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Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

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Historias en Carceles Cubanas

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Cuba, El presidio feliz, sarcasticamente claro

Mensaje por Luis Dominguez el Lun Sep 04, 2006 1:06 am

El presidio feliz

Calixto Campos Corona

(Fragmentos del libro: "Cuba: Mito y Realidad", de Juan Clark.

Por dirigir el ataque al cuartel Moncada y planear las acciones contra el cuartel de Bayamo y otras instalaciones gubernamentales el 26 de julio de 1953, en las cuales murieron decenas de civiles y miembros de las Fuerzas Armadas, Fidel Castro fue sentenciado a 15 años de prisión en un proceso con todas las garantías legales. Incluso se le permitió asumir su propia defensa. De esa sentencia Castro sólo cumplió 20 meses al ser beneficiado por la amnistía general decretada en 1955.

El encarcelamiento de Castro puede ser considerado un “picnic feliz”, según su propio testimonio. La recopilación de Carlos Franqui de las cartas de Fidel Castro desde la prisión, muestra algunos testimonios realmente insólitos.

Dice Castro en sus cartas:

“...después de todo, para mí la cárcel es un buen descanso, que sólo tiene de malo el que es obligatorio. Leo mucho y estudio mucho. Parece increíble, las horas pasan como si fuesen minutos y yo, que soy de temperamento intranquilo, me paso el día leyendo, apenas sin moverme para nada. La correspondencia llega normalmente...”

“...Como soy cocinero, de vez en cuando me entretengo preparando algún pisto. Hace poco me mandó mi hermana desde Oriente un pequeño jamón y preparé un bisté con jalea de guayaba. También preparo spaghettis de vez en cuando, de distintas formas, inventadas todas por mí; o bien tortilla de queso. ¡Ah! ¡Qué bien me quedan! por supuesto, que el repertorio no se queda ahí. Cuelo también café que me queda muy sabroso”.

“...En cuanto a fumar, en estos días pasados he estado rico: una caja de tabacos H. Upman del doctor Miró Cardona, dos cajas muy buenas de mi hermano Ramón....”.

“Me voy a cenar: spaghettis con calamares, bombones italianos de postre, café acabadito de colar y después un H. Upman #4. ¿No me envidias?”.

“...Me cuidan, me cuidan un poquito entre todos. No le hacen caso a uno, siempre estoy peleando para que no me manden nada. Cuando cojo el sol por la mañana en shorts y siento el aire de mar, me parece que estoy en una playa... ¡Me van a hacer creer que estoy de vacaciones! ¿Qué diría Carlos Marx de semejantes revolucionarios?”.

“La limpieza corresponde al personal de la prisión, dormimos con la luz apagada, no tenemos recuento ni formaciones en todo el día, nos levantamos a cualquier hora. Agua abundante, luz eléctrica, comida, ropa limpia (de civil), y todo gratis.... Visitas dos veces al mes. No sé, sin embargo, cuanto tiempo más estaremos en este paraíso...”.

¡Esas fueron las condiciones de vida del dictador en la prisión!

En cambio, desde que Fidel Castro llegó al poder en 1959, las decenas o centenares de miles de presos políticos en Cuba han sido tratados bestialmente, sin respetar sus derechos humanos:

Celda tapiada en Prisión de Boniato.
Golpeados.
Maltratados.
Asesinados.
Hambreados.
Sin recibir asistencia médica adecuada.
Recluidos a cientos de kilómetros de distancia de la residencia de sus familiares
Incomunicados.

Sin jamón, sin posibilidad de cocinar spaghettis, sin tortilla de queso, sin tabacos H. Upman, sin café acabadito de colar, sin ropa de civil ni bombones italianos... ¡pero con más verguenza y moral que el dictador y todos sus adláteres!

El dictador Castro nunca estuvo en las circulares del Presidio de Isla de Pinos, estaba recluido en una de las salas del hospital (donde marca la flecha). Tenía un patio para coger sol, tenía cocina, baño para él; estaba “de vacaciones”, como él mismo dijo.

Bajo su dictadura, miles de presos políticos estaban hacinados en las cuatro circulares y dos pabellones; a dos y tres por celdas. Pasando hambre, con visitas y jabas cada tres meses. Decenas fueron asesinados en los campos de trabajo forzado, y centenares o miles fueron brutalmente golpeados. Algunos, perdidas su mentes, se mutilaron para escapar del terror.

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Subtema. Estaciones de Policia [PNR]

Mensaje por Admin el Lun Sep 11, 2006 12:39 am

Este seria un subtema de las carceles, aqui postearemos toda informacion y ubicacion de estaciones de la policia [PNR] mas importantes en Cuba.

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Estacion en el Malecon

Mensaje por llamado32 el Lun Sep 11, 2006 9:53 am

Justo detras de la Oficina de Intereses.


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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por llamado32 el Lun Sep 11, 2006 10:09 am

Estacion de Policia en Zapata, cerca de la jefatura del G2.
Esta estacion tiene una brigada de respuesta rapida.


llamado32
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Ciudad de Camaguey

Mensaje por Luis Dominguez el Lun Sep 11, 2006 8:52 pm

Centro operativo(G-2) donde son encarcelados y torturados los sospechosos de atentar contra la seguridad del Estado Cubano.

Despues si tengo tiempo buscare la direccion, o Jimaguayu a lo mejor me puede hechar una mano con eso. Luis


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Irse, Por Raúl Rivero

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Sep 28, 2006 12:46 am

Irse
Por Raúl Rivero
Madrid.- El exilio es un dolor, una molestia itinerante. Un sobresalto que puede llegar a la dulzura y tiene, a veces, nombres propios o es sólo una hoja de papel. Un día se presenta como un patio. Otro, como una arboleda borrosa o como una casa sin definición. El exilio no se puede tocar, pero va siempre con el exiliado. Es una plaza sitiada en la memoria.

Lo sabía Gastón Baquero que murió en Madrid, frente a unos ventanales desde los que podía ver las rosas de Villalba, pero hacía viajes secretos, urgentes a La Habana cuando abría y cerraba los ojos y se tocaba el alfiler de la corbata.

Lo sabía Guillermo Cabrera Infante que paseaba por un parque de Londres y Heberto Padilla acompañado por el fantasma de William Blake, a la hora final, en Alabama. Jesús Díaz a una cuadra de la calle de la Infanta Mercedes y Antonio Benítez Rojo en los inviernos.

Lo han sabido, desde hace 48 años, los miles de cubanos que se han tenido que ir de su país (entre el 15 y el 20 por ciento de la población). Unos, para no volver a las prisiones o a la muerte. Otros, por escapar del hambre y los encierros en un país donde la única libertad reconocida es la de aplaudir a Fidel Castro.

Los cómplices, los sirvientes y los aprovechados (también las víctimas: los pícaros y los inocentes) llaman emigrantes a las oleadas de gente que huye.

Los ciudadanos se van de los países donde nacieron cuando no se pueden ganar la vida con decencia, donde impera un sistema fracasado con cuatro décadas de cartilla de racionamiento, la agricultura en ruinas y un apartheid que les prohíbe hospedarse en los hoteles y comer en los restaurantes.

Los dictadores saben que el exilio es una especie de muerte provisional. Matan de esa forma sutil, casi sin sangre, a quienes los denuncian y piden aperturas y derechos. A las personas que quieren elegir qué sirven en la mesa de su casa, dónde estudian sus hijos y qué libros leen para conocer otras vidas y otros mundos.

Hay en Cuba también 316 demócratas que cumplen condenas en las cárceles y cientos de hombres y mujeres que viven en el ya numeroso 'insilio'. Allá adentro, bajo el fuego diario, sin autorización del Gobierno para salir porque los han seleccionado como rehenes. Voy a poner cuatro nombres: Hilda Molina Morejón, Míriam Leyva, Óscar Espinosa Chepe y Jorge Olivera Castilla.

Tengo, desde luego, también ese disgusto interior que describí. Esa pesadumbre del expulsado, el tormento de saber que la ambición de poder de un dictador y sus acólitos me obligó a salir de un país que ayudaron a fundar mis bisabuelos. Una nación donde trabajaron y murieron mis abuelos y mi padre. Está abierto a la esperanza el capítulo final de este destierro.



* Raúl Rivero, poeta y periodista cubano, es ex preso de las cárceles de Castro
y vive exiliado actualmente en Madrid.


El poeta y periodista Raúl Rivero. (Foto: Iñaki Andrés)

Guillermo Cabrera Infante, en 1998, en su casa de Londres. (Foto: Daniel Mordzinski)

El periodista Jorge Olivera Castillo (Foto: EFE)

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por cniagara el Lun Oct 09, 2006 1:44 am

Cronologia de las prisiones donde estuvo el Comandante Huber Matos.
Las prisiones fueron El Morro, en La Habana. Luego el Presidio de Isla de Pinos. La Fortaleza de La Cabaña, en La Habana. Seguridad del Estado en Villa Marista, en La Habana. Regreso a La Cabaña. Luego Guanajay, en La Habana. Luego el Castillo del Príncipe, en La Habana. Regreso a La Cabaña. Regreso a Seguridad del Estado en Villa Marista. La Cabaña, el Combinado del Este y finalmente Seguridad del Estado.

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Una vida vivida por Cuba

Mensaje por Luis Dominguez el Dom Oct 22, 2006 1:06 pm

Chanes de Armas: una vida vivida por Cuba


WILFREDO CANCIO ISLA


El Nuevo Herald


PEDRO PORTAL / El Nuevo Herald



Su vida es la parábola inequívoca del drama cubano contemporáneo. Prisión, exilio, separación familiar, muertes y olvidos. Mario Chanes de Armas, el prisionero político que cumplió el más prolongado encierro de la era moderna, arriba a los 80 años en un momento crucial para los destinos de Cuba, aunque imposibilitado de percibirlo.
Desde hace un año está recluido en un centro de asistencia médica en Hialeah, aquejado del mal de Alzheimer. La enfermedad le ha afectado la principal arma que Chanes pretendía esgrimir en beneficio del futuro democrático de su país: la memoria.
Un hombre humilde, de esencia popular y fuerte vocación de justicia, que por sus ideales estuvo dispuesto a cumplir 33 años de prisión y, ya con 15 en el exilio, es un poderoso instrumento de movilización en cualquier escenario de cambio social en la isla.
Nacido en La Habana el 25 de octubre de 1926, Chanes estudió en una escuela del barrio de Marianao hasta nivel secundario y muy joven comenzó a trabajar en el comercio. Pronto se convirtió en líder sindical en las zonas habaneras de Puentes Grandes y Ceiba, prolongando luego su experiencia organizativa a otras provincias. Hasta que se produjo el golpe militar del 10 de marzo de 1952, encabezado por el general Fulgencio Batista.
Entonces Chanes dejó las labores sindicales para conspirar contra Batista en la clandestinidad y convertir su
vida en testimonio de la historia cubana del siglo XX: asaltante del Cuartel Moncada
en 1953, expedicionario del yate Granma, organizador de grupos de acción y sabotaje, prisionero político de Batista y Castro, y promotor de la reconciliación pacífica en el exilio.
''Un querido amigo nuestro, el fotógrafo Fernando Chenard Piña, conocía a un señor que se llamaba Fidel Castro Ruz -- que todavía está vivo, por desgracia -- y comenzamos a reunirnos en una casa de Prado 109 [en La Habana]'', recordó Chanes durante una larga entrevista a finales del 2003. ``Chenard fue el jefe principal de las células secretas en la zona de Marianao y yo el segundo jefe. Así empezamos a entrenar compañeros en el manejo de armas y en el tiro''.
La entrevista con El Nuevo Herald, que hoy publicamos casi íntegramente, se extendió durante tres sesiones en la sede de la organización Plantados en Miami. Chanes empezaba ya a tener dificultades para recordar nombres y fechas, pero con paciencia fue tejiendo las remembranzas heroicas y dolorosas del pasado, reflexionando sobre el presente y preconizando los acontecimientos del porvenir cubano.
Evocó a viejos ''compañeros de viaje'', repasó los días interminables de la cárcel que le obligó a cumplir el régimen castrista ''hasta la última hora'' de una condena de 30 años, y sólo una vez le brotaron las lágrimas: cuando mencionó a su único hijo, Mario, cuyo nacimiento y muerte ocurrieron durante su cautiverio.
''Mi hijo murió a los 22 años'', contó Chanes y no pudo contener el llanto. ``Nunca pude disfrutar de su presencia fuera de la prisión''.
Rumbo al Moncada
¿Cómo recuerda las jornadas de conspiración que desembocaron en el asalto al Moncada? ¿Qué hablaban en esas reuniones de Prado 109?
Se criticaba mucho al sistema comunista, a la Unión Soviética, especialmente el individuo [Fidel Castro], quien hablaba de la Cortina de Hierro que tenía esclavizada a media Europa. Y se defendía restaurar la Constitución del 40. Los que nos decidimos a combatir a Batista, lo hicimos porque violó la Constitución, y por el derecho de todos los ciudadanos a que nos respeten las leyes.
Muchos han calificado ese ataque como un acto romántico, sin posibilidades reales de ocupar aquel bastión militar y provocar una sublevación popular en Santiago de Cuba. ¿Cómo lo ve ahora, 50 años después?
Fue una mezcla de locura de juventud y rebeldía contra Batista. A la hora cero algunos compañeros no quisieron participar, en desacuerdo con las armas que teníamos para atacar. Y de cierta forma tenían razón. Hay que pensar que el Moncada era una fortaleza militar y con las pistolitas y los riflecitos de tiro al blanco que nosotros teníamos no íbamos a ninguna parte.
Haga un poco de memoria sobre el instante en que la posta del Moncada se percata de la emboscada y abre fuego contra los asaltantes. ¿Dónde estaba usted?
Yo iba en el tercer carro, detrás del de Fidel Castro. Cuando empiezan a sonar las ametralladoras, nos tiramos al piso. Una balacera tremenda. Estoy recostado al guardafangos derecho del carro, con la mano sangrando de un balazo, y de pronto siento detrás de mí una silueta que grita: ''¡Retirada!'' Era el señor Castro.
¿Tiene alguna imagen persistente de aquellos momentos?
Sí, la imagen de [José Luis] Tassende sobre un charco de sangre. Esa foto es algo que siempre me conmueve.
La ruptura
Capturado días después del Moncada en las afueras de Santiago de Cuba, fue juzgado y condenado a 10 años de cárcel. Como el resto de los asaltantes arrestados, Chanes se benefició de la amnistía general del 15 de mayo de 1955 y marchó al exilio en Miami, donde se ganó la vida lavando platos.
Poco después, Castro lo llamó desde México para que se incorporara a los preparativos de la expedición del yate Granma, cuyo desembarco se produjo el 2 de diciembre de 1956 por playa Las Coloradas, en el oriente de la isla.
Sobre la mesa descansa un recorte reciente de la prensa oficial cubana sobre la amnistía de 1955. En la histórica foto de la salida del Presidio Modelo de Isla de Pinos no aparece la figura de Chanes, maleta en mano, a pocos pasos de Castro.
Chanes sonríe irónicamente: ``Ya la foto son tres nada más, Fidel Castro, Raúl y Almeida. Si siguen cortándola''.
¿Cuál fue el trato recibido por los prisioneros del Moncada?
Batista era un dictador, pero nos daban dos visitas mensuales, más una familiar fuera del presidio en un área apartada donde había unas casitas. Allí te llevaban el almuerzo y te servían café. Y eso que habíamos asaltado una instalación militar. ¿Qué te parece? Con el señor Castro teníamos dos visitas al año, sin llamadas telefónicas.
Cuando nadie escuchaba
El 17 de julio de 1961, Chanes fue arrestado por participar en una supuesta conspiración para asesinar a Castro. Siempre lo ha negado. Al triunfo de la revolución había llegado a ostentar el cargo de comandante de la policía motorizada, pero lo abandonó todo y se fue a trabajar en una fábrica, descontento con el rumbo comunista del proceso.
Lo condenaron a 30 años. No aceptó el régimen de rehabilitación penal y se identificó como un plantado, firme en sus convicciones hasta el final. No faltaron las campañas internacionales por su liberación. Ni siquiera el sudafricano Nelson Mandela --figura simbólica del presidio político-- cumplió tanto tiempo en cautiverio por sus ideales.
El 16 de julio de 1991 Chanes salió de la cárcel.
''Aquí está la carta de libertad'', señala mientras muestra el documento donde aparece escrito: Cumplida la condena. ``No me amnistiaron, no me soltaron, cumplí hasta la última hora''.
Confesiones y compromisos
¿Por qué cree que hubo un especial ensañamiento con su caso?
Yo fui un organizador de células secretas del [movimiento] 26 de julio. Lo sabía todo desde el principio, tiraba bien y no había flaqueado nunca en ninguna misión. Creo que pensó que yo era un enemigo peligroso. Castro no perdona a quienes no le sigan incondicionalmente.
¿Qué es lo más terrible del encierro?
La separación familiar. Lo perdí todo en la cárcel. Mi hijo nació cuando yo llevaba ocho meses preso y la noticia de su muerte, a los 22 años, me la llevaron a la celda. Y a última hora [se echa a llorar]. Estando en la cárcel murieron también mi padre y mi madre. La familia siempre sufre más que el preso.
¿Dejó amigos en la cárcel?
Hermanos.
¿Y miedos?
No, después de pasar por una cárcel cubana no quedan miedos.
¿Tiene algún recuerdo especial de compañeros del Moncada?
Sí, de Faustino Pérez. Yo me llevaba bien con todos ellos. La vida nos separó.
¿Y de Castro?
Me pareció al principio una gente buena y valiente. Mira después en lo que se convirtió.
¿Alberga odios?
No, ni deseos de venganza tampoco. Me declaro enemigo del odio, del rencor y la venganza. A nada bueno conducen.
¿Qué considera fundamental para el futuro de Cuba?
La reconciliación de la familia cubana. Eso hay que conseguirlo a toda costa.
¿De dónde saca fuerzas para vivir con optimismo?
De mi deber con Cuba. Me gustaría ir a Cuba tan pronto hubiera allí un régimen democrático y hablarle a la juventud, que es el futuro. Hay que explicar cómo fue Cuba y cuál fue la verdadera historia de esta tragedia que hemos vivido.


