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Las espinas del dinero

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Las espinas del dinero

Mensaje por vox populi el Mar Oct 16, 2007 2:21 am

Por : Reinaldo Escobar


Casi resulta superfluo explicar que cualquier actividad política genera gastos, desde la imprescindible existencia de cuadros profesionales que se dediquen a tiempo completo al trabajo partidista, hasta la elaboración y difusión de documentos, pasando por la realización de viajes, que implican transportación, alimentación y hospedaje fuera de las ciudades donde se reside; la organización de un seminario, un congreso o una conferencia de prensa, o simplemente conectarse a Internet ¿Puede pensarse en que es posible hacer política sin realizar estas cosas?
No existe la más mínima posibilidad de que una entidad en la incipiente sociedad civil cubana pueda fundar algo parecido a una empresa lucrativa, que tenga como propósito sufragar los gastos del trabajo político. No hay una paladar, ni una casa particular que alquile habitaciones, ni un taller de reparaciones de bicicletas, ni un payaso animador de cumpleaños que se atreva ni que pueda enfrentar esos gastos. Ni uno sólo de los dirigentes de la oposición interna posee un caudal de dinero propio, fruto del patrimonio familiar de antes de la revolución, ni tiene joyas que vender o herencia que disfrutar, la mayoría de ellos ni siquiera recibe un salario, pues son desempleados. Sin embargo se dedican a la política de forma profesional, se transportan, se hospedan, hacen congresos, imprimen documentos, reciben y envían correos electrónicos. ¿De dónde sale el dinero?
La respuesta que da el gobierno cubano a esta pregunta es que el dinero viene de los Estados Unidos, bien de los exiliados de la Florida, de fundaciones independientes o del propio gobierno norteamericano, quien, por si quedaban dudas, acaba de aprobar un presupuesto de 80 millones de dólares para esos efectos. Se sabe que algunos países de la Unión Europea o de América Latina también hacen aportes, pero está claro que, según la interpretación oficial de los hechos, este último dinero también viene, a la larga, de los Estados Unidos, a través de un extenso e intrincado camino.
Quizás la pregunta más interesante no sea de dónde viene el dinero, sino bajo cuáles condiciones se recibe.
José Martí recolectó la financiación para la revolución independentista entre los abnegados tabaqueros de Tampa, pero también de acaudalados filántropos norteamericanos, mexicanos y cubanos. Había una foto en el Museo de la Revolución, hace tiempo ya retirada de las vitrinas, donde se observaba a Fidel Castro sentado a una mesa delante de una montaña (una montañita) de dólares. La foto fue tomada en New York, mientras se recaudaban fondos para comprar el yate Granma más las armas de los 82 expedicionarios. ¿Había algún tipo de condicionamiento en esas donaciones? ¡Claro que sí! Ese dinero se daba en el primer caso, para terminar con la humillante colonia española y en el segundo, bajo la condición de derrocar la tiranía de Batista. No hay evidencias, ni siquiera chismes de pasillo, que den a entender que el dinero se usara para beneficio personal del apóstol, quien andaba siempre con el mismo raído traje negro, ni para lujos del máximo líder que, se dice, no cruzaba las piernas en público para que nadie viera los huecos en la suela de sus zapatos.
Mucha, muchísima fue la ayuda que recibió después la triunfante revolución cubana desde la Unión Soviética y del resto de los países socialistas, y no hablo solamente de lo que eufemísticamente se denomina un “justo intercambio comercial entre países pobres y países desarrollados”. Hablo de barcos llenos de armas y otros pertrechos de guerra, hablo de becas universitarias, transferencia de tecnología, colaboración de inteligencia policial, hasta viajes al cosmos, que nunca habrían tenido lugar si Cuba no hubiera cumplido con la condición de convertirse en el primer país socialista del hemisferio occidental. Es un hecho histórico que cuando Che Guevara viajó a la República Popular China, al final de la visita se redactó, como es costumbre, un “comunicado conjunto” en el que la parte china, en un alarde de sinceridad, objetó la calificación de “desinteresada” hecha por la parte cubana a la ayuda que el gigante asiático daba a la pequeña isla.
En esos primeros años, paralelamente a la subvención de la revolución, comenzó el financiamiento de la contrarrevolución. Está perfectamente documentado que al menos entre 1959 y 1965 casi la totalidad de las actividades opositoras estuvieron directamente financiadas por la CIA, el Pentágono y el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Los propios protagonistas lo han contado y todos ellos justificaban esta financiación, muy evidentemente condicionada, con el hecho de que el gobierno de Fidel Castro estaba apoyado por las potencias comunistas.
