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Martí: su muerte indócil

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Martí: su muerte indócil

Mensaje por mare722 el Sáb Abr 21, 2007 7:24 pm

por Miguel Fernández
miguel.fernandez@americateve.com

Al aproximarse otro aniversario de la caída en combate de José Martí (mayo 19 de 1895), la pregunta capital sigue sin respuesta: ¿por qué fue el único cubano que cayó en Dos Ríos? Esta interrogante se ha disuelto en la prosa periodística o ensayística que justifica, con obsesión moral, tan sólo por qué Martí salió a combatir.
La página de José Martí (http://www.jose-marti.org), bajo el cuidado de Hilda Luisa Díaz-Perera, ofrece la versión de que el coronel español Ximénez de Sandoval "decidió esperar, bien atrincherado, la embestida de Gómez y Masó (…) Entonces mandó una patrulla (…) para hacerse notar y provocar el ataque de los cubanos". Por si fuera poco, "Martí había quedado en el campamento [por orden de Gómez] guardado por un teniente y doce hombres". Al sentirse "humillado", montó en su caballo y "salió del campamento acompañado del joven Miguel Ángel de la Guardia Bello".
Ni siquiera Ximénez de Sandoval refiere haber tomado aquella decisión ni ordenado patrulla alguna con semejante propósito. Tampoco Martí quedó así en el campamento el 19 de mayo, sino el 17, cuando Gómez salió a hostigar un convoy. Y aunque este último casi siempre identificó al compañero del Apóstol en su viaje hacia la muerte como Miguel de la Guardia, o simplemente Guardia, el historiador Enrique Gay-Calbó aclaró ya que se trataba de Ángel Perfecto de la Guardia Bello (Jiguaní, 16 de febrero de 1875-Las Tunas, 30 de agosto de 1897).
Para ilustrar el combate de Dos Ríos, la sección "Hoy en la Historia" de Granma digital presenta la tricromía imperfecta del óleo de Esteban Valderrama Muerte del Apóstol (1918), donde aparecen Martí y De la Guardia en un paraje solitario. Los mandarines ideológicos del partido único no se han percatado de que el Instituto de Historia de Cuba insertó (http://www.cubagob.cu/otras_info/historia/imagenes/hf16.jpg) otro cuadro, que recrea la caída de Martí en medio de un tumultuoso combate de infantería.
Igual suerte corre la página de la Sociedad Cultural José Martí (Universidad de La Habana), que pretende dar "todo lo necesario para aumentar sus conocimientos sobre la vida y la obra de José Martí" y acaba desinformando: "Se adelantan al combate y Gómez ordena a Martí pasar a retaguardia. Martí no obedece. Pide un revólver a su ayudante, el joven Ángel de la Guardia, y avanza. Hieren a Ángel y Martí cae".
Nadie puede tragarse la guayaba de que Martí andaba desarmado. Ángel de la Guardia no resultó herido en Dos Ríos ni era ayudante de Martí, sino del mayor general Bartolomé Masó. No obstante, el sitio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) sube la parada: "Gómez ha ordenado a Martí que permanezca en la retaguardia, junto a las fuerzas de Masó, protegido entre los ayudantes de éste, los hermanos Ángel y Dominador de la Guardia".
Fermín Valdés Domínguez recogió en su diario esta opinión de Gómez sobre Masó: "Ese hombre tuvo en parte la culpa de la muerte de Martí". Y explica que Martí había seguido por el centro, acompañado de Guardia, "un loco", en tanto Masó se abstenía de seguirlo o apoyarlo. Valdés-Domínguez anotó también este juicio, destinado al olvido, del coronel mambí Demetrio Castillo: Gómez había dirigido el ataque de manera “irracional”.
Esta falta nunca podrá paliarse con el consuelo de Carlos Ripoll: "La muerte de Martí fue casual". (El 'morir callado' del Apóstol, El Nuevo Herald, mayo 19 de 2004). En Dos Ríos no hubo casualidad, sino previsión insuficiente y franca trasgresión de la circular (abril 14 de 1895) de Gómez y Martí a los jefes y oficiales del Ejército Libertador: "Disciplina quiere decir orden, y orden quiere decir triunfo". Aunque se predicaba "caer silenciosamente sobre el enemigo", se hizo todo lo contrario.
Gómez no sólo debió "averiguar la posición del enemigo antes de atacarlo", como bien señala Ripoll. Tras indagar cómo murió Martí, el entonces coronel Enrique Loynaz del Castillo, padre de la laureada escritora Dulce María Loynaz, concluyó también que no hubo dirección alguna, sino galopar frenético. El combate mismo "contrariaba la marcha y plan de Gómez y Martí, que se dirigían al Camagüey, de prisa, a llevar la guerra e instalar el gobierno" (Memorias de la guerra, 1989).
