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Parte III. La verdad al desnudo. El caso Biscet.

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Parte III. La verdad al desnudo. El caso Biscet.

Mensaje por Patrio el Miér Feb 23, 2011 11:05 am


El héroe.

He querido a propósito escribir estas líneas en una parte independiente, intentando separar estas letras del resto, que hablan de vilezas, intereses, extremismos y toda una amalgama de bajas pasiones humanas, que hacen que los humanos sean capaces de herir a sus semejantes al erigirse en salvaguardas de políticas destructoras, que como el comunismo han dejado sobre la faz de la tierra a lo largo de la historia contemporánea una estela de desolación y la vida de millones de personas.
Estas letras acunan pureza, es la transcripción literal de la visión del autor, por entonces con dieciocho años y su percepción de la imagen del Dr. Oscar Elías Biscet de entonces, compartiendo edad y la aspiración de culminar una carrera profesional dedicada a salvar vidas.
Plasmar las vivencias de entonces, resulta conmovedor pero son un compromiso con la acción. Las letras toman forma en mi terraza con una vista idílica de las montañas y el mar en mi hogar atlántico, la isla de Gran Canaria, al filo del amanecer. Pero el otro protagonista de esta historia simultáneamente con cinco horas de diferencia horaria, intenta dar reposo a su escuálida anatomía entre barrotes, en la fría galería de una prisión al este de nuestra ciudad natal, La Habana.
Curiosamente el año 1998, marca nuestras vidas de forma trascendental y curiosa, mostrando dos caras, dos respuestas a una situación de un país azotado por la tiranía más añeja del hemisferio occidental. Él se alza valiente, decidido y presto a defender sus derechos a cualquier precio, escenificando lo que en mi opinión es el grito de Baire del siglo XX. El que suscribe estas letras, con una diferencia de apenas sesenta días entre los hechos, parte de la isla al frío exilio.
Me consta que es la visión del cobarde acerca del héroe, me consta que ha de moldear mucho el pensamiento el devoto para hablar del dios, porque he de confesar que la vida del Dr. Oscar Elías Biscet, ha influido profundamente en mi actitud hacia mi país, hacia mi pueblo. Su ejemplo me ha atrapado, su grito frente a los esbirros que le detienen es un acicate diario para mi conducta y el compromiso a no cejar en la lucha por la libertad que nos arrancaron, por nuestras infancias perdidas, por todo lo que soñamos y no fuimos. Cabalgo junto a él día tras día y a la menor oportunidad intento ser como él y trato de hacer una labor intensa entre los jóvenes de mi entorno del exilio. Les hablo mucho de Biscet, de su entrega, de la necesidad de que conozcan su misión y lo importante que es incluso para ellos, jóvenes veinteañeros, que viven sus vidas en la opulencia del llamado primer mundo, lejos de las penurias de nuestra patria común, Cuba. Y sembrar siempre nos deja el dulce sabor de la verdad asomando en el retoño, esta semana al visitar la universidad de Las Palmas, no pude reprimir lágrimas henchido de orgullo al contemplar una foto del Dr. Oscar Elías Biscet junto a un mural de la entrada a cuyo pie rezaba: Prisionero cubano de conciencia. Dios, lo estamos logrando, con esfuerzo, con tesón y perseverancia pero el mundo libre conoce cada vez más, el ejemplo, la fe en la libertad y el amor por el prójimo, de un hombre al que intentan ocultar tras míseros barrotes y una larga condena de veinticinco años. Y es la fe de mi propio corazón, porque cada sábado al encontrarme con los amigos y hablar de excarcelaciones y destierros, ya las miradas no son de duda, son las miradas cómplices y orgullosas, que se dicen: Él sigue ahí, firme, fiel, convencido, mambí.