En la actualidad, los opositores cubanos van a la cárcel cuando se demuestra, o cuando existe la convicción, de que han recibido dinero de los Estados Unidos. Esa fue en cada caso, la acusación de más peso para las desproporcionadas condenas a que fueron sometidos los 75 condenados de la primavera negra del 2003. Se llegó a incluir en el mismo saco a periodistas que recibían el pago en divisas por sus artículos en periódicos extranjeros. Esto trajo, entre otras consecuencias, nuevas divisiones entre la oposición interna: los que no reciben dinero y los que lo reciben a través de la Oficina de Intereses norteamericana, y los que no lo reciben de los Estados Unidos, sino de instituciones independientes de Europa o de América Latina.
Lo que casi nadie se pregunta es de dónde sale hoy el dinero para publicar todos esos incosteables periódicos nacionales y provinciales que son órganos del Partido Comunista, de la Unión de Jóvenes Comunistas o de la Central de Trabajadores de Cuba. Cómo se han financiado durante años las tribunas abiertas, las marchas del pueblo combatiente, toda la base material de “la batalla de ideas”, las campañas por el rescate de los cinco combatientes del Ministerio del Interior presos en los Estados Unidos, los viajes al exterior, los extranjeros invitados a eventos políticos, las vallas en las carreteras, los pulóveres con lemas y consignas, las banderitas. ¿Acaso sería posible pagar todo eso de la cotización mensual de los miembros de esas organizaciones, que ni siquiera alcanza para pagar el salario de los miles de cuadros profesionales dispersos a lo largo y ancho de todo el país, en cada provincia, en cada municipio, que ocupan locales que no pagan alquiler, donde se consume agua y electricidad, donde hay teléfonos y secretarias, autos que derrochan combustible y que incluyen un chofer?
El trabajo político implica desembolsos, hágase desde la oposición o desde el gobierno. Si el partido que está en el poder cuenta a su disposición con las cajas abiertas del erario público para sufragar sus gastos y los que están en la oposición, además de no tener siquiera un reconocimiento legal, tampoco tienen literalmente ni donde caerse muertos, ¿cuál es la recomendación? ¿Dejar hacer al gobierno lo que quiera sin brindar la más mínima resistencia, o limitar las acciones a donde alcance la voz, sin ni siquiera un megáfono para amplificarla?
La única opción a donde son arrinconados los opositores que viven en la isla, para poder ejercer su tendencia política específica, es la de aceptar financiación de quien la ofrezca, a menos que se conformen con ser un “grupúsculo familiar” sin el más mínimo eco en la sociedad. Esto forma parte de la deliberada intención del gobierno de encarecer cualquier alternativa de cambio político en la isla. Esta intención encarecedora va desde una larga serie de consignas numantinas (socialismo o muerte, estamos dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre…, primero se hundirá la isla en el mar…) hasta la modificación de la Constitución para decretar la inmovilidad del sistema. Mientras más difícil sea disentir, mejor para el gobierno. Si no son suficientes los obstáculos materiales y legales, si no es suficiente el miedo a ir a la cárcel, ahí están los escrúpulos éticos (¿los prejuicios?) que le impiden a las personas decentes recibir un dinero que los convierte automáticamente en mercenarios del imperialismo.
Lamentablemente el donante más espléndido, resulta ser el más inaceptable, el que impone condiciones más onerosas. Para decirlo en el lenguaje popular, el que nos embarra de mierda hasta las orejas. Porque si algo resulta obvio es que en todos los programas para impulsar la transición democrática en Cuba, propuestos por Estados Unidos, ha habido y hay demasiados elementos ingerencistas, demasiada arrogancia, demasiada manipulación. Resulta sospechoso que la nación que tiene más propiedades que reclamar tras un cambio sea la que lo financie. De esa forma, quienes acepten el dinero para obtener la democracia estarán comprometidos a ser quienes “devuelvan a los monopolios yanquis las riquezas reconquistadas por el pueblo”. Mejor sería si fuera la potente empresa venezolana PDVSA, o los amigos del Frente Polisario, o los actuales dirigentes del MPLA de Angola quienes estuvieran interesados, por puro altruismo, en colaborar con la emergente sociedad civil cubana, pero esos no son sus intereses.
Lo ideal sería que los medios de difusión cubanos no fueran el feudo de un partido, sino un espacio público para todas las tendencias políticas; que del presupuesto del estado se destinara una parte para subvencionar el trabajo de la sociedad civil y el de los partidos políticos debidamente registrados ante la ley. Si el estado, en lugar de distribuir de forma equitativa estos fondos y recursos, tomados de la riqueza que el pueblo trabajador produce, los monopoliza sólo para un partido predilecto, pierde el derecho moral a preguntar de dónde sale el dinero de sus opositores. Mucho menos puede negar a nadie la posibilidad de que se convierta en donante desinteresado o inversionista calculador. El estado debiera proteger, a los ciudadanos que tengan una propuesta política, el derecho a defenderla y a ponerla a competir públicamente en igualdad de condiciones y sin que para hacerlo se vean obligados a venderle el alma al diablo.

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