Secretos de Cuba
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El día en que sacamos a Castro de sus casillas

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El día en que sacamos a Castro de sus casillas

Mensaje por Huésped el Miér Oct 31, 2007 7:29 am

WILFREDO CANCIO ISLA - El Nuevo Herald - 2007-10-30




En los insondables archivos históricos del Consejo de Estado de Cuba
deben permanecer guardadas para la posteridad las grabaciones de una
singular reunión de estudiantes universitarios con Fidel Castro y la
máxima plana gubernamental, ocurrida hace exactamente 20 años.
Si
en un futuro de cambios políticos en la isla se nos diera a los cubanos
la hipotética opción de revisar y rescatar --a la manera del filme
alemán The Life of Others (2006)-- documentos, expedientes
secretos y fichas fabricadas por la inteligencia castrista, me
interesaría obtener una copia de aquel acontecimiento habanero que
conmocionó el ámbito académico, destrozó compromisos ideológicos y
transformó para siempre el modo de pensar de muchos de mis colegas
actuales, por entonces profesores y alumnos en la Facultad de
Periodismo de la Universidad de La Habana.
Por supuesto que también marcó definitivamente mi pensamiento y mis pasos posteriores.
Me
gustaría conservar esa filmación del 26 de octubre de 1987 como un
colosal testimonio de manipulación política, acaso de utilidad para
comprender una etapa cubana poco estudiada y menos entendida. Pero
también para preservar en imágenes los comportamientos de una
generación que transitó agitadamente del idealismo al descreimiento.
Fue
una batalla campal de más de 12 horas en un salón de actos del Consejo
de Estado. El Líder Máximo, el entonces gurú ideológico Carlos Aldana y
otras connotadas figuras de la nomenclatura castrista, recibieron a 276
estudiantes de Periodismo y sus profesores para sostener una
conversación sobre el papel de la prensa ante las difíciles condiciones
que enfrentaba el país.
A la audiencia se sumaron como invitados
todos los directores de órganos de prensa nacionales. Pero las reglas
habían sido fijadas de antemano: sólo podrían pedir la palabra y
expresar sus ideas los estudiantes. En fin, un ''debate abierto entre
revolucionarios'' celebrado a puertas cerradas.
Eran los días de efervescencia de la perestroika y el glasnost
soviéticos, cuyos ecos retumbaban en la vida cubana para preocupación
de la élite gubernamental. En los sectores intelectuales se vivía una
intensa expectativa de cambio y hasta La Gaceta de Cuba había intercalado en sus páginas una sugerente sección (''Un Pérez en troika por la perestroika'')
con noticias de las radicales transformaciones en marcha bajo el
liderazgo de Mijaíl Gorbachev. Todavía circulaban en el país las
publicaciones como Sputnik y Novedades de Moscú, verdaderos termómetros del viraje ocurrido en la prensa soviética y prohibidas ambas en Cuba en 1989.
Las
inquietudes latentes en la Facultad de Periodismo llegaban ya más allá
de sus muros, con críticas que comenzaban en el obsoleto plan de
estudios (con varias asignaturas copiadas del programa de la
Universidad Lomonosov) y terminaban siempre fustigando la atrofia del
modelo comunicativo y la imposibilidad de encauzar nuevas alternativas
de información en la sociedad cubana.
Los estudiantes no
ocultaban las alusiones entusiastas a los procesos que tenían lugar en
el Este europeo ni sus simpatías por las expresiones artísticas que
mostraban el rostro de los cambios en marcha o desmontaban
autocríticamente acontecimientos del pasado. Eran los días en que el
documental antibelicista ¿Es fácil ser joven? provocaba un
verdadero desbordamiento de público en La Habana, y obligaba a los
jerarcas partidistas a retirarlo de la programación de una semana de
cine soviético para presentarlo luego en televisión con un comentario
de ''orientación ideológica'', según los designios de Carlos Aldana.
La
reunión de Periodismo terminó siendo un laboratorio de ensayo sobre
cómo lidiar con las irreverencias de la nueva generación en un momento
crucial para el apuntalamiento ideológico de una revolución que aún se
decía heredera de las tradiciones socialistas. Un colega la calificó
como la otra ''Revolución de Octubre'' y no estaba desacertado en su
sentencia.
Después se sucedieron otros foros juveniles de alta
temperatura en presencia de Castro, como el de la Asociación Hermanos
