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Cuba, donde la miseria toma carta de ley

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Cuba, donde la miseria toma carta de ley

Mensaje por Ariguanaba2 el Sáb Dic 08, 2007 4:11 pm

Luz Modroño, Representante en Europa del Grupo Internacional por la Responsabilidad Social Corporativa (GIRSC)
Tras cuarenta y siete años de imposición férrea de la supremacía ideológica y política sobre cualquier otro componente moral, social o económico, Cuba es hoy un país que salió de la pobreza para entrar en la miseria. El poder absolutista de una dictadura que ha supeditado sus bases de producción y el desarrollo del país a un hipotético y falaz igualitario reparto de la riqueza sobre la base del aislamiento y la autarquía, anulando todo intento de iniciativa privada y de estímulo social, no puede sino engendrar miseria y destrucción. Las miradas perdidas en un futuro sin esperanza de los cubanos que día a día sobreviven buscando cómo conseguir unos pesos de más, lo ponen bien en evidencia. Rebuscar entre basuras, que en su amontonamiento por calles y plazas dan un toque de colorismo a las calles habaneras, susurrar al oído del turista aparentemente necesitado cualquier producto que pueda ser vendido o al del turista incauto la necesidad de leche o vitaminas que tiene un hijo pequeño o enfermo acompañado de un largo discurso sobre la imposibilidad de adquirirla...- el turista le acompañará a la tienda más cercana, a la que ellos tienen difícil acceso, comprará la leche, o las vitaminas... y verá si queda observando como ésta es revendida en pequeñas cantidades o es devuelta al propio establecimiento donde se adquirió, saliendo con la cara radiante por los pesos conseguidos en el intercambio comercial- son prácticas habituales. Un futuro anémico de ilusiones que compite con la amenaza permanente y la corrupción. Si la caída del muro de Berlín mostró al mundo la cara real del comunismo y los efectos que el control estatal de todos los medios de producción produjo sobre la descomposición de sociedades antaño prósperas y avanzadas, Cuba, hoy últ reducto de aquella utopía, que sufrió en los noventa las devastadoras consecuencias de su pervivencia en el aislamiento, no ha hecho sino acrecentar hasta los niveles de destrucción y corrupción actuales los efectos de una sociedad y una economía regidas por la ley de la intolerancia y el pensamiento único. Desde la caída del muro han pasado dieciocho años. Dieciocho largos años que han supuesto para el pueblo cubano la acentuación imparable de una larga agonía. El bloqueo americano no ha servido sino para endurecer las medidas internas de control y represión. Ha sido la excusa que, como anillo al dedo, ha servido a Castro para justificar los actos de violencia contra su propio pueblo y ha sido la explicación bajo la que se ha parapetado una parte de la opinión internacional que se niega a ver la responsabilidad directa del dictador. Y, entre tanto, el empobrecimiento, la economía sumergida, la corrupción, el engaño, el robo o la mendicidad han ido entronizándose. Cuba es hoy, tras cuarenta y siete años de poder absoluto acumulados en un solo hombre un país que marcha inexorable hacia su propia ruina. Una agonía para los gobernados y una vergonzosa complicidad para esa parte del mundo libre y democrático que, bajo los efectos propagandísticos del propio caudillo cubano ha asistido y, en ocasiones justificado, a tal despropósito histórico. Bajo el icono del antinorteamericanismo se ha venido justificando desde distintos sectores de la opinión internacional, una demagogia que ha querido presentar al sistema como único superviviente de un mundo que hace tiempo demostró su inviabilidad. Y niega, mirando hacia otro lado o no queriendo mirar a la realidad de frente, el sufrimiento de un pueblo víctima de obsesiones caudillistas que se ve obligado al aplauso bajo amenazas de exclusión social. Hasta que consigue huir. Las cifras de los que han abandonado el paraíso cubano rondan los dos millones de exiliados, aún con las enormes dificultades que salir del país supone en una legislación que niega y viola el artículo 13 de la Declaración de Derechos Humanos que reconoce el derecho a la libre movilidad de los ciudadanos. Atrás quedan familias, amigos, compañeros de juego o de café, cuyos rasgos el tiempo inexorable se encargará de empañar. El pueblo cubano huye también del hambre. Cuba ha adquirido una deuda internacional que ronda los 70.000 millones de dólares y que Castro intenta pagar a costa de la explotación de su propio pueblo. Baste como demostración de ello, el dato de que los trabajadores de empresas turísticas, hoy primera fuente de entrada de divisas, cobran sus sueldos en devaluados pesos nacionales y a través de empresas empleadoras gubernamentales que retienen hasta el 98% de los salarios que corresponderían a dichos trabajadores. Los salarios finales de los trabajadores de este sector rondan los 250 pesos nacionales -cuatro pesos nacionales equivalen a uno convertible, correspondiendo a éste últ un valor semejante al euro- en un país donde los precios se equiparan a los europeos. El sector turístico es considerado un sector privilegiado por el resto de los trabajadores. La conjunción del alto coste de la vida en Cuba y los misérrs salarios ha engendrado una doble economía instaurada