Secretos de Cuba
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Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

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El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

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El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 03, 2007 12:57 pm

Ciudad de Panamá
-- Miles de cubanos y extranjeros han acudido en masa al mausoleo del
Che Guevara en el centro de Cuba para conmemorar el 40º aniversario de
su muerte. Durante diez años, el gobierno cubano le ha dicho al mundo
que el cuerpo enterrado allí pertenece al famoso guerrillero.



Es
una mentira diseñada para hacer que la población rinda pleitesía al
revolucionario de origen argentino como si fuese un santo, y a la
Revolución Cubana como si se tratase de una religión. Un brillante
trabajo de investigación realizado por el periodista francés Bertrand
de la Grange y publicado recientemente en El País, en España, demuele la versión oficial.

En 1995, el general boliviano Mario Vargas, que había combatido a
los guerrilleros del Che en los años 60, reveló que el cuerpo se
encontraba enterrado a pocos metros de la pista de aterrizaje del
aeropuerto de Vallegrande, una ciudad cercana a La Higuera, el pueblo
del este de Bolivia donde fue asesinado (Guevara fue ejecutado luego de
que el Presidente boliviano ordenara a los soldados que lo capturaron
deshacerse de él). Cuba envió un equipo forense, diplomático y legal a
Vallegrande. El 28 de junio de 1997, el equipo anunció que había
hallado los restos del revolucionario. El cuerpo fue repatriado a Cuba
pocas semanas antes del 30º aniversario del deceso de Guevara.

Numerosos hechos desmienten la afirmación cubana. Los enviados de La
Habana afirman que encontraron el cuerpo en la misma tumba en la que
fueron enterrados otros seis guerrilleros muertos en La Higuera. Sin
embargo, el general Vargas sostiene que el cuerpo de Guevara fue
enterrado por separado. El hecho ha sido confirmado por la viuda del
Tte. Coronel Andrés Selich, el hombre que enterró todos los cuerpos en
1967.

En el cadáver exhumado en 1997, fueron hallados una chaqueta y un
cinturón. Pero el verdadero cadáver de Guevara fue enterrado sin ropa:
Moisés Abraham, el médico que realizó la autopsia en 1967, se encargó
de quitarle la chaqueta. Abraham vive actualmente en México, donde lo
han visitado emisarios cubanos ansiosos por comprársela.

Erich Blossl, un ingeniero agrónomo alemán que trabó amistad con
Abraham en la década del 60 y vio la ropa del Che Guevara en 1967,
afirma que la chaqueta encontrada en el cuerpo exhumado en 1997 no es
la misma. "Era una capota impermeable, como las usadas por los
militares", afirma, en referencia al cadáver repatriado a Cuba. Tuvo
oportunidad de verla porque el equipo cubano le pidió que le echase un
vistazo.

No menos significativas son las groseras discrepancias entre la
autopsia del cuerpo de Guevara llevada a cabo en 1967 y el informe
forense del cadáver encontrado en 1997. Tres médicos europeos, dos de
España y uno de Francia, han comparado los documentos. Uno de ellos,
José Antonio Sánchez, ha descubierto que las fracturas presentes en las
costillas, la clavícula, las piernas y las vertebras de los dos cuerpos
no coinciden, y que algunos dientes ausentes en un cuerpo no faltaban
en el otro. El informe de 1997 no menciona ninguna marca relacionada
con la amputación de las manos de Guevara, que fueron cercenadas en
1967 para verificar que las huellas dactilares coincidían con las que
tenía la policía argentina.

"El Che tenía que estar en La Habana antes del 26 de Julio de 1997
para celebrar en grande el regreso del hijo pródigo y dar un poco de
moral a los cubanos", concluye de la Grange con relación a la fecha
emblemática del calendario revolucionario. "Era la orden de Fidel
Castro. Que no fuera el verdadero, sería, después de todo, un mal
menor".

No sorprende, desde luego, que el cuerpo del Che Guevara sea un
mito. Todo lo relacionado con este santo moderno es un mito: su amor
por la justicia, sus disposición romántica, su bondad. Lo cierto es que
ejecutó a cientos de personas, arruinó la economía cubana, intentó
convertir a Cuba en una potencia nuclear y ayudó a instaurar muchas
dictaduras militares en América Latina por reacción contra las
guerrillas que inspiró en los años 60 y 70.

El falso cadáver del Che Guevara nos recuerda que el poder
totalitario está edificado sobre la abolición de la verdad histórica y
la manipulación psicológica de los ciudadanos para abolir en ellos el
espíritu crítico.

Hay algo de terrorífico y a la vez de fascinante en el hecho de que
este acto de propaganda fuera urdido por un montón de científicos,
diplomáticos y juristas perfectamente dispuestos a mofarse de sus
profesiones para ofrecer la verdad que un hombre, Fidel Castro, les
ordenó fabricar a sabiendas de se trataba de una colosal mentira.

Alvaro Vargas Llosa es Director del Centro Para la Prosperidad Global en el Independent Institute y autor de “Rumbo a la Libertad”.

(c) 2007, The Washington Post Writers Group









Publicado por Gabriel Gasave el 31 de octubre de 2007 | Enlace permanente

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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por francisco germes cuesta el Sáb Nov 03, 2007 4:02 pm

ale_kubita07, muchas gracias hermano, por compartir con el foro.
Mis saludos y respetos a usted.
Paco

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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por Invitado el Dom Nov 04, 2007 8:47 am

Las dudas sobre esos restos traidos a Cuba desde siempre han existido,el gobierno de Cuba nunca las ha desmentido,conociendo como conozco la falta de escrupulos y lo manipulador de ese desgobierno no me cabe la menor duda que esos huesos no pertenecen al asesino Guevara.

Muy bueno ese escrito que nos has traido ale_kubita07.

El Don.[b]

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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por El tuerto el Dom Nov 04, 2007 10:27 am

Gracias,ale_kubita07,por compartir esta gran verdad,los desflecaos,en su continuo intento,de emocionar a los esclavos,[igual que cuando los españoles,dejaban que los negros esclavos,se reunieran pa hacer musica]no les importo si eran los huesos de desflecao del che o no,lo importante era convocar[obligar]a la masa de esclavos y decirle al mundo entero,que el hijo e p rodigo,llegaba de nuevo a su blablabla,asi de cinicos son todos estos disque comunnistas,izquierdistas,care guantes,envidiosos de las alegrias de los pueblos,asi de cinico y descarao fue fidel y el che y raul y todo los degeneraos que lo apoyaron,ahi lo tienen izquierdistas de las naciones,el idolo de ustedes,el asesino che,jamas fue enterrado en Cuba[ni falta que nos hacia]eso era otro pretexto pa sacar dinero,a los ilusos,tanm desflecaitos ellos que pagan por visitar la disque tumba de un asesino,me alegro mucho con esta noticia,ya la sabia,pero me alegro cantidad,seria lo ultimo que enterraran a ese tipejo en nuestra tierra,saludos y respetos,el tuerto.

