igualdad, por ejemplo, se contenían en una sola, crimenpensar, mientras que todas las palabras reunidas bajo los conceptos de objetividad y racionalismo quedaban comprendidas en la única palabra viejopensar. Mayor precisión hubiera sido peligrosa. Lo que se requería de un miembro del Partido era un punto de vista similar al de los antiguos hebreos que sabían, sin saber mucho más, que todas las naciones aparte de la suya adoraban a «dioses falsos». No necesitaban saber que estos dioses se llamaban Baal, Osiris, Moloch, Ashtaroth, etc. Probablemente cuanto menos supiesen sobre ellos, mejor para su ortodoxia. Conocían a Jehová y sus mandamientos; sabían, por lo tanto, que todos los dioses con otros nombres y atributos eran dioses falsos. De manera parecida, el miembro del Partido sabía lo que constituía la correcta norma de conducta, y de un modo increíblemente vago y general lo que podía apartarle de ella. Su vida sexual, por ejemplo, estaba totalmente regulada por las dos palabras de neolengua sexocrimen (inmoralidad sexual) y buensexo (castidad). El sexocrimm cubría infracciones de todo tipo: fornicación, adulterio, homosexualidad y otras perversiones y, además, el coito normal practicado por placer. No había necesidad de nombrarlos separadamente, ya que todos eran igualmente culpables y merecían la muerte. En el vocabulario C, que consistía en palabras técnicas y científicas, existía la necesidad de dar nombres especializados a ciertas aberraciones sexuales, pero el ciudadano normal no las necesitaba. Éste sabía lo que se quería decir buensexo, es decir, el coito normal entre marido y mujer con el solo propósito de engendrar hijos y sin placer físico por parte de la mujer; todo lo demás era sexocrímen. En neolengua era casi imposible seguir un pensamiento herético más allá de la percepción de su carácter herético; a partir de este punto faltaban las palabras necesarias. Ninguna palabra en el vocabulario B era ideológicamente neutral. Muchas eran eufemismos. Palabras como, por ejemplo, gozocampo (campo de trabajos forzados) o Minipax (Ministerio de la Paz, es decir, Ministerio de la Guerra) significaban exactamente lo opuesto de lo que parecían indicar. Algunas palabras, por otro lado, traducían una franca y despreciativa comprensión por la naturaleza real de la sociedad de Oceanía. Por ejemplo, prolealimento significaba la porquería de entretenimiento y falsas noticias que el Partido daba a las masas. Otras palabras además eran ambivalentes, teniendo la connotación de «bueno» cuando eran aplicadas al Partido y de «malo» cuando eran aplicadas al enemigo. Pero además había gran cantidad de palabras que a primera vista parecían meras abreviaciones y que extraían su color ideológico no de su significado sino de su estructura. Hasta donde fuera posible todo lo qué pudiera tener un significado político de cualquier tipo entraba en el vocabulario B. Los nombres de organizaciones, grupos de personas, doctrinas, países o instituciones o edificios públicos, habían quedado recortados de forma muy sencilla, es decir, una sola palabra fácilmente pronunciable con el menor número de sílabas y que conservaba la derivación original. En el Ministerio de la Verdad, por ejemplo, el Departamento de Registro donde trabajaba Winston Smith se llamaba Regdep, el Departamento de Ficción se llamaba Ficdep, el Departamento de Teleprogramas se llamaba Teledep, etc. La finalidad no era sólo ganar tiempo. Incluso en las primeras décadas del siglo veinte, las palabras y frases abreviadas habían sido uno de los rasgos característicos del lenguaje político y era notorio que la tendencia a usar abreviaturas de este tipo era más marcada en países y organizaciones totalitarias. Ejemplos de ello son palabras tales como Nazi, Gestapo, Comintern, Inprecorr y Agitrop. Al principio esta práctica se había adoptado instintivamente, pero en neolengua se utilizaba con un propósito consciente. Habían observado que abreviando un nombre se estrechaba y alteraba sutilmente su significado, perdiendo la mayoría de asociaciones de ideas que de otra manera habría mantenido. Las palabras Internacional Comunista, por ejemplo, evocan la imagen polifacética de solidaridad humana, banderas rojas, barricadas, Karl Marx y la Comuna de París. La palabra Comintern, por otro lado, sólo sugiere una organización tupida y cerrada, con una doctrina concreta. Se refiere a algo tan fácilmente reconocible y limitado en su propósito como una silla o una mesa. Comintern es una palabra que se puede pronunciar casi sin pensar, mientras que Internacional Comunista, es una frase en la que uno tiene que detenerse por lo menos unos momentos. Del mismo modo. las asociaciones ideológicas que la palabra Miniver evoca son menores y más controlables que las sugeridas por Ministerio de la Verdad. Esta era la razón del hábito de abreviar siempre que fuera posible, así como también el casi exagerado cuidado que dedicaban a facilitar la pronunciación de las palabras. En neolengua, la obsesión de la eufonía pesaba más que cualquier otra consideración, salvo la exactitud del significado. Si era necesario, siempre se sacrificaba la regularidad de la gramática en aras de la eufonía. Y con razón, ya que lo que se requería, sobre todo por razones políticas, eran palabras cortas y de significado inequívoco que pudieran pronunciarse rápidamente y que despertaran el mínimo de sugerencias en la mente del parlante. Las palabras del vocabulario B incluso ganaban en fuerza por el hecho de ser tan parecidas. Casi invariablemente estas palabras —