La Jiribilla se precia como "revista digital de la cultura cubana", pero dio espacio a Magaly Cabrales (http://www.lajiribilla.cu/2003/n106_05/106_13.html) para sentar cátedra de incultura histórica: Gómez, "haciendo un aparte, advirtió a Martí de que no entrara en combate directo, debiendo mantenerse más bien hacia la retaguardia".
De puño y letra de Gómez sólo consta: el 20 de mayo de 1895, a José Miró: "[L]e di la orden [a Martí], ya cerca del enemigo, que se quedase detrás"; el 22 de agosto de 1895, a Tomás Estrada Palma: "A alguna distancia del enemigo le ordené se retirara"; el 29 de agosto de 1895, a Benjamín Guerra: "Hágase usted atrás, Martí, no es ahora éste su puesto". Las notas íntimas de Gómez rezan: "[Indiqué] a Martí que se retirara hacia atrás, que aquel no era su puesto" (Relación,1905), y "[C]uando ya íbamos a enfrentarnos con el enemigo le ordené que se quedase detrás" (Diario de campaña, 1941).
El relato de La Jiribilla se torna contradictorio cuando señala que Gómez "ordenó la retirada aunque no abandonó un instante el empeño de rescatar a su amigo". El Atlas histórico biográfico José Martí (1983) puntea, bajo el epígrafe "Gestión de rescate del General Máximo Gómez y su tropa", dos acciones de hostigamiento sobre la columna española en retirada hacia Remanganaguas. Tal es la rara historia que nadie supo. Según la Relación (1905) "rigurosamente histórica" del propio Gómez, su tropa tomó por un atajo, pero "cuando salimos al camino ya el enemigo había pasado".
Para Ximénez de Sandoval (Alrededor de la acción de Dos Ríos, 1942), Gómez fue el único responsable de la muerte del Apóstol "por no saberse imponer a Martí, atacar a ciegas y dejar hacer a sus subordinados, [a más de] no volver por el honor de las armas cubanas atacando rudamente a mi columna para arrebatarme aquel cadáver que como trofeo de guerra yo llevaba".
El colofón del relato de La Jiribilla es una broma de mal gusto: Gómez habría remitido "un mensaje al jefe de la columna española, al cual casi suplicaba la devolución, sano o herido, de José Martí". El mensaje de Gómez a su adversario, fechado en Dos Ríos el 20 de mayo de 1895, reza: "[E]nvío a usted mi ayudante Ramón Garriga, para saber, por conducto de usted mismo, si el señor Martí está en su poder herido y cuál sea su estado, o si muerto, dónde han quedado depositados sus restos. Eso es todo, porque en el último caso, percances son esos de la guerra y para nosotros, no obstante ser el señor Martí un compañero estimable, nada importa un cadáver más o menos de tantos que tendrá que haber en la guerra que sostenemos".
En "¿Cómo fue la muerte de Martí?" (El Nuevo Herald, 19 de mayo de 2000), el finado Luis Gómez y Amador relata que "Martí, disconforme con la orden (…) salió en busca de Gómez. Vadeó el río Contramaestre, y al llegar a la cima de un barranco vino a encontrarse frente a la línea de fuego de los españoles". Así recicla la versión espuria de Lorenzo del Portillo (Patria, Nueva York, 31 de mayo de 1896), que apareció hasta ilustrada (Cuba y América 59, 20 de mayo de 1899) antes de ser refutada no sólo por Máximo Gómez en su Relación (1905), sino también por otros protagonistas del combate, como Dominador de la Guardia (mambí) y Fernando Iglesias (español).
A su vez los intelectuales orgánicos del castrismo se encargan de imaginar la luz de una vela historiográfica cuando está apagada. Después que instruyó cómo releer Martí el Apóstol (1933), de Jorge Mañach, Luis Toledo Sande aportó su propio estudio biográfico (Cesto de llamas, 1996), que mereció el Premio de la Crítica en Cuba. Al explanar la acción de Dos Ríos, este biógrafo señala que Gómez y Martí no disponían de escolta adecuada ni hubo tiempo de preparar la defensa frente al enemigo, bien armado y favorecido por la sorpresa.
Tal vez convenga repasar las notas de Juan Masó Parra, que el 19 de mayo de 1895 era el jefe de orden interior y seguridad en el campamento mambí: "Después de almuerzo llegó el capitán Ramos y anunció que la columna española acampaba al otro lado del río. El general Gómez, con los generales Masó y Borrero, salieron con dirección al enemigo, pasando imprudentemente el río Contramaestre, cosa que no debió jamás hacerse" (Primera parte de un libro para la historia de Cuba, 1904).
Hay que guardar la distancia crítica. La simple recomendación, advertencia, orden, consejo, indicación o lo que sea, de quedarse atrás, no bastaba para orientar a Martí en su bautismo de fuego. No cabe dar vueltas de imaginación poética o alarde patriótico para moldear la muerte de Martí como suicidio o arrebato épico. Fue un embarque.

mare722
Invitado


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