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"El Mejor Servicio a la Revolución Cubana".

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"El Mejor Servicio a la Revolución Cubana".

Mensaje por Anonymou el Dom Oct 28, 2007 3:29 pm

Por Jose Vilasuso.

"El buen revolucionario debe estar permanentemente listo a prestar el servicio que se le exija".
Ernesto Guevara Serna.


A Ignacio Ramonet.

La Cabaña enero de 1959.

Aquella mañana Máximo apareció de improviso en la oficina. Había sido estudiante en la Escuela de Ciencias Sociales en la Universidad de La Habana, y alzado en el año 58 en Sierra del Cristal donde alcanzó grado de teniente a las órdenes de Raúl Castro, comandante del Segundo Frente Oriental Frank País.
Máximo era bajito, fortachón, de rostro pálido, achatado, ligeramente picado como de agné o viruela, tenía un acortamiento en una pierna y se alegró mucho al verme en la oficina del tribunal. Nos referimos a sus peripecias en la loma a donde subió armado de un ladrillo y logró arrebatarle el fusil San Cristóbal a un bisoño a quienes llamábamos casquitos. La última vez que nos vimos en La Habana fue al pie del Palacio de Aldama (Reina y Amistad) de allí partió hacia La Sierra. Seguramente citamos los nombres de amigos y conocidos con los que habríamos perdido el contacto dadas las tantas vicisitudes reinantes por entonces. Al final:
“Bueno, ¿qué te trae por aquí”.
Chico, es que apenas entramos en Santiago me pusieron a dirigir pelotones. Eso es del ca… Estuve unos cuantos días y no pude resistirlo. Horrible, horrible. No lo quiero recordar. Yo consulté al capellán y me tranquilizó un poco. Me dijo que esa era mi obligación y que no dependía de mí… No sé, no sé, Pepe. Pedí mi traslado para La Habana, me lo concedieron enseguida y cuando llego aquí mira pa’ hí, me asignan lo mismo, porque dicen que tengo la experiencia. Nadie se presta para esto, es muy duro. Eh, mala suerte, cará. Para esta noche ya tengo dos ejecuciones asignadas.”
Me miraba fijamente, algo suplicante.
“¿Esta noche?”
“Sí; dos para esta noche.”
“Ah, yo iré a verte”. Dije sin mayor reflexión. Máximo permanecía grave. Sin pensarlo por puro encono y contrayendo las facciones me increpó:
“Mira come… Tú no sabes lo que estás diciendo. Que no se te ocurra. Lo vas a estar recordando durante años y años, toda tu vida. Te pesará. Eso es algo espantoso, de madre… Nadie sabe lo que es el paredón. Uno se vuelve una fiera; si no eres una fiera no sirves, te acoquinas y es peor. Matar no es fácil, Pepe.
Mira, en los primeros momentos lo hacíamos comoquiera. Se les sentenciaba como quiera, ahí mismo. Los traíamos y los poníamos delante del pelotón. Ni poste para amarrarlos. Figúrate, la mayor parte de los reclutas apenas sabían manejar las armas. Al ver lo que tenían delante muchos se acobardaban y cuando se daba la orden de fuego no se atrevían a apuntar directo, tiraban al aire o sin mirar. Entonces el tipo recibía varios impactos no mortales que lo hacían saltar dando gritos, algunos se revolcaban por el suelo echando sangre y hasta se corrían dos o tres metros hacia un lado y el otro. Hubo uno que se le echó encima al pelotón y los espantó, parecían gallinas. Yo entonces dándome cuenta de lo que pasaba, tenía que acercármeles, pegarle la pistola a la cabeza y gritar. “Miren pendejos, pa’ que aprendan”. No te cuento cómo es eso de hacerle saltar los sesos a un tipo, chico. No lo quiero recordar. No me deja dormir… no puedo no puedo…
Eso no se me olvidará jamás. Es terrible, chico… terrible. La gente no sabe de lo que hablan, hay que pasarlo… No vayas esta noche, co. Olvida eso. No se resiste. No podrías comer carne en mucho tiempo. ¿Sabes cómo quedan los cuartos de reses colgados en la carnicería? Los has visto, ¿verdad? Chorreando sangre. Eso parecen esos tipos”.