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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por Invitado el Dom Nov 04, 2007 7:21 pm

SIEMPRE QUE SEA POSIBLE YO ESTOY.......POR MI CUBA QUE HACE 10 AÑOS NO VEO.....!!! YA FALTA MENOS!!
FUERZA HERMANOS UN DIA NOS ENCONTRAREMOS TODOS EN EL MALECON A REIR Y LLORAR NUESTRA SUERTE DE HABER VUELTO!!

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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 10, 2007 6:32 pm

¿Son realmente los restos del Che
Guevara?



Publicado en Oct 8th
2007 2:08PM por Alberto
del Rio


Categoría Prosas de prisa,
Argentina


La historia dice que
un día como hoy, hace 40 años fue hecho prisionero, en la Quebrada del Yuro en
Bolivia, el Ché
Guevara y que sobre la 1:30 de la tarde del 9 de Octrubre de 1967 fue
fusilado. Hace pocos años el gobierno de la Habana dijo haber encontrado su
cadaver y más tarde enterrado en un panteón, sin embargo no permitieron la
prueba del ADN para verificar si era o no en realidad los huesos de Guevara


Los periodistas
españoles Maite Rico y Bertran La Grange habían comenzado una investigación
para encontrar los restos del argentino. Estas líneas a continuacón significan
sus horas de investigación y entrevistas


"Operación Che". Historia de una mentira de Estado


por Maite Rico y
Bertrand de la Grange



"El Che fue el último que desenterramos. Parte de sus
restos estaban cubiertos por la chaqueta y al registrarla encontramos, en un
bolsillo, la bolsita con picadura de su pipa." Abrumada por la emoción, la
historiadora cubana María del Carmen Ariet contaba así a la prensa el hallazgo,
en julio de 1997, de los restos de Ernesto Guevara, junto a otros seis
guerrilleros, en una fosa común a las afueras de Vallegrande (Bolivia).
"Es el comandante, al fin lo encontramos", coreaban, entre sollozos,
los siete miembros del equipo científico cubano, que había tardado dieciocho
meses en cumplir la importante misión ordenada por Fidel Castro: localizar el
cuerpo del "Guerrillero Heroico", asesinado por el ejército boliviano
el 9 de octubre de 1967, y enviarlo a Cuba a tiempo de conmemorar el 30
aniversario de su muerte.





Ajeno a la alegría de los admiradores del Che, que rodeaban la
amplia fosa de tres metros de profundidad, diez de largo y cinco de ancho,
abierta por los cubanos entre la pista de aterrizaje y el cementerio, un grupo
de curiosos observaba ese trajín tan desacostumbrado en Vallegrande, un pueblo
de seis mil habitantes del oriente boliviano. Entre la multitud estaba Casiano
Maldonado, un campesino de 46 años, dueño de unas pocas vacas y un terrenito al
final de la pista. Casiano no salía de su asombro, pero se quedó callado. El
momento no era propicio para expresar en voz alta lo que le pasaba por la
cabeza. No le gustaban los pleitos. Casi diez años después del hallazgo, el
vaquero no lo duda un solo instante: "Ése no era el Che", dice,
mientras lleva un pequeño toro atado a una cuerda. Risueño, bajo un sombrero
negro que le protege de la llovizna persistente, Casiano cuenta que, cuando el
ejército mató a los guerrilleros y los trajo a Vallegrande, él vio los
cadáveres, todos amontonados. "Como perros los tenían. La zanja estaba
abierta cuando volví de Vallegrande en la tarde. A la mañana siguiente, cuando
pasé de nuevo, ya estaba tapada la zanja. Los habían enterrado a los
guerrilleros durante la noche, ahí, en esa misma fosa donde los encontraron.
Después, me fui al hospital Señor de Malta porque quería ver al Che, como todo
el mundo aquí. Curiosidad, nada más. Cuando llegué al hospital, ahí estaba el
cuerpo de Che."





En 1997, la Revolución Cubana atravesaba sus peores momentos. Su
principal aliado y sostén económico, la Unión Soviética, había cesado de
existir seis años antes. Había hambre y escasez de todos los productos de
primera necesidad en la isla, que vivía bajo las reglas del "periodo
especial en tiempo de paz", un eufemismo para caracterizar una verdadera
economía de guerra. Aparecieron pintadas anónimas en las paredes –"Abajo
Fidel"– y las primeras señales públicas de descontento, con una
manifestación espontánea en el Malecón, algo nunca visto en La Habana desde la
llegada al poder de los barbudos, en 1959. En uno de esos golpes
propagandísticos perversos, a los que siempre ha recurrido cuando ha estado en
un apuro, al dictador cubano se le ocurrió recuperar la figura del popular
guerrillero argentino-cubano para distraer al pueblo de sus apremiantes
penurias y "relanzar la mística revolucionaria". Encontrar sus restos
se convirtió en el principal desafío para 1997, proclamado "Año del
Che". El Líder Máximo no podía fallar y, menos aún, aquellos que él mismo
escogió cuidadosamente para cumplir tan peculiar cometido. Costara lo que
costara, los huesos del "Comandante de América" tenían que llegar
antes de octubre para ser depositados en el descomunal mausoleo que le estaban
construyendo en Santa Clara, la ciudad liberada por la tropa bajo su mando,
antes de marchar hacia La Habana, en los últimos días de diciembre de 1958. Y
los huesos llegaron a tiempo, tal y como lo había ordenado Fidel Castro.





¿Cómo lo lograron? Diez años después del hallazgo
"milagroso", como lo definió el propio caudillo, van apareciendo por
fin las pruebas del engaño.