Mis recuerdos de Biscet se remontan al año 1979, donde accedimos a la Facultad de Medicina de la universidad. Dieciocho años y cargados de enormes libros, salimos el primer día por la entrada del recinto universitario con la meta del sueño a la distancia de seis años. La euforia nos dominaba por entero y desde la calle 146 en Marianao, ibamos caminando hasta el paradero de La Lisa, donde cogíamos la ruta 100 de regreso a la Víbora, los que vivíamos por Lawton, La Víbora, Mantilla, Párraga, Víbora Park, Santa Amalia y todos los barrios entrañables del sur de la urbe. Por estos años, el componente habitual eran largas colas para el ómnibus con los estómagos repletos de croquetas de naturaleza dudosa, pero que para la voracidad de unos jóvenes en la segunda década de la vida, sabían a gloria.
El físico de Biscet por entonces, era enjuto, propio de los jóvenes acostumbrados a la exigua dieta impuesta por el racionamiento. Con una estatura aproximada de un metro ochenta, pero con andar erguido y el mentón más bien elevado. Es curioso mi análisis mientras intento buscar en mi filmografía cerebral de recuerdos las imágenes de Biscet, este detalle del andar. En la misma unidad docente, habíamos más de cuarenta jóvenes que habían recibido instrucción militar en las escuelas conocidas como Los Camilitos, entre los que me incluyo, por lo que muy frecuentemente reconozco en un hombre si ha recibido clases de infantería, pues le modifica la marcha y la postura. Biscet no había recibido tal instrucción pero andaba con el tronco recto y el mentón erguido, quizás no lo sabía por entonces, pero este joven jovial, afable y correcto en modales, tal vez cumplía los parámetros naturales para convertirse en el líder indiscutible que es hoy.
He leído biografías de Biscet en la red que hacen hincapié en la tendencia del mismo a ser un seguidor de las directrices de Ghandi y un católico ferviente, lo que tal vez pueda ofrecer una imagen a quienes no le conocen personalmente de una figura endeble, capaz de ofrecer la otra mejilla mientras reclama sus derechos y he de afirmar que están errados. Oscar Elías Biscet es un hombre humanidad en el sentido literal de la palabra, pero de una firmeza meridiana. Por la época que hablo, entre universitarios que no superábamos los veinte años eran frecuentes las bromas de mal gusto, las chanzas a destiempo y las burlas de todo tipo. Él no era de estos, con mirada firme y seriedad compartía las diabluras de juventud pero jamás nadie le humilló o le hizo blanco de bromas, no permitía estas cosas. Todos sabían donde estaba el límite.
No le llamábamos por el nombre, sencillamente con esa tendencia del cubano de acortar la pronunciación le llamábamos “El Bicé”. Participaba por entonces en cuanto evento deportivo se hacía en la institución y no era raro verle en encuentros de béisbol, fútbol o atletismo. En fin un miembro más de una generación cargada de ilusiones, con escasa perspectiva y apreciación política, con aspiraciones de un futuro mejor y para ello nos esforzábamos. Mantuvimos el mayor contacto durante los dos primeros años de la carrera, lo correspondiente a Ciencias Básicas, el resto nos veíamos de vez en cuando inmersos en los estudios del área clínica y rotando por diferentes hospitales de la ciudad. Siempre primó el saludo cordial de esos lazos que se establecen en la universidad, que son eternos y he de reconocer que no podía intuir por entonces en lo que se convertiría mi condiscípulo, en el Maceo de nuestros tiempos.
La universidad y sobre todo la de Medicina vivió un año convulso en el curso 1979-1980 y estuvieron relacionados con los sucesos de la Embajada de Perú. Jamás participó en actividades relacionadas con estos hechos y doy fe de ello, era un joven muy humano y compartía el criterio de muchos que se manifestaban abiertamente contra la actuación de las turbas instigadas por el gobierno.
Del joven Oscar Elías Biscet, recuerdo otro momento donde estuvimos otra vez juntos y fue cuando nos agruparon para realizar el llamado Concentrado Militar. La instrucción militar de un médico civil en Cuba se realiza a lo largo de cada curso, culminando el 5to año de la carrera con el llamado Concentrado que dura 45 días de internamiento total en una Unidad Militar de las FAR, que en nuestro caso se realizó en una unidad de la Marina de Guerra, que por entonces fungía como Academia Naval y más tarde reconvertida en la Escuela de Medicina Latinoamericana. Es lógico, que el gobierno haya separado a los estudiantes extranjeros de los cubanos, de esta manera no se hacen visibles los privilegios de los extranjeros sobre los cubanos, en cuanto a alimentación, acceso a internet, comodidades, etc.
En la Academia Naval fue la última oportunidad donde los llamados a graduarse en 1985 estuvimos juntos. Más tarde pasaríamos a los respectivos hospitales donde concluiríamos el sexto año y graduarnos de Medicina General. La instrucción del médico en estos 45 días concluye la preparación militar de toda la carrera, que alcanza la organización de los servicios médicos hasta nivel de regimiento, pues a nivel de división son estudios exclusivos de médicos que optan por servir en las FAR. La preparación incluye tres días de supervivencia, abandonados a su suerte y autoabasteciéndose de alimentos a iniciativa propia, donde desarrollan marchas, emboscadas, etc y la orientación sobre el terreno con el uso de mapas y brújulas sin la ayuda de oficiales, es decir es llevar a la práctica todos los conocimientos adquiridos y por supuesto la calificación obtenida se registra en el expediente. El alumno más brillante de Medicina no se gradúa si no supera la asignatura de Preparación Militar al igual que la asignatura de Marxismo. Aquí pueden apreciar el control del partido incluso en la docencia superior. Cada médico graduado obtiene los grados de Teniente de la reserva de las FAR.
Este período fue entrañable y todos teníamos claro que muchos quizás no nos veríamos más, pues seríamos asignados a hospitales de la capital y otros a diferentes provincias, lo que hace de aquellos días un recuerdo entrañable en todos los del curso.
En 1996 fui expulsado del Hospital Hermanos Ameijeiras, por solicitud expresa del Dr. Bartolomé Arce Hidalgo por la sencilla razón de formalizar matrimonio con una ciudadana mexicana y solicitar la autorización del ministro de salud, para residir en México con mi compañera. Mi salida demoró dos años por la espera de la liberación y los trámites, hasta que pude salir vía Canarias, en 1998, año en que se produce la protesta de Biscet.
Los pormenores de la protesta los conocí en el extranjero, su condición de condiscípulo y amigo, me hicieron buscar todo tipo de información sobre el caso y el hecho de trabajar en el hospital materno infantil 10 de Octubre durante cuatro años, me permiten conocer al detalle a cada uno de los participantes en la protesta y los detalles del sitio en que se llevó a cabo.
El Dr. Oscar Elías Biscet es un hombre excepcional de mi generación y creo justo y consecuente con su actitud por la libertad de mi patria, hacer público este testimonio que tal vez contribuya a todos a conocerle mejor.
Muchas gracias,
Dr. Ramón Muñoz Yanes.

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