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DEL ESPLANDOR A LA NOSTALGIA!!!

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DEL ESPLANDOR A LA NOSTALGIA!!!

Mensaje por Ricardo_333 el Vie Jul 20, 2007 10:31 am

Del esplendor a la nostalgia
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, julio (www.cubanet.org)- Fue una odisea llegar a Güines, la ciudad del Mayabeque, el pueblo más próspero del sur de La Habana desde fines del siglo XVIII. El mismo que festejó en 1837 la llegada del tren, conectándose con el centro de la capital cubana, cuando los caminos de hierro eran una tecnología de punta desplegada en Norteamérica y en un puñado de naciones del viejo continente.
A la antigua Venecia cubana ya no se accede por la vía férrea, la Carretera central ni por las aguas estancadas del río Mayabeque, antes limpias y navegables, sino por la ruta 52 del Circuito Sur, un ómnibus de La Habana con tres salidas diarias, o a través de camiones viejos y almendrones de petróleo, motor bullicioso y precios astronómicos. Del tren sólo quedan las líneas enyerbadas, la estación quejumbrosa y la nostalgia de los pobladores, quienes magnifican el pasado de una villa que ahora parece un pueblo del oeste sin tren ni pistoleros.
Llegué a Güines el viernes bajo el sol infernal, a las diez de la mañana. Me bajé en la entrada del pueblo, frente al hospital materno infantil, fundado como dispensario para niños por Marta Fernández de Miranda, esposa del dictador Fulgencio Batista. Caminé por la calzada principal hasta el centro de la ciudad. El parque, edificado sobre el primer cementerio del pueblo, estaba tan desolado como los portales y las calles, incluida la colindante esquina de Tejas, sede de viejas edificaciones de las principales familias güineras, esas que insertaron su nombre en la economía, la historia y la cultura del país.
Al recorrer las calles del pueblo que conocí en la infancia, me quedó el vacío de tantos amigos ausentes y la nostalgia por la red de instituciones y servicios venidos a menos. Estuve en la biblioteca y en el museo. Consulté algunos documentos en el registro de la propiedad. Charlé con especialistas que intentan reconstruir la memoria de una localidad que sirvió de antesala a varios pueblos capitalinos y presume de haber sido el primer asentamiento de San Cristóbal de la Habana, honor que discuten por igual los hijos más lúcidos de Batabanó, Melena del sur y Nueva Paz.
La fertilidad del territorio güinero favoreció el desarrollo agropecuario, industrial y urbano de la comarca. Allí se asentaron personajes renovadores como Francisco de Arango y Parreño y Joaquín de Ayestarán, quienes potenciaron la industria azucarera a principios del siglo XIX. Los hacendados de la zona construyeron ingenios como el Alejandría, el primero en usar la fuerza del agua para mover los trapiches, y el Amistad, donado a Don Luis de las Casas y Aragorri, gobernador y capitán general de la isla, entre 1791 y 1796. Como un fantasma del pasado se mantiene en pie el Amistad. El central ya no muele, pero a la entrada de la residencia de los Gómez Mena, últimos propietarios antes de la nefasta confiscación estatal, hallamos el majestuoso conjunto escultórico El goleo, que evoca a Pepe, el hijo díscolo que marchó a España, donde encontró la muerte en los cuernos de un toro, junto a su caballo de picador.
El monumento taurino fue robado por el capitán Antonio Núñez Jiménez, personaje de alto rango en el gobierno revolucionario, quien se atrevió a trasladarlo con un pretexto oficial, pero tuvo que devolverlo a su sitio original ante la indignación y el escándalo de los güineros.
Despojos y escándalos hieren aún la sensibilidad de los pobladores de Güines, quienes cuentan con orgullo a los peregrinos sobre las decenas de publicaciones editadas en esa villa durante la etapa colonial y el período republicano. Dicen que uno de esos semanarios amarillentos fue editado íntegramente por mujeres de la localidad. Te enseñan, seguidamente, los ejemplares de Letras güineras, orgullo local y nacional por la excelente factura, las figuras que honraron sus páginas y la durabilidad de la misma.
En la ciudad del Mayabeque hay quienes evocan las visitas del poeta andaluz Federico García Lorca, el filólogo español Ramón Menéndez Pidal y el escritor cubano José M. Chacón y Calvo, en los ya lejanos días de 1930 y 1937. La prensa regional registra la memoria esquiva de otros personajes, hechos y entidades que enaltecen la identidad de ese pueblo. Se habla de los árboles del parque y de los canales de aguas limpias; de la Comunidad de regantes de Güines, cuyo ayuntamiento garantizaba la limpieza de las zanjas y el drenaje del río Mayabeque, entonces bello, navegable y misterioso.
En la sombra de los portales, un viejo me habla en susurro sobre las clínicas privadas y las sociedades mutualistas, que por sólo tres pesos al mes te atendían a la familia y hasta te operaban y te llevaban la medicina a la casa. Se refiere a los comedores obreros creados por la citada Marta Fernández de Miranda, los cuales cobraban 25 centavos a la semana por un almuerzo diario con carne, postre y ensalada. Me informa sobre los cine-teatros, las tres sociedades de instrucción y recreo, cada una con su biblioteca, y el Club Braje, situado casi debajo del puente de Güines con San Nicolás. "Ahora no hay casi nada: ni la tradicional vía crucis de Cristo, ni el toque de santos del barrio Leguina. La gente emigra; no sienten orgullo por lo suyo".
Un historiador de nuestros días me comenta en la biblioteca sobre la diversidad de tendencias políticas, sociales y religiosas que convivían en paz en los predios de Güines, donde existió la Asociación Todo por Güines, integrada por el político comunista Argentino González, el penalista Valeri del Busto, y Mariano Cervigón, mestizo de membresía diversa. Todos obviaban las diferencias para enfrentar los problemas más diversos de la comunidad.
Tal vez por eso, esta población marcó la vida y los aportes de creadores como Francisco Calcagno, autor del primer Diccionario biográfico cubano; del prolífico historiador Raimundo Cabrera y su hija Lidia, etnóloga de obra extraordinaria, quienes nutrieron a figuras como Fernando Ortiz y Nicolás Quintana y Gómez. De allí son la profesora latinista Vicentina Antuña, los escritores Carballido Rey e Iris Dávila, y el poeta y editor Pío E. Serrano, director de la madrileña Verbum.
Me habla también del prestigioso Instituto de Segunda enseñanza, sólo comparable con el de la capital. En el mismo ejercieron pedagogos que prestigiaron después a la Universidad de La Habana. Algunos abandonaron la isla y enseñaron en universidades de Europa y los Estados Unidos. Es el caso, por ejemplo, del matemático Mario González, autor de libros y folletos. El Instituto, ahora destruido, fue escenario de luchadores como Mario Borrell, el mulato contestatario que militó en el Movimiento 26 de julio y enfrentó a la tiranía anterior.
Al preguntar por las causas de tanta involución urbana, uno de mis anfitriones sonríe. "Aquí ya no quedan ni los personajes folklóricos. Ni "Maceo", el loco que imitaba al Titán de Bronce, se atrevería a contestar su pregunta. Es mejor hablar del pasado".
Tal vez tenga razón. El pasado, a veces, resulta expresivo. El presente suele ser inescrutable.




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Ricardo_333
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