Muchos vallegrandinos eran escépticos cuando los cubanos
empezaron a buscar los restos de los 36 guerrilleros muertos en 1967, en la
trágica aventura del Che en tierra boliviana. No tenían mucha fe en la
parafernalia técnica del equipo multidisciplinario llegado de La Habana. No
dudaban de que los tres ingenieros geofísicos, el antropólogo forense, el
arqueólogo y la historiadora, todos bajo la autoridad de Jorge González, por
entonces director del Instituto de Medicina Legal de La Habana, terminarían encontrando
la mayoría de los cuerpos, pero el del Che, no. ¿De qué iba a servir tanta
gente experta y tantos georadares y detectores de magnetismo si al Che lo
habían incinerado los militares y esparcido sus cenizas por la selva, como todo
el mundo sabía? Sin embargo, las declaraciones del doctor González, el 1 de
julio de 1997, sobre el descubrimiento de siete osamentas en una fosa abierta
tres días antes, parecían indicar que el ejército había mentido sobre el
destino final del cadáver. Muchos incrédulos dieron por bueno el hallazgo
cuando lo anunció el médico. "Desde el punto de vista científico, el Che
está en esta fosa", aseguró el jefe de la misión cubana. "No se trata
de un deseo mío, como cubano, sino que estamos convencidos, como científicos,
de que está acá." Faltaban todavía por hacer las pruebas forenses, pero el
equipo había llegado a la conclusión de que el más buscado de los guerrilleros
estaba ahí a partir de un simple cálculo matemático: si el ejército había
matado a siete insurgentes en total, los días 8 y 9 de octubre de 1967, y si
había siete cuerpos en esa fosa, era obvio que no podía faltar el Che.





Algunos periodistas bolivianos se extrañaron de que el hallazgo
hubiera ocurrido en las primeras horas de la noche, o sea, fuera de los
horarios fijados por las autoridades bolivianas para trabajar en las
excavaciones, y cuando la prensa se había retirado del área.


El entusiasmo manifestado por los cubanos y las garantías
ofrecidas por el doctor González –"la identidad de los restos hallados en
la fosa se determinará con un estudio final de laboratorio, incluyendo la
prueba de ADN"– diluyeron las suspicacias. Además, la llegada, tres días
después, de varios miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense
revestía de seriedad el proceso de identificación de los huesos. Esa
organización había adquirido cierta fama en el sector humanitario, por su participación
en distintas investigaciones sobre matanzas de civiles en varios países
(Argentina, El Salvador, Guatemala o la antigua Yugoslavia).





El aval de los argentinos tranquilizaba a la prensa nacional y a
los enviados de los grandes medios internacionales, cuya principal preocupación
era ser los primeros en anunciar el hallazgo o en obtener las imágenes de los
"guerrilleros huesos", según la fórmula usada por el Che en su época
mexicana, a finales de los años cincuenta. Un cineasta italiano denunció,
incluso, que la televisión estadounidense CBS había intentado obtener la
exclusiva por 30.000 dólares. Enredados en esa batalla, nadie cuestionó el
proceso de exhumación, a pesar de las numerosas irregularidades en los
procedimientos y de la sospechosa complicidad de la comisión nombrada por el
gobierno de Bolivia para supervisar la operación. Al frente de esa comisión, y
a petición del propio Fidel Castro, el presidente boliviano Gonzalo Sánchez de
Lozada había nombrado a su hombre de confianza, Franklin Anaya, que era
entonces su ministro de Gobierno (Interior), después de haber sido su embajador
en La Habana.





Cuando el diario The New York Times publicó, en noviembre de
1995, las declaraciones del general Mario Vargas sobre la supuesta ubicación de
la tumba del Che, cerca de la pista de aviación de Vallegrande, Sánchez de
Lozada decidió autorizar la búsqueda, para "devolver los restos a las
familias de los guerrilleros y darles cristiana sepultura". "Para
hacérselo aceptable a las Fuerzas Armadas, yo se lo planteé como una cuestión
humanitaria", nos explicaba el ahora ex presidente durante un encuentro
casual en Guatemala, en octubre de 1999. "Las Fuerzas Armadas fueron muy
disciplinadas y muy discretas. Lo importante es que todos estaban interesados
en el asunto: los cubanos tenían interés en llevarse los restos y los militares
en quitárselos de encima. Perdimos un maravilloso negocio de turismo, pero pude
sacar este irritante de la vida institucional". Sobre la posibilidad de
que Franklin Anaya pudiera haber sido cómplice de un montaje de los cubanos
para atribuir huesos ajenos al Che, el ex presidente reconoce que no se le
había ocurrido: "A Franklin lo conozco, es amigo. Era más embajador de
Cuba en Bolivia que al revés, y es cierto que al Che lo descubrieron con otros
cadáveres, lo cual no correspondía con las indicaciones de los protagonistas,
pero no creo que Franklin estuviera en ese proyecto."





En cualquier caso, Anaya cumplió su cometido con creces. Cuando
aparecieron las osamentas, el ministro tomó la decisión de trasladarlas
inmediatamente a Santa Cruz de la Sierra, la gran ciudad del oriente boliviano,
a unos 300 kilómetros de Vallegrande. "Acondicionamos el hospital de
Vallegrande para hacer creer que íbamos a llevar los restos ahí. La policía me
había informado de que la gente iba a bloquear las salidas del pueblo para
impedir que se los llevaran a Cuba", cuenta en su confortable casa en la
periferia de La Paz. Y para documentar sus afirmaciones, presenta varios
informes de los servicios bolivianos de inteligencia. "Le dije a Popy
[apodo del doctor Jorge González] que había que sacar todo esa noche: ahora o
nunca, le dije. Los cubanos y los argentinos pusieron los huesos en cajas de
cartón. Convoqué una conferencia de prensa en Vallegrande a las once de la
noche y, en ese mismo momento, salía una columna de unos quince vehículos, con
policía y una ambulancia, donde estaban las cajas."

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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 10, 2007 6:34 pm

El hospital Japonés de Santa Cruz prestó sus instalaciones para
que los forenses cubanos juntasen las piezas óseas y realizasen las necropsias
exigidas por ley. Al cabo de una semana, marcada por una romería permanente de
los admiradores del Che en las puertas del nosocomio y una larga espera para
decenas de periodistas, llegó la buena nueva. El Che, anunciaron forenses y
autoridades, había sido "plenamente" identificado. El doctor González
subrayó la "inequívoca comprobación de que los restos del esqueleto número
2 corresponden al comandante Ernesto Che Guevara". Los otros seis estaban
en mucho peor estado, pero los forenses pudieron identificar a los tres
cubanos. En cambio, no había resultados para los dos bolivianos y el peruano.





