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Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

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Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

Mensaje por porfin libre gonzalez el Jue Nov 08, 2007 8:37 pm

Aun puede verle por la camisa azul. A
intervalos agita el brazo en la distancia y responde. Conoce estas
costas al dedillo, las domina desde que correteaba tras su padre en las
frecuentes pescas, desde su lejana adolescencia cuando venía con los
amigos y acampaban un fin de semana lejos del bullicio de la ciudad.
Siempre le gustó la mar pero hoy no le habla ni lanza sus avíos en
busca de roncos ni rabirrubias, hoy despide a un hijo balsero. El mismo
ayudó a seleccionar el punto de salida y les indicó la hora mejor para
aprovechar la corriente que les alejara de la costa, al fin y al cabo
sabía que la decisión del hijo era irreversible y lo mejor era
ayudarle. Les sugirió que el atardecer era la hora ideal pues las
primeras doce horas contarían con la ausencia del sol y les permitiría
un mayor esfuerzo sin el castigo del sol.
Entregó todos sus ahorros
para comprar los barriles de petróleo que sirven de flotadores para la
balsa y parte de la armazón de madera la ayudó a conseguir con una
vieja amistad. Desde que Ignacio le confesó los planes de irse del país
en una balsa comprendió que quizás no le vería más por lo que se
esforzó en garantizar que todo llegara a buen fin, pues de esta manera
tendría una posibilidad de verlo, tal vez dentro de unos años, pero al
menos atesoraría esa esperanza. Hace años que esa palabra la ha borrado
del lenguaje, sólo menciona esperanza cuando visita a una amiga que
tiene tal nombre, la vida le ha dado demasiados golpes, tantos que casi
le cuestan la existencia, ha perdido todo y lo único que le queda se le
aleja en busca del horizonte con una camisa azul.
A unos veinte
metros de él, junto a la orilla los de familiares del resto de los
tripulantes de la balsa acompañan con la vista el lento desplazamiento
de esta. Mientras unos se abrazan, otros cantan himnos a Yemayá, la
diosa del mar del panteón yoruba. Abilio se abraza a una botella de
aguardiente destilado por él mismo de forma artesanal, a la que da
grandes sorbos tratando de caer con rapidez en ese sopor alcóholico
donde las penas se adormecen junto con la lengua. Desde su posición,
sentado sobre una piedra elevada reza por su hijo más pequeño y saluda
a la osha de cabecera, dueña de los mares e implacable en los castigos: ¡Omío Yemaya Omoloddé! ¡Yemaya Ataramawa!
Se
mantiene lejos del grupo, aunque estos le observan a cada rato, velan
por el anciano que saben que se queda solo tras la partida del vástago.
Desde hace unos diez años, cuando su vida comenzó a huir del bienestar
buscó amparo lejos de las iglesias donde encontró siempre la paz
espiritual en los momentos difíciles y se refugió en el mundo de
Orunmila. Inmerso en el sincretismo religioso de la isla, encontró en
los orishas y el sonoro canto de los tambores, un leve oasis de paz en
su vasto desierto de miserias. Buscó en los orígenes, tratando de
proporcionar orden a un alma que mezclada a fuerza de tanta desgracia
escudriña por alivio entre varios dioses. Dioses menos lejanos, que se
identifican con los mares, los ríos y la exuberante flora caribeña,
dioses con árboles preferidos, con sabor a ebbó de cuatro esquinas, que
se acercan al repique de los tambores y el ron, de baile, de oración
cantada por caderas sudorosas de mulatas ágiles como gacelas y
sensuales como las madrugadas, donde Abilio lleva a descansar sus
lágrimas.
La balsa apenas se vislumbra en la inmensidad que ya va
tomando un color oscuro por la proximidad del crepúsculo. No
identifican a los suyos en el pequeño punto que se pierde en el oleaje,
pero no se retiran de la costa, esperarán una hora más por si alguna
razón imprevista les obliga a regresar. El anciano ya siente el sopor
inconfundible del alcohol correteando por los canales neuronales y tras
perder de vista la embarcación, rompe a llorar en silencio con la
cabeza entre las manos. Hoy más que nunca confirma la predicción del
babalawo que le entregó la mano de Orula: "Vela mucho por tus hijos
y tus hermanos, porque de no ser así, vivirás la vejez en un espantosa
soledad. Es tu destino, es tu signo".
Ya de noche, dos jóvenes
del barrio se le acercan y le ayudan a subir al viejo camión Ford que
les llevará de regreso. Le ofrecen uno de los pocos bancos disponibles
en la plancha descubierta entre dos ancianas. El viento frío de la
noche le refresca y tras el viaje de dos horas le dejan frente a la
vieja casa de madera que aun conserva vestigios de la última vez que se
pintó de blanco, hace más de diez años. Otra vez solo, pero esta vez
siente el peso de la verdadera e inmensa soledad en los hombros. Tiene
una sensación de rareza antes de entrar, le parece que aquella no es su