A la mañana siguiente con aquellas palabras grabadas profundamente me dirigí al paredón. Quería empaparme de las descripciones desde el escenario mismo de los hechos. Era un costado de las gruesas murallas que defienden la inmensa arquitectura medieval española. Su constructor fue Juan Bautista Antonelli y la estructura arquitectónica es la misma en El Morro, La Fuerza, La Punta, pero La Cabaña es el mayor y más impresionante de todos los castillos. Las murallas están formadas por cantos gruesos e inmensos con un espesor de metros; pese a la altura y la brisa de la bahía los muros despiden una humedad impregnada desde hace siglos. Bien examinado como baluarte militar se comprende que aun hoy La Cabaña sería casi inexpugnables frente a artillería ligera. En algunas zonas la separación entre los bordes y esquinas de los cantos hace ranuras por donde en aquella época pululaban hongos y de vez en cuando asomaba la cabecita una iguana pequeña, que se deslizaba a escape con el rabo enrollado, de vivos colores. Siempre había contemplado estos castillos como reliquia histórica. Escenario de la patria donde fueron ejecutados tantos héroes en las luchas por la independencia, el poeta Juan Clemente Zenea fue uno de ellos. Del otro lado, en El Morro me había impresionado la reproducción del garrote donde se ejecutó al general Narciso López; cincuenta de sus soldados y oficiales seleccionados por sorteo también cayeron ante los pelotones españoles. Durante la Segunda Guerra Mundial allí se debió de ejecutar al espía alemán Lunning. El lugar donde me encontraba estaba bastante cercano al Foso de los Laureles, escenario mayor de toda la tragedia; nosotros simplemente le llamábamos El Paredón. Esa tarde caminé despacio por toda la explanada, aspirando el aire marino, observando y tratando de reproducir mentalmente lo que casi todas las noches allí tenía lugar. No era tan difícil imaginar algo que cualquiera ha visto en el cine o leído en alguna novela o la prensa. De repente el camino más correcto era comenzar a internalizarlo como cuestión propia en que me veía involucrado. Todo aquello me tocaba de cerca. Pisar el lugar de los fusilamientos era un remedo de testigo presencial. Pero más relevante sería palpar el meollo de aquellas ejecuciones, en qué consistían; su naturaleza, utilidad y causales. De cara a los postes, al vuelo tomé la distancia que me separaba de los mismos; pocos metros, y no menos pasos más adelante la línea en que se colocaba el pelotón. Me les acerqué y toqué los maderos con las manos. Eran pequeños y gruesos, menos de mis cinco ocho de altura. Me coloqué delante en el puesto del reo y a mis espaldas cubriendo el nivel comprendido desde el pecho a la cabeza, sobresalía una densa y larga perforación de la muralla ligeramente blancuzca en lo más profundo de las incontables huellas que la formaban. Las perforaciones más hondas coincidían con mayor simetría con las medidas superiores de los postes; exactamente a la medida de la cabeza, hombros y pecho de un hombre de estatura normal. Por el suelo se regaban abundantes casquillos de bala, por regarse casi a mis pies no podrían ser residuos de las descargas de fusilería; sino de los tiros de gracia. A los pies de cada poste, mezclados con la yerba, se ennegrecían los charcos de sangre coagulada.

Anonymou
Invitado


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Re: "El Mejor Servicio a la Revolución Cubana".