Como lo contaría más adelante el antropólogo forense cubano
Héctor Soto, en una entrevista al periódico Juventud Rebelde (26 de octubre de
1997), "el grado de fragmentación de casi todos los cráneos no permitió el
uso de la técnica de superposición cráneo-fotográfica, lo cual ratifica en
cierto modo la hipótesis de que después del enterramiento los cuerpos fueron
compactados por otras capas de tierra". El artículo agrega que "todos
los cráneos estaban fragmentados, excepto el del esqueleto número 2".
¿Habrá alguna razón científica para explicar por qué el cráneo del Che no
sufrió el mismo deterioro que los otros seis en las mismas condiciones
adversas? Nadie lo preguntó en las sucesivas conferencias de prensa en Santa
Cruz. Después de todo, el doctor González había ofrecido una lista muy
convincente de elementos que habían permitido la identificación del Che: la
ausencia de las manos, que habían sido amputadas por el ejército después de
asesinarlo; las características antropológicas del cráneo,
"específicamente la región frontal, exageradamente prominente, que todo el
mundo conoce por las fotos del comandante"; y la coincidencia de la
dentadura con la ficha dental que se tenía del Che.


Además, había agregado el forense, se habían encontrado pruebas
contundentes en la fosa, en particular un cinturón y una chamarra verde,
idénticos a los que portaba el Che cuando su cadáver fue expuesto en la
lavandería del hospital Señor de Malta.





Los expertos cubanos y argentinos insistieron sobre la presencia
providencial de esa chaqueta, que tapó el cráneo, el torso y los brazos del
esqueleto número 2 durante todo el proceso de excavación. El hallazgo de una
bolsa con un resto de tabaco en uno de los bolsillos cuadraba con la anécdota
contada por un piloto de helicóptero, el entonces mayor Jaime Niño de Guzmán,
que había regalado tabaco al Che para su pipa, un poco antes de su ejecución en
la escuelita de La Higuera (el ejército lo tuvo preso unas horas, levemente
herido en una pantorrilla, después de un combate en la quebrada del Churo, o
Yuro para los cubanos, a unos kilómetros de esa minúscula aldea). Sin embargo,
había contradicciones insalvables sobre la tabaquera encontrada con los restos
del Che. Mientras la historiadora María del Carmen Ariet, coordinadora del
Centro de Estudios Che Guevara, en La Habana, y brazo derecho del doctor
González en la búsqueda de las tumbas, insistía en que se trataba de una
"bolsita de nailon", el cineasta italiano Daniele Incalcaterra, que
estuvo todo el tiempo en la fosa con sus amigos forenses argentinos, afirma que
era "una tabaquera de metal, rectangular". ¿Está seguro de que no era
una bolsita de nailon? "Seguro. Era de metal, pequeña, como las que se
hacían en esa época." Y como todos los guerrilleros eran fumadores, ese
tabaco y esa chamarra pudieron haber pertenecido a cualquiera de ellos.








Identificados los cadáveres, el gobierno boliviano autorizó de
buena gana la salida de los huesos del Che y de los tres cubanos, además de la
osamenta de un cuarto combatiente, Carlos Coello, "Tuma", cuyos
restos habían sido descubiertos el año anterior en otra fosa. El 12 de julio de
1997, los cinco pequeños ataúdes de madera viajaron con Cubana de Aviación, de
Santa Cruz hasta La Habana, donde fueron recibidos por sus familiares y un
nutrido grupo de gerifaltes, encabezados por los dos hermanos Castro. El
periódico argentino Clarín ofreció en ese momento, bajo la firma de Matilde
Sánchez, una descripción muy atinada del acontecimiento. "Todo parecía
dispuesto para una apoteosis política, que sonaba diagramada hasta en las
pequeñas cortesías del azar para hacer coincidir el regreso del mítico
guerrillero con los festejos [de conmemoración] del asalto al cuartel Moncada,
el 26 de julio, fecha emblemática de la Revolución Cubana, y la apertura del
Congreso de la Juventud, un día más tarde".





La gran movilización popular había empezado y llegaría a su
apogeo el 17 de octubre de 1997, cuando los restos del Che fueron transportados
triunfalmente hasta el mausoleo de Santa Clara. En su discurso, Fidel Castro no
escatimó alabanzas a su ex compañero, con el cual había tenido diferencias y al
que no intentó rescatar en Bolivia cuando quedó claro que la guerrilla estaba
fracasando. "¡Gracias, Che, por tu historia, tu vida y tu ejemplo!
¡Gracias por venir a reforzarnos en esta difícil lucha que estamos librando hoy
para salvar las ideas por las cuales tanto luchaste, para salvar la Revolución,
la patria y las conquistas del socialismo!" Muerto el Che, ¡viva el Che!
La economía siguió cayendo en picada y ninguna perspectiva de mejoría apareció
en el horizonte, pero al régimen los huesos del Che le resolvieron el año 1997,
que terminó sin sobresaltos políticos. No había pan, pero por lo menos había
circo.


No era la primera vez que Castro obtenía réditos políticos con
la figura del Che. La repatriación de los restos del antiguo ministro de
Industria y jefe del Banco Central, convertido en icono de la juventud mundial,
era la culminación de un proceso que había empezado con la devolución
rocambolesca de su Diario de Bolivia, unos seis meses después de su muerte.
Mientras los militares bolivianos mantenían negociaciones secretas para vender
por una millonada los derechos de publicación a varias editoriales europeas y
estadounidenses, su propio ministro del Interior, Antonio Arguedas, sacaba
clandestinamente una copia fotostática del Diario para mandarla a La Habana a
través de terceros. Los cubanos ganaron la carrera y publicaron, el 1 de julio
de 1968, el famoso documento, con una introducción, cómo no, de Fidel Castro,
que se apuntó una victoria política con la difusión del texto en varios
idiomas.





La recuperación del Diario fue el primer acto de un largo
proceso de reapropiación del Che por el régimen de La Habana, que se ha
empeñado en rescatar al guerrillero pedazo a pedazo. Luego, llegarían las manos
amputadas y, poco a poco, varias de sus pertenencias, recolectadas en Bolivia
por agentes de la inteligencia cubana. Y, finalmente, la apoteosis con la
repatriación de la supuesta osamenta del Che. Las manos viajaron a La Habana
gracias al mismo personaje que había entregado el Diario. Esa hazaña le había
costado su puesto de ministro del Interior en el gobierno boliviano y casi la
vida, a manos de unos militares que querían vengarse. Cuando decidió mandar las
manos del Che a Cuba, Antonio Arguedas se recuperaba en un hospital paceño de
las graves heridas sufridas en un atentado.