Última edición por el Dom Oct 22, 2006 1:22 pm, editado 1 vez

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por jose gonzalez el Dom Oct 22, 2006 1:13 pm

muy bueno el articulo luis..mis respetos a chanes,una vida perdida entre millones que ya se han perdido,bueno..son generaciones que se han perdido,o en las carceles de castro,y en la isla,que es el "patio" de las carceles cubanas.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por jimaguayu el Dom Oct 22, 2006 3:58 pm

Me da orgullo de hablar de cubanos como este, con la idalguia tan altas como las palmas, su estatura moral deberia estar a la altura univerzal como otros, hasta ahora que tenga el reconocimiento y el calor de los cubanos que conocemos algo de su historia, hagamos que se conozca en todo el mundo. honor a quien honor merece.

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Armando Valladares

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:04 pm

CONTRA TODA ESPERANZA, ARMANDO VALLADARES
DEDICATORIA
A la memoria de mis compañeros
torturados y asesinados en las
cárceles de Fidel Castro y a los
miles de prisioneros que
actualmente agonizan en ellas.
INTRODUCCION
Este libro es mi testimonio de veintidós años pasados en las cárceles políticas de Cuba, únicamente por manifestar mis criterios distintos al régimen de Fidel Castro.
En mi país hay algo que ni los más fervientes defensores de la revolución cubana pueden negar, y es el hecho de que existe una dictadura hace más de un cuarto de siglo. Y no puede un dictador mantenerse en el poder durante tanto tiempo sin violar los Derechos Humanos, sin persecuciones, sin presos políticos y cárceles.
En Cuba existen en este momento más de doscientos establecimientos penitenciarios, que van desde las cárceles de mayor seguridad a los campos de concentración y a las llamadas granjas y frentes abiertos, donde los presos efectúan trabajo forzado.
En cada una de estas doscientas prisiones hay suficiente historia para escribir muchos libros. Por eso, los testimonios que aquí aparecen son apenas un esbozo de la terrible realidad de aquellas cárceles.
Algún día, cuando toda la historia se conozca con detalles, la Humanidad se horrorizará como lo hizo cuando se conocieron los crímenes de Stalin.
Amnistía Internacional en sus últimos informes ha denunciado los fusilamientos de decenas de opositores políticos, los maltratos físicos, las palizas. Y cuando se dirigieron al gobierno de Cuba pidiéndole suprimiera la pena de muerte, el vicepresidente cubano, antiguo ministro de Batista, Carlos Rafael Rodríguez, les respondió que en Cuba la pena de muerte era necesaria. Este mismo funcionario, en entrevista aparecida en el "Diario 16" de Madrid, el día 10 de octubre de 1983, cuando el periodista le preguntó si existían en Cuba grupos que luchaban por libertad sindical y Derechos Humanos, repondió que sí, que había gente con esas ideas festivas de libertad sindical y Derechos Humanos, pero que les auguraba el ridículo.
Para mí este testimonio es la noche que ha quedado atrás, pero no para los miles de mis compañeros prisioneros que siguen en las cárceles, algunos de ellos han cumplido ya veinticinco años. Son los presos más antiguos de América Latina y quizá del mundo.
Las situaciones de violencia, la represión, las golpizas, las torturas e incomunicaciones son práctica diaria, hoy, ahora mismo, cientos de prisioneros políticos, por rechazar la rehabilitación política, se encuentran hace cuatro años desnudos, sin asistencia médica, sin visitas, durmiendo en el suelo y encerrados en celdas cuyas ventanas y puertas han sido tapiadas.
Jamás ven la luz del sol, ni artificial. Yo soy un superviviente de estas terribles celdas tapiadas de Boniato.
Hay fotos de algunos de los personajes que aparecen en el libro, para que sepan que son personas que existieron, que existen, que tienen un rostro. Los vivos están actualmente en Estados Unidos, Venezuela y otros países. Debo decir que en aquel peregrinar por las prisiones, conocí militares y funcionarios con gran calidad humana, que nos ayudaron en la medida de sus posibilidades, y con ello se arriesgaban a ir a la cárcel. Los nombres de estas personas, por razones de seguridad para ellos, no pueden ser revelados, así como los favores que hicieron.
No quiero terminar sin evocar a quienes hicieron posible mi libertad y reiterarles mi reconocimiento. No escribo nombres porque la lista sería muy larga y porque hay personas que pensaron en mí, que hicieron por mí y yo ni siquiera conozco sus nombre. Para ellos lo mejor de mi recuerdo y corazón.

Madrid, 1985
Armando Valladares

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CONTRA TODA ESPERANZA

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:07 pm

CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 1
Detención
El frío cañón de la ametralladora en la frente me despertó. Abrí los ojos asustado. Tres hombres armados rodeaban mi cama.. El del arma me empujaba la cabeza contra la almohada.
_¿Dónde está la pistola? _preguntó el más viejo, flaco y con el pelo canoso. Luego sabría que ese agente de la Policía Política de Castro había sido también policía del dictador Batista.
Cuando tocaron a la puerta fue mi madre la quien salió y les abrió. Mi cuarto era el último, mi sueño pesado, hacía frío y no los sentí entrar.
El de la ametralladora seguía apoyando con fuerza el cañón del arma en mi frente. Uno de ellos metió la mano bajo la almohada buscando la pistola imaginaria. Luego el canoso me dijo que tenía que acompañarlos y que me vistiera. En la sala, un cuarto policía custodiaba a mi madre y hermana.
En presencia de ellos tuve que vestirme. Hice un ademán para abrir el closet, pero uno de los policías cortó mi intención. Abrió él mismo la puerta y haló las gavetas una por una; luego echó una rápida mirada a todo lo demás. Y comencé a vestirme, mientras ellos me rodeaban y vigilaban. Iniciaron el registro. Los veía más tranquilos, más confiados. Estos operativos reciben órdenes de detener a un ciudadano, sin saber quién es ni por qué se le detiene. Como sistema les dicen que es muy peligroso y que está armado. Ahora sabían que yo no lo estaba. No lo estuve jamás. Tranquilicé a mi madre y a mi hermana; les dije que con toda seguridad se trataba de un error, puesto que yo no había cometido ningún delito.
Yo era entonces funcionario del Gobierno Revolucionario en la Caja Postal de Ahorros, adscrita al Ministerio de Comunicaciones, y mi ascenso en aquella dependencia oficial había sido rápido, motivado en gran medida por mi condición de estudiante universitario.
El registro fue minucioso, largo: casi cuatro horas invirtieron en revisarlo todo. No quedó ni una sola pulgada de la casa en que no hurgaran. Abrieron los frascos, repasaron los libros hoja por hoja, vaciaron los tubos de pasta dentífrica, miraron el motor del refrigerador, los colchones...
Conversaba con mi madre, que era la que estaba más nerviosa, y mientras lo hacía pensaba en quién habría denunciado que yo tenía armas. Para mí, evidentemente, era alguien que quería hacerme pasar el mal rato de ser detenido, aunque luego se aclarara todo. Pensé que la denuncia habría salido de mi trabajo. Había allí algunos compañeros que sabía me tenían hostilidad. Unas semanas antes, uno de los jefes, a quien me unía una buena amistad, me llamó para advertirme que la Policía Política estaba pidiendo informaciones sobre mí. Yo había tenido algunas fricciones por mis ideas religiosas y mis concepciones idealistas del mundo, que esgrimía frecuentemente como instrumento para discrepar del comunismo como sistema.
En aquellos días habían sucedido algunos hechos que iban radicalizando la situación interna dentro del Ministerio de Comunicaciones. El ingeniero Enrique Oltuski, el ministro, había sido destituido, y en su lugar nombraron a Raúl Curbelo, un comunista que peleó con Castro en las guerrillas y que sólo conocía de vacas. Así me lo dijo unos días después de nombrado, cuando se presentó en mi departamento:
_Mira, Valladares, yo de esto no conozco nada. Yo estaba en el Instituto de Reforma Agraria, pero Fidel me dijo que tenía que hacerme cargo de este ministerio y yo de lo único que conozco es de vacas. Por eso necesito que me ayuden a echar esto para adelante.

Sólo conocía de vacas, era cierto. Pero era un hombre de confianza de Castro.
El subdirector de la Caja Postal fue sustituido por otro comunista, y el tesorero era también un viejo militante del Partido en la provincia de Camaguey. Fue entonces cuando a uno de mis mejores amigos y compañeros de trabajo, Israel Abreu, lo expulsaron por sus manifestaciones antimarxistas. Israel había luchado en los grupos clandestinos contra la dictadura de Batista, y aquella decisión del nuevo ministro motivó descontento entre todos. Personalmente critiqué la medida como un abuso de autoridad y una violación de la libertad de expresión, que había sido uno de los postulados de la revolución de Castro. No era ajeno a que estaba señalado como un anticomunista. Uno de mis últimos enfrentamientos lo motivó un lema que se repetía en todo el país, lanzado por el aparato propagandístico del Gobierno, y que tenía por objetivo ir preparando a las masas, irles infiltrando la idea comunista. Castro ya era acusado de tal y entonces divulgaron la consigna:
"Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista, yo estoy de acuerdo con él".
Este lema se imprimió en calcomanías para pegar en los automóviles, en placas de latón para colocar en las puertas de los hogares, se publicaba en los periódicos diariamente, se hicieron carteles que fijaron en las paredes de las escuelas, cuarteles, fábricas, talleres y oficinas del Gobierno. El propósito era bien claro y simple: Castro era presentado al pueblo como un Mesías, un salvador, el hombre que devolvería al país la libertad, la properidad, la felicidad; Castro no podía estar ligado a nada malo, a nada negativo. Lo que era o fuese Castro tenía necesariamente que ser bueno; por eso, si era comunista, pues "que me pongan en la lista". Era éste el análisis que habían hecho los especialistas en propaganda del Partido. La inmensa mayoría del pueblo de Cuba no sabía mucho acerca del comunismo, no tenía formación política, y se le hacía difícil creer lo que se decía sobre el marxismo.
Los comunistas del Ministerio se aparecieron para colocar en mi mesa de trabajo uno de quellos lemas... "si Fidel es comunista...". Yo me negué. Quedaron sorprendidos y desorientados porque, aunque conocían mi rechazo al marxismo, pensaron que no iba a protestar, ya que eso sería rechazar a Castro. Me preguntaron si yo no estaba de acuerdo con Fidel. Les repondí que si era comunista no, que no formaría parte de la lista. Aquello motivó una discusión.
Cada día me señalaba más y más. En realidad, fui muy ingenuo. Había calculado que, como consecuencia extema, me expulsarían del trabajo, como habían hecho con Israel. Pero nada más. No pensé nunca que por manifestarme, por expresar mis criterios contrarios al marxismo, me llevaran a la cárcel. Además, todavía el Gobierno no se había declarado marxista, cosa que haría Castro unos meses más tarde. Existían dentro de las filas de los revolucionarios miles de personas que se aferraban a la idea de que Castro no era comunista. Admitían que era cierto que los comunistas iban ocupando determinadas esferas del poder, que estaban sucediendo algunas cosas muy malas; pero a espaldas de Fidel. Cuando éste las supiese, les pondría fin. ¡Qué ingenuos! Yo los comprendía. No todos eran capaces de enfrentar la realidad de que Castro los había engañado, usado, puesto a pelear, manipulado en favor de sus ideas. Estas personas esgrimían como argumento las primeras declaraciones de Castro al principio de la revolución, hechas en Cuba, en países de América Latina, ante dirigentes de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos y en numerosas conferencias de prensa, como la que ofreció, invitado por la Sociedad de Editores de Periódicos, en Washington, el día 17 de abril de 1959. Fue en el hotel Statler Hilton. Allí declaró:
_He dicho de manera clara que no somos comunistas.
Aquel mismo día, Charles Porter, representante por Oregon, le manifestó a Castro que su hermano Raúl impartía adoctrinamiento comunista a los soldados, y el jefe de la revolución, "indignado", le respondía:
_¿Usted cree que yo permitiría a los comunistas destruir el ejército que he edificado?
El 19 de abril del mismo año 1959 Fidel Castro se presentó como invitado en el famoso programa "Meet the Press", y allí, en los estudios de la NBC, respondió a las preguntas de los periodistas. Uno de ellos, Hervers, inició el interrogatorio:
_¿En qué lugar se pondría usted en caso de un conflicto?

Castro respondió con rapidez:
_Lo mismo que las democracias. La democracia es mi ideal. Yo no soy comunista ni estoy de acuerdo con los comunistas.
_Luego manifestó:
_Estamos contra el comunismo y las dictaduras de todo tipo.
Estas eran las declaraciones a que apelaban los que no se atrevían o no querían aceptar la realidad del engaño, y obraban así porque juzgaban a Castro con sus propias escalas de valores, con sus mismos principios éticos. Olvidaban, o no sabían, que Lenin había definido claramente el comportamiento del revolucionario cuando manifestó:
_La moral comunista está subordinada a los intereses de la lucha de clases.
_El doctor Raúl Roa, representante de Cuba ante las Naciones Unidas, también arremetía contra el comunismo calificándolo de "teoría inhumana porque esclavisa al hombre".
Decir que no eran comunistas, que no mentían jamás, que convocarían a eleciones libres, que respetarían los Derechos Humanos, no eran más que tácticas de lucha, una cortina de humo. Por eso los revolucionarios que mantenían a todo trance la esperanza de que Fidel terminaría con el poder creciente de los comunistas, no eran capaces de admitir que, aun cuando todavía el Gobierno no se hubiese declarado marxista, las expropiaciones forzosas, el despojo de tierras, las nacionalizaciones, el traspaso de los medios de producción de manos privadas al Estado, las ejecuciones y la prédica constante de odio y la exaltación de la lucha de clases, eran irrefutablemente prácticas comunistas.
Los policías continuaban el registro. Terminaron en los dormitorios, baño, cocina y pasaron a la sala. Revisaron los cuadros, las figuras de porcelana; una de ellas les llamó la atención: habían descubierto algo dentro. Con un bolígrafo, uno de ellos logró sacar un papel; era de los usados para empaquetar los cristales. Lo abrió y al darse cuenta de que yo lo miraba con cierto aire burlón, lo estrujó y lanzó por la ventana. Nos hicieron levantar del sofá, lo volcaron, lo examinaron cuidadosamente. Terminó el registro y no aparecieron armas, ni explosivos, ni propaganda, ni listas. Nada, absolutamente nada. Tuvieron que irse con las manos vacías. Es decir, conmigo, pues me dijeron que tenía que acompañarlos. Aunque no habían encontrado nada, debía responder a unas preguntas de rutina. Mi madre argumentó que yo no había hecho nada, que no había razón para llevarme. Le respondieron que no se preocupara, que regresaría enseguida: ellos mismos me traerían de vuelta a casa. El regreso se demoró más de veinte años.
Salimos a la calle. Eran las cuatro de la madrugada, hacía frío y el viento soplaba con fuerza. Subí a un VW gris con un agente a cada lado. Entonces me colocaron las esposas en las muñecas. Otro auto se nos unió en la esquina. No se habló una sola palabra. A ratos la planta de radio lanzaba mensajes incomprensibles para mí. Uno de ellos resultó ser para el auto en que viajábamos. El chófer descolgó y respondió con una frase breve: contraseña.

