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DE CÓMO SE CONSTRUYEN LOS PACTOS ENTRE LOS ARTISTAS BICHIBOBOS Y EL RÉGIMEN CASTRISTA, Y DE CÓMO ALGUNOS NUNCA PACTARON

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DE CÓMO SE CONSTRUYEN LOS PACTOS ENTRE LOS ARTISTAS BICHIBOBOS Y EL RÉGIMEN CASTRISTA, Y DE CÓMO ALGUNOS NUNCA PACTARON

Mensaje por Miranda el Sáb Ene 22, 2011 3:16 pm

http://zoevaldes.net


DE CÓMO SE CONSTRUYEN LOS PACTOS ENTRE LOS ARTISTAS BICHIBOBOS Y EL RÉGIMEN CASTRISTA, Y DE CÓMO ALGUNOS NUNCA PACTARON




Por Zoé Valdés


Para nadie es un secreto que la dictadura castrista fracasó rotundamente en su proyecto revolucionario, sin embargo, a mi juicio, tal como manifesté en La Ficción Fidel, el gran triunfo del grupo de delincuentes liderados por Fidel Castro ha sido el de conseguir el producto de marketing explotado, vendido y revendido hasta la saciedad, llamado Revolución, con el que se han hecho millonarios.

Estos delincuentes han sido, además, expertos en acabar con un país, en torturar a los ciudadanos, sin dejar apenas huellas. De este modo, en Cuba se mata de hambre a todo un pueblo, de a poco, racionándoles los productos, creándoles espejismos con monedas inexistentes, pagándoles una miseria, botándolos de sus trabajos, pero siempre dando la sensación de que con lo que hacen están creando algo maravilloso que mejorará la vida de los cubanos en un futuro. Un futuro que nunca llega. La gente en Cuba tal vez no se muera de hambre a simple vista –mito que se acabó con los enfermos mentales del hospital psiquiátrico de Mazorra, muertos de hambre y de frío-, pero todos están enfermos de hambre.

También, en las cárceles se tortura, en la mayoría de los casos no quedan huellas, porque han conseguido refinar la tortura, sofisticarla: inoculan enfermedades, arrancan dientes, golpean, asesinan, desaparecen, siempre de manera muy sutil, de modo tal que nadie pueda protestar, porque todo se hace para bien del pueblo y a favor de la revolución y del bienestar mundial, y en contra del imperialismo yanqui.

Hace años, en una conversación con Reynaldo Escobar (Macho Rico para los amigos, como él mismo recuerda) en Mercaderes 2 (él se acordará de esto), dijo que a “esta gente hay que desafiarlos con sus propios argumentos, con sus propias acciones”. Yo era muy joven, ocurría esta conversación a principios de los años 80, y me pareció que llevaba razón. Bastarían sólo dos años más tarde para darme cuenta, después de conocer a Alfredo Guevara, que ese tipo de acción-reacción era lo que mantenía al castrismo en el poder, esos argumentos favorecían al régimen. O sea, a ellos los asistía la razón invariablemente porque, a vistas del mundo, ellos eran revolucionarios, de izquierdas, y habían tomado el poder derrumbando por las armas a una dictadura, es más, habían arriesgado sus vidas; aunque no fuera verdad esa era la leyenda que se habían construido. Entonces, crear a una generación de contestatarios, que en apariencia estuviesen en contra de los líderes revolucionarios, pero que se consideraran de izquierdas como ellos, revolucionarios como ellos, y dispuestos a combatir al enemigo mayor, que es siempre el imperialismo yanqui, les convenía profundamente.

(Alfredo Guevara)

En varias ocasiones oí decir a Alfredo Guevara que la juventud siempre era contestataria y debía serlo, y también, a Armando Hart: que la juventud estaba en la obligación liberarse de sus padres, para imponer sus criterios, pero nunca de traicionarlos, que ellos no admitirían jamás la traición. En apariencia, aquellos eran gestos sumamente valientes, y coherentes de parte de los líderes eternamente revolucionarios. La cosa cambiaba cuando estos dirigentes castristas pedían reunirse con los jóvenes que se les habían enfrentado. Lo que también vi muchas veces en el ICAIC, y en casas particulares, incluidas las embajadas o residencias de embajadores. Cualquiera de estos personajes de la disidencia creaba un ambiente particular en una residencia de estos diplomáticos y con el pretexto que necesitaban entenderse y negociar con los jóvenes contestatarios se organizaban reuniones para hacer ver que irían a discutir sobre arte, literatura, sociedad, y se nos preguntaba qué queríamos cambiar nosotros de la sociedad, que ellos estarían dispuestos a hacerlo si nosotros lográbamos convencerlos con proyectos mejores que los de ellos.

Estas reuniones siempre terminaban de la misma manera. Primero: nos mataban el hambre vieja e histórica, con los piscolabis que ofrecían los diplomáticos. Segundo: Nos hacía confiar en personajes de la revolución, quienes en privado se mostraban sumamente críticos con los Castro, y nos pedían tiempo, confianza en ellos, y aconsejaban que debíamos canalizar toda nuestra rabia y rebeldía a favor de la revolución, que únicamente así seríamos escuchados. Que Cuba tenía un enemigo mayor, el imperialismo yanqui, y que era mejor que fuésemos artistas con lo que pudiéramos en nuestro país, que unos Don-nadies en Yanquilandia. Algunos de los cineastas cubanos que viven en Miami hoy saben de lo que hablo. El propio Alejandro Ríos podrá testimoniar de lo que aquí digo. Que Cuba nos aceptaría como rebeldes, como contestatarios, en contra del imperio, y que podíamos ser críticos, hasta un límite. ¿Cuál o cuáles eran esos límites? No se podía tocar la figura de Castro, y no se podía ir más allá de las críticas ambiguas (palabra que adora AG, siempre repetía que el arte debía de ser ambiguo). Que él estaría siempre para proteger a aquellos jóvenes que fueran más inteligentes que sus censuradores. ¿Y quiénes eran los censuradores? Ellos mismos. Muchos años después comprendí que esto que nos estaba proponiendo a nosotros se lo había propuesto mucho antes a las generaciones anteriores, lo había vivido de cerca con Manuel Pereira, con Wichy Nogueras, y mucho antes con Guillermo Cabrera Infante, quien se vengó con una obra magistral Delito por bailar el chachachá.