Saíz en febrero de 1988, pero ya las coordenadas estaban delineadas y
las respuestas previstas.
La cita de octubre de 1987 sobrevino de forma urgente, luego de una intensa discusión de la obra teatral La opinión pública
en la sede de Teatro Estudio. El espectáculo se inspiraba en un texto
rumano, adaptado libérrimamente a la situación cubana para burlarse de
los problemas de actualidad. Raquel Revuelta me pidió conducir el
debate abierto tras la presentación, que tuvo como invitado de primera
fila al entonces presidente de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC),
Julio García Luis.
Las andanadas críticas de los estudiantes
fueron el detonante para que la élite gubernamental se decidiera a
propiciar aquel encuentro estratégicamente calculado. La orientación
llegó pocos días después al decanato de la Facultad: recoger en las
aulas las inquietudes de los estudiantes y enviarlas a manera de
preguntas para el Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) con
el fin de preparar una sesión de debate con dirigentes partidistas y
funcionarios estatales en los predios de la Universidad de La Habana.
El
claustro de Periodismo jugó limpio y envió 96 preguntas elaboradas por
los estudiantes sobre los más álgidos temas tabú del momento, desde la
prostitución y las drogas como fenómenos emergentes hasta la inutilidad
de las guerras internacionalistas y las manifestaciones de culto a la
personalidad que se deslizaban a diario en la prensa cubana.
La
sinceridad del cuestionario resultó un bumerán para la institución
docente. La dirección política se sintió ofendida por los
cuestionamientos y lanzó la alarma sobre los ''graves problemas
ideológicos'' que afectaban a los futuros periodistas. Las preguntas
fueron circuladas entre los miembros de los consejos de Estado y de
Ministros y un buen día se nos informó que el encuentro había cambiado
de sitio: sería en la sede del Comité Central y bajo estrictas medidas
de control sobre los asistentes.
Ese día comparecimos todos allí,
alumnos y profesores, con la ingenua convicción de que podíamos influir
en los cambios aplazados en el país. Sin embargo, la suerte estaba
echada desde el comienzo.
Usando una expresión del novelista
Antonio José Ponte, fue la repetida historia de alentar las opiniones
discrepantes para terminar reprimiéndolas. Tirar de las lenguas para
cortarlas mejor.
Cuando el telón se levantó, Aldana apareció
sentado en el escenario junto a otros dirigentes gubernamentales y
universitarios. Toda la primera parte transcurrió sin mayores
sobresaltos, con respuestas esquivas y artilugios verbales de Aldana
para responder a varios temas del cuestionario.
Después vino la
tempestad, que nos empapó a todos. Al reanudarse la charla, Castro
apareció en la presidencia y justificó su llegada argumentando que
alguien de su equipo asesor le informó de una interesante reunión
estudiantil allí y decidió pasar un rato por simple curiosidad. Al
calor de las discusiones que se suscitaron en las horas siguientes,
mientras un Castro airado mencionaba puntualmente intervenciones de la
sesión inicial, nos percatamos de la burda mentira: el hombre que ahora
nos hablaba en tono paternal y sentencioso tenía pleno conocimiento de
los más mínimos detalles de aquella encerrona oficial, e incluso había
seguido por las cámaras de circuito cerrado todo lo acontecido antes de
su arribo.
Las imágenes de aquellas horas vienen ahora a mi
memoria como cuadros superpuestos de una película de Sam Peckinpah. No
conservo apuntes, porque en algún momento de la jornada dejé de tomar
notas para concentrarme en mirar los rostros de la audiencia. Unas
palabras desafiantes de un alumno que terminó pidiéndole que lo dejara
hablar, ''que no lo interrumpiera al modo de un padre que no quiere
escuchar a sus hijos'', sacó al dictador de sus casillas como nunca los
presentes pensamos verle nunca. Castro dio un golpe sobre la mesa y
dijo que lo dejaría hablar, pero amenazó con retirarse de la asamblea
si no le dejaban expresar ciertos puntos necesarios.
Otro estudiante aludió a un supuesto titular del diario Granma
que atribuía a Castro la donación de un central azucarero a un país
centroamericano. Nunca supimos cómo pudo ser, pero en menos de un
minuto un asistente se apareció en escena con la hoja del titular