Mensaje por Anonymou el Dom Oct 28, 2007 3:30 pm

A partir de aquella vivencia mi sentir referente al proceso en que me veía inmerso iría cobrando nuevos matices sostenidamente. Hasta el instante no había deparado en la naturaleza profunda de aquellas ejecuciones. La intensidad misma que un fusilamiento produce nos arrastra insensiblemente a pasarlo por alto lo antes posible. Más bien lo contemplamos como rutina, algo que sucede y vuelve a suceder sin aquilatarse con mayor detenimiento. Por entonces los cintillos de la prensa internacional censuraban con acritud todo aquello sin que yo aun reparara en que necesariamente no tenían que estar equivocados. Ahora por primera vez me sentí aludido, los periódicos ofrecían una versión alterna de todo lo que tenía a mis pies, de lo que hacía en aquel lugar, mi trabajo. Versión alterna que - contrastantemente - no podría estar muy lejana a mi natural manera de pensar y sentir. En el subconsciente brotó la posible comparación con el proceso precedente, ¿seríamos nosotros los nuevos asesinos?
Mientras esta idea maduraba en mi conciencia me situaba cada vez más distante de Mike, de Nuiry, e innumerables amigos uniformados de quienes me consideraba solidario. No es fácil desligarse de personas por quienes se siente simpatía y perderse luego en un mar desconocido donde no pueden esperarse afectos sustitutos. Frente al nuevo gobierno emergían fuerzas oscuras, reaccionarios y los restos de la dictadura depuesta. Eran aquellos contra quienes mi generación militaba y consideraba incompatibles. Nada les debíamos. Creo que las preocupaciones, en mayor o menor grado, eran compartidas por un número creciente de compañeros universitarios y colegas letrados. Pensando y pensando al anochecer las nubes se oscurecían, y al día siguiente amanecían ennegrecidas.
Pero la rutina en la fortaleza de La Cabaña no paraba. Las causas llegaban al escritorio a intervalos más o menos prolongados. Por más que me esmeré en estudiar cada una hasta el pormenor más insignificante, no hallé elemento alguno indispensable de juicio para darle curso ante el ministerio fiscal. Una tras otra apenas leídos unos cuantos folios se caían por falta de pruebas; las engavetaba y allí quedaron. Sólo con el tiempo supe que a Otto Meruelo uno de los acusados a mi cargo, había sido condenado a treinta años; del resto nada ha llegado a mis oídos. En lo adelante otros aspectos del entorno diversificaban la continua atención. Toda resistencia a darle curso a los casos tendría que ser objeto de consideración por la superioridad. No se trataba de simples sospechas. Estaba en el ejército, ya se había anunciado que tendría que concurrir a prácticas de tiro, me confeccionaban el uniforme, carnet de identificación, pronto entraría en nómina con grado de subteniente. Realidades que eran de esperarse, aunque prefería no anticipar decisiones. Una cosa u otra el ritmo de los acontecimientos no se detendría, a punto estaban de adquirir mayor relieve y nuevos compromisos ineludibles.
Asistí a varios juicios como mero espectador, uno de los acusados que recuerdo con fuerte conmoción fue el coronel Luis Ricardo Grao. Lo vi sentado frente al tribunal y el fiscal hacía alarde de sonora verbosidad; los términos empleados destilaban una violencia repetitiva, abrumadora. Grao lo miraba como de soslayo y dejó escapar una sonrisa de incrédula ironía. Ignoro si caí en su ángulo visual pero experimenté mi primer sentimiento de compasión hacia uno de los llamados esbirros. Ante mis ojos un poder avasallante y omnímodo se cebaba en un ser indefenso que luego de aquel martirio sería fusilado. Su suerte había sido determinada de arriba, era vox populi. ¿Qué se sacaba con aquel espectáculo? ¿Para qué aquellas acusaciones? Pensé en que la ejecución pondría fin a una situación incalificable para cualquiera. Sin embargo, ¿qué sentido tendría privar de la vida a nadie sólo para salir del paso? ¿acaso la muerte de un reo que no era objeto de las garantías que asisten a todos los de su clase, podría acallar los remordimientos de tantos a su alrededor? Por otro lado, luego de Grao y para escuchar idénticas diatribas ¿a quién le tocaría ocupar el mismo banquillo de acusado?
No concurrí a su ejecución, cada mañana me bastaba con recoger las impresiones de los militares que residían en la fortaleza. El caso fue sonado. Luis Ricardo Grao murió de pie. Los seis plomos disparados a la vez no lo pudieron derribar. Aquel estoicismo mostrado ante el tribunal parece que lo acompañó ante el paredón. Quizás debió tratarse de una humanidad capaz de asimilar por igual tanto la descarga de acusaciones y denuestos, como los balazos de los fusiles. Mientras las voces de mando dirigían el rastrillar, toma de puntería, y por fin ordenaron el fuego. Grao lo absorbía todo con absoluta pasividad. Ni pizca de temor ni prueba alguna de desafecto a los que le privaron de la existencia terrena. Parecía que el convencimiento de haber sido escogido como chivo expiatorio, excluía de responsabilidades a los que pusieron fin a sus días. Por ello luego de la descarga permaneció de pie, estático. Estaría contemplándolos después de concluir la ejecución aun vivo o muerto. Permanecería en este mundo o ya habría traspasado el umbral de la muerte. Tal vez esperaría pidiéndoles cuenta tanto a ellos como a los que se confabularon con aquel tormento. Por la otra acera, el efecto de su pasividad tuvo que ser imperecedero al menos entre los tiradores de ojo más certero. ¿Pensarían que erraron los tiros? ¿Las balas no entraban? ¿Fue que ejecutaban a un hombre tan fuerte, física o mentalmente? Grao estuvo de pie por un tiempo como robado al minutero del reloj, nadie se movía, no se sabía que hacer; hasta que presa de rabia, doloroso deber militar, o el querer apartar de una vez la presencia de un hombre que ha superado a la muerte, hizo al oficial a cargo de la ejecución sacar la pistola y pegándosela a la sien disparar.
Grao no fue único. Casos insólitos se produjeron con frecuencia. La sorpresa aguarda en el tránsito de esta vida a la otra. En ese instante el tiempo se detiene, el paso es tan intenso que los testigos llegan a creer que han transcurrido horas, noches enteras. Las fallas a la hora de disparar a un hombre indefenso son más frecuentes de lo calculado. Con mayor razón porque se trata de un hombre a quien no conoces y nada te ha hecho. Generalmente se espera que seis fusiles hagan blanco en los sitios cruciales pecho, cuello, la cabeza. Pero tanto por el examen del cuerpo exánime, como por la frecuencia con que los tiros de gracia no obedecían a mera rutina, nos dábamos cuenta que a la hora de apretar el gatillo no era raro desviar la dirección del disparo. Si morir es siempre impredecible y único; matar no es menos único e impredecible. Toda muerte es indescriptible, no tiene gemela y sus consecuencias imposibles de descalificar. Es una responsabilidad que otros hombres no hemos eludido.