casa, se agarra de los recuerdos y ve a su difunta Mariela abrirle la
puerta entre regaños a Ignacio y a Antonio que corretean entre ráfagas
de M-16 y AK 47 plásticas compradas recientemente. Mariela le besa
entre los destellos de sus inmensos ojos verdes y mientras le pregunta
como le fue el día, le acompaña al interior cumpliendo con su ritual
diario de amante esposa. Y ahora la nada, la más inmensa nada, nadie,
sólo él que se resistió a la proposición de Ignacio de acompañarle con
la excusa que ya no tiene valor para desdeñar, tiene demasiados huesos
de su familia en el cementerio de Colón que abandonar, no puede, coño,
no puede.
La reja herrumbrosa emite un chirrido que agradece en
medio de tanto silencio y entra en casa. Se deja caer sobre el
desvencijado butacón y extrae de la mochila la botella de aguardiente
aun por la mitad. Frente a él, el rostro de Antonio le mira con una
sonrisa a medias desde un cuadro inmenso, casi a tamaño natural,
vestido con su uniforme de campaña días antes de partir hacia Cuito
Cuanavale. Junto a él, desde otro cuadro algo más pequeño Mariela le
observa con esa mirada dulce congelada para siempre por la fotografía.
Se bebe un trago enorme de esos que servirían de ariete contra el
hígado más resistente y regresa a los rostros que tanto ama. Sí, porque
a pesar de los años y de la muerte, los ama, se resiste a pensar en
pasado. Cree no sin razón que el pretérito es la verdadera muerte de
todo. Comienza a conversar o mejor dicho a hablar, ya no está Ignacio
que le recrimina por hablarle a los cuadros.
- Mira que te lo dije,
coño. -Se dirige a la foto del hijo-. ¿De qué valió tanta guerra y
tanta entrega?. Habrás visto desde donde estás a tu hermano metido
entre esos barriles a buscar la muerte. Te lo advertí, que nada, nada
vale la pena que no sea la familia. Y tú que si la patria, que si el
partido, que si el internacionalismo proletario y toda esa mierda que
te metieron en la cabeza. El imbécil fui yo por no meterte un zopapo el
día que me dijiste que te ibas a presentar voluntario en el Comité
Militar, aunque a decir verdad ya el zopapo me lo habrías dado tú con
ese cuerpo que Dios te dió, o tu madre con tanto invento en esa cocina.
¿Verdad, Mariela?.
Mira hacia el retrato de su mujer y no puede
reprimir las lágrimas. Otro buche capaz de hacer palidecer de envidia a
un suicida. Dirige la mirada por segunda vez hacia el rostro de Antonio.
-
Mi hijito.., no sabes cuanto te extraño. Mi niñito lindo...- respira
profundo y exhala suavemente mientras pasa el antebrazo por el rostro
atajando las lágrimas- El que debía morir era yo, no tú. No está bien
que los hijos se mueran primero que los padres. Mamá no aguantó y yo
resisto porque Dios hace viejos a los cabrones para que sufran más. Me
dijeron que moriste como un hombre, ¿y qué y por qué?. Como un hombre
hay que vivir para morirse de viejo al lado de los suyos y no ver a un
viejo como yo llorando delante de un retrato. ¿Medallas?,¿de qué me
sirven tus medallas?, me gustaría verte, fíjate, nada más que verte
aunque fuera de lejos, verte casado y con nietos que no me dejaran leer
el periódico. Mi hijito...., me gustaría haberte dado la mano, apretar
tus dedos y besarlos antes de que te fueras, lavar tu cuerpo, besar
esos pies que mordía para que rieras cuando te cargaba. Te extraño, mi
hijo, te extraño.
Otro buche letal y se levanta. Camina hasta el retrato de Mariela que prosigue mirándole con esos destellos verdes.
-
No debías haberte ido, vieja. Me dejaste solo con esta jodida tarea que
es vivir entre ausencias. Y ahora que Ignacio se fué, ¿que me queda?.
¿Una carta y unos dólares de vez en cuando?. Me voy a traer los huesos
de ustedes para el jardín, no sé como puede hacerse eso, pero ¿qué otra
cosa puedo hacer?. Los quiero a ustedes y a nadie más. ¿Por qué no
vienes una noche, por qué no te vuelves un fantasma de esos y me sales
aunque sea una vez?. Todo el mundo le tiene miedo a los muertos y yo
estoy loco por hablar con ustedes, que me saquen aunque sea una noche
de esta realidad que me aplasta, de este castigo que es vivir sin tener
lo que se ama, sin palabras, sin una caricia, sin ni siquiera la rutina
de una bata de casa de la cocina a la cama?. Vengan juntos, o mejor
llevénme para no seguir colgado de estos retratos que me matan cada
madrugada o como esta tarde que Ignacio se fue como ustedes, vivo pero
a la distancia de una carta que es como una muerte. ¿Hace falta carta
de invitación para un infarto, una trombosis o que le pase por arriba
una guagua a uno?. Coño.
Se vuelve a dejar caer en el butacón y no
se levanta. Se duerme envuelto entre los destellos verdes de la mirada
de Mariela y la sonrisa sin par de Antonio, exacta, idéntica, a de la
primera vez que pronunció una palabra sencilla pero de caracteres
mágicos: Papá.
(continuará)
Porfin Libre González