aludido para corregir la equivocación: ''Dona Cuba central a
Nicaragua''. Una aguerrida militante trató de aligerar la tensa
atmósfera con una frase que resultó una verdadera pedrada en el rostro
de Castro: ``Caballeros, aquí estamos tratando el caso de Fidel como si
fuera el de Kim Il Sung y no es lo mismo''.
Era demasiado para un
hombre acostumbrado a las frases cómodas de quienes le rodean. Recuerdo
aún las caras de desasogiego de Aldana y la ira manifiesta del
asistente personal de Castro, el medico José ''Chomy'' Millar, el
nerviosismo de otros dirigentes de la mesa, la incertidumbre que se
apoderó de casi todos. También las lágrimas de varios estudiantes que
se me acercaron en uno de los recesos, sin que mediaran palabras para
comprender la profunda decepción que sentían.
Ese fue el día en que muchos jóvenes dejaron de creer para siempre.
El
colofón se produjo a partir de una pregunta de Amir Valle Ojeda, hoy un
escritor que ha tomado el camino del exilio en Alemania, quien trató de
salvar el monumental fiasco de la noche con una sugerencia plausible:
``Compañeros, sería imperdonable que dejásemos pasar esta oportunidad
sin que Fidel nos diga que piensa él de la perestroika y los cambios que están dándose en la Unión Soviética''.
Castro
tomó el micrófono para poner fin a los infortunios de la noche y --como
es costumbre en reuniones con su presencia desde 1959-- ejercer el
derecho a la última palabra.
Casi nada trascendió entonces de
aquel suceso de miedo, a no ser por las versiones contadas por los
participantes. Los pormenores de la reunión con Castro corrieron al día
siguiente a lo largo del país mediante las vías más efectivas de
comunicación que han tenido los cubanos en casi cinco décadas: las
confesiones personales, la conversación de esquina, el chismorreo de
pasillo, el cuento del vecino. Ni el disciplinado diario Granma,
ni los noticieros radiales y televisivos, dieron cuenta de lo ocurrido,
por razones propias de un modelo totalitario de prensa: la información
sólo es bien recibida, transmitida y aceptada si contribuye a los
intereses de ejecución de la política.
La reunión había resultado
demasiado peturbadora como para convertirla en un tema de interés
propagandístico desde la perspectiva del poder político.
En las
semanas siguientes, la Facultad de Periodismo vivió sus momentos más
terribles. En las primeras horas del siguiente día, un enjambre de
encuestadores del Equipo de Opinión del Pueblo se atrincheró en la
institución para recoger las opiniones de los estudiantes sobre el
suceso de la víspera. Fue apenas la clarinada de un exaltado proceso de
análisis, purgas y ajustes de cuentas en las instancias universitarias
y los colectivos estudiantiles. Una tarde, la decana Lázara Peñones
recibió la visita de una antigua amiga que venía a confesarle que en
las altas esferas del Comité Central le habían propuesto sustituirla.
Aún
ensoberbecido por el desafío estudiantil, Castro hizo referencia en una
reunión partidista a lo sucedido con la Facultad de Periodismo y llamó
''mojonetes'' a los jóvenes que intentaron cuestionarlo. Una versión en
video sobre los hechos comenzó a distribuirse y analizarse en los
núcleos partidistas, mientras en la Facultad de Periodismo continuaban
asambleas nocturnas de análisis y aclaraciones, con la presencia de
Aldana.
No cerraron la institución, pero las conclusiones eran de
esperarse: tanto estudiantes como profesores necesitaban acercarse más
a la realidad del país y conocer los ''reales'' problemas del pueblo,
lo que derivó en sistemáticas jornadas laborales junto al contingente
constructivo ''Blas Roca Calderío'' y en los campamentos agrícolas del
sur de La Habana.
La vida terminó dispersando a muchos de los
participantes en bandos diversos. Unos sirviendo en las oficinas del
Consejo de Estado, dirigiendo la Mesa Redonda de la televisión cubana o
repitiendo directrices oficiales que los han encumbrado en puestos
políticos. Otros, repartidos por el mundo, en Francia, en España, en
Miami.
Tal vez ahora que está destapando sucesos pretéritos y
acomodando la historia a su gusto, Castro nos sorprenda con una
reflexión sobre ese día de octubre de 1987 en que un grupo de jóvenes
universitarios hallaron, sin proponérselo, la vulnerabilidad y la
senectud de un hombre aferrado al poder.

Huésped
Invitado


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