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Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

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Héctor Palacios: oposición y represión

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Héctor Palacios: oposición y represión

Mensaje por Huésped el Lun Oct 29, 2007 10:06 am



or Teresa Cruz
New Jersey
En varios viajes de trabajo que hice a Cuba en representación de la
Fundación Nacional Cubano Americana, de cuya Junta soy miembro, visité
a muchos disidentes y opositores, además de la redacción de la Revista
Vitral y otros lugares. Algunos viajes eran muy cortos para evitar que
detectaran los contactos, pero en otros tuve la necesidad de convivir
con la oposición. Este trabajo se interrumpió cuando me regresaron
desde el aeropuerto de La Habana, en ocasión de un intento de
participar como observadora en la Asamblea para Promover la Sociedad
Civil en el 2005.
Al convivir con la oposición -durmiendo en sus casas, viajando con
ellos, participando de sus actividades diarias-, comprobé lo que ya
sabía, a saber, que sus recursos económicos son muy limitados, que
viven en circunstancias precarias. Los opositores nunca sabían cuándo
yo aparecía, ni cuándo me iba. Hay que ver las circunstancias en que
vive Marta Beatriz Roque Cabello y lo acorralada que está, dado el
emplazamiento de su casa.
Doy esta explicación, porque soy testigo de la situación en que
luchan los opositores y a título personal, quiero informar detalles de
la vida de Héctor y su familia en Cuba.
Mi compatriota Héctor Palacios Ruiz está en España para tratar de
mejorar su salud quebrantada por la prisión y la lucha incesante contra
la tiranía desde que decidió escoger ese camino sembrado de
incomprensión, dificultad, represión y aridez.
La aridez de la incomprensión; las formas de esta difícil lucha en
un campo minado por el poder de la familia Castro que ha abandonado,
desde el principio, la tarea de todo gobernante: mejorar la vida de sus
conciudadanos y ofrecerles las opciones para vivir dignamente. Héctor
Palacios Ruiz ha optado por luchar por un cambio hacia la democracia:
una tarea que implica enormes sacrificios personales y un costo
material y emocional enormes.
Si como se dice en comentarios publicados a raíz de la entrevista
publicada en Encuentro en la red, Héctor vivía con prebendas, él las
dejó a un lado para trasladarse al terreno de esa otredad peligrosa que
es en Cuba el terreno de la oposición o la disidencia.
Héctor ha sufrido el ostracismo del régimen y la represión en el
alma de su hija por matrimonio, Giselle, y de su madre. Sin hablar de
la represión contra Gisela, en cuya casa se iniciaron las reuniones de
las Damas de Blanco, en una de las cuales participé. Venían del
interior del país y había que acomodarlas en la casa para que pasaran
la noche.
En la Primavera Negra de La Habana, cuando se desató la razziaque
comenzó precisamente en el apartamento de Héctor y Gisela con treinta
militares armados que invadieron su casa para revolver y destruir
papeles, libros, revistas y un viandero vacío, excepto por tres papas,
otros agentes de la policía política, en esos mismos instantes,
irrumpían en la casa de su madre octogenaria para registrar, revolver
sus limitadas pertenencias, buscando alguna evidencia que justificara
la condena a Héctor, que ya estaba impuesta. Mientras, un médico y un
oficial le ofrecían a María dinero y medicinas para «ayudarla» en
aquella «situación». Dinero y medicinas que rechazó esta digna cubana
que vive de un mínimo ingreso y de los huevos que dan las gallinas que
cría en el patio de su reducida casa. Y les dijo que no podía aceptar
ninguna ayuda de las mismas personas que encarcelaban a su hijo por
pensar de forma diferente.
A su hija Giselle comenzaron a asediarla en el preuniversitario
donde estudiaba. Primero, el director que fue a su aula para hablar de
los «vendepatrias» delante del resto de sus compañeros. Poco después,
se reunió con ella la profesora que Giselle más quería para pedirle que
renegara de su madre y de su padre. Giselle contestó valientemente. No
fueron sólo el desconcierto y el dolor en su corazón los peores azotes
de la represión, sino el hecho de que su maestra más querida le pidiera
que abjurara de sus padres.
Muchas más cosas sobre la represión contra esta familia se me quedan
en el tintero: los actos de repudio frente a la casa de dos mujeres
solas, mientras el esposo y padre estaba a kilómetros de distancia en
una celda mínima, por ejemplo. Y hay más.
Yo no vi la celda de Héctor, pero si estuve en la entrada de esa
prisión en Pinar del Río, donde se espera para pasar a la visita o para