Anonymou
Invitado


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Re: "El Mejor Servicio a la Revolución Cubana".

Mensaje por Anonymou el Dom Oct 28, 2007 3:30 pm

La flojera de los miembros del pelotón se convirtió en inconveniente cada vez más patente. No solo para la generalidad de los casos con la sentencia a cargo del tribunal; sino - excepcionalmente - por los vaivenes especiales con que se decidía la suerte de algunos acusados. Se trataba de decisiones personales “de arriba.” Asunto ajeno al tribunal cuya decisión se le debía comunicar al procesado personalmente. Entonces ¿quién le pondría el cascabel al gato?
El contratiempo mayor era la escasez de oficiales dispuestos a dirigir los pelotones. Como Máximo con frecuencia se contaron no escasos casos. Un hombre prueba el trago de sangre una, dos veces… luego se perturba, el cargo de conciencia, huye, reniega de sí mismo. No son conjeturas. En más de una cabeza cupo preguntarse: “si no aparecen voluntarios suficientes, alguien tendrá que empuñar la pistola, ¿no te parece?” “¿Quién, el Che? Pues que no se lo planteen, para él eso no es problema, acuérdate de Eutimio Guerra: le puso la pistola en la nuca y pun. Para darnos el ejemplo, mi hermano...”


Para estimular una mejor y eficiente prestación de estos servicios se determinó un aumento de cobranza que inicialmente había ascendido a quince pesos para los reclutas además de adquirir rango de combatiente. A los oficiales les correspondían veinticinco, y reconocimiento a su pericia conforme al menor número de tiros de gracia que tuvieran que propinar al ejecutado. Sin embargo el anuncio de la buena nueva no obtuvo la respuesta esperada. Los voluntarios seguían sin aparecer; excepto un oficial a quien recuerdo solitario, silencioso, de espesa barba que le tapaba el cuello, y ancho de espaldas, al menos es la imagen que guardo. Se llamaba Herman Marks, oriundo de Estados Unidos, norteño, según se decía exconvicto y prófugo de la justicia en su país. Lo tuve muy cerca, en mesa contigua del comedor, nunca le quise hablar, y al parecer era comunicativo; eso se decía. Se le señalaba como alguien que reunía cualidades nada despreciables y hasta con cierto agradecimiento dada su incondicional disposición a encarar deberes que otros rehuían. Nunca olvidaré la noche en que tuvieron lugar siete cepillos. Fue la más activa durante aquel período imborrable, pero no puedo precisar si los aumentos de honorarios ya habrían sido efectivos. De todas maneras esa noche Herman Marks estuvo de plácemes; al menos y por seguro cobró como mínimo $175.00.

Anonymou
Invitado


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Re: "El Mejor Servicio a la Revolución Cubana".

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