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Una enfermedad peligrosa

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Una enfermedad peligrosa

Mensaje por Alcaldesa el Dom Sep 02, 2007 11:11 pm

Una enfermedad peligrosa

Jorge Olivera Castillo



LA HABANA, Cuba - Septiembre - No son sólo trabajos forzados, largos encierros en celdas de castigo, palizas sin el menor rastro de compasión. Los disidentes, en cualquier régimen de fuerza, también corren el riesgo de un diagnóstico que posibilita la reclusión hospitalaria.
Basta una interpretación al margen de la censura, un artículo que dinamite la versión oficial de algún acontecimiento, o el hecho de enarbolar un desacuerdo de manera oral o escrita en el lugar inapropiado para aproximarse a las salas de psiquiatría.
Esas actitudes, según el punto de vista gubernamental, podrían estar vinculadas a desajustes neuronales que requieren de terapias urgentes que van del hipnotismo al electroshock.
El blogger chino He Weihua estaría, si la suerte se lo permite, en condiciones de corroborar mis planteamientos. Ahora mismo es víctima de un internamiento forzoso en una sala para dementes en la meridional provincia de Hunan. ¿Su delito más reciente? Un artículo de denuncia contra las autoridades locales por haber aumentado arbitrariamente el precio de la carne de cerdo.
Ya había sido advertido el pasado junio por la policía política con recibir fuertes represalias de continuar con la publicación de denuncias y comentarios críticos sobre el proceder de los funcionarios en detrimento de los derechos ciudadanos. En aquella oportunidad fue objeto de un registro domiciliario y la confiscación de su computadora portátil.
El tratamiento psiquiátrico que recibe en estos momentos no es el primero. En diciembre de 2004 unos médicos vinculados a la Oficina de Seguridad del Estado le administraron varias inyecciones a la fuerza con la finalidad de ir moldeando su personalidad acorde con los lineamientos del Partido Comunista, además de intentar calmarle sus ímpetus libertarios en un ambiente donde se exige plena obediencia.
Por otra parte, la periodista rusa Larissa Arap escapó ilesa, recientemente, de los verdugos de traje blanco. Aprovechando su internamiento médico con vista a un chequeo para poder solicitar el permiso para conducir, un galeno del hospital avisó a la policía y terminó, contra su voluntad, internada en un hospital psiquiátrico de la ciudad de Murmansk, al norte de Rusia.
El motivo de semejante medida de coerción fue un trabajo periodístico dedicado a los tratamientos que reciben los niños en los centros dedicados a tratar las enfermedades de la mente que, según testimonios de los familiares, tienen mucho en común con la tortura.
La comunicadora logró retornar a su hogar tras 46 días de reclusión en el hospital, gracias a los oficios del Defensor del Pueblo Vladimir Lukin.
La aplicación forzada de barbitúricos y medicamentos psicotrópicos con la intención de coartar el ejercicio del criterio sin el lastre de la manipulación, la conveniencia u otros referentes circunstanciales que ilustran el panorama de los gobiernos autocráticos o totalitarios, no representa ninguna novedad. Lo preocupante es su aplicación en el siglo XXI.
Tal práctica se empleó “generosamente” en Cuba durante las décadas del 70 y 80 del siglo pasado. El amperaje de los electroshock fue utilizado para achicharrarles buena parte de las neuronas a los herejes del socialismo. Muchos fueron zombis hasta su muerte natural, otros se suicidaron entre el sopor de la enajenación.
Enterarse de estos casos revela un mal augurio para quienes hacen lo mismo que el “ciberdisidente” chino y la periodista rusa dentro de Cuba. No sería raro que los administradores de la dictadura insular se inspiren en sus contrapartes y vuelvan a tener en cuenta el procedimiento de marras. Es cuestión de eficiencia. Basta una orden para que en vez de un fiscal, ordene la privación de libertad un médico, que dé la valoración correspondiente para ser huésped de una sala de psiquiatría. Sin temor a equivocarme, habrá que hacer un hospital de imponentes dimensiones.
En Cuba, los disidentes se multiplican.
Cada día más personas pierden el miedo a decir lo que piensan. Si eso es locura, ¡viva el manicomio!





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