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por El Compañero el Jue Dic 20, 2007 11:14 am

bienpensar, Minipax, prolealimento, sexocrimen, gozocampo, Ingsoc, corazonsentir, pensarol y muchas otras — eran palabras de dos o tres sílabas con el acento tónico igualmente distribuido entre la primera sílaba y la última. Su uso fomentaba una especie de conversación similar a un cotorreo, a la vez roto y monótono; era esto precisamente lo que pretendían. La intención era formar un lenguaje, sobre todo el que versaba sobre materias no neutrales ideológicamente, tan independiente como fuera posible de la conciencia. En asuntos, de la vida cotidiana, sin duda era necesario, o algunas veces necesario, reflexionar antes de hablar, pero un miembro del Partido, llamado a emitir un juicio político o ético, debía ser capaz de disparar las opiniones correctas tan automáticamente como una ametralladora las balas. Su entrenamiento lo preparaba para ello, el lenguaje le daba un instrumento casi infalible y la textura de las palabras, con su sonido duro y una especie de fealdad salvaje de acuerdo con el espíritu del Ingsoc, acababan de completar el proceso. Además contribuía el hecho de tener pocas palabras donde escoger. En relación con el nuestro, el vocabulario de la neolengua era mínimo, y continuamente inventaban nuevos modos de reducirlo. Desde luego, la neolengua difería de la mayoría de otros lenguajes en que su vocabulario se empequeñecía en vez de agrandarse. Cada reducción era una ganancia, ya que cuanto menor era el área para escoger, más pequeña era la tentación de pensar. En definitiva, se esperaba construir un lenguaje articulado que surgiera de la laringe sin involucrar en absoluto a los centros del cerebro. Este objetivo se explicita francamente en la palabra de neolengua haNapato, que significa «cuacuar como un pato»; como otras palabras de neolengua, baWpato era de significado ambivalente. Si las opiniones cuacuadas eran ortodoxas, sólo implicaban alabanza y cuando el Times se refería a uno de los oradores del Partido como a un dobleplusbum cuacuador estaba emitiendo un caluroso y valioso cumplido.
El vocabulario C. El vocabulario C era complementario de los otros dos y contenía totalmente términos científicos y técnicos. Éstos se parecían a los términos científicos en uso hoy en día y procedían de las mismas raíces, pero se tomó el cuidado habitual para definirlos rápidamente, y despojarlos de los significados indeseables. Se atenían a las mismas reglas gramaticales que las palabras de los otros dos vocabularios. Muy pocas palabras C tenían uso en las conversaciones cotidianas o en el lenguaje político. Cualquier científico o técnico podía encontrar todas las palabras necesarias en la lista dedicada a su especialidad, pero sólo tenía una mínima idea de las palabras de las otras listas. Solamente unas cuantas palabras eran comunes a todas las listas y no existía un vocabulario que expresase la función de la ciencia como actitud mental o como método intelectual independiente de sus ramas particulares. No había, de hecho, palabra para designar la «Ciencia», quedando cualquier significado que pudiera tener suficientemente cubierto por la palabra Ingsoc.
Por lo que se ha explicado, podrá verse que en neolengua la expresión de opiniones heterodoxas de bajo nivel era casi imposible. Era factible, claro está, emitir herejías de un tono muy crudo y elemental, como una especie de blasfemia. Hubiera sido posible, por ejemplo, decir el «Gran Hermano inbueno». Pero esta aseveración, que a un oído ortodoxo le sonaba como una manifiesta absurdidad, no podría haber sido sostenida con argumentos racionales, ya que faltaban las palabras necesarias. Sólo podían sostenerse ideas contrarias al Ingsoc de una manera vaga y sin palabras, y formularlas en unos términos muy genéricos que mezclaban y condenaban todo tipo de herejías, sin definirlas particularmente. De hecho, sólo podía utilizarse la neolengua para fines heterodoxos traduciendo de un modo ilegítimo algunas de las palabras a la Viejalengua. Por ejemplo, «Todos los hombres son iguales» era una afirmación posible en neolengua, pero en el mismo sentido en que «Todos los hombres tienen el pelo rojo» pudiera serlo en Viejalengua. No contiene ningún error gramatical, pero expresa una no-verdad palpable como que todos los hombres son de la misma estatura, peso o fuerza. El concepto de igualdad política ya no existía y por lo tanto esta significación secundaria había sido limpiada de la palabra igual. En 1984, cuando Viejalengua era todavía el medio normal