Esa vez sobrevivió. Antes de pedir asilo político a México –iría
finalmente a Cuba, donde residió más de siete años– Arguedas llamó a su amigo
Víctor Zannier, el mismo que se había encargado de sacar del país las
fotostáticas del Diario, escondidas en cuatro fundas de discos LP. Le encomendó
una nueva misión, muy delicada, cuenta Zannier: "Vete a mi casa –me dijo–.
Ahí tengo las manos del Che. Busca una manera de hacerlas llegar a Fidel."






Desde hacía casi dos años, Arguedas convivía con las manos del
guerrillero. Las guardaba en un bote de formol debajo de la cama, dentro de una
urna de madera tapizada con "terciopelo rojo y [con] un acabado muy
elegante", según su propia descripción. El ejército había ordenado cortar
las manos del Che, poco antes de su entierro secreto, para tener una prueba
incontestable de su muerte. Por motivos que él mismo nunca quiso aclarar del
todo, entre los cuales se mezclan el fetichismo, muy arraigado entre los
afectados por el virus de la chemanía, y el sentimiento de culpa por haber
participado en la muerte del "Comandante de América", Arguedas había
decidido conservarlas. Quizás se habría quedado también con la cabeza si su
subordinado, el teniente coronel Roberto Quintanilla, jefe de inteligencia del
ministerio del Interior, hubiera cumplido la orden que él mismo le había dado.
Quintanilla tuvo que conformarse con las manos cuando varios oficiales de alto
rango y los dos médicos del hospital de Vallegrande se opusieron a semejante
acto de barbarie.





Sentado en la confitería Cristal, en la avenida Heroínas de su
Cochabamba natal, el abogado y periodista Víctor Zannier, militante de
izquierda de toda la vida y muy vinculado al régimen castrista, no duda en
hacer un repaso completo de la agitada historia de Bolivia desde la revolución
de 1952, en la cual participó. Luego, vuelve al tema de las manos. Con una
memoria prodigiosa a pesar de sus ochenta años, recuerda con muchos detalles
cómo cumplió con su nueva misión. "Con el hijo de Arguedas, Carlitos, que
tenía entonces catorce años, cavé un poco en el suelo de cemento debajo de la
cama y encontré una bandera cubana y una boliviana que envolvían una urna
tallada en madera, donde figuraban las fechas de nacimiento y asesinato del
Che. Dentro había un bote con las dos manos en perfecto estado. Había también
una mascarilla de yeso, no muy bien hecha, con restos de barba, bigote, cejas y
pelo. Probablemente, el que la hizo no tenía práctica o medios. Era la cara del
Che volcada."





Zannier sacó el bote de la urna y lo puso, con la mascarilla, en
una pequeña maleta de metal que acababa de comprar con este fin. Al cabo de
seis meses y muchas peripecias estrambóticas, la misma maleta y su peculiar
contenido aterrizaron en el aeropuerto de La Habana, a principios de enero de
1970. Fue un recorrido interminable por Budapest, Moscú y Argel, con una escala
imprevista, y muy tensa, en la base estadounidense de las Bermudas, donde el
avión de Aeroflot tuvo que repostar combustible. "Habíamos tenido
demasiado viento en contra", recuerda Zannier. "Yo viajaba con un
pasaporte cubano, que me habían dado en Moscú, y bajo otro nombre. Empecé a
preocuparme cuando subieron al avión varios militares americanos y unos
funcionarios. Yo tenía el maletín entre las piernas y no lo había soltado desde
que habíamos despegado de Moscú. Pidieron la lista de pasajeros, pero no tenían
derecho de revisarnos porque era una escala técnica. El vuelo siguió hasta La
Habana, donde me esperaba una comitiva de alto nivel. Entregué el maletín y, en
la noche, Fidel me convocó para darme las gracias por esta operación que él
calificó de 'excepcional'".








Después de la entrega de las manos, quedaba lo más difícil:
encontrar el cuerpo del Che, o lo que quedara de él, y repatriarlo. Todo esto
clandestinamente, sin que las autoridades bolivianas se percataran de la
operación. La Habana no pudo hacer nada sustancial hasta el año 1983, cuando se
reanudaron las relaciones diplomáticas entre los dos países, de manera parcial
hasta 1989, y luego con intercambio de embajadores. Una coalición de izquierda
había ganado las elecciones en Bolivia, y los cubanos aprovecharon
inmediatamente las circunstancias. Apenas instalado en la presidencia de la
República Hernán Siles Zuazo, La Habana mandó a decenas de agentes de la
Dirección General de Inteligencia y del Departamento América. Ambas
dependencias, encargadas de apoyar a los movimientos guerrilleros en el
continente, estaban dirigidas por el famoso Manuel Piñeiro,
"Barbarroja", fallecido en 1998. El número uno de la embajada era un
experimentado cuadro de ese Departamento, el mismo que había recibido a Zannier
en el aeropuerto de La Habana cuando llegó con las manos del Che. Ángel
Brugués, más conocido como "Lino", se quedaría once años en Bolivia,
primero como encargado de negocios y, luego, como embajador. Entre sus misiones
secretas, estuvo la de buscar los restos del Che con el apoyo de varios agentes
cubanos, en particular los historiadores Froilán González y Adys Cupull,
autores de varios libros sobre la saga del Che en Bolivia (De Ñacahuasú a La
Higuera, 1989, y La CIA contra el Che, 1992).





Froilán González cuenta, con una profusión obsesiva de detalles,
sus entrevistas con muchos de los bolivianos, campesinos en su mayoría, que
tuvieron algún contacto con el Che cuando deambulaba con su tropa hambrienta en
la zona de los ríos Grande y Ñacahuasú. El autor rescató varios utensilios,
como tazas o platos, que el Che había usado alguna vez.


La enfermera que lavó su cadáver, Susana Osinaga, le entregó uno
de los tres pares de calcetines que llevaba puestos el guerrillero en el
momento de su muerte. "He conservado las medias todo este tiempo en esta
cajita, tal como se las quité. ¡Ni las lavé!" Otra vallegrandina, Elvira
Ramírez, aceptó deshacerse del mechón que su prima, ya fallecida, había cortado
de la cabellera del Che y llevaba como "amuleto".





En cambio, Froilán González no parece haber tenido tanto éxito
con otro de sus cometidos: la ubicación de los restos de los 36 guerrilleros
muertos en esa aventura, en su mayoría bolivianos y cubanos. La población local
le proporcionó indicaciones sobre las sepulturas de algunos de ellos,
incluyendo "Tania", la única mujer del grupo.