Luis Dominguez
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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:07 pm

Llegamos a la 5ta Avenida y calle 14, en el reparto Miramar. Era entonces la sede central de la Policía Política, la Lubianka cubana. Varias residencias, producto del despojo, formaban el complejo G-2, que era como al principio llamaban a Seguridad del Estado. Un soldado con casco blanco y fusil nos abrió la reja. A la entrada de la oficina había un banco y me hicieron que me sentara en él. A la media hora me condujeron al fondo del edificio, donde habían construido un grupo de celdas. Me quitaron las esposas y me metiron en la primera. Había otros presos allí, en aquel pequeño calabozo. En un rincón, detrás de un muro, se veía una taza sanitaria. Tres torres de camas se adosaban a las paredes. Algunos, desde sus lechos, sacaron la cabeza para ver al nuevo huésped.
Me llamaron. Fui llevado a la segunda planta, al archivo. Me tomaron las huellas digitales y me fotografiaron con un letrero que decía: "contrarrevolucionario".

Aquella misma tarde me sometieron al primer interrogatorio. Una oficina pequeña, con una "pillera" de cristal verde oscuro, de esas que permiten espiar a quien esté del otro lado. Un grupo de oficiales me esperaba.
El que estaba sentado habló. Me dijo que ellos lo sabían todo, que yo era un contrarrevolucionario, un enemigo de la revolución y que iban a condenarme por eso. Les respondí que no había cometido delito alguno. Que con el registro practicado en mi casa habían podido comprobar que no tenía en mi poder nada que pudiera ser utilizado para acusarme.
_Pero conocemos tus declaraciones en tu centro de trabajo, y has estado atacando a la revolución.
Me defendí diciéndoles que no había atacado a la revolución como institución.
_Pero has atacado al comunismo.
Eso no lo negué. Ni podía, ni quería hacerlo.
_Sí, es cierto _les dije_, considero que el comunismo es una dictadura peor que la que acabamos de padecer los cubanos, y si se establece en Cuba, sería como en Rusia, pasar del zarismo a la dictadura del proletariado.
_Nosotros no hicimos la revolución para seguir tolerando los privilegios de los explotadores. En Cuba se acabó ya la explotación del imperialismo yanqui, y no vamos a permitir que gente como tú, al sevicio de los intereses de los capitalistas, interrumpa la marcha del proceso revolucionario.
Así fue el primer interrogatorio. Duró apenas diez minutos.
Aquella misma tarde me llevaron con otros detenidos _entre ellos una mujer _ a un pequeño salón. Nos mandaron a sentar en un banco de madera. Había reflectores que se encendieron, y los fotógrafos y camarógrafos comenzarona filmar. Al día siguiente aparecimos en los periódicos como una banda de terroristas, agentes de la CIA, capturados por la Seguridad del Estado.
No conocía a ninguna de quellas personas. No las había visto jamás. Fue allí donde entré en contacto con Néstor Piñango, Alfredo Carrión y Carlos Alberto Montaner, los tres estudiantes universitarios. También conocí a Richard Heredia, quien había sido uno de los jefes del Movimiento 26 de julio en la provincia de Oriente. Combatió en la Sierra Maestra y en la clandestinidad. Al triunfo revolucionario fue el primer gobernador de Santiago de Cuba. Cuando lo detuvieron le obligaron a vestir el uniforme del ejército anterior y lo fotografiaron y sacaron en los periódicos como recluta de la dictadura.
Al día siguiente se efectuó el segundo interrogatorio. Todos los días nos entregaban la prensa oficial, del diario "Revolución", en el que nos llamaban terroristas. Yo protesté de aquello. El oficial me respondió que ellos estaban seguros de que yo era un enemigo del pueblo.
_Usted estudió en una escuela de curas _dijo.
_Sí, en los Escolapios, pero ¿eso qué importa?
_Sí importa, los curas son contrarrevolucionarios y el hecho de que usted estudiara en esa escuela religiosa es una evidencia más en su contra.
_Pero Fidel Castro estudió en el colegio Belén; de los Padres Jesuitas.
_Pero Fidel es un revolucionario y usted es un contrarrevolucionario, aliado a los curas y a los capitalistas, y por eso lo vamos a condenar.
_No hay ninguna prueba contra mí, nada me han ocupado.
_Es cierto que no tenemos ninguna prueba concreta contra usted; pero tenemos la convicción de que es un enemigo potencial de la revolución. Para nosotros es suficiente.
Al salir del interrogatorio escuché un griterio y bocinas de automóviles. Una manifestación, frente a los edificios, por la 5ta Avenida, pedía a gritos "paredón" para los terroristas de la CIA. Los comunistas organizaban el acto. Y otro frente al Palacio Presidencial pidiendo que fuéramos fusilados.
En la noche, temprano, nos sacaron de la celda a Richard Heredia y a mí. Nos trasladaron a un salón y nos hicieron una película para los noticieros cinematográficos. Uno de los periodistas, refiriéndose a mí, comentó a media voz que era una pena que me fusilaran tan joven. La campaña organizada por los comunistas alcanzó proporciones tan vastas que me hizo temer muy seriamente por mi vida.
Mi suposición de que lo más que podía sucederme era que me quitaran el trabajo, había sido desechada ante la realidad que estaba viviendo.
Esa madrugada fui llevado al último interrogatorio. Fue como una despedida.
_Sabemos que tú conoces a elementos que están conspirando, que debes tener contactos con algunos de ellos. Si cooperas con nosotros podemos dejarte en libertad, y reintegrarte a tu trabajo.
_No conozco a ninguna de esas personas, ni tengo contacto con conspiradores.
_Es la última oportunidad que tienes de salir de este problema.
_Yo no sé nada. Ustedes no pueden condenarme porque nada he hecho. No hay pruebas contra mí. No pueden demostrar nada.
_Nos basta con nuestra convicción. Sabemos que eres un enemigo potencial de la revolución. Mira... _y me alargó unos periódicos de la tarde. En letras grandes, en la primera plana, se leía: "Paredón para los terroristas" _. El pueblo pide un escarmiento y... _dejó la amenaza en el aire.
Esa misma noche Carlos Alberto, Richard y yo, con un abridor de latas, empezamos a hacer un agujero en la pared posterior del servicio sanitario. Trararíamos de escapar. La tarea era difícil. Intentaríamos levantar la capa que recubría la pared para sacar el primer bloque.
Al día siguiente de mi arresto, mi hermana se dirigió a la estación de Policía más cercana buscando información. Le dijeron que nada sabían de mí. Fue a la 5ta Avenida y calle 14, donde yo me encontraba, y le dijeron que tampoco estaba allí.
Cuando salió la información en los periódicos, los comités de vigilancia cercanos a mi casa, dirigidos por varios agentes de la Policía Política vestidos de civil, organizaron una manifestación en la calle. Apedrearon las puertas y ventanas de mi hogar. La turba enardecida gritaba:
_¡Paredón! ¡Que lo fusilen!

Mi madre sufrió un ataque de nervios y cayó al suelo sin conocimiento. Mi hermana salió gritando en busca de un médico. Más tarde volvió a indagar por mi paradero, y ya en esta ocasión no le negaron que estaba en la sede de la Policía Política. La mandaron sentarse. Al rato la pasaron a una oficina y comenzaron a interrogarla, acusándola de ser también una contrarrevolucionaria. Hacían su odio extensivo a toda la familia, a tal extremo que no sólo sufrió un interrogatorio y acusaciones, sino que, además, la fotografiaron como a mí con un cartel que decía: "contrarrevolucionaria". No le permitieron que me viera.
Carlos Alberto, Richard y yo nos turnábamos en la perforación de la pared. Sabíamos que nos arriesgábamos a represalias. Pero nos dedicamos con ahínco al trabajo. No logramos terminarlo, sin embargo. Nos sacaron antes. Nunca supimos si fue casualidad o si alguno de los muchos que se encontraban allí era un delator o un agente de la Policía Política.
En el patio interior esperaba un auto. Adentro ya estaba otra detenida: Zoila, la misma mujer que había visto cuando nos hicieron las fotos. Nos advirtieron que no podíamos hablar.
Eran los primeros días del año 1961. Todo el litoral de La Habana estaba lleno de cañones que apuntaban al norte. Los Estados Unidos había roto las relaciones con Cuba y el Gobierno agitaba la amenaza de una invasión. El aire levantaba grandes olas que saltaban por encima del muro del malecón que bordea la costa habanera. El auto corría a gran velocidad. Pasó el túnel de la bahía y entró en la fortaleza de La Cabaña.
Se detuvo frente a la alta reja que da entrada al rastrillo de la prisión. Nos hicieron bajar, entregaron unos papeles al militar de posta y el auto siguió rumbo a la cárcel de mujeres, destino de la pasajera.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:08 pm

CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 2
La Cabaña
La fortaleza de La Cabaña había sido construida por los españoles sobre la colina de ese mismo nombre dos siglos atrás, a la salida de los ingleses de la Habana, para reforzar la protección del puerto. Cuando los ingleses tomaron La Habana en 1762 se apoderaron primero de esa colina. Por su ubicación se decía que quien dominase La Cabaña, era dueño de la ciudad. Desde el triunfo de la revolución la fortaleza fue convertida en prisión política y en sus fosos se llevaron a cabo las ejecuciones. Levantada sobre una loma al otro lado de la bahía, estaba, sin embargo, aislada. Grandes polígonos y terrenos la rodeaban. Radicaba allí la escuela de artillería.
Abrieron una puerta metálica, pequeña, y me mandaron entrar. Ya en el rastrillo puede ver el patio frente a las galeras y a cientos de presos que miraban con curiosidad a los recién llegados. Pasé a un departamento donde me ficharon. Luego al almacén. Aquí me despojaron de la ropa que traía _un traje nuevo_ y me entregaron el uniforme de preso con una "P" en la espalda. Prometieron devolverme el traje a mi familia en la primera visita, pero nunca lo hicieron. El jefe del almacén había sido un alzado de las guerrillas de Castro, ahora preso por un delito de robo a mano armada. Vivían estos delincuentes en una galera fuera del patio central que daba al rastrillo. Vestían todavía el uniforme verde olivo y éste usaba el pelo recogido en forma de cola de caballo, imitando a Raúl Castro. Odiaba a los presos políticos y no perdía ocasión de demostrarlo.
Y me vi de pronto en el patio, en medio de aquella multitud de prisioneros. No conocía a nadie. Me asignaron la galera 12 y a ella me dirigí. En la puerta, un preso joven, con gafas, tras las cuales brillaban con impaciencia sus ojos claros, se me quedó mirando, sonrió afable y me tendió la mano. Era Pedro Luis Boitel, dirigente estudiantil universitario. Combatió a Batista en la clandestinidad, y luego había logrado huir a Venezuela, de donde regresó a la caída del dictador. Me había reconocido por las fotos aparecidas en los periódicos. Fue la primera persona que conocí allí, y llegamos a ser grandes amigos, como hermanos.
Pedro Luis vivía en el centro de la galera, en una litera alta. Todas las camas estaban ocupadas. Había exceso de prisioneros. Las galeras eran como túneles ovalados, abiertos en sus extremos y daban al foso que circundaba la fortaleza. Estaban cerradas con dos rejas de gruesos barrotes, separadas por un metro de distancia. En las dos garitas del techo, escoltas con ametralladoras apuntaban siempre al patio, a los prisioneros, a las rejas de las galeras.
Esa misma tarde llegaron algunos presos de los que estaban conmigo en la jefatura de la Policía Política: Carlos Alberto Montaner, Alfredo Carrión, Néstor Piñango y otros. Conocían a Pedro Luis de la universidad y también fueron destinados a nuestra galera. La primera noche tuvimos que dormir en el suelo, entre cama y cama, y en los pasillos. Como el fondo de todas las galeras daba al norte, por la ventana enrejada entraba el viento frío. No había frazadas suficientes y nos helábamos.
Al día siguiente logramos avisar a nuestras familias que permitirían visita.
Ulises y Julio Yebra habían sido detenidos la misma madrugada que yo. También aparecían en las fotos. Julio Antonio era médico y de un valor temerario. En el registro efectuado en su casa le habían encontrado un viejo fusil calibre 22. Solamente eso. La policía Política dedujo que si él tenía un fusil era para agredir a alguien. Por las relaciones que Julio Antonio tenía dentro del Gobierno, por su nivel como profesional, no se trataría de atentar contra un soldado de filas o un simple y desconocido miliciano. Debía ser alguien importante, un dirigente de la revolución. Y de los dirigentes, ¿quién más importante que Fidel Castro? Por este razonamiento Julio fue acusado de tener un fusil para atentar contra Fidel Castro, y lo condenaron a muerte.
En épocas del dictador Batista, Armando Hart, uno de los jefes del Movimiento 26 de julio y actual ministro de Cultura de Cuba, había sido encarcelado junto con su esposa Haydée Santamaría, la tercera figura femenina del régimen, que ocupó la dirección de la Casa de las Américas, y que años más tarde, el 26 de julio de 1980, decepcionada del sistema que ayudó a implantar, se suicidó. Julio, en una acción valerosa, contribuyó a rescatar a Armando Hart de las manos de la Policía batistiana cuando le celebraron juicio en la Audiencia de La Habana. Ahora Julio era el que estaba preso y la madre tocó a las puertas de Armando Hart y de Haydée. Era la hora de la lealtad, pero se negaron rotundamente a interceder por el hombre que les había salvado la vida. Más que eso, Haydée escribió una carta acusando a Julio de supuestas manifestaciones contra Castro y señalando que nunca le había resultado persona de fiar.
Julio Antonio fue juzgado por la Ley número 5 de 1961, la cual entró en vigor cinco días después que él había sido detenido. Se la aplicaron con efecto retroactivo. El juicio comenzó en la madrugada. A las 12 del día siguiente se suspendió para continuarlo dos horas después. Julio regresó a su galera y dirigiéndose a uno del grupo le dijo:
_Quiero que abras esa lata de peras en conseva que guardas ahí y un vaso de leche. Es lo único que comeré en esta tierra, pues esta noche estaré bien lejos de aquí, cerca de Dios.
Muchos quisieron darle apoyo con frases de consuelo y él, con afable sencillez y tranquilidad, les repitió:
_Sí, voy a estar cerca de Dios esta noche.
Escribió varias cartas. A las 2 de la tarde se lo llevaron de nuevo a juicio. Julio no regresó del tribunal a la galera. Lo dejaron en las capillas para los condenados a muerte. Cuentan que en el juicio se portó con la misma valentía con que vivió siempre. A las nueve se acostumbraba rezae en grupo por todas las galeras _la fe en momentos difíciles_. El ruido de un motor se dejó escuchar. Se hizo un silencio total. Era el camión que llevaba la caja para el cadáver. Luego se escuchó el motor de un jeep que transportaba al preso y algunas voces. Por una larga escalera de piedra se bajaba al foso. A unos metros de la pared había un madero al que ataban al condenado. Antes de que lo amarraran, Julio dio la mano a cada uno de los guardias que componían al pelotón y les dijo que los perdonaba.
_¡PELOTON ATENCION...!
_APUNTEN... ¡FUEGO!
_¡ABAJO EL COMU...! _el grito de Julio quedó inconcluso. No fue una descarga cerrada, sino que dispararon en desorden, no al unísono. Luego el golpe del tiro de gracia de la oreja. Jamás olvidaré ese único sonido mortal.
En la prisión el silencio era denso, dramático. Y comenzó a escucharse el ruido de los martillos clavando la rústica caja de pino.
Desde nuestra galera nada podía verse, pero todo se escuchaba. Imaginaba la escena: el preso atado frente a los fusileros, luego el derrumbamiento del cuerpo agonizante, con el pecho roto por las balas...
_¡Que Dios lo reciba en sus brazos! _exclamó alguien, y Ulises, sin poder contenerse más, rompió a llorar... Eran primos.
Al día siguiente Pedro Luis, Villanueva y otros más se declararon en huelga de hambre protestando por los fusilamientos. Fueron sacados del patio y llevados a las capillas. Allí estaba Clodomiro Miranda, el ex comandante del Ejército de Fidel Castro. Clodomiro se había alzado en las montañas de la provincia de Pinar del Río, la más occidental de Cuba. Había ganado los grados de comandante y se había batido con valor defendiendo la libertad. Sin ser un hombre de mucha cultura había comprendido que el curso de la revolución no era el que había prometido Castro, y viendo la traición empuñó de nuevo el fusil y se marchó otra vez a las montañas. Castro ordenó cazarlo y se levantaron contra él miles de milicianos. Fue herido en combate. Cuando lo capturaron tenía las piernas destrozadas a tiros, y otros balazos en un brazo y en un costado. Lo llevaron a juicio en una camilla y, cuando lo condenaron a muerte, lo sacaron del Hospital Militar y lo metieron en aquellas celdas inmundas, sin cama. Clodomiro no podía pararse, se arrastraba por el piso sucio. Las heridas sin atención se infectaron y llenaron de gusanos. Así lo vieron Pedro Luis y Manuel Villanueva. Fueron los últimos presos que hablaron con él.
En camilla también bajaron a Clodomiro para fusilarlo. La escalera que desciende a los fosos está pegada a la pared por un lado; por el otro no hay ni siquiera un pasamano o barandilla de seguridad. Los escalones bicentenarios, de piedras gastadas por generaciones de esclavos y presos, se ven desde las últimas galeras. La comitiva de guardias que transportaba a Clodomiro se bamboleaba. Ya casi llegando al suelo uno de ellos resbaló; las manos soltaron la camilla buscando un asidero y Clodomiro cayó sobre sus piernas rotas, golpeándose con los escalones.
Un guardia nos contó que trataron de amarrarlo al poste, pero no podía sostenerse en pie. Tuvieron que fusilarlo en el suelo, mientras gritaba:
_¡Abajo el comunismo...!
Clodomiro fue quizá el único fusilado que ya estaba siendo devorado por los gusanos antes de morir.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:10 pm

CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 3
La visita
La primera visita fue en la mañana. Los hombres no podían visitar a los prisioneros. Sólo permitían la entrada de mujeres. Las requisas que hacían eran humillantes. Las desnudaban a todas, sin respetar ni aun las ancianas. Entre las mujeres que practicaban los registros estaban dos que protagonizaron varios escándalos: "La China" y "Mirta", dos lesbianas que se aprovechaban de la situación. Por mucho que mi madre y mi hermana quisieron ocultarme la verguenza y la indignación por la requisa que habían sufrido, no lograron hacerlo. Les prohibí que volvieran.
Todas las noches había fusilamientos. Los gritos de los patriotas de: "¡Viva Cristo el Rey!" "¡Abajo el comunismo!" estremecían los fosos centenarios de aquella fortaleza. Cuando escuchaba las descargas de fusilería el horror se apoderaba de mí, y me abrazaba a Cristo con desesperación. Yo había llegado a la cárcel con formación religiosa. Por aquel entonces mis creencias eran genuinas, pero probablemente superficiales, pues no habían sido sometidas a una dura prueba. Tenía y mantenía la religión que había aprendido en el hogar, en la escuela; pero era algo así como quien adquiere buenos modales, o las primeras lecturas. Sin embargo, aquella mínima cantidad de religiosidad había sido suficiente para señalarme como un enemigo de la revolución comunista, y estaba seguro que de alguna forma contribuyó a convencer a los de la Policía Política de que yo era un peligroso adversario, aunque en estado potencial.
Muy pronto comencé a experimentar una modificación sustancial en la naturaleza de mis creencias. En primer lugar, me abracé a Cristo, quizá por miedo a perder la vida, porque estaba en peligro de ser fusilado. Pero aquella forma de acercarme a El, aunque humana, me pareció incompleta, utilitaria. Sin embargo, cuando estremecido de dolor veía partir a aquellos jóvenes llenos de valor a morir frente a los paredones gritando "¡Viva Cristo el Rey!", comprendí, de pronto, como una revelación súbita, que Cristo no sólo servía para que yo le pidiera que no me mataran, sino también para darle a mi vida y a mi muerte, si llegaba a suceder, un sentido ético que las dignificara. Creo que fue en aquel momento, y no antes, cuando el cristianismo, además de ser una fe religiosa, se convirtió en una forma de vida que en mi particular circunstancia sólo podía concretarse en resistir, pero con el alma llena de amor y esperanza.
Aquellos gritos devinieron un símbolo. Ya en 1963 los condenados a muerte bajaban al paredón amordazados. Los carceleros temían a esos gritos. No toleraban en los que iban a morir ni siquiera una última exclamación viril. Aquel gesto de rebeldía, de desafío, en los instantes supremos; aquella demostración de valor y entereza de quienes morían gritando sus ideales, podía ser un mal ejemplo para los soldados: podía hacerles meditar.
Los reclutas que componían los pelotones de ejecución recibían una paga de cinco pesos y tres días de licencia por cada fusilado. Es costumbre, al menos en los países occidentales, por razones de conciencia, que los militares que fusilan no puedan tener nunca la certeza de que han matado a otro hombre. Para ello, de los seis fusiles uno está cargado con balas de salva. Los soldados los toman al azar; así nunca saben si la bala tiene o no proyectil. Esto es un alivio para sus conciencias. En Cuba no: todos los fusiles están cargados con balas.
Balbino Díaz y Robertico Cruz eran muy jóvenes. Los acusaban de haber disparado contra el entonces vocero del Gobierno, José Pardo Llada. Durante el juicio nada pudo probarse. Nadie los identificaba. En un momento del proceso, el abogado defensor se acercó al fiscal Flores Ibarra, a quien todo el pueblo conocía por el apodo de "Charco de sangre", pidiéndole que modificara sus conclusiones provisionales, pues era evidente que no había podido probarse la culpabilidad de los acusados. Flores le respondió:
_He recibido órdenes de fusilar de todas maneras, como una medida de profilaxis social. Si no lo hiciéramos, otros contrarrevolucionarios envalentonados desatarían una ola de atentados contra los dirigentes de la revolución.
Los milicianos Sergio Arenas y Alejandro Meneses, miembros del Tribunal, como eran analfabetos y no sabían firmar, estamparon sus huellas digitales en la sentencia. Balbino y Robertico fueron fusilados de inmediato.
El abogado defensor, doctor Acosta Mir, fue detenido al terminar el juicio y dejado en libertad más tarde, después de advertirle que no debía volver a defender contrarrevolucionarios.
El fusilamiento de Robertico y Balbino me afectó mucho, y me hice el propósito de no conocer a nadie más. En la prisión y en situaciones difíciles hay una necesidad de comunicación urgente con los demás. El amigo nuevo nos habla de su vida, de sus hijos, en la visita nos presenta a la familia. En sólo unos días se forjan grandes amistades, se establece un afecto y simpatías muy profundos. Pero, una tarde, a ese amigo entrañable lo llaman a juicio y no regresa, y en la noche es fusilado. Comprendí muy bien entonces la actitud de los más viejos, que no querían conocer a los que todavía no habían ido a juicio.
Jesús Carreras era uno de los jefes de las guerrillas contra la dictadura de Batista. Operaba en el Escambray, cordillera montañosa de la zona central de la isla. Su valor personal en los combates lo había convertido en un héroe legendario por aquellos lugares. Pero el comandante Carreras tampoco había combatido para la instauración de una dictadura más feroz mil veces que la que ayudó a derrocar. Y Castro lo envió a la cárcel, como a tantos otros oficiales; pero hacia los de alta graduación había un odio especial, como un ensañamiento. Carreras había tenido fricciones con el Che Guevara en plena guerra, porque no aceptaba la imposición de Castro de situar a un comunista como jefe del frente guerrillero del Escambray. Cuando el Che Guevara penetró en la zona rebelde que controlaba Carreras, éste estuvo a punto de matarlo. El Che y Castro nunca lo olvidaron. Hablamos con frecuencia porque vivíamos en el mismo grupo de literas, y me dijo que estaba seguro de que por aquello sería condenado a muerte.
Jesús Carreras fue fusilado después del comandante Clodomiro Miranda. Luego fusilaron a William Morgan _con éste se ensañó el jefe del pelotón y le disparó varios tiros de gracia_. Ya antes, pero en la provincia de Las Villas, caía frente a los pelotones de ejecución otro comandante que luchó junto a Castro: Porfirio Ramírez, presidente de la Federación Estudiantil de la Universidad Central.
Por los constantes fusilamientos, la prisión de La Cabaña se había convertido en la más terrible de todas las cárceles. Y para mantenernos bajo el terror, comenzaron las requisas de madrugada. Los pelotones, armados con barras de madera, cadenas, bayonetas y cuanto sirviera para golpear, irrumpían en las galeras gritando y pegando sin contemplaciones.
La orden que teníamos los presos era la de salir como estuviéramos. Se abrían las rejas y aquella turba enardecida de soldados entraba como tromba, repartiendo golpes a ciegas. Los presos, también como una tromba trataban de salir al patio. Pero en la puerta se formaba un nudo entre prisioneros y guardias que los golpeaban, pues todos no podíamos salir al mismo tiempo. Siempre, en esas requisas, el terro, la angustia, la confusión hacían presa de nosotros; se trataba de escapar endemne, aspiración casi imposible, porque afuera, en el patio, una doble hilera de guardias armados de fusiles con bayoneta calada se encargaba de que nadie dejara de recibir su ración de golpes.
Muchos salían a medio vestir, en calzoncillos, desnudos, con zapatos, descalzos. Cuando todos estábamos fuera arremetían contra nosotros y nos golpeaban con más saña. A medida que los guardias iban golpeando y gritando se enardecían, el rostro se les descomponía. Arriba, en la azotea, una fila de militares _mujeres inclusive_, fusil en mano, contemplaban el espectáculo. Entre ellos un grupo de oficiales y civiles de la Policía Política, que no faltaba nunca. El capitán Hernán F. Marks, un norteamericano, había sido nombrado por Fidel Castro jefe de la guarnición de La Cabaña y verdugo oficial. Era este hombre el que disparaba los tiros de gracia y el que dirigía las requisas. Cuando se emborrachaba, cosa que hacía muy frecuentemente, Hernán mandaba formar a la guarnición y en zafarrancho de combate se lanzaba contra los presos. El mismo llamaba a la prisión su "coto de caza". Otro de sus entretenimientos era pasear por las galeras y llamar a la reja a los que les pedían pena de muerte para preguntarles detrás de qué oreja querían que les disparara. Años más tarde volvió a su país, los Estados Unidos.
Cada amanecer, La Cabaña despertaba con una nueva interrogante: "¿A quién fusilarán hoy?"
Después del recuento de la mañana abrían las rejas y nos reuníamos en el patio, en la interminable cola para tomar el desayuno. El más joven de nuestro grupo era Carlos Alberto, todavía menor de edad, aunque en estatura nos sobrepasaba a todos. Carlos Alberto ser había casado muy joven y esposa, Linda, le había traído en la última visita a Gina, la hija de ambos, de sólo unos meses de nacida. Ya Carlos y yo habíamos hecho aquel intento de escapar en los calabozos de la Policía Política. La posibilidad y casi certeza de ser fusilados era una amenaza que pendía sobre nuestras cabezas. La familia de Carlos Alberto hacía gestiones para que, atendiendo a su edad, lo trasladaran a una cárcel de menores. Unos días después del juicio, fue llamado al rastrillo con sus pertenencias: lo destinaron a una prisión en las afueras de La Habana. A las pocas semanas, provisto de una segueta, cortó los barrotes de su celda y escapó. Logró entrar en la Embajada de Venezuela y, tras meses de presiones, el Gobierno cubano le permitió salir del país.
Carrión, Piñango, Boitel y yo celebramos con júbilo la huida de Carlos Alberto. ¡Uno menos en aquel infierno! Cuando, días antes, pensaba en Linda y en la bebita de pocos meses, no podía evitar que la angustia se apoderase de mi espíritu. Recordaba a Juan José, a Pedrito, a sus hijos pequeñitos con los que jugué en la visita y que a la semana siguiente ya eran niños huérfanos. Gina no sería una niña huérfana.
Normalmente no avisaban a los familiares de los fusilados, y era frecuente que en las visitas aparecieran las madres y las esposas con los niños preguntando por ellos. Se hacía entonces un silencio angustioso. Los presos se miraban unos a otros, como diciendo "dícelo tú". A veces, los familiares interpretaban aquel silencio y abrían los ojos con doloroso asombro y rompían a llorar... Cuando la madre de Julio Antonio Yedra conoció del fusilamiento de su hijo, con una entereza extraordinaria exclamó:
_Si la muerte de mi hijo fuera la última sangre que se derramara en esos paredones, aceptaría su muerte sin protestar.
Pero no sería la última. Miles y miles seguirían a Julio.
En una ocasión, cuando la esposa y la suegra de un fusilado llegaron al rastrillo, sin sospechar siquiera que su familiar estaba muerto, al chequear en las listas, aquel jefe de almacén, el del pelo recogido en cola de caballo, les gritó:
_A ese gusano lo fusilamos anoche, así que dígale a ésa (refiriéndose a la esposa embarazada) que se busque otro marido, o que si necesita un macho que me vea a mí.
No habían transcurrido todavía dos semanas desde mi detención cuando me llevaron a juicio. La mañana era fría y Manolito Villanueva me prestó su suéter. Fui esposado a la salida del rastrillo y dos militares armados de metralletas checas me flanquearon. Soplaba el viento norte y unos papeles se arremolinaban a mis pies:
_Andando...
Y echamos a andar. La calle que comienza a la salida del rastrillo era de adoquines, llevados desde España en épocas de la colonia y colocados por esclavos negros. Las botas de los militares golpeaban los bloques gastados por dos siglos de iniquidad. Una llovizna lenta comenzó a caer. Atravesamos los fosos y dejamos atrás la prisión. Volví la cabeza: la vieja pared enmohecida y las rejas de las galeras; a mi izquierda el poste de fusilamiento, un viejo madero rústico, detrás una pared de sacos de arena, algunos con huecos hechos por las balas que atravesaban de parte a parte los cuerpos. Al pie del madero, manchas de sangre y unas gallinas que picoteaban, quizás, los restos de masa encefálica de un fusilado la noche anterior. El norteamericano jefe de guarnición tenía un perro que llevaba con él a los fusilamientos para que lamiera la sangre de los cadáveres.
Llegamos a la última posta después de atravesar el foso de los laureles, una alameda de árboles frondosos; luego el extenso polígono por el que marchaban pelotones de guardias. En una de aquellas antiguas casitas de los oficiales habían instalado los Tribunales Revolucionarios. Entramos y me señalaron un cuartico pequeño, a la derecha. Dos sofás verdes y un aparato automático de Coca-cola era todo lo que había. Más tarde trajeron a dos mujeres vestidas con el uniforme de las presas. Una de ellas er Zoila; la otra, a la que veía por primera vez, era Inés María, una enfermera a la que habían detenido cuando ayudaba a Olver Obregón a ganar las montañas del Escambray para unirse a los alzados. Yo había sido incluido en aquel grupo. Originalmente la Policía Política pensó conformar con todos los detenidos aquella madrugada del 28 de diciembre de 1960, una sola causa. Luego cambiaron de idea y nos agruparon en cinco causas diferentes.