Última edición por el Jue Nov 08, 2007 8:43 pm, editado 1 vez

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Re: Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

Mensaje por Rafael alfonso el Jue Nov 08, 2007 8:39 pm

GRACIAS PORFIN LIBRE GONZALEZ .

R.A.

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Re: Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

Mensaje por porfin libre gonzalez el Jue Nov 08, 2007 8:39 pm

Acecha la llama en el receptáculo que calienta el quemador del fogón. El fuego ha comenzado a parpadear y sostiene el fósforo encendido con la mano izquierda mientras con la otra gira la llave del quemador del que comienza a salir el gas del keroseno y logra la combustión, una llama azul claro le indica que ha superado la difícil prueba de encender la cocina PIKE y puede preparar el café. La pequeña colina de platos acumulados en el fregadero le advierte que tendrá que fregar pero se va al patio y se sienta bajo el frondoso mango en plena floración a fumar. Desde este sitio escucha la algarabía de los chiquillos en el patio de la escuela colindante y los gritos y sonrisas dan un toque de luz a la mañana.
-Son como los gorriones, caramba, -piensa- no hay nada como los niños-. . Desde su asiento puede verles ahora que están formando y no puede evitar pensar en la infancia de los suyos. Recuesta el dorso al árbol y recuerda a Antonio y Ignacio en la misma escuela. El mayor siempre fue más fuerte y decidido pero el pequeño era más curioso, siempre preguntando todo. Así fueron siempre y casi puede verlos a la salida de clases, correteando hasta llegar a clases. Sonríe pero un coro estremecedor lo trae de vuelta a la realidad.
- ¡Seremos como el Che!- es el lema que los pequeñines repiten con firmeza a una señal del director. Prosigue inmerso en pensamientos. - Así decían los míos y mira donde están, uno enterrado no se donde y el otro en medio de la mar. La gente al final es como le da la gana y no como le dicen que sea-. Regresa a la cocina y prepara una colada de café con chícharos. Treinta minutos más tarde camina con paso lento hacia la casa de su hermano Benito distante unas diez cuadras. Se detiene junto a la ventana enrejada de la esquina.
- ¡Valerio!- clama en voz alta hacia el interior.
- ¡Voy!- le responde una figura que se acerca entre la penumbra.
- Déjame diez.
En unos minutos regresa la figura de las sombras con un pequeño paquete envuelto en papel periódico. Apenas se ven unos ojos cansados que antes de entregar la mercancía mira con desconfianza el entorno de la esquina y acto seguido una mano que sale por las persianas entrega la mercancía.
-Te puso dos de más. Van por la casa.
- Gracias, mi hermano. Coge.
Entrega el billete de cinco pesos y al darse la vuelta escucha de nuevo la voz del interior de la ventana: - Que Dios proteja al chamaco, tú verás que llegan-. Se vuelve y esboza una media sonrisa a modo de agradecimiento y vuelve a dar las gracias. Enciende uno de los cigarrillos del paquete y prosigue la marcha. Intenta no pensar en Ignacio. Su familia siempre ha tenido suerte con la mar. Su abuelo, natural de Santa Cruz de La Palma, había escapado de la mano de la suerte de ser parte de la lista de cerca de quinientos pasajeros y tripulantes que se fueron al fondo del mar con El Valbanera. Aun recuerda al anciano contándole que aunque tenía pasaje de tercera clase a un costo de doscientas pesetas de la época hasta La Habana, decidió quedarse en Santiago de Cuba con un primo que venía en categoría de emigrante porque sólo había dispuesto de 75 pesetas y debía quedarse en la dicha ciudad. Esa decisión de acompañar al pariente en el largo viaje por tierra hasta la capital le salvó la vida. Le parece ver al abuelo culminar su relato con unas décimas dedicadas al fatídico trasatlántico hundido para siempre en el bajo de la Media Luna, próximo a La Florida en septiembre de 1919. Su tío Sebastián, fungiendo como tripulante del buque Manzanillo en mayo de 1942 sobrevivió al ataque con torpedos de un submarino alemán y él la mayor parte de su vida la ha pasado coqueteando con la mar en frágiles embarcaciones y aquí está, vivo, viendo como su familia se muere a su alrededor.