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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 10, 2007 6:35 pm

En cuanto al Che, los datos eran escasos. "Las
informaciones recopiladas dan dos lugares como probables de donde se encuentran
enterrados [sus restos]: uno, en un terreno al fondo del dormitorio del
regimiento 'Pando'; el otro, a un costado de la pista de aterrizaje del
aeropuerto de Vallegrande, a unos pocos metros del comienzo de la pista. Entre
ambos hay una distancia de doscientos metros" (La CIA contra el Che, p.
153). En un intento de afinar los datos recopilados por sus agentes, La Habana
buscó el apoyo del sacerdote que ejercía también de capellán en esa zona. Mario
Laredo había celebrado un oficio religioso en el entierro de Tania –de todos
los guerrilleros muertos, sólo ella tuvo el privilegio de ser sepultada en un
ataúd– y tenía cierta simpatía por el régimen castrista.





Dariel Alarcón, "Benigno", el fiel compañero del Che
desde la Sierra Maestra hasta la tragedia de los Andes bolivianos, no ha
olvidado esa visita extraña que hizo Mario Laredo a Cuba. "En octubre de
1987, Fidel lo invita para el veinte aniversario de la muerte del Che. Lo
llevan a Pinar del Río para inaugurar la fábrica de componentes electrónicos
'Comandante Ernesto Che Guevara'. Ahí, le piden que ayude a Lino, nuestro
hombre en La Paz, a recuperar el cadáver del Che. El cerebro de toda la
operación, como siempre para esas cosas, fue Barbarroja." Según Benigno,
Lino y su equipo fueron a Vallegrande a principios de 1988 y cavaron de noche
en el lugar indicado por el capellán. "Encontraron una osamenta y la
mandaron por valija diplomática a La Habana." Las cosas, sin embargo, no
salieron bien. El médico que analizó los restos aseguró que no eran los del
Che.





Para confirmar esta historia, había que viajar a La Habana y
hablar con Lino. Hoy, Lino está en el "plan pijama", víctima de esas
purgas recurrentes en los regímenes comunistas, y tiene prohibido salir del
país. El "plan pijama" consiste en mandar al infeliz a su casa, sin
sueldo y sin los privilegios de la nomenklatura. Eso, en Cuba, equivale a la
muerte social, porque hace del castigado un apestado. Después de varias décadas
al servicio del Departamento América, el ex embajador en La Paz, Ángel Brugués,
fue despedido a mediados de los años noventa, al mismo tiempo que varios de sus
colegas y su propio jefe, Barbarroja. Esa experiencia lo llevaría a cambios
radicales en su forma de pensar, pasando del comunismo ateo al catolicismo militante.






"Es cierto que llevamos un cadáver a La Habana por ahí de
1988, pero nunca pensamos que pudiera ser el Che", cuenta Lino, en su casa
en la capital cubana. Vive a unas cuadras de la iglesia Santa Rita, donde, una
vez a la semana, se juntan las Damas de Blanco para pedir la libertad de los
presos políticos. "Creíamos que era Tania. Localizamos en el cementerio de
Vallegrande un cadáver que supuestamente era de Tania. En La Habana se le
hicieron pruebas, pero no era ella. En cuanto al Che, no es cierto que
intentáramos sacar sus huesos. Varios militares bolivianos nos dieron
información. Yo hablé con un general, que murió después, pero no llegamos a
tener los datos exactos."





El general en cuestión era Mario Vargas Salinas. Según Froilán
González, el militar "confirmó y amplió las informaciones que nos había
dado, en el sentido de que el Che Guevara no fue incinerado y se encontraba
enterrado en Vallegrande a un costado de la pista de aterrizaje, junto a otros
compañeros, y mostró su disposición para visitar el lugar". Los cubanos no
dieron seguimiento a la propuesta de Vargas porque su testimonio les pareció
entonces demasiado impreciso. Extrañamente, sobre la base de una declaración
idéntica de ese mismo general al periodista estadounidense Jon Lee Anderson,
once años después, Cuba se lanzará al rescate de los restos del Che. Los
tiempos habían cambiado y Fidel Castro necesitaba de un gran espectáculo que
hiciera olvidar por un tiempo la dureza de la vida cotidiana de los cubanos en
ese "periodo especial".





¿Qué sabía el general Vargas de la ubicación de los huesos del
Che? Nada, al parecer. Cuando fue llamado para ayudar a los forenses a ubicar
la tumba, no logró indicar el lugar. Vargas nunca había sido encargado de dar
sepulturas a los guerrilleros. Esos menesteres dependían exclusivamente del
teniente coronel Andrés Selich, que dirigía el Batallón de Ingenieros en
Vallegrande y hacía esa tarea con mucha dedicación, asegurándose de que los
muertos fueran enterrados como animales y en lugares secretos. En el caso del
Che, la viuda de Selich contó a Jon Lee Anderson que su marido lo había
"enterrado aparte de los demás" (Che Guevara. Una vida
revolucionaria, p. 692, nota 1). Sin embargo, el autor de esa biografía le da
más crédito a la versión del general Vargas, siguiendo así la línea de La
Habana, que se apoyaría en esas declaraciones para dar credibilidad al hallazgo
de los restos del Che.


Lo único nuevo que parecía aportar el general Vargas era que el
ejército no había incinerado el cadáver. No es que le constara personalmente,
pero el oficial tomaba así partido en una polémica que existía desde el 11 de
octubre de 1967. Ese día, a las dos de la madrugada, los militares se llevaron
el cuerpo semidesnudo del Che, después de haberlo expuesto en una morgue
improvisada en la lavandería del pequeño hospital Señor de Malta. Ahí fueron
tomadas esas fotos impactantes que dieron la vuelta al mundo y contribuyeron a
crear la leyenda del Che. Con los ojos abiertos, la mirada limpia, la barba y
el pelo largo, parecía una réplica del Cristo muerto de Mantegna. El alto mando
dio la orden de incinerar el cadáver, para no dejar rastros. Los militares querían
evitar que la tumba se transformara en un lugar de peregrinación, adonde
llegaría la izquierda mundial para venerar a un mártir de la causa, un
"santo laico", como lo calificó otro de sus biógrafos, Paco Taibo II.