Luis Dominguez
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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:13 pm

CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 4
Muerte tras muerte
Trajeron otros prisioneros, para juzgarlos también. Eran los hermanos Bayolo, dos campesinos acusado de haber sustraído cartuchos de dinamita de las canteras de su pueblo natal. Los Bayolo no tenían abogado defensor; no les habían permitido establecer contacto con ninguno. Yo les prometí que si venía el mío le hablaría para que los defendiera. Pero ¿qué podría hacer él? ¿Cómo ayudarlos si ni siquiera conocía el caso? ¿Cómo podría organizar la defensa de reos a los que vería por primera vez diez minutos antes del juicio? El abogado que yo esperaba no asistió hasta más tarde, cuando ya habían llevado a los Bayolo, condenados a muerte.
Luego de una hora decidieron que el juicio no sería en éste, sino en otro edificio, el del Club de Oficiales. En aquel momento tres empleados de la Compañía de Teléfonos estaban siendo juzgados allí. Sólo Armando Rodríguez Vizcaíno salvó la vida; los otros fueron fusilados aquella misma madrugada. La esposa de uno de ellos, embarazada, lloraba sin consuelo. Fue la última escena que vi al salir.
Trece días habían transcurrido desde la madrugada en que fui sacado de mi hogar y llevado a la comisaría para hacerme unas preguntas. En ese corto tiempo la Policía Política preparó todo el proceso. En doce o trece días era materialmente imposible conversar a solas con el abogado que actuó mi defensa, y a él tampoco le permitieron acceso al sumario.
Sobre una plataforma de madera, una larga mesa en la que los miembros del tribunal charlaban entre sí, reían y fumaban tabacos que sostenían a un lado de la boca mordiéndolos al estilo de los matones. Todos vestían uniforme militar. Era uno de esos tribunales típicos que integraban de cualquier forma; estaba compuesto por obreros y campesinos.
Al comenzar el juicio, el presidente del Tribunal, Mario Taglé, subió las piernas encima de la mesa, cruzó las botas, se echó hacia atrás en el sillón reclinable y abrió una revista de muñequitos. A ratos se dirigía a los que estaban a su lado, les enseñaba algún pasaje de la historieta que había despertado su hilaridad y entonces reían juntos. En verdad, el prestar interés, aunque hubiese sido cortés, no era necesario, y ellos lo sabían. Las sentencias ya venían decididas y redactadas de la sede de la Policía Política. Se dijera lo que se dijera, se hiciera lo que se hiciera, la sentencia no variaría.
El fiscal inició el interrogatorio de Obregón acusándolo de ser un enemigo del pueblo. Luego le preguntó si me había conocido en la calle. La repuesta de Obregón fue negativa.
A Zoila le hizo la misma pregunta. Y obtuvo idéntica respuesta.
Ninguno me conocía. Nadie me acusaba de absolutamente nada.
El fiscal llamó al jefe del grupo que me detuvo en mi casa.
_¿Usted efectuó la detención del acusado?
_Sí, señor, y efectuamos un registro en su casa, pero no se ocupó nada...
_¡Cállese y no responda hasta que se le pregunte! _le gritó el fiscal, visiblemente molesto por aquella declaración que era muy beneficiosa para mí ante los ojos de los pocos espectadores militares presentes. A los familiares les estaba prohibido asistir al juicio y ni sabían cuándo se celebraría.
El abogado defensor de Obregón, el doctor Aramís Toboada, había sido compañero de estudios de Castro en la universidad y luego de graduados trabajaron en le mismo bufete. En una ocasión Castro pidió a Taboada que escribiera un libro sobre aquellos años. Debía ser una apología del dictador, una obra para engrosar la extensa producción dedicada al culto de la personalidad de Castro. Toboada fue dilatando la solicitud, y acabó en las cárceles políticas. Años después fue indultado, pero sólo por cierto tiempo. En 1983 fue nuevamente encarcelado, acusado de ser uno de los responsables de que filtrara al exterior la noticia de que cinco jóvenes sindicalistas iban a ser fusilados por intentar organizar un sindicato independiente al estilo Solidaridad, denuncia que generó una campaña internacional de protesta.
Toboada, al principio de los años 60, solía defender a presos políticos y tenía, por sus relaciones, muy buena información anticipada de las sentencias. Por él se conoció que no había penas de muerte en nuestro juicio. Ya esto significó un gran alivio.
El fiscal no pudo aportar una sola prueba en mi contra. Inició un monótono discurso acerca de la Cuba anterior a Castro, arremetió contra la explotación yanqui, habló de la prostitución u terminó diciendo que todos los acusados en aquella sala queríamos el retorno al pasado ignominioso del capitalismo explotador.
Me hizo dos o tres preguntas, en especial relacionadas con mis creencias religiosas.
_Entonces usted está de acuerdo con los curas esos que redactan pastorales contrarrevolucionarias.
_Yo no tengo nada que ver con eso.
_Pero las investigaciones dicen que usted tiene muchas relaciones con los curas y que estudió en un colegio católico.
Se volvió hacia el presidente del tribunal y le dijo que yo era un enemigo de la revolución y que había cometido los delitos de estragos y sabotaje y recitó un número de artículos que supuestamente se referían a las sanciones que yo merecía.
Ni entonces ni después, porque durante 20 años lo seguí preguntando, ninguna de las autoridades pudo decirme dónde cometí un delito de estragos. Se llama así a los destrozos que ocasiona una bomba, un incendio, un acto cualquiera de sabotaje. Son algo concreto, visible, palpable. Le pregunté al fiscal dónde, en qué fábrica, en qué establecimiento, en qué fecha. No pudo responderlo, porque nunca hice nada parecido.
Es como si a alguien que estuviera acusado de asesinato y preguntaran al fiscal a quién había dado muerte, éste le respondiera que no sabía; y si indagara por el cadáver, le respondiera que no había cadáver. Algo así como haber dado muerte a un fantasma.
Ningún tribunal en un régimen de derecho me hubiese podido condenar. No hubo un solo testigo que me acusara, no hubo quien me señalara. Sin una sola prueba fui condenado por la equivocada convicción de la Policía Política.
No fue ni caso una excepción. Otro de los más conocidos fue el del doctor Rivero Caro, abogado. No ha olvidado nunca las palabras del interrogador de la Policía Política, Idelfonso Canales, que visiblemente enojado por no lograr arrancar ni con torturas una confesión al detenido, le dijo claramente:
_¿Sabe usted qué es lo que lo pierde? Su mentalidad de abogado. Usted está contemplando su situación con mentalidad de abogado, y se equivoca. Mire, lo que usted declare en el juicio no importa; las pruebads que usted aporta tampoco importan; lo que diga su abogado, lo que usted alegue o proponga, no importa; lo que diga el fiscal y las pruebas que presente, no importa; lo que piense el presidente del tribunal tampoco importa. Aquí lo único que importa es lo que diga el G-2.
En la causa número 4-6 de 1961, en la que estaba encartado Jorge Gutiérrez, los abogados de oficio tuvieron acceso al sumario dos horas antes del juicio. El fical conocía que había dos penas de muerte. A uno de los abogados, por el poco tiempo que tenía, se le hacía materialmente imposible leer los documentos y le preguntó al fiscal, antes de comenzar el juicio, si existía alguna posibilidad de modificar la petición de pena de muerte. El fiscal le repondió que ninguna, que la orden de fusilarlos a las 9 ya estaba dada, que fuera tramitando todo el papeleo de apelación para cubrir la forma.
En algunas ocasiones, los presos que tenían relaciones con abogados muy cercanos a la dirección de la Policía Política podían saber, antes de la celebración del juicio, la sanción que recibirían en el tribunal. Fue precisamente un contacto como éste el que permitió a la anciana madre del comandante Humberto Sorí Marín saber que su hijo, uno de los hombres cercanos a Castro, iba a ser fusilado, acusado de conspiración.
Irónicamente, Sorí Marín había sido el autor de una conocida ley mediante la cual fusilaron a decenas de partidarios del dictador Batista en los primeros meses de 1959. La mañana que Sorí Marín entró al patio de La Cabaña fue quizá el momento más difícil de su vida. Había allí una galera de hombres que esperaban ser fusilados en virtud de aquella ley y de su personal petición de pena máxima, y muchos otros ya habían caído frente al paredón. Por eso su asombro no tuvo límites cuando uno de aquellos condenados a muerte le tendió la mano y le dijo:
_Doctor, siéntase usted entre amigos. De esa reja hacia adentro todos somos compañeros.
Era el ex comandanate Mirabal, antiguo jefe del Servicio de Inteligencia Militar y uno de los participantes del golpe de estado dado por Batista el 10 de marzo de 1952. Llevó a Sorí a la galera, le buscó una cama, le obsequió uno de sus mejores tabacos y le dijo simplemente:

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:14 pm

_¡Que Dios nos ayude, doctor!
Sorí Marín fue uno de los más estrechos colaboradores de Castro. Luchó junto a él en las montañas y formó parte de su Estado Mayor. Hizo y firmó la ley de Reforoma Agraria. En los primeros mese del triunfo revolucionario, estos lazos se anudaron más todavía. Castro solía almorzar algunas veces en la casa de Sorí Marín, atraído por la excelente cocinera que era la madre de éste. Por eso, la señora Marín, cuando supo que su hijo iba a ser fusilado, transida de dolor fue a ver a Castro. El encuentro fue dramático. La anciana se abrazó llorando al líder revolucionario, que le acariciaba la cabeza venerable.

_Fidel, te lo suplico... que no maten a mi hijo, hazlo por mí...
_Cálmese..., a Humberto no le pasará nada, se lo prometo.
Y la madre de Sorí Marín, loca de alegría, todavía con los ojos llenos de lágrimas, besó a Fidel y se marchó corriendo a comunicar a la familia que lo había logrado. Ella tuvo esperanza en que lo perdonaría, ¡habían pasado tantos peligros juntos!, ¡habían compartido tantos sinsabores y angustias! Aquel pasado común no podía olvidarse así como así.
La noche siguiente, por orden expresa de Castro, Humberto Sorí Marín fue fusilado.
Los hombres que lucharon con Castro para establecer la democracia fueron engañados; algunos huyeron del país, otros volvían a empuñar las armas o participaban en planes conspirativos. Ya los oficiales y policías del régimen depuesto, a los que acusaron de delitos criminales que no fueron comprobados en muchos casos, habían sido fusilados. Eran los días aquellos en que un grupo de señoras, vestidas de negro, penetraba en las galeras aguzando la vista, escrutando los rostros... bastaba que una de aquellas mujeres levantara el índice para acusar a alguien...
_¡Ese... ése fue el que mató a mi hijo!
Aquel testimonio, sin otra comprobación, era suficiente. El preso era fusilado. Esta situación se prestó a venganzas personales, sin ninguna vinculación real con hechos criminales. En los primeros días de enero, el 21 exactamente, Castro, en una manifestación frente al Palacio Presidencial, declaraba:
_Los esbirros que estamos fusilando no van a pasar de 400 _pero muchos más habían caído ya frente a los pelotones en aquellos días de barbarie y de muerte.
El día 12 de enero, en el campo de tiro situado en un pequeño valle llamado San Juan, en el extremo de la isla, en la provincia de Oriente, cientos de militares del derrotado ejército de Batista fueron metidos hasta las rodillas en una zanja de más de 50 metros de largo, las manos atadas a la espalda, y ametrallados allí; luego, con máquinas bulldozer, cerraron la zanja. No les habían celebrado juicio siquiera. Muchos de aquellos soldados eran jovencitos que entraron en el ejército por apremios económicos. Aquellos fusilamientos fueron ordenados y presenciados por Raúl Castro. Y no se trató de un hecho aislado; otros oficiales de las guerrillas de Castro fusilaron masivamente a los ex militares, sin juicio, sin que existiera contra ellos cargo alguno, únicamente como una operación de represalia contra el ejército derrotado.
Contaban los que estaban en La Cabaña desde los primeros días del 59, que cuando en el rastrillo aparecía una de aquellas comitivas de mujeres, algunos se escondían bajo las camas. Fue muy conocido el caso de una madre que señaló al supuesto asesino de su hijo. Lo ejecutaron a las pocas horas, pero al día siguiente el hijo, sano y salvo, llegó de Venezuela, donde estaba exiliado sin que su madre lo supiera, y se apareció en la prisión, horrorizado por la idea de que habían matado a un inocente.
En las galerías once, doce y catorce habían agrupados a los más disímiles personajes: estaban allí los oficiales del ejército de Batista y los revolucionarios que los habían vencido. Muchos de aquellos ex castristas murieron por las mismas leyes que habían dictado para fusilar a sus enemigos. Estaba David Salvador, dirigente del Movimiento 26 de julio y ex secretario general de la Confederación de Trabajadores de Cuba, muy conocido, además de por sus méritos revolucionarios, por su radicalismo. Fue él quien en un mitin, al comienzo del proceso revolucionario, arrebató el micrófono al ex presidente de Costa Rica, José Figueres, cuando éste señaló que en un conflicto armado entre Estados Unidos y Rusia, Latinoamérica formaría al lado de los norteamericanos. Fidel estaba en la tribuna y aquel gesto del jefe del movimiento obrero le hizo sonreír con simpatía. No obstante, unos meses más tarde David Salvador era condenado a treinta años de cárcel por contrarrevolucionario.
La maquinaria de la revolución no se detenía y, como Saturno, devoraba a sus propios hijos. Pero en aquella población carcelaria tan heterogénea, formada por banqueros, estudiantes, ex militares de uno y otro bando, obreros, campesinos, había algo que los unificaba a todos, un principio de identidad más poderoso y decisivo que las viejas discrepancias: todos llevaban una P negra en la espalda y eran las mismas bayonetas las que los acosaban y herían, y los mismos fusiles los que aguardaban para fusilarlos.
Si algo caracterizaba aquellas épocas difíciles era la camaradería, el compañerismo. Quizá se producía algún encono aislado cuando llegaba un revolucionario que había sido el fiscal que acusó a alguno de los que estaban allí, o le pidió la pena capital, o el que lo detuvo; pero, en general, eso sucedía poco. Rejas adentro se despertaba el espíritu de solidaridad frente al común opresor: los comunistas.
Guillermo Díaz Lanz era hermano del primer jefe de la Fuerza Aérea Revolucionaria, que escapó a los Estados Unidos a los pocos meses del triunfo revolucionario y desde allí combatía a Castro. Para Guillermo ese parentesco constituyó un delito. Lo condenaron por ser hermano del "traidor" Pedro Luis Díaz Lanz, sólo por eso. Guillermo era un magnífico pintor, muy completo, que manejaba con destreza la técnica del retrato, la caricatura, el paisaje o el diseño. Una mañana, sobre el pedazo de pared encima de la reja del fondo, escribió un pensamiento de José Martí, el Apóstol de la independencia cubana:
Asesino alevoso. Ingrato a Dios. Enemigo de los hombres el que so pretexto de dirigir a las nuevas generaciones les enseña un cúmulo absoluto de doctrinas extrañas y les predica al oído, antes que la dulce plática del amor, el evangelio bárbaro del odio.
En el recuento de la tarde el oficial de recorrido vio el pensamiento. Al día siguiente la guarnición irrumpió en la galera. La alusión a Castro era clara. Un pensamiento de Martí no podía ser subversivo. Al menos Guillermo lo había creído así; pero se equivocaba. Le obligaron a borrarlo y se lo llevaron a las celdas de confinamiento solitario; al salir del rastrillo descargaron varios bayonetazos en su espalda.
* * *
Eran las tres de la madrugada aproximadamente cuando el grito de: ¡REQUISA! dado desde las galeras más cercanas al rastrillo nos despertó a todos. Casi al instante el patio se llenó de guardias, pero no abrían las rejas. La situación era extraña. Los militares seguían frente a las galeras. Cuando abrieron y dieron la orden de salir comenzaron los golpes; pero no entraron, golpeaban afuera. Uno de nosotros, Goicochea, anciano de 78 años que casi no podía caminar, fue empujado, cayó al suelo y se fracturó el fémur.
Con el terror y la angustia que me producían las requisas olvidé mi reloj al salir, el cual guardaba dentro de un zapato al acostarme. Sacarlo en las requisas era una medida que tomábamos siempre los que teníamos reloj. Ahora con toda seguridad lo perdería. Y si el preso ser atrevía a reclamar, los militares lo consideraban como una acusación de ladrones. Perdería seguro el reloj, que había sido un regalo de mi padre.
Nadie levantó a Goicochea; pasábamos por su lado huyendo de los golpes y tratando de no pisotearlo. Corríamos hasta la pared de enfrente, donde nos agrupábamos siempre bajo los gritos de los guardias que allí nos esperaban armandos de fusiles con bayoneta calada. En aquella requisa, como en algunas otras, estaban presentes pelotones de la Policía Nacional Revolucionaria, que colaboraban con la guarnición de La Cabaña. Esta vez había un propósito especial: el Gobierno revolucionario había iniciado meses atrás una campaña de recaudación de fondos para la compra de armamentos. La consigna del propio Castro a principios de 1959: "¿Armas para qué?", había quedado en el olvido y predominaba ahora el afán de armarse... El Gobierno había pedido al pueblo que contribuyera con dinero y con joyas: anillos, pendientes, cadenas de oro... Todos los presos fueron despojados de los relojes, las cadenas, los anillos de bodas. Uno a uno, al ir entrando a las galeras, completamente desnudos, les quitaban sus prendas. Los oficiales gritaban animando el despojo:
_¡Arriba, ustedes también tienen que contribuir a la compra de armas y aviones! _si alguno se atrevía a no entregar una prenda era, ademas, golpeado... Mi reloj había quedado dentro de los zapatos, donde lo guardaba todas las noches. Con toda seguridad lo habían encontrado en el registro de la galera.
En un maletín de lona habían ido colocando las prendas. Cuando regresamos a las galeras, un revoltijo de ropas y artículos personales llenaba el pasillo. Ya seguros, sin la presencia de los guardias, los prisioneros descargaban su indignación acusándolos de ladrones. Cuando recogí uno de mis zapatos bajo la litera, me sorprendió encontrar el reloj, que había escapado a la requisa. Y sentí miedo. Miedo a tener conmigo aquel reloj que me pertenecía. ¿Qué hacer ahora? ¿Y si la guarnición interpretaba que se lo había ocultado? Podían sentirse burlados, desafiados. ¿Qué hacer, Dios mío? Me quedé allí, con el reloj en las manos, como atontado, mientras algunos a mi alrededor lo miraban incrédulos y preguntaban:
_¿Cómo pudiste pasarlo...?
Me embargaba la preocupación de tener mi propio reloj. Tenía que ocultarlo como si lo hubiera robado. Pasó por mi mente la idea de ir a la puerta, llamar al escolta y entregarlo buenamente, luego de explicar lo sucedido. Así me evitaba represalias; pero me pareció un proceder flojo, débil y hasta mezquino, que me hacía sentir mal conmigo mismo. Decidí no hacerlo y creo que, de alguna forma, fue aquella decisión la que sentó definitivamente mi comportamiento futuro. Actuaría siempre en armonía con mis criterios, porque serían más soportables las represalias que las censuras y reproches de mi propia conciencia.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:15 pm

CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 5
El año del paredón
La lucha del pueblo cubano tratando de que el comunismo no se consolidara se incrementaba día a día. Voraces incendios consumían grandes almacenes y tiendas de la capital. Cientos de hectáreas de sembradíosde caña de azúcar eran pasto de las llamas y las noches cubanas eran alumbradas por aquellos gigantescas hogueras. Las bombas demolían tendidos telefónicos y electrónicos y descarrilaban trenes; los enfrentamientos armados entre los patriotas y las fuerzas represivas, en la ciudad y en las montañas, eran constantes.
A medida que la resistencia aumentaba, también aumentaba el terror del Gobierno. Caían frente a los pelotones culpables e inocentes. En las montañas, cuando las tropas del Gobierno apresaban a los patriotas, éstos eran fusilados en el sitio de su captura, y los médicos forenses les abrían el abdomen para tratar de localizar al resto de la guerrilla guiándose por los alimentos que tuviesen en el estómago.
Castro había manifestado en el teatro de la Confederación de Trabajadores de Cuba:
_Contestaremos a la violencia con la violencia. Por fin es que nosotros no tenemos a Dios, pero tenemos una infantería que es la mejor del mundo.

Juan Carlos Alvarez Aballí tuvo la fatalidad de ser detenido en su hogar en medio de aquel clima de violencia. Simplemente le dijeron que tenía que aclarar algo en la sede de la Policía Política. Estaba en mangas de camisa; cuando fue a ponerse una corbata y el saco, los militares le manifestaron que regresaría en menos de una hora, que no tenía que vestirse con elegancia. Besó a su esposa y a sus hijos. Estaba tranquilo, con esa confianza que da el saber que nada se ha hecho. Uno de los agentes, el más viejo, tuvo unas palabras para la esposa:
_No se preocupe señora, dentro de una hora a más tardar, yo mismo se lo traigo.
El cuñado de Alvarez Aballí había buscado refugio en una Embajada _estaba complicado en actividades conspirativas_. Esta era la única razón por la que Alvarez Aballí era detenido ahora. Ya que no podían echar mano al que estaba en la Embajada, al menos lo tendrían a él. Y allí estaba, en el patio de la prisión, esperando por un juicio injusto del que pensaba salir absuelto. Hasta que escuchó la petición del fiscal: le acusaba de estar conspirando con su cuñado, el que estaba asilado en la Embajada, y le pedía pena de muerte. Cuando leyó el documento, Alvarez Aballí se desplomó llorando y repitiendo que era inocente.
La tarde que lo llamaron a juicio estaba sereno y tenía puesta su fe en Dios. Con vehemencia y sinceridad conmovedoras contó al tribunal toda su vida, dedicada por entero a su trabajo y a su familia, alejado de cualquier actividad política. El abogado defensor, en un acto de valor, se atrevió a presentar una carta del cuñado, certificada por el embajador, en la que se hacía único culpable de una sustracción de armas y explicaba, con detalles, hechos que demostraban la inocencia de Alvarez Aballí. El tribunal rechazó rotundamente la carta de Juan Miristany y planteó que si éste salía de la Embajada y se entregaba a las autoridades, entonces cambiarían la sentencia.
Al día siguiente de finalizado el juicio fue conducido a las celdas para los condenados a muerte. Con él iba otro prisionero que tuvo mejor suerte y a quien sacaron de la celda unos minutos antes de que Alvarez Aballí fuera llevado al paredón. Nos contaba que frente a la muerte éste se creció, pasó todo el tiempo rezando y se despidió con un abrazo. Pero ni una sola lágrima asomó a sus ojos.
Cuando lo sacaron rumbo a los fosos, pasó frente a los retratos de Fidel y Raúl Castro y se detuvo un momento, exclamado:
_¡Y pensar que por estos dos miserables quedan cinco huérfanos!_ Y, colérico, se volvió hacia el teniente Manolito, jefe de la prisión, y le dijo:_Vamos, terminemos esto rápido.
Enrique Tellería era el jefe del pelotón. Cuando la descarga de fusiles atravesó el pecho de Juan Carlos Alvarez Aballí, Castro anunciaba en su discurso la partida de los primeros mil niños cubanos hacia la Unión Soviética para que estudiaran allá. Eran hijos de obreros y campesinos. Mientras tanto, los de Juan Carlos quedaban sin padre.
A todo lo largo de la isla los pelotones de fusilamiento no cesaban de ejecutar. Fue en aquellos días que el capitán Antonio Núñez Jiménez declaró que en lo adelante el año 1961, que había sido bautizado como "Año de la educación", se llamaría "Año del paredón". Y fue cierta su predicción.
Los condenados a muerte, al salir del juicio, no regresaban a las galeras. Eran conducidos a unas celdas pequeñitas, situadas al final de la galera 22, donde alojaban a los militares del Ejército revolucionario sancionados por robo, drogas y otros delitos comunes. Estos presos se mantenían separados de nosotros por el pequeño patio rodeado de altas verjas que constituía el rastrillo, lo que evitaba el contacto físico con los mismo; pero podían verse desde nuestro patio.
Los condenados a muerte eran confinados a aquellas celdas individuales, para llegar a las cuales tenían que pasar a todo lo largo de la galera de los presos comunes militares. En ese recorrido, acompañados de los escoltas, con las manos amarradas a la espalda, eran insultados y recibían toda clase de humillaciones por parte de aquellos delincuentes comunes, que buscaban, quizá, ganar mérito con la guarnición, o que canalizaban verdaderamente su odio contra los que se enfrentaban a la revolución que muchos de ellos apoyaban. Pero no solamente eran los pocos instantes del paso obligatorio por su galera los aprovechados por los delincuentes comunes para atropellar y vejar a los condenados a muerte. Había quienes los seguían hasta sus propias celdas, a las que tenían acceso, y allí continuaban ofendiéndolos, negándoles en sus últimas horas la paz y el recogimiento que les permitieran rezar, repasar sus vidas, meditar. Las autoridades no ocultaban su beneplácito con estos procedimientos, y cuando había prisioneros políticos en las celdas de la muerte, repartían bebidas alcohólicas a los delincuentes comunes para que entonaran "La internacional" y celebraran los triunfos de la revolución sobre los contrarrevolucionarios.
El respeto al hombre que va a morir por sus ideales sólo pueden tenerlo quienes creen en Dios, en una vida espiritual trascendente. Por eso ni les concedían la asistencia de un sacerdote, ni respetaban sus últimos momentos.
Muchos condenados a muerte, lejos de sentirse derrumbados o amedrentados por tanta maldad, respondían con arengas políticas y denunciaban al marxismo frente a aquella chusma.
Algunos se dirigían a las autoridades pidiéndoles que no toleraran que aquellos delincuentes continuaran frente a sus celdas insultándolos. Mas para ellos no había un ápice de conmiseración. Desde que salían maniatados de los tribunales rumbo a las celdas de la muerte, comenzaban las burlas de los escoltas. Los despojaban de los zapatos y se los tiraban a los delincuentes comunes, que se los disputaban tumultuosamente.
Cuando la escuadra de guardias los conducía al paredón de fusilamiento, al pasar por la galera 22, eran despedidos con gritos "Viva Fidel Castro, viva la revolución".
Desde que la camioneta con los componentes del pelotón de fusilamiento traspasaba la entrada que conduce a los fosos, se escuchaba el ruido inconfundible del motor en las galeras y en las celdas de los condenados, que sentían acercarse el momento decisivo. En las galeras comenzaba entonces el murmullo de las letanías del rosario. En las camas, los presos guardábamos un silencio opresor y angustioso, mezclado con la impotencia de no poder hacer absolutamente nada por impedir la muerte de quien hasta horas antes compartía con nosotros sus esperanzas, sus sueños, sus preocupaciones. Un cúmulo de imágenes y pensamientos se confundían en nuestras mentes en aquellos instantes: sus hijos huérfanos, la viuda, la madre transida de dolor. También nos asaltaba, estremeciéndonos, la idea de que aquel a quien aguardaba el pelotón podía ser uno mismo. Y de pronto me veía con las manos atadas, amordazado, bajar aquellos escalones, conducido al foso... unos oficiales me empujaban y me rodeaban con una cuerda por la cintura... levantaban los fusiles y un relámpago ensordecedor retumbaba por todos los fosos... Así me sucedería a mí... lo esperaba. Cada noche ensayaba aquel camino, lo veía en mi mente, conocía el recorrido de memoria, cada escalón, el madero...
Luego del tiro de gracia siempre sollozaba alguien. Hubo noches de diez y doce fusilados. Se escuchaba la reja del rastrillo y alguien que avanzaba a la puerta para ver al amigo y gritarle el último adiós. No se podía dormir en las galeras. Fue entonces cuando Dios comenzó a convertirse para mí en un compañero constante, y la perspectiva de la muerte en una puerta para la verdadera vida, en un paso de las tinieblas a la luz eterna.
Para los condenados no había un solo átomo de compasión, de respeto. Si el sentenciado no caminaba con la rapidez que deseaban los escoltas, la emprendían con él a culatazos, lo arrastraban como un fardo y lo amarraban al poste.
El golpe de los martillos clavando las cajas de madera era repetido por el eco de los fosos. Los cadáveres no eran entregados a los familiares para velarlos y acompañarlos al camposanto. Una furgoneta con un letrero del INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria) en la que iban un oficial de la Policía Política y varios militares, se los llevaba hasta el cementerio, donde eran enterrados en fosas comunes, en una parcela reservada a ese fin por el Ministerio del Interior en el cementerio de Colón. No dejaban una marca, una tarja, nada que sirviera para identificarlos. Los familiares no tenían siquiera el triste privilegio de saber dónde quedaban sepultados sus seres queridos.
Pero no sólo desaparecían cadáveres; algunos detenidos eran sometidos secretamente a los procesos de interrogatorio y, al terminar, eran llevados directamente de la sede de la Policía Política al paredón de fusilamiento. Eso podíamos verlo desde el fondo de las galeras. Estando en el patio vi, con un grupo de mis compañeros, cuando bajaban a un hombre amordazado y con las manos atadas a la espalda. Vestía de verde olivo. Lo fusilaron con prisa. No había salido de aquella prisión. No lo conocía nadie. Esto sucedía muchas veces: fusilados y enterrados secretamente.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:16 pm

CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 6
Isla de Pinos
Dos altavoces tenía el patio de la prisión. Cuando los militares querían dirigirse a los presos, lo hacían a través de ellos. Una tarde, al terminar el recuento, comenzaron a leer una lista de prisioneros que debían recoger de inmediato todas sus propiedades. Iban a ser trasladados. Cuando llamaban a estos grupos se hacía un silencio total en toda la cárcel. Cada cual aguzaba el oído para distinguir si pronunciaban su nombre. Nunca decían para dónde era el traslado, pero desde La Cabaña, y tantos prisioneros, sólo podían tener un destino: Isla de Pinos.
Ya los que habían sido nombrados de mi galera comenzaban a echar sus pertenencias en bolsas de lona. Había como una angustia en el ambiente. El traslado para aquella prisión, situada en una isla del sur de Cuba, sobrecogía los ánimos. Eran muchos los horrores que se comentaban de lo que allá sucedía. Además, era el aislamiento de los familiares, mayor incomunicación. Al menos, en La Cabaña teníamos noticias frecuentes de la familia, un par de veces por semana. Luego de mi prohibición de que volvieran a visitarme, para ahorrarles la vejación de aquellos registros en los que desnudaban hasta a las más viejecitas, mi madre había ido una vez. Mi hermana no entró, la esperó afuera. Supe entonces por mi madre que el ministro de Comunicaciones le había enviado una carta donde le informaba que yo había sido expulsado de mi trabajo por "traidor a la revolución". Este mismo ministro pronunció unas palabras contra mí en una asamblea que organizaron los comunistas de aquella dependencia. Unos cartelones, enarbolados por algunos de mis ex compañeros, pedían: ¡paredón, ¡que lo fusilen!
La bocina seguía emitiendo la letanía de nombres y nombres: los repetía dos veces. Escuché el mío y abandoné la puerta para preparar mis cosas. Frente a mí Pedro Luis Boitel, y a mi lado Alfredo Carrión, también preparaban su equipaje. Fue aquel uno de los traslados mayores que se hicieron: más de trescientos en un solo llamado. Todos sabíamos que allá las visitas estaban suspendidas, que hacía solamente unos días habían matado a Monteiras a culatazos en una requisa y que imperaba el terror.
El traslado del preso es siempre a prisa. Cuando terminaron de leer la lista, pelotones de militares ya formaban frente a las puertas y ordenaban a los llamados que fueran saliendo. Con verdadera agitación íbamos echando en desorden nuestros escasos artículos en los sacos de lona de los que todos los presos se habían provisto, traídos por los familiares.
_¡Vamos... apúrense...! _los guardias repetían mecánicamente la orden. Se les veía cansados. En los traslados los retenes, los que salieron después de prestar sus servicios de posta, tienen que incorporarse y no pueden dormir. Esto los disgusta, los pone de mal humor y siempre es el preso el que paga las consecuencias.
Ya los primeros que había salido de las galeras 8, 9 y 10 se amontonaban en el patio, cargados con sus sacos y con otras bolsas de yute, y del cinturón, colgando, el jarro de aluminio y la cuchara, al cuello una toalla, y asomando por el bolsillo de la chamarra el cepillo dental y la pasta.
_¡Vamos... saliendo...! ¡Esos que llamaron, afuera...! _Eran muy dramáticas las despedidas de los que se quedaban. Los apretones de manos deseándoles suerte en el juicio. El abrazo a quien se sabe tiene muy pocas posibilidades de salvarse es como abrazar a un muerto. Y se tenía casi la certeza de que jamás se les volvería a ver vivos y en aquellos instantes no se sabía qué decirles, faltaban las palabras adecuadas y se les miraba a los ojos. En el corazón, silenciosamente, brotaba una plegaria por aquellos hombres.
Pedro Luis era de complexión débil, muy delgado, y sus fuerzas escasas. Había sido un niño enfermizo. Desde muy pequeño tuvo que comenzar a trabajar, ayudaba a uno de sus tíos a repartir café a domicilio. Así, con el esfuerzo de sus padres y voluntad de superación, llegó hasta la Universidad, donde estudió ingeniería eléctrica. Se sumó a los grupos de acción que combatían a Batista y en peligro de muerte logró escapar a Venezuela. Desde allí continuó ayudando a Castro. Fue en Caracas donde lo sorprendió la caída del tirano. En enero de 1959 regresó y se reincorporó a la Universidad, a su facultad, de la que había sido elegido presidente por los demás alumnos, que lo admiraban por su valor personal, hombría de bien y dotes de dirigente.
Pedro Luis casi no podía con su saco y lo arrastraba. Usaba un crucifijo grande _regalo de un sacerdote católico_ que lo acompañó en su candidatura a presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, a la que tuvo que renunciar personalmente amenazado por Castro, porque Boitel era un anticomunista activo. Fue entonces cuando pasó a la clandestinidad, en la que estuvo viviendo durante meses, hasta que fue capturado.
Casi doscientos presos con sus sacos estábamos en el patio. Un grupo de tenientes con listas en las manos comenzaron a llamar y los presos que estaban más cerca de los militares se volvían y repetían el nombre. Así fuimos saliendo y formando en el rastrillo de dos en fondo. Cuando hubo un grupo como de cincuenta, lo sacaron, y luego otro, y otro: así transcurrieron muchas horas. El nuestro fue casi de los últimos. Salimos a la calle, aquella misma que yo conocía de cuando me llevaron a juicio; pero ahora estaba llena de guardias que iban y venían constantemente, con cascos y fusiles con bayonestas.
_¡Arriba... formando ahí de dos en fondo! _Era un sargento negro y gordo al que no había visto antes. Los presos comenzaron a formar. Pasó el sargento, confrontó con unas listas que tenía en la mano y dio la orden de echar a andar. A la salida del primer túnel, un poco más allá de la entrada de la prisión, esperaban los ómnibus. Eran Leyland ingleses, pintados de blanco, de los que componían las líneas de Autobuses Modernos, S. A., expropiados por el Gobierno. El asiento del fondo estaba ocupado por seis escoltas con metralleta. Cuando se llenaron todos los asientos, otros escoltas se apostaron en las puertas y detrás del chófer. Un teniente amenazó a los que intentaran pararse, y partió aquella comitiva de varios autobuses escoltados por patrulleros de la Policía Nacional yh carros de la Policía Política.
Yo había escondido el reloj desde el día de la requisa. Con toda seguridad, al llegar a Isla de Pinos, lo descubrirían, y pensé que sería mejor que me lo pusiera en la muñeca. Pero no ahora, sino cuando estuviera acercándome a la otra prisión; quizá allí lograra pasarlo sin mayores consecuencias.
La caravana de autobuses dejó atrás la fortaleza, arribó a la vía Monumental, torció a la derecha y entró en el túnel, rumbo al campamento militar de Columbia, lugar de donde saldrían los aviones cargados de prisioneros hacia Isla de Pinos.
Sentado a mi lado iba Carrión. Boitel se había acomodado en el primero de los asientos. Siempre un traslado genera interrogantes en el preso, son mil las preguntas que se suceden y quedan sin respuesta. Hay una actividad mental muy intensa en cada uno de los hombres mientras se desliza el silencio y no se escucha una sola voz. Quizá muchos pasaron frente a sus propias casas porque hubo que atravesar la ciudad, y un cúmulo de recuerdos los asaltó de forma directa. ¡Cuantas veces yo mismo no había caminado por aquellas avenidas, libre, sin sospechar ni remotamente que un día pasaría por ellas siendo preso!
Llegamos al campamento militar, frente a las instalaciones y hangares de la Fuerza Aérea. Altas cercas y vigías con fusiles custodiaban el aeropuerto. Un poco más allá de los edificios de oficinas y dormitorios, las pistas grises y las siluetas de aviones de transporte que se desdibujaban en la noche opaca.
Bajamos frente a unas barracas. Guardias por todas partes. Entraban y salían. Se escuchaba el golpeteo de martillos. Estaban terminando de clavar unas tablas que clausuraban las ventanas. El salón estaba lleno de literas de dos pisos, de madera con una lona gruesa, sin almuhadas. Las órdenes se escuchaban afuera de manera constante. Colocaron postas rodeando el edificio y un guardia arrastró una silla y se sentó frente a la única puerta.
Boitel, Carrión, Ulises, Piñango y yo ocupamos dos de las últimas literas. Ya los presos comenzaban a adaptarse a la nueva situación. Se le preguntó al guardia por los servicios y hubo que esperar a que consultara a los superiores. Cuando llegó la respuesta, nos autorizaron a pasar de cuatro en cuatro.
Fuimos Boitel y yo más que por necesidad fisiológica, para inspeccionar el lugar con la idea de aprovechar cualquier posibilidad de escapar. Pero sólo existía una ventana muy alta, casi pegada al techo, y daba además al costado donde estaban las postas. Regresamos y nos tiramos en las literas, a pensar, a meditar, queriendo penetrar en el futuro que nos aguardaba.
Por entonces había un optimismo enorme en cuanto a la pronta caída del régimen. Hacía sólo unas semanas que los Estados Unidos había roto relaciones con Cuba, y el presidente Eisenhower declaró "la penetración comunista occidental". Se tenía entonces la creencia de que no se toleraría un régimen marxista en el continente americano. Los analistas esgrimían como argumento los tratados de la OEA, la proximidad geográfica a Estados Unidos... Se daba por seguro que Castro no duraría muchas semanas más en el poder. Por otra parte, y eso sí era más razonable, la resistencia cubana se hacía más y más poderosa. Almacenes y fábricas eran pasto de los incendios, se multiplicaban las guerrillas en las montañas. Y los que se alzaban no eran los terratenientes, ni ex soldados de Batista, sino los mismos que lucharon junto a Castro para establecer la democracia. Al verse engañados volvían a tomar las armas. Uno de los más conocidos y legendarios jefes lo fue el capitán Osvaldo Ramírez.
El día 11 de enero de 1961 Castro envió un mensaje a Ramírez.
_Díganle a Osvaldo Ramírez que sabemos que es un idealista. Que le invito a que converse conmigo para demostrarle que la revolución no es comunista; y que le garantizo que si no se convence, tendrá plenas garantías para regresar a las montañas.
Pero el capitán Ramírez, que conocía a Castro muy bien, le respondió que aceptaba la conversación, pero con un cambio: que subiera él a las montañas y si no los convencía, le darían garantías para regresar. Castro se indignó y ordenó atacar.
Decenas de miles de milicianos, en la más gigantesca operación que se recuerda, cercaron las montañas del Escambray persiguiendo a los rebeldes.
Todas las noches, en todas las ciudades de la isla las bombas estremecían el aire. Tableteaban las metralletas y caían sin vida combatientes de uno y otro bando.
Muy temprano, aún sin aclarar, entró un grupo de oficiales para contarnos:
_¡Arriba... a formar aquí para recuento! _adormilados, nos fuimos alineando, envueltos en las frazadas, porque hacía frío a pesar de estar la barraca completamente cerrada.
Trajeron un tanque de aluminio y nos dieron un pan y un sorbo de café. Nos ordenaron recoger y nos sacaron de aquel dormitorio. El cielo seguía gris y opaco, las nubes, muy bajas, corrían empujadas por el viento del norte. Atravesamos una de las pistas. Batallones de milicianos estranando las boinas verdes marchaban y cantaban himnos revolucionarios, entre ellos "La internacional". De aquel campamento militar había escapado Batista la madrugada de un primero de enero, hacía escasamente dos años. Ahora marchaban las milicias y aguardaban cientos de presos políticos un destino incierto.
El primer grupo fue selecionado por listas que ya venían confeccionadas de la prisión. Y llegó el avión, un viejo C-46. Los guardias gritaban y amenazaban a los que subían; era una medida de coacción para atemorizarnos... más todavía.
Cuando el avión giró, una nube de polvo, papeles sucios y basura nos envolvió. Estábamos a un costado de la pista, entre las hierbas amarillentas y resecas. Era necesario esperar que el avión regresara para transportar un nuevo contingente de hombres. Aquel traslado era lento y lo suspendieron porque el avión tenían que usarlo para llevar un lote de ganado a la provincia de Camaguey. Estuvimos allí hasta el anochecer; esperábamos que nos regresaran nuevamente a la barraca. Espera inútil. Habría que permanecer allí, a la intemperie, de noche y con un frío que calaba los huesos. Los militares recibieron refuerzos y tiraron un cordon de guardias alrededor de nosotros. Sacamos las frazadas y nos agrupamos lo mas estrechamente posible para esperar el nuevo dia... La explosion de las bombas se escuchaba ratos.
En la madrugada descendio bastante la temperatura y entonces fue imposible dormir: tiritabamos de frio. Cuando por encima de las casas y las copas de lot arboles, al otro lado de las cercas, comenzo a aclarar, trajeron un poco de café y pan. El viento barría la pista grisácea, inclinando las hhierbas o arremolinando papeles. Con cuidado saqué el reloj y me lo coloqué en la muñeca; lo tapaba la manga del uniforme, pero además até un pañuelo en torno a él. Quizá en la otra cárcel pudiera usarlo.
Sólo quedábamos un grupo, no muy grando. Frente a los hangares se formaron los pelotones de milicianos e iniciaron los ejercicios de marcha. Pasaban muy cerca de nosotros y nos miraban de soslayo. Muchos de aquellos hombres que estaban enotonces dispuestos a pelear defendiendo la revolución, caerían combatiéndola o irían a las cárceles políticas,

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Oct 26, 2006 11:18 pm

CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 7
Un modelo de presidio
La prisión de la Isla de Pinos era entonces la más grande de Cuba. Era el llamado Presidio Modelo. Lo construyó el dictador cubano Gerardo Machado. Seis edificios enormes, circulares, con una capacidad mucho mayor que la necesitada en los años 30, cuando fueron levantados. Alguien señaló al dictador que era demasiado grande, que jamás se llenaría aquel presidio, y Machado respondió:
_No te preocupes, ya vendrá alquien que lo llenará.
Ese alguien fue Fidel Castro.
Las puertas corredizas del primer cordón de seguridad se abrieron para dar paso a la comitiva. Hermosos y bien cuidados jardines era lo primero que veía el recién llegado. Presos comunes regaban y limpiaban de malas hierbas los rosales y marpacíficos. Al centro, el edificio de la dirección; a cada lado, en forma de arco, un grupo de casas para los oficiales. Al fondo se veían las moles enormes de las circulares, donde estaban los reclusos.
_¡Abajo, hijos de p...! ¡Ahora sí están presos, llegaron a la Isla!
El insulto nos golpeó el rostro, pero nadie respondió. Comenzaron a saltar del camión; frente a mí, dos compañeros venían unidos por las mismas esposas, y uno de ellos trataba de acomodarse buscando apoyo para bajar; un guardia del camión se acercó a su espalda y de una patada lo lanzó a tierra arrastrando en la caída a su compañero con la muñeca desgarrada por la pulsera metálica. Arriba del camión, el guardia prorrumpió en una burlona carcajada que fue coreada por el resto de los militares. Uno de ellos se acercó a los dos presos que, golpeados y magullados por la caída, trataban de incorporarse, y les dijo:
_¿Ven qué buenos somos? Hasta los ayudamos a bajar... _y otra vez las carcajadas burlonas. Y nosotros allí, impotentes, sin atrevernos siquiera a protestar, pensando que si aquel era el comienzo, cómo sería lo demás. Inmediatamente llegó un jeep, preguntando por uno de nosotros, que había estado involucrado en la muerte de un miliciano, muerto en un tiroteo. Sus dos compañeros habían sido fusilados y él condenado a 30 años.
_¿Dónde está ese hijo de perra? _gritó un sargento saliendo del jeep, enfurecido_. Ese es _respondió uno de los que nos escoltaban desde La Habana_. Vamos, apúrate, vas a saber ahora quiénes somos nosotros. _El preso fue empujado hacia el jeep y a golpes lo metieron dentro; uno de los guardias le pegó con la culata del fusil y un quejido sordo escapó de los labios de aquel infeliz, casi un niño todavía.
_Llévense a ése para el pabellón _gritó el sargento alto y gordo que parecía ser el que mandaba en aquel grupo_. Y ustedes _siguió, dirigiéndose a nosotros_, formando ahí rápidamente, vamos, apúrense. _Uno junto al otro nos alineamos, y comenzaron a comprobar nuestros nombres con la lista que traían los escoltas desde Cuba.
_Bien, ¿quiénes sonlos de la huelguita? _preguntó el sargento.
Se refería a una huelga que habían hecho unos presos en La Cabaña como protesta por los fusilamientos de aquel terrible mes de enero de 1961, cuando los comunistas, sedientos de sangre y mediante la publicación de una ley, legalizaban y buscaban excusas para justificar aquellos asesinatos, tratando de aterrorizar a los que ya comprendían el engaño y se lanzaban a la lucha para conquistar la libertad qeu tanto ansiaban.
Llamaron a Cheo Guerra, a Guillermo y a otros. Varios milicianos se separaron del grupo, las armas en ristre, caladas las bayonetas, indicando el camino que debían tomar: una carretera que se adentraba por el resto de las instalaciones del penal.
_¡Vamos, corran! _gritaban a las espaldas de los presos y los pinchaban con las bayonetas. Los vimos alejarse y vimos también cómo sus pantalones se iban tiñendo de sangre en los muslos. Uno de ellos tropezó y cayó, y sobre él cayeron las botas de los guardias, y lo patearon hasta dejarlo sin conocimiento, sobre un charco de sangre. Fue arrastrado por los guardias, lo supimos después. Mas para nosotros en aquel momento resultaba un espectáculo dantesco. ¡Qué lejos estábamos de imaginar que veríamos desde nuestras celdas, muchas veces más, aquel mismo ensañamiento contra otros presos que irían llegando a la Isla!
_Bueno, que suban éstos ya _dijo el jefe de escoltas. Y comenzamos a subir unas escalinatas que daban acceso a las oficinas y dirección del reclusorio. Una vez allí, nos condujerona lo largo de un corredor. Ni un solo momento habían cesado los insultos y las vejaciones para con nosotros. Eramos entonces trescientos doce hombres, y formábamos el último contingente de la cordillera más grande que fue trasladada a Isla de Pinos.
Llegamos al final del corredor; por una escalera descendimos a la parte inferior del edificio del presidio, una especie de sótano donde nos esperaban ya los milicianos frente a unos montones de ropas de presos. Eran los uniformes del antiguo ejército, con una P negra en la espalda y otras dos en las perneras.
_¡Vamos, rápido, quítense las ropas todos, vamos, encuérense! _Todo era agitación, todo había que hacerlo deprisa, bajo constantes amenazas de ser golpeados o bayoneteados. Comenzamos a desnudarnos. La camisa, el pantalón, la camiseta, los calzoncillos, todo quedó a nuestros pies.
_Los zapatos también, ¡c....! _gritó otro. Y también nos quitamos los zapatos y las medias.
No puedo describir lo que yo sentía en aquel momento. Me imaginaba, suponía, que lo mismo pensaban y sentían los demás, al verse así, desnudos, de cara a la pared, y aquellos milicianos y guardias riéndose y vejándonos con bromas y comentarios acerca de nuestra desnudez. Nada hay que deprima tanto como verse en esas condiciones.
_Ya, vuélvanse ahora y quédense tranquilos hasta que los llamen _dijo uno de los soldados.
Nos fueron llamando uno por uno hasta un banco que nos separaba de los guardias donde harían la requisa de nuestras propiedades, de lo poco que traíamos: algunas latas de conserva, medicinas, pasta dental, jabón, ropa interior. Y comenzó el saqueo. Nos quitaron todo lo que tenía valor o les gustaba. Mi reloj atrajo la atensión del teniente Paneque y casi me desgarra la muñeca para arrancármelo. Ahora sí lo di por perdido definitivamente. Eran buitres repartiéndose el botín, allí mismo. Con un descaro sin límites discutían entre ellos por la posesión de una u otra prenda: unas medias, una máquina de afeitar, una pluma. Llevaba conmigo un crucifijo regalo de un joven amigo, Neno Medina. Neno tenía apenas 16 años, pero Castro no había logrado engañarlo; toda su familia había pedido asilo político en Venezuela durante la dictadura porque su padre era un revolucionario de Castro. Neno, más que saber, intuía que el comunismo no era bueno para Cuba. Además, había caído en sus manos uno que otro libro, como La gran estafa, de Eudocio Ravines, que me comentaba con interés. Neno le decía a Fidel, ya en 1960, "Fidelosky". Obligado a ingresar en las milicias, viendo traicionada la revolución por la cual luchó y murió su padre, lo trasladaron como chófer a las montañas del Escambray, en una operación militar destinada a sofocar los reductos de rebeldes que luchaban contra Castro. Neno no pudo soportar aquello, porqeu estaba del lado de los azaltados. Tomó entonces una dramática decisión: conduciendo un camión lleno de tropas, apretó el acelerador a fondo y lo lanzó por un precipicio. Todos murioron.
La mano del teniente Paneque se alargó hacia mi cuello y tiró con furia, pisotearon y patearon bruscamente el crucifijo, y por el suelo quedó la cruz hecha pedazos.
De pronto, en el extremo opuesto al que yo me encontraba, se escucharon risotadas, exclamaciones de indignación y casi inmediatamente el preso que protestaba atacó a puñetazos a uno de los guardias que lo requisaba. Le cayeron encima varios militares. El preso se debatía, mordía, arañaba, hasta que los golpes lo hicieron desplomarse al suelo, la cabeza rota y la cara empapada por la sangre que le brotaba de la nariz. Trató de incorporarse y un culatazo en la espalda lo hizo caer de nuevo. Los demás guardias que nos rodeaban, al comenzar la pelea, retrocedieron inmediatamente, manipulando los fusiles y ametralladoras, amenazándonos con nerviosismo.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por salazares5 el Vie Oct 27, 2006 6:28 am