en el país con características rayanas en la corrupción. Binomio peligroso tanto para la supervivencia del pueblo como para la del propio poder. Sólo el control acérr de la población mediante la vigilancia policial continua y la negación constante de los derechos humanos tanto como la persecución implacable sobre el que osa una queja pública o una crítica al sistema garantizan el silencio y la resignación. La Ley 88 también llamada, tan gráficamente, Ley Mordaza, por la que son juzgados, encontrados culpables y condenados todos los que traspasan la frontera de la aceptación servil del sistema subraya esta afirmación. Y no son pocos los que, a pesar de ella, continúan arriesgando vidas y haciendas por lograr el tan ansiado cambio. El Estado, aquí inevitablemente identificado con el gobierno, es el empresario único. Y como tal dueño absoluto de los modos y medios de producción así como de los puestos de trabajo que distribuye entre la población. El salario queda jerarquizado en veintitres categorías o escalas cuya última revisión no completada ha provocado la paradoja de que niveles superiores perciban menor cuantía salarial que escalas más bajas. El sueldo de un médico, un abogado o un ingeniero ronda los seiscientos pesos nacionales, esto es el equivalente a 150 euros. Por ello, muchos desertan de sus empleos oficiales para dedicar sus esfuerzos a la economía sumergida. Aunque ésta sea vender lnadas a los turistas. Atrás, años de estudios, de preparación, de renuncias que no han servido sino para comprobar que en Cuba es imposible vivir con el salario que el gobierno da a sus trabajadores, sea éste cual sea. No es difícil encontrar a adolescentes que han renunciado a seguir ningún tipo de preparación superior y, a cambio, dedican sus mejores años a conducir un "almendrón", dedicarse a la venta clandestina, medrar en cualquier campo de la economía sumergida o clandestina mientras suspiran por un horizonte de escapatoria. El futuro les ha sido negado. La precariedad, el paulatino y siempre constante empobrecimiento, la miseria, la lujuriante escasez de productos en las tiendas nacionales a la vez que la abundancia y la variedad quedan reservados para el que puede pagar en pesos convertibles -divisas- y que son derivados al consumo para turistas y exhibidos en hoteles y paladares, los sueldos misérrs... ha generado un sistema perverso de economía sumergida en la que a modo de engranaje bien engrasado el cubano sobrevive. Porque en Cuba sobrevivir es sinón de vivir. Machaconamente, la expresión "No es fácil, no es fácil" sale de forma constante de los labios de los cubanos. Basta poco tiempo de estancia en la isla para hacerla propia. Prohibida la propiedad privada, los tímidos intentos de algunos sectores de la población por montar un pequeño negocio, son a menudo abortados por el gobierno. Los "cuentapropistas", así llamados los que sorteando las trabas burocráticas que dificultan sobremanera todo intento de generar riqueza se atreven a sacar adelante su iniciativa privada, son constantemente perseguidos y amenazados. Propietarios de viejos coches de los años cincuenta, llamados "almendrones", que utilizan como taxis colectivos y que solucionan en gran medida el grave problema del transporte público, coco-taxis, bici-taxis, carromatos...; propietarios de casas que alquilan habitaciones a turistas; paladares o restaurantes de comida criolla que en tantos discursos de Castro son responsabilizados de problemas como los derivados del abastecimiento energético o culpados de la desestabilización del régimen; vendedores de galletas artesanales; de ron elaborado clandestinamente; de manís envueltos en sofisticados cucuruchos de papel y que son cantados a lo largo del Malecón; vendedores de cigarrillos sueltos o de puros -que previamente han ido confeccionándose con el robo de las hojas en las fábricas estatales- ... ponen la nota colorista en las calles de La Habana. Pero todos, obviamente si no son clandestinos que también abundan, necesitan para su pequeño negocio una licencia gubernamental. Licencia que sería lógica si no supusiera una forma más de coacción y amenaza. Porque, por un lado su concesión es arbitraria y responde fundamentalmente al grado en que demuestran afección al régimen y, por otro, porque igual de aleatoria es su retirada. Los cuentapropistas, esto es los trabajadores por cuenta propia, viven en un estado permanente de zozobra temiendo que la próxima renovación de su licencia no les llegue. La existencia de los "cuentapropistas" es tan sólo una muestra más de la supremacía de lo político e ideológico sobre lo económico. Castro como buen dictador necesita tenerlo todo "atado y bien atado". Palabras cuyo significado muchos españoles conocieron bien. Frente a esta escasa economía privada, de la que Castro obtiene, no obstante, seguros y constantes ingresos al no estar regulada por los dividendos que el propietario obtenga de la explotación de su negocio sino a impuestos inmutables e independientes del beneficio producido -el sistema fiscal es inexistente- y ajenas por tanto a las ganancias o pérdidas obtenidas y a las fluctuaciones del mercado, otra más soterrada y generalizada se extiende paralela a la actividad económica de las empresas estatales. De ello hablaremos en otra ocasión.




Ariguanaba2
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