Los generales Alfredo Ovando y Juan José Torres, los dos
oficiales de más rango en la época –ambos serían luego presidentes de la
República– habían hecho declaraciones totalmente contradictorias. "Guevara
no fue cremado", había asegurado el primero, mientras el otro había
afirmado que la cremación había tenido "lugar en Vallegrande y [las]
cenizas fueron enterradas en algún lugar de Bolivia". Según los
testimonios de los más altos oficiales entonces destacados en esa zona, no hay
duda de que la orden de quemar el cadáver llegó de La Paz, pero todo parece
indicar que no se cumplió. Fue por falta de capacidad técnica por lo que no se
hizo, aseguran varios testigos de la época. "Los militares no querían que
los vecinos se dieran cuenta, porque en Bolivia la cremación era ilegal, no
existía ningún horno crematorio y, con métodos artesanales, la incineración
completa de un cuerpo humano puede tardar varios días", asegura Gustavo
Sánchez Salazar, coautor del primer libro, publicado en inglés, sobre el Che
después de su muerte (The Great Rebel, 1969). "Yo creo que el teniente
coronel Selich intentó cremar el cuerpo, para cumplir la orden del alto mando,
pero se dio cuenta de que no era posible y lo enterró en algún lugar."





Hay, en cambio, un consenso entre los militares sobre un punto
clave: incinerados o no, sus restos fueron sepultados en solitario, en una
tumba aparte, y los muy pocos, tres o cuatro personas, que conocían el lugar
exacto han muerto.








"El Che era demasiado importante para que lo enterraran con
otros guerrilleros", sentencia Erick Blössl, un alemán que recaló en
aquellos parajes antes que el Che, como cooperante agrónomo, y hoy, a sus 77
años, regenta un restaurante. Blössl no sabía dónde estaba sepultado el Che,
pero tenía un dato que podía llevar a esclarecer el enigma de la osamenta
rescatada en 1997 por los forenses cubanos y argentinos.





"Yo estaba en el aeropuerto cuando llegó el helicóptero con
el cadáver del Che, el lunes 9 de octubre de 1967, alrededor de las cinco de la
tarde. Luego, seguí la furgoneta hasta el hospital. Cuando hice las primeras
fotos del Che en la lavandería del hospital, él tenía su ropa completa. Unos
militares le pusieron una tabla de madera, de unos diez o quince centímetros de
alto, debajo de la cabeza para tener un mejor ángulo para sacar fotos. Por
esto, parecía que el Che miraba a las cámaras. A su lado había los cadáveres de
otros dos guerrilleros, tirados en el suelo.





"Al día siguiente, un poco antes de las ocho de la mañana,
cuando fui de nuevo al hospital, el Che ya estaba lavado y vestía solamente un
pantalón arremangado casi hasta la rodilla, para que la prensa viera la herida
en la pantorrilla derecha, por una bala que había recibido en el combate. En el
suelo, estaban su chamarra, el cinturón, una camiseta toda podrida, los
calcetines y el resto de su ropa. Seguían los dos muertos en el suelo. Poco
después, me encontré en la calle con mi amigo Musa, el doctor Moisés Abraham
Baptista, el director del hospital. Musa me preguntó qué hacía yo por ahí.
Hablamos del cadáver y le conté que quería llevarme el cinturón del Che pero
que no me había atrevido a hacerlo. 'Estúpido, me dijo, llévatelo, ven
conmigo'. Regresamos a la lavandería, pero ya no estaba el cinturón. Apenas
habían pasado quince minutos desde mi anterior visita, pero alguien se lo había
llevado. Las demás cosas seguían ahí, también la chamarra, pero no me
interesaba. En la tarde del mismo día, martes 10, cuando todavía desfilaba la
gente para ver el cuerpo del Che, entré de nuevo. Ya no estaban los otros dos
cadáveres, los habían llevado".





"Dos días después, Musa me invita a su casa y me pone en la
mesa de la sala un paquete en forma de chorizo, envuelto en un ejemplar del
periódico La Prensa, de La Paz, el único que llegaba de vez en cuando a
Vallegrande. Y me dice: 'Ábrelo'. Lo abrí. Era la chamarra, toda ensangrentada.
Le di la vuelta, la miré por todos los lados. El cierre estaba roto y la
chamarra estaba amarrada con una pita (cuerda), exactamente como en las fotos
que tomamos todos. Había varios orificios de entrada y de salida de las balas,
con manchas de sangre. Forzando un poco, se podía pasar el dedo por los
agujeros. Esto indicaba claramente que el Che no había muerto a consecuencia de
las heridas recibidas en combate, como habían dicho los militares, porque no
hubiera podido caminar con semejantes heridas en el tórax. En ese entonces no
había ninguna otra prueba de su asesinato y los testigos no habían hablado
todavía. Le dije a Musa de esconderla bien, porque era la prueba de que lo
habían ejecutado. Yo no era partidario del Che ni de la lucha armada, pero no
me parecía correcto haberle asesinado." Esa larga conversación con Erick
Blössl en su restaurante de Vallegrande fue providencial.


Nos fuimos de nuevo a los libros de Froilán González, el
historiador cubano que había investigado sobre el terreno durante cuatro años
las andanzas del Che en Bolivia. Encontramos un testimonio que confirmaba la
versión del agrónomo alemán. Se trata de la narración del corresponsal en
Vallegrande del diario Presencia, Edwin Chacón. "Yo me apoderé de la
chaqueta, estaba ensangrentada y la envolví en un periódico para llevármela,
pero me vieron y dijeron que no podía hacer eso."





Era el mismo paquete que el médico Moisés Abraham Baptista se
había llevado a su casa y enseñado a su amigo Erick. Dado que esta chamarra
estaba en posesión del médico que hizo la autopsia del guerrillero y le cortó
las manos, ¿cómo los cubanos pueden haberla encontrado en la fosa común treinta
años después y presentarla como una de las pruebas clave para identificar al
Che?







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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por Invitado el Sáb Nov 10, 2007 6:36 pm

Erick Blössl se acordaba de otro detalle más reciente. "En
1997, cuando aparecieron los restos de los guerrilleros, me llamó Marcos
Tufiño, uno de los viceministros encargados de supervisar las excavaciones. Él
quería que le confirmara que la chamarra que cubría el cuerpo número 2 era del
Che. Bajamos a la fosa y, después de mirarla bien, le dije que no era. Se
parecía más a una capa de agua del ejército americano, tipo poncho, y no tenía
nada que ver con la que el Che llevaba puesta en el hospital. Tufiño insistió,
pero me quedé con la impresión de que él también sabía que no era el Che."