de comunicación, teóricamente existía el peligro de que al usar palabras de neolengua uno recordara sus significados originales. En la práctica no era difícil, para alguien bien versado en el doblepmar, evitar que esto ocurriera, pero dentro de dos generaciones se evitaría incluso la posibilidad de este peligro. Una persona creciendo con neolengua como único lenguaje, no sabría nunca que igual había tenido antes la acepción de «igualdad política», o que «libre» había significado anteriormente «intelectualmente libre», del mismo modo que, por ejemplo, una persona que no hubiera oído hablar nunca de ajedrez, podría saber los segundos significados aplicables a la reina y a la torre. Por lo tanto, quedaría descartada la posibilidad de cometer muchos crímenes y errores simplemente porque no tenían nombre y, en consecuencia, son inimaginables. Y era de esperar que con el paso del tiempo las características que distinguían a la neolengua, se volverían más y más acusadas: sus palabras irían disminuyendo, sus significados cada vez más restringidos y más remoto el peligro de utilizarlos impropiamente. Al desaparecer la Viejalengua se habría roto el último lazo con el pasado. La historia ya se había reescrito, pero algunos fragmentos de la vieja literatura sobrevivían aquí y allá, imperfectamente censurados, y mientras persistiera el conocimiento de la Viejalengua era posible leerlos. En el futuro tales fragmentos, incluso si sobrevivieran, serían inteligibles e intraducibles. Era imposible traducir un pasaje de Viejalengua a Neolengua, salvo que se refiriera a algún proceso técnico, a hechos de la vida cotidiana o bien fuese ya de tendencia ortodoxa (bienpensante sería la expresión en neolengua). En la práctica, esto suponía que ningún libro escrito antes de 1960 podía traducirse por completo. La literatura anterior a la Revolución sólo podía estar sujeta a una traducción ideológica, o sea, a una alteración tanto de las palabras como del sentido. Tomemos por ejemplo el tan conocido pasaje de la Declaración de la Independencia:
Entendemos que son verdades evidentes el que todos los hombres han sido creados iguales, que han sido dotados por su Creador con ciertos derechos: inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Y que, para asegurar estos derechos, se han instituido entre los hombres los gobiernos, cuyo poder depende del consentimiento de los gobernados. Y que cuando cualquier forma de gobierno perjudica estos fines, el pueblo tiene derecho a alterarla o abolirla e instituir una nueva...
Hubiera sido imposible traducir este párrafo a neolengua conservando el sentido del original. La traducción más aproximada consistiría en tragarse todo el pasaje como crimental Una traducción completa sólo podía ser ideológica, con lo que las palabras de Jefferson se habrían convertido en un panegírico sobre el gobierno absoluto.
Buena parte de la literatura del pasado ya se había transformado en esto. Consideraciones de prestigio aconsejaban conservar el recuerdo de algunas figuras históricas, poniendo al mismo tiempo algunas de sus grandes acciones en relación con la filosofía del Ingsoc. Varios escritores como Shakespeare, Milton, Swift, Byron, Dickens y otros estaban en proceso de traducción. Una vez terminado este trabajo, sus escritos originales, junto con el resto que hubiera sobrevivido de la literatura del pasado, sería destruido. Estas traducciones eran un proceso lento y difícil y no se esperaba que fueran terminadas antes de la primera o segunda década del siglo veintiuno. Había también gran cantidad de literatura meramente utilitaria manuales técnicos indispensables y cosas por el estilo que debían ser tratados del mismo modo. Para dar tiempo a este trabajo preliminar, se fijó una fecha tan lejana como el año 2050 para la adopción definitiva de la neolengua.

El Compañero
VIP

Cantidad de mensajes : 3535
Localización : "Donde mora la libertad, allí está mi patria."
Valoración de Comentarios : 1960
Puntos : 6405
Fecha de inscripción : 17/12/2007

Ver perfil de usuario http://politicacubana.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por Opossum el Vie Jun 06, 2014 8:14 am

.

Opossum
Miembro Especial

Cantidad de mensajes : 1087
Valoración de Comentarios : 1310
Puntos : 2489
Fecha de inscripción : 15/05/2014

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: 1984 DE GEORGE ORWELL

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 12:12 am


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 3 de 3. Precedente  1, 2, 3

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.