luisdo he leido estos capitulos y de verdad uqe son aterradores tengo una pregunta a valladres momentos antes de ponerlo en libertad en cuba quisieron hacerlo pasar por cobarde y flojo alegando que simulo una paralisis y sacaron un video en el que se le veia levantarse de la silla de ruedas en el supuesto de ser esto cierto no tiene la menor importancia pues es totalmente licito y digno que un hombre trate de defenderse de la m,ejor manera posible sabes algo a este respecto saludos

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Alcaldesa el Mar Oct 31, 2006 1:49 am

Horror autentico y desgarrador.
No, yo no lo lei todo de un tiron, tendra que ser a pedacitos.
Poco a poco, asi como esta, en capitulos.
Todo junto me envenenaria.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Jalh el Miér Nov 01, 2006 12:01 am

ya me lei el una parte y esta interesantisimo , creo que me pasare toda la madrugada leyendo esto :D.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Miér Nov 01, 2006 12:32 am

Y preparence, muy porto le podremos preguntar a la persona que escribio esto sobre su experiencia, Puse esto aqui a proposito, porque muy pocas personal saben estas cosas de Cuba. Estas cosas no deben pasar nunca mas, y lo mejoir que podemos hacer es aprender del pasado, lean el Libro es muy bueno y tiene muchas fotos de los companero de Armando en Prision.
Armando cuando leas esto ponte en contacto conmigo a traves del mensajero privado, o escribeme a mi email, tengo unas cositas para ti. Gracias
Luis

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Nov 02, 2006 9:14 am

Against All Hope: A Quick Assessment


Book Description
Against All Hope is Armando Valladares' account of over twenty years in Fidel Castro's tropical gulag as a result of his philosophical and religious opposition to communism. He gives a picture of the Cuba that he lived in and tells of how his deep Christian faith kept him from abandoning hope during the most evil treatment.



  • Language: English
  • ISBN: 1893554198
  • Product Dimensions: 9.0 x 6.1 x 1.3 inches

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Nov 02, 2006 9:31 am

ARMANDO VALLADARES, El legado de su Obra “Contra toda Esperanza””
Reseña de R.Bofill para la Revista Siglo XXI, lunes 5 de agosto del año 2002


El título del libro, “Contra Toda Esperanza”, del escritor y ex prisionero político Armando Valladares, resuena cada vez con un significado mas trascendental, en estos tiempos de nuevos desafíos de la oposición interna, frente a la opresión del orden castrista. Se trata de que, uno de los grandes significados de la obra “Contra Toda Esperanza”, de Armando Valladares, lo constituye la descripción histórica de la resistencia cívica al totalitarismo comunista desde l959, que los democrátas cubanos llevaron a cabo para enfrentar al estalinismo criollo, tanto a todo lo largo y ancho de la isla, como, de manera muy especial, la batalla de desobeciencia civil y de activismo frente a la tiranía, que se escenificó dentro del presidio político de Cuba.

Precisamente, este indispensable texto, “Contra Toda Esperanza”, es el relato de una parte de esa saga heróica, que fue la desigual lucha que entablaron los prisioneros políticos cubanos, quienes ha pesar de estar constantemente amenazados de muerte mediante los paredones de fusilamientos, de ser personas desarmadas, medias muertas de hambre, sin asistencia médica, sometidos a todo género de tórturas, de agresiones, de extorsiones y de tratos crueles y degradantes en grado superlativo, sin embargo, jamás pudieron ser derrotadas por el ejercito de rufianes y de asesinos de la peor ralea, a quienes Fidel Castro nombró como sus carceleros y sus exterminadores.

El sueño de la instauración de un estado de derecho democrático en la sociedad cubana, que por épocas parecía mas una inspiración romántica de idealistas que estaban dispuestos a dar sus vidas, aunque de momento no existieran posibilidades de triunfar sobre adversarios que, por decenas de miles en número, superaban las fuerzas de los oposicionistas prisioneros. Esa leyenda imborrable, que pervive en las conciencia de todos los que vivimos aquellos enfrentamientos contra la tiranía, desde las trincheras de ideas, de abnegación y de dedicación absoluta al espíritu de misión al servicio de los derechos humanos y de las libertades públicas. Esa mística, tal vez indescriptible con palabras, es el elán vital que recogen esas páginas que son fuentes inagotables de inspiración que es, repito, el libro CONTRA TODA ESPERANZA, de nuestro hermano Armando Valladares.

Precisamente, en un día como hoy, en el que la oposición civilista cubana se ha propuesto llevar a cabo una jornada de protesta nacional, frente a las maffias de pandilleros que controlan el país de los cubanos, a fuerza de hambre, fuete, reja y cañon. Para esos heraldos de la nueva sociedad libre, que irrevocablemente habrá de tener su aurora, pero que ellos tratan sobremanera de adelantar. Para los que son seguidores de las resistencia ciudadana, de aquella que desde los primeros años del totalitarismo integró las varguardias del pueblo de Cuba, de esa que peleo contra el comunismo desde el presidio político cubano, como narra Valladares en “Contra Toda Esperanza”. Para todos esos que hoy, a cara descubierta y a voz en cuello, una vez mas enfrentan la barbarie del arsenal castrista, dedico este mensaje que retomo de Armando Valladares. No importa hermano que, transitoriamente, al final de estas jornadas no alcancen todos los objetivos aspirados. Mas aun, aunque de momento, a los incrédulos, a los cínicos y a los descreídos de siempre, les parezca que vuestra lucha y nuestras luchas son, “Contra toda Esperanza”, como un día pareció que era el combate frontal frente al comunismo en el mundo, les respondemos, NOSOTROS SI TENEMOS TODAS LAS ESPERANZAS PUESTAS EN QUE LA VICTORIA DE LOS VALORES DEMOCRATICOS ES SEGURA, al igual que lo fue en la hoy extinta Unión Soviética y, en toda su órbita de vasallaje.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Luis Dominguez el Jue Nov 02, 2006 9:34 am

Contra toda esperanza
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Contra toda esperanza, de Armando Valladares, es un libro que llega tarde a nuestra Isla. Ya el autor había sido condenado por los escribas del castrismo. La distorsión de su imagen trataba de minimizar el efecto de sus denuncias en el exterior.
Su obra, difundida en Europa, en los Estados Unidos y en varios países de América Latina, es un rotundo mentís a los voceros oficiales que, espada en mano, nos presentaron a un demonio. Ahora, con su testimonio en nuestras manos, podemos percatarnos de ese mundo patético que se nos ha ocultado durante décadas.
En Contra toda esperanza, el narrador-personaje que transitó por las cárceles nos presenta la tragedia de los hombres que le acompañaron en situaciones extremas. El autor subordina el yo narrativo a la idea que desarrolla. Logra un equilibrio entre el yo y la historia, entre el creador y las circunstancias, lo cual hace creíble el relato, pues controla el material y logra implicarse e implicarnos en la trama descrita, aún vigente para los que todavía padecemos un sistema que nos roba hasta los sueños.
Valladares logra la introspección. Se apega a la vida dentro de su propia piel en medio de una violencia silente e inusitada. Pero no se limita al testimonio personal: indaga el entorno carcelario que padeció en 39 capítulos breves, en los cuales cobra movimiento la tragedia colectiva de quienes se enfrentaron al régimen revolucionario en su despegue, cuando todo se justificaba en nombre de un futuro utópico que nos ha dejado exhaustos y sin libertades.
Bajo la superficie de la prosa discurre la vida insólita del presidio: el hambre, el miedo, la incertidumbre, la amistad y las golpizas de los carceleros. Sólo Dios y la mujer que espera disminuyen la solapada irritación del hombre que evoca el pasado reciente. Pero hay matices, inflexiones y cambios que humanizan el panorama desolador. La esperanza se rompe con los traslados que acaban con los planes y las amistades. El virus de la espera, la calma explosiva, las requisas, las reflexiones. Nada escapa en ese testimonio doliente y apasionado que salta la catarsis y perdura por sus valores literarios.
Una denuncia tras otra muestran el horror con el sentido factual del ensayista que crece espiritualmente en situaciones adversas para la creación. Poco a poco, hecho tras hecho, nombre tras nombre, se desmonta la injusticia de un sistema intolerante y cerrado que cultiva la mentira y la represión. Son escenas reales narradas sin odios desde la propia experiencia.
El tono mesurado del narrador salva la obra del panfleto político contra los represores. El autor juzga, pero no condena; valora, pero no maldice. Logra controlar las frustraciones. Su voz se transforma en instrumento de catarsis colectiva que entreteje lo personal y lo político.
Se aprecia una emoción concentrada, un equilibrio entre el mundo de los reclusos y el yo del narrador, que utiliza la primera persona del singular e indaga en las escenas de un largo cautiverio. Modula con profundidad su propia experiencia. Recrea sucesos de la época que incidieron en la demencial represión y legitimaron el proceso social y su sistema carcelario.
Contra toda esperanza es la historia de una vida, escrita en la desesperación. Los sucesos seleccionados, el carácter cinematográfico de las escenas y la economía lingüística del narrador, le confieren un valor ético y literario a esta obra que se integra por derecho propio a nuestra historiografía mas reciente.
El texto, a veces crudo, directo, de imágenes desnudas que integran un plano sin salida, nos conduce por el túnel del encierro y la alienación, donde la vida interior es el único refugio: Dios es una tabla de salvación. La elocuencia del silencio es un boleto para la poesía y la escritura. Tal vez por ello el autor pudo escribir este catálogo de la barbarie que padeció saltando por encima del odio, la ira y el miedo.
La contraposición de hechos y personajes dota al libro de complejidad y aporta colorido a las anécdotas y sucesos. Tan abarcadora y rica mirada avala el talento del autor. La parcialidad es palpable. La lectura, deliciosa.
La prosa no pierde el foco. La coherencia es notable. Siempre sabemos quién habla, qué dice, cuál es la relación entre una y otra situación. El equilibrio interior favorece la fluidez y la lectura.
El libro es un grito de angustia. Un recuento de torturados y desaparecidos. Desfilan por sus páginas Pedro Luis Boitel, Ibrahim Torres, Cuco Cervantes, Rene Silva, Alfredo Carrión, Julio Tan Texier y otras víctimas del régimen.
En el extremo opuesto revela los desmanes de altos oficiales implicados en la represión. Es el caso de los comandantes Osmani Cienfuegos, William Gálvez y Julio García Olivera. Evoca, además, a Medardo Lemus, jefe de las cárceles cubanas, y al teniente Julio Tarrau, director de la prisión de Isla de Pinos, responsable de muertes, torturas y mutilaciones.
También el libro refiere la tragedia de revolucionarios cubanos y extranjeros juzgados y encarcelados en aquellos momentos por criticar o enfrentar al régimen. Recuerda al respecto a los comandantes Huber Matos, Jesús Carreras, Eloy Gutiérrez Menoyo, Mario Chanes, Alberto Mora y Humberto Sorí Marín. Entre los extranjeros recuerda la odisea del comunista francés Pierre Golendorf, encarcelado en La Cabaña; el socialista hispano-sueco Ramón Ramudo, confinado en otra cárcel habanera, y el religioso norteamericano Tomas White, condenado a 24 anos por sobrevolar la isla lanzando octavillas cristianas.
A veces el testimonio es más puntual:
"Cuando Juan Serrano, un guardia del poblado de Guane, en la provincia de Pinar del Río, entraba en la posta, el silencio en aquel pabellón podía cortarse con un cuchillo:
"- Al primero que suspire lo voy a abrir de arriba a abajo como un bacalao-. Era la amenaza contra todos los castigados. Pero Juan Serrano no podía dejar de golpear, alucinado él mismo por aquel mundo demencial. Para él, golpear era como para el drogadicto recibir su dosis de heroína". (323-334).
O más personal e introspectivo:
"Ningún tribunal en un régimen de derecho me hubiera podido condenar. No hubo un solo testigo que me acusara, no hubo quien me señalara. Sin una sola prueba fui condenado por la equivocada convicción de la policía política".
O realmente patético:
"Luego del tiro de gracia siempre sollozaba alguien. Hubo noches de diez y doce fusilados. Se escuchaba la reja del rastrillo y alguien que avanzaba a la puerta para ver al amigo y gritarle el ultimo adiós. No se podía dormir en las galeras".
Son algunos ejemplos que ilustran el horror de un régimen que ha logrado legitimarse desde la violencia y la propaganda, y que a pesar de las condenas internacionales se mantiene en pie como un reto a la paciencia de un pueblo cautivo y silencioso, que ahora agradece a Armando Valladares este testimonio veraz y conmovedor.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por jose gonzalez el Jue Nov 02, 2006 9:47 am

muy bueno todo eso sobre el libro de valladares,luis..espero que los que no hayan leido el libro lo compren,que no es tan caro..y lo lean..

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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por llamado32 el Lun Nov 06, 2006 10:33 pm

"El Hueco" este lugar pertenece a una estacion de policia.
Es donde va a parar todos los vehiculos confiscados por la policia. Esto queda en Lawton.


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Re: Historias en Carceles Cubanas

Mensaje por Huésped el Lun Nov 06, 2006 10:44 pm

Pa'lante con todas estas fotos para que vean que estan "fichados". Que todos los anos que han infundido "terror" se le vengan encima, y sepan que tal vez los americanos no los ataquen nunca, pero si realmente se decidieran, tienen todas las cordinadas de los lugares "estrategicos", pueden ir directo al blanco....Y Ojala fuese con unos cuantos adentro Y que Dios me perdone, porque de verdad no me gusta desearle la muerte a nadie.

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Re: Historias en Carceles Cubanas

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