- Pimo, pimo..- una voz gangosa y apenas comprensible le hace volver el rostro. Desde la otra acera un cuerpo enorme le hace señas, el rostro de aspecto redondeado y con ojos rasgados pudiera pasar por asiático, si no fuera porque una lengua desproporcionada para la pequeña comisura labial le delatara su origen cromosómico. El joven, descamisado y descalzo, guareciendo las partes pudendas en un raído pantalón corto que antes fue un uniforme militar da saltos de alegría ante la mirada de Abilio e intensifica los llamados: - ¡Pimo!,¡Pimo!...
El anciano cruza la calle con restos de un antiguo pavimento muy superficial que ha cedido ante los continuos aguaceros tropicales y muestra enormes oquedades que semejan lagunas. Se acerca al joven que se abalanza sobre él y le abraza. Le da unas monedas que se revierten en sonrisas con sabor a pirulíes, caramelos artesanales de forma cónica muy codiciados por la población infantil y acto seguido el infante escondido en el gigantesco cuerpo sale desprendido en búsqueda de las apetecibles golosinas. Abilio le observa en la estampida que a punto está de llevarse por delante a dos ancianas en la acera y sonríe, hasta que su mirada se detiene en el mural expuesto en el destartalado portal de la casa del joven y que muestra una imagen de Fidel Castro con el rostro amenazante, con una arruga en el entrecejo y el dedo índice en señal de advertencia. Bajo la foto una oración en mayúscula, perceptible entre la mugre que le cubre gracias a las desproporcionadas mayúsculas y la tinta roja: SOCIALISMO O MUERTE. Hace tiempo que ni siquiera se detiene en las enormes consignas colocadas por doquier, en una especie de reflejo condicionado para subsistir ante lo irracional de los mensajes, los lee y las letras no pasan de las retinas. Los nervios ópticos han aprendido a diferenciar un concepto inexistente en el resto del universo, la lectura irracional, innecesaria, sólo comparable al hábito adquirido de levantar la mano sin importar las consecuencias de tal acto, como si levantar la diestra gracias a la actividad de la musculatura del miembro superior ya se incluyera en el grupo de los músculos respiratorios que sólo reciben órdenes del cerebelo sin mediar la acción del pensamiento. Un escuálido sexagenario emerge del enorme portón.
- Abilio, tengo que hablar con usted.
- ¿Cómo está, José?
- Ahí, ahí, jodío pero contento.
- Pues es usted un hombre afortunado- Mientras habla no puede evitar responder al llamado de la voz gangosa que se acerca. - Pimo, Pimo-.
- Deja a Abilio en paz, caramba-. El infante enfundado en cuerpo de hombre se difumina tras el umbral acariciando una docena de tentadores pirulíes. -Abilio, tengo que hablar con usted sobre Ignacio- la frase es rematada con una mirada que busca el suelo como si intentara sumergirse en el concreto de la cuadriculada acera.
- ¿Qué pasa?- la expresión toma en los labios de Abilio un deje de resignación apocalíptica a fuerza de costumbre.
- Nada - afirma José mientras asciende los hombros en pose de verdugo elegido por el destino-. Ayer estuvo aquí un compañero de la PNR, un oficial. Me dijo que Ignacio estaba metido en eso de la disidencia y que en cualquier momento cae preso. Que si no han actuado es por respeto a su hermano, que en paz descanse.
- Mire, José, ¿usted se acuerda de mi Mariela?. Yo le prometo que Ignacio no le dará más dolores de cabeza. Se lo aseguro.
- Ojalá su boca sea santa, Abilio. Yo he visto crecer a ese niño.
- No se preocupe, pero sólo debo recordarle un detalle. Ya no son niños.
Mientras prosigue su camino hacia casa de Benito escucha tras de sí los gritos inconfundibles de la voz gangosa que se afanan en prendérsele de los tímpanos a modo de pendientes:- ¡Pimo!, ¡Pimo!....
(continuará)

