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Venturas y desventuras de un internacionalista

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Venturas y desventuras de un internacionalista

Mensaje por Huésped el Jue Oct 18, 2007 8:41 pm

Venturas y desventuras de un internacionalista
Desde Cuba por Alejandro Tur Valladares, Cubanacán Press

LA HABANA, Cuba - Agosto 29 / 2005 (CUBANET) - Corría el año 1980 en Cuba. Es la época del éxodo marítimo del Mariel. Danilo acababa de cumplir años, y como todo joven de su edad pronto tendrá que acudir al "llamado de la Patria".
Aunque el servicio militar es obligatorio y para la inmensa mayoría de sus compañeros es un fastidio, él lo acogerá con alegría porque es un deber revolucionario, y qué cosa es Danilo sino un revolucionario.
Por aquellos días históricos de consignas contra la "escoria social" que abandonaba la isla para marcharse hacia los Estados Unidos de América, Danilo conoció a Martha, una joven quinceañera de procedencia humilde y como él defensora de la causa revolucionaria.
El amor pronto llegó, también la noticia de que se tenía que marchar lejos de Martha. En Angola se libraba una cruenta batalla, muchos cubanos morían, también ellos mataban. Aunque nunca entendió muy bien las causas por las que el soldado cubano tuviese que viajar miles de kilómetros para combatir a unos hombres que jamás les habían ofendido o agredido, aquélla era una orden, y ya se sabe que las órdenes no se discuten, sólo se cumplen.
Antes de marchar dejó tras sí la promesa del matrimonio, el sueño de forjar un hogar y de construirse una hermosa casita que tuviese un gran jardín de girasoles, en donde sus hijos jugarían a los escondidos. Él iba a entregar su vida, a erosionar su salud, a matar a otros hombres que seguramente tenían familia. Estaba convencido que todos esos sacrificios serían reconocidos y compensados.
Dos años en las selvas africanas donde, con el olor de la muerte impregnada en las ropas, el insomnio hermanado con el miedo, las pulgas y los mosquitos picándole la piel. Dos años sin ver a su amada, conociendo de ella tan sólo por medio de un papel.
El tiempo pasó, y aunque aquello había sido un verdadero infierno, el solo hecho de saberse de regreso a su tierra ya era suficiente para que en un solo instante todo el sufrimiento se borrase.
Cuando descendió el avión, allí estaba Martha. Danilo supo entonces lo dichoso que era. Había regresado ileso de la guerra, su mujer le había aguardado y para su familia era un héroe. Ahora para ser feliz sólo tendría que casarse y volver realidad aquellos sueños que tanto había recreado en su mente.
Pero como la dicha nunca es plena y las historias sólo tienen un final feliz en los cuentos, Danilo comenzó a confrontar dificultades inesperadas desde su mismo casamiento. El hotel donde suponía que pasaría su luna de miel había que pagarlo con dólares, y para remachar el clavo, tenía que ser extranjero.
Aun cuando aquello le perturbó, no le hizo mella. Él entendía que aquella dolorosa medida la había tomado la revolución para agenciarse la divisa extranjera con la que poder construir casas y hospitales para el pueblo, por lo que alquiló en un motel de mala muerte y asunto resuelto.
Durante el primer año Danilo vivió con su esposa en la casa de su suegro. Pronto saborearía la dicha de ser padre, y aún cuando el niño nació con cierto impedimento de salud, no era nada serio. Supo entonces que había llegado la hora de crear un hogar propio y de darle a su hermosa y fiel esposa su casita.
Un día se presentó en la Oficina Provincial de la Vivienda. En sus manos llevaba los documentos que le acreditaban como internacionalista, como donante de sangre, trabajador vanguardia y la historia clínica de su hijo. En ella el médico que atendía al infante recomendaba que éste se criase en un ambiente saludable y adecuado.
Lo recibió un funcionario que le miraba por encima de sus gafas. Le aseguró que se encargaría de su caso, pero en ese instante no existían casas disponibles, por lo que le pedía que regresara después de tres meses. Esta historia se repetiría una y otra vez hasta el cansancio. Tres años después aún la promesa del burócrata no se había cumplido y Danilo había perdido toda esperanza.
Fue por esa época que supo que Javier, su amigo de la infancia, había construido un bohío en un terreno baldío. Este había utilizado en la construcción de su vivienda tablas de palmas, planchas metálicas y cuanto material sirviese para construir una estructura.
Es cierto que aquélla no era como la casa de sus sueños, pero como después de tanto tiempo quién va a estar persiguiendo sueños, la aceptó.
Así que metió manos a la obra y al poco tiempo ya Danilo tenía casa propia. Sencilla, humilde, pero eso sí, muy higiénica y radiante de luz. Cuando estuvo terminada, la pareja se abrazó y sin que mediaran palabras se juraron uno al otro hacer de aquella choza un palacio.
Lo que no había pensado Danilo era que el terreno sobre el que se asentaba su vivienda, tenía dueño (el estado), y que en menos de lo que canta un gallo, tendría sobre sí a todo un ejército de inspectores y policías.
Cuando fue visitado por éstos, Danilo expuso su caso, pero sólo tuvo por respuesta: "Lo siento, pero tiene que derrumbar su casa en un plazo menor de diez días". Su esposa rogó, se humilló, habló del historial del marido, intentó conmoverlos contando los padecimientos de su hijo. Este había nacido con desproporción de su sistema inmunológico y ante el más leve cambio en sus condiciones de vida podría enfermar y hasta morir.
El resultado del esfuerzo de Martha fue en vano. "Tiene diez días", reiteraron los funcionarios.
El corazón se le deshizo, también su fe en el sistema político que imperaba en su patria. Sus ojos se abrieron al fin. Fue entonces cuando se percató de cuánta injusticia, miseria e indolencia había ayudado a sostener. A partir de ese momento entendió a aquéllos que tanto odió y solía llamar contrarrevolucionarios. Fue ahora que descubría a la verdadera Cuba, no la del Noticiero, sino la de las cuartearías, la de los hambreados, la de los reprimidos.
Ante la vista atónita de los policías, rompió el carnet del Partido Comunista de Cuba (PCC). La cajita con las medallas ganadas en combate y que aún su esposa sostenía en las manos, las tomó y las echó a la letrina. Dicen testigos oculares de los hechos que con la cara roja por la ira y lágrimas en los ojos dijo como el famoso Saramago: "Hasta aquí he llegado", dando a entender con esto que su vínculo con la revolución había terminado

Huésped
Invitado


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Re: Venturas y desventuras de un internacionalista

Mensaje por Huésped el Jue Oct 18, 2007 8:44 pm

Este es el pago que reciben los que sirven a estos HP's

Huésped
Invitado


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