dejar la jaba. Hay capas de suciedad en las mesas y olor a heces
fecales humanas, y no porque los visitantes hayan abandonado sus
costumbres higiénicas -somos uno de los pueblos que más se cuida de la
higiene- si no porque el servicio sanitario estaba desbordado y cuando
limpian -lo hicieron estando yo allí- pasan una escoba por el piso –o
mejor: la arrastran. Lo hacen a la vez por el piso y las mesas. Ésa es
la limpieza. Tan solo alcanzo a imaginarme cómo sería la celda.
Hasta allí llegué con Gisela Delgado y Elsa, la esposa de Arroyo,
para que Héctor supiera que si no podía llegar hasta su celda, al menos
llegaba hasta las puertas de la prisión. Pasé varios días en casa de
Héctor. Nada había para comer y no crean que aporté mucho: todo lo que
se recauda para la oposición apenas alcanza para transportarse y
desarrollar el trabajo. En el caso de los presos, apenas para llevarles
alimentos. El alto costo de la vida en Cuba hace de estas tareas
trabajos de Hércules.
Cuando en esos días fui a ver a María, la madre de Héctor, la
encontré preocupada pero firme, alegre por la visita. No hacía yo más
que una mínima contribución, pues nuestro deber es estar presos con
ellos, aunque aun en el exilio no seamos totalmente libres. Allí solo
había lo mínimo para alimentarse, y el cariño de algunos vecinos
fieles, el cuidado de José, hermano de Héctor. De lo que sí no había
era de prebendas, ésas de las que Héctor estaría disfrutando, según
comentarios que leo, si no hubiera escogido este camino.
Estuve en su casa, un mes y unos pocos días antes de su arresto en
2003. Con mucha calma, con el sosiego que le es habitual, me dijo que
se acercaban días muy difíciles para la oposición. Héctor Palacios no
rehuyó esa dificultad, no cesó en su empeño, hasta que se lo llevaron
para las ergástulas. Hablamos hasta la madrugada. Él le mando a mi
esposo Tony y a Remberto Pérez unos tabacos, regalo de unos campesinos
del Escambray y llenó con eso de alegría mi casa: tener en nuestras
manos tabacos de Manicaragua, torcidos por unos campesinos que
cultivaban un metro de tierra, era otra expresión de libertad.
En todas las ocasiones en las que hablé con Héctor personalmente o
por teléfono, su voz era firme y su cuerpo sólido, a pesar de que ya
sufría malestares. Héctor es un hombre gentil, muy agudo,
extremadamente inteligente, vacío de odios y con un gran amor a Cuba.
Da gusto sentarse en la casa de Gisela y Héctor, en ese sillón de su
familia al que le falta un brazo, inclinarlo hacia el balcón y ver como
los helechos se enredan dibujando fantasías en el aire puro de esta
casa donde viven unos de los seres más libres del mundo. Libres de una
libertad que se paga con las rejas.
Ahora su voz sale entrecortada por las isquemias, y falta oxígeno en
su sangre. Se lo nota débil y ha aumentado de peso por la falta de
ejercicio en la prisión, lo que conlleva a más falta de oxígeno y a la
imposibilidad que padece de hacer mínimos esfuerzos físicos. Héctor
sufre intensos dolores.
Héctor es el mismo hombre de valentía serena que inició su lucha en
esta guerra civil atípica que requiere estrategias y tácticas nada
convencionales. A los soldados, en las guerras, se trata de
recuperarlos físicamente para reintegrarlos al combate. Y esta es una
guerra, por medios pacíficos, pero una guerra en la que los opresores
sí tienen las ventajas de los chequeos médicos y la restauración física.
En la casa de Héctor y Gisela, la única joya que encontré fueron
esos helechos enroscados en el balcón y vigilados desde el otro lado de
la calle por miembros de las Brigadas de Respuesta Rápida. La historia
de la represión contra los opositores no está aún escrita y no se
conoce totalmente. Ojalá un día podamos hablar todos en paz sobre estas
cosas en cualquier sala de cualquier cubano y podamos entendernos.
A eso aspira esta familia: a que todos participemos. Lo demuestra en
su entrevista, en la que como hombre de honor agradece las gestiones a
su favor sin dejar de criticar la postura del Gobierno de España.
Una vez más, Héctor Palacios pone el interés nacional por encima del interés personal.
Mientras tanto, ante ti, Héctor, ante ti, Gisela, y ante su familia, yo me quito el sombrero, como dicen en Madrid.
En la fotografía, tomada en el patio del Obispado de Pinar del
Río, aparecen, de derecha a izquierda, Dagoberto Valdés, exdirector de
la revista Vitral, Teresa Cruz, Gisela Delgado y un colaborador de la
revista Vitral. La foto fue tomada de regreso de la visita a la prisión
en la que se hallaba recluido Héctor Palacio.


Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 29/10/2007 12:59

Huésped
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