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Re: Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

Mensaje por Dorcub el Vie Nov 09, 2007 12:34 am

Un Gustazo de lectura Colega, Gracias
Saludos

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Re: Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

Mensaje por Alcaldesa el Vie Nov 09, 2007 8:11 pm

Mi brillante y siempre admirado Porfin,
que refrescante entrar y en medio de lo
obscuro encontrarme algo original.

Voy guardando los escritos.

A.

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Re: Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

Mensaje por porfin libre gonzalez el Vie Nov 09, 2007 8:43 pm

@Alcaldesa escribió:Mi brillante y siempre admirado Porfin,
que refrescante entrar y en medio de lo
obscuro encontrarme algo original.

Voy guardando los escritos.

A.

Señora:
El día que postrado ante usted, pida sus respetos, seré un hombre más integro, más perfecto, más cubano.
Porfin

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Re: Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

Mensaje por El tuerto el Sáb Nov 10, 2007 11:31 am

Formidable,simplemente genial,esperemos por mas,saludos y respetos,el tuerto.

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Re: Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

Mensaje por QBANO 76 el Jue Mayo 15, 2008 8:36 pm

He buscado por el final y no logro encontrarlo.
Gracias

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Re: Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

Mensaje por Invitado el Vie Mayo 30, 2008 12:06 pm

Up!

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Re: Atraco a la esperanza. Capítulo I. (segunda entrega)

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