Queda ahora por esclarecer un misterio: ¿cómo se las ingeniaron
los cubanos para engañar a todo el mundo? Su trabajo fue avalado por los
forenses argentinos y las autoridades bolivianas. El doctor González ha
presentado los resultados de su hazaña en varios congresos forenses
internacionales, y ningún experto los ha criticado. Es cierto que algunos le
reclamaron que no hubiera cumplido su compromiso de realizar las pruebas de
ADN. La respuesta del médico y de sus colegas fue que las otras pruebas habían
permitido la identificación del Che sin la más mínima sombra de duda. Alejandro
Incháurregui, uno de los forenses argentinos que habían estado en Vallegrande,
añadió que hubiera sido una "exquisitez" inútil recurrir al ADN. De
los tres forenses consultados sobre este tema, un argentino, un colombiano y un
español que han asistido a las presentaciones de Jorge González en tres
congresos internacionales (Buenos Aires, Montevideo y La Habana), ninguno ha
notado nada anormal. Un prestigioso profesor de medicina legal de Buenos Aires,
Luis Alberto Kvitko, es el más entusiasta. "Soy muy amigo de Héctor Soto y
Jorge González. Yo pongo mis manos en el fuego por ellos: son profesionales muy
serios. El reconocimiento por la dentadura es categórico, tanto como el ADN.
Además, ahí estaba la chamarra: es la misma que en las fotos cuando expusieron
su cadáver. Yo invité a Jorge González a dar una conferencia aquí, en la
Universidad de Buenos Aires. Tengo la presentación en power point que él hizo,
con todos los detalles de la búsqueda y de las excavaciones, de la
investigación histórica, etcétera."





Sin embargo, el profesor Kvitko no aceptó entregar una copia de
esa presentación. Y tampoco quiso hacerlo el doctor Jorge Bermúdez, de la
Asociación de Peritos de la Provincia de Buenos Aires, APeBA, que había
invitado a su colega cubano a dar una conferencia en la Universidad de Quilmes,
el 6 de julio de 2004, titulada "Búsqueda e identificación de restos
humanos. El caso Che Guevara". La respuesta de APeBA tuvo el mérito de ser
franca: "Fue condición del doctor Jorge González Pérez para su
participación no grabar ni reproducir el material. Así lo hemos hecho."





¿A qué se debe tanto secretismo? Les tocará a los cubanos
explicarlo un día, pero eso no ocurrirá mientras no haya un cambio de régimen
en La Habana. Sólo una prueba de ADN realizada por expertos totalmente
independientes permitirá comprobar si el esqueleto atribuido al Che le
pertenece realmente. Lo van a tener difícil, ya que las dos autopsias
practicadas al Che no coinciden. La primera, realizada en Vallegrande por el
doctor Abraham Baptista, en 1967, señalaba nueve heridas de bala. La segunda,
hecha en el hospital Japonés de Santa Cruz, treinta años más tarde, menciona
sólo "cuatro proyectiles de arma de fuego".





La "operación Che" ilustra de forma impactante la
capacidad del régimen castrista de imponer sus criterios políticos a los
científicos, cuya independencia queda en entredicho. El Líder Máximo había
hecho del rescate de los restos del Che una cuestión de honor y, si los
expertos escogidos por él no los encontraban –es probable que Castro supiera
que así ocurriría–, había que arreglar las cosas para que los huesos de otro
individuo, de características similares, fueran atribuidos al "Guerrillero
Heroico". Esto explicaría por qué los expertos extranjeros consultados no
pudieron ver la trampa: los huesos y la documentación médica pertenecen a la
misma persona, pero no es el Che. No fue una hazaña científica y tampoco un
acto de magia: fue una operación de inteligencia disfrazada de misión
científica. Y lo más probable es que la manipulación de las osamentas se
produjera antes de la llegada de los forenses argentinos, en esos tres días que
tuvieron los cubanos para actuar sin supervisión. Después de todo, si los
agentes cubanos se habían llevado por valija diplomática, de Vallegrande a La
Habana, el esqueleto entero de la falsa Tania, bien podían traerse una calavera
desde Cuba para sembrarla en tierras bolivianas.





El propio Castro ha dado una pista al cometer un lapsus
revelador en su Biografía a dos voces, dictada a su amanuense Ignacio Ramonet y
revisada minuciosamente por el propio caudillo, según lo confesó él mismo. Dice
Castro a propósito del rescate de la osamenta del Che: "¡Qué mérito el de
los que encontraron su cadáver y los de otros cinco compañeros!" ¿Cinco?
¿No eran siete, con el Che? Sólo seis, incluido el Che, asegura el Comandante
en Jefe. La pregunta obligada, que no hace Ramonet, es: ¿Cómo hicieron los
forenses cubanos para obtener siete osamentas a partir de seis cuerpos? Ésa es
la hazaña, y Castro colma de halagos a su autor: "Ese hombre, Jorge
González, que hoy es rector de nuestra facultad de ciencias médicas, ¡qué
mérito!, cómo lo encontraron, eso es milagroso."


Nota: Este trabajo fue publicado en febrero de este año en la
Revista





Pegado
de <http://www.aollatinoblog.com/2007/10/08/son-realmente-los-restos-del-che-guevara/>

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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por Rafael alfonso el Sáb Nov 10, 2007 10:57 pm

Publicado el sábado 10 de noviembre del 2007

EFE


LA HABANA


Técnicos forenses cubanos practicaron pruebas de ADN a los restos del guerrillero cubano-argentino Ernesto ''Che'' Guevara cuando fueron repatriados en 1997, según informaron ayer fuentes de la investigación.
El médico forense Jorge González, jefe de la expedición cubana que trabajó en Bolivia entre 1995 y 1997 para encontrar los restos de Guevara, indicó que la investigación a través de pruebas de ADN ''se produce inmediatamente después del regreso, entre julio y octubre'' de 1997.
A principios de octubre, el propio González, actualmente diputado nacional, zanjó la polémica surgida sobre la autenticidad de los restos de Ernesto ''Che'' Guevara, que reposan en el mausoleo de Santa Clara, al indicar al diario Juventud Rebelde que al cadáver se le practicaron esas pruebas.

MAS INFORMACION EN : http://www.elnuevoherald.com/noticias/america_latina/cuba/story/115010.html

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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

Mensaje por airwolf97 el Vie Feb 08, 2008 12:52 pm

Siempre que el Régimen se encuentra en peligro,utiliza los restos del Che :Lo hizó en 1997 y lo hizo en el 2007.Aún después de muerto el Che le es útil al Gobierno Cubano.

De seguro Guevara debe estar ahora en el infierno ,reservándole un lugar a su "amigo" Fidel.

Saludos
Airwolf
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Re: El mito del cadáver del Che Guevara .por Alvaro Vargas llosa

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