Voy a poner dos ejemplos personales. Fui testigo de lo que consistieron los intercambios culturales con Europa y América Latina. Alfredo Guevara poseía y posee una gran cantidad de amistades dentro del medio del arte y la cultura europea. A esas personas poderosas les pedía que lo ayudaran a organizar eventos culturales de gran envergadura para mostrar lo que hacía la verdadera juventud cubana revolucionaria. De este modo, una gran cantidad de artistas creaba para estos eventos, lo que les permitía viajar, comer bien, comprarse algo de ropa, y regresar con dinero a Cuba. Muchos de nosotros nos comimos el millo de que estábamos representando a una Cuba diferente, contestataria, y que íbamos a irnos por encima de los líderes históricos. El movimiento pictórico de los 80 pretendía eso, también algunos escritores ligados a ese movimiento, y cineastas. En mi opinión fueron los cineastas y los pintores los más arrestados, y no todos, los nombres se pueden sacar con pinzas. Cuando esos movimientos se volvieron peligrosos fueron de inmediato destrozados, penetrados por la Seguridad del Estado, inclusive algunos de los artistas fueron reclutados y servían de informantes.

Cuando se les exprimió lo suficiente, a una gran cantidad de artistas críticos se les envió al exilio de terciopelo: la única opción si no querías quedarte, hundirte en la mediocridad, o caer preso directamente. El exilio de terciopelo consistía en que el régimen autorizaba a viajar a estos artistas, les permitía exponer (en el caso de los pintores), y ellos debían ingresar una parte de sus ganancias al Ministerio de Cultura, a través de la embajada del país en el que estuvieran. Muchos de esos pintores se las dejaron en los callos al gobierno, y haciéndose los chivos locos se fueron quedando bajo sus enteras responsabilidades, y algunos se marcharon a Miami en cuanto pudieron. Los que quedaron se asimilaron solitos a los patrones de conducta del régimen y allí vegetaron y vegetan. Algunos, y esto es importante, fingen una cierta disidencia autorizada, y el gobierno finge que los reprime, para usarlos como informantes, monedas de cambio, o como vitrina hacia el exterior.

Lo mismo, quisieron hacer con los escritores, pero ya con los escritores fueron más específicos. El escritor que salía debía informar, diluirse en el exilio, hacer relaciones con quienes quisiera, pero entregar informes y colarse en los periódicos internacionales. La cosa no les funcionó. Después de la publicación de mi novela La nada cotidiana, y del éxito de la misma, y de las otras que le siguieron, algunos escritores fueron llamados y puestos en función de seguirme la pista. Los soltaron al escenario internacional, y allí donde yo me paraba, cualquier tribuna que fuera, siempre aparecía otro escritor cubano de adentro que revertía mi versión de la historia de lo que sucedía en Cuba, y contradecía todo lo que yo decía. Con algunos de ellos debo a veces compartir Ferias del Libro, Festivales de Cine, etc, y otros viven en Europa, haciendo una doble vida.

La discográfica Naïve fue fundada con mi disco Te di la vida entera, por primera vez se hacía la banda sonora de una novela, idea de Ricardo Vega. Con Naïve grabamos cuatro discos, todos con músicos de Miami. Al poco tiempo, la productora de Compay Segundo se acercó a Naïve y les vendió la idea la Familia Valera Miranda y del músico Raúl Paz, quien ya había trabajado en Miami con los Estefan, pero había regresado al parecer contrariado y quería renovar su carrera en Europa. Con Naïve hizo varios discos, uno de ellos llamado Révolution y otro Mi casa. El concepto es el siguiente: no hay nada mejor como la Revolución, y Mi casa es aquel país, tal como está, en revolución permanente. A los cinco años de ser creada Naïve la casa productora hizo su primer catálogo de lujo, ninguno de mis cuatro discos, que se vendieron todos como pan caliente, aparecía. Raúl Paz, amigo de una tal Wendy Guerra desde la época en que hicieron Hello, Hemingway, una película de Fernando Pérez (fíjense la casualidad de los nombres) ya era la estrella de la casa disquera. Aunque en la actualidad ya no lo es.

A partir de ahí la avalancha de artistas cubanos en Francia no ha cesado de fluir, todos quedaditos. Algunos de ellos tienen residencia aquí y residencia en Cuba. Sirven de intermediarios entre los empresarios y el régimen, consiguen que los inviten a Cuba, donde los alojan en hoteles de ensueño, y les muestran la Cuba que la dictadura vende a los bobalicones que quieren comprarla. Muchos de ellos se han dedicado segundo a segundo a desmentir cada uno de mis libros, de mis artículos, así como de los de Guillermo Cabrera Infante, y los de Reinaldo Arenas, y a los escritores radicales del exilio. Sin embargo, la película de Julián Schnnabel, Antes que anochezca, basada en las memorias del escritor que se suicidó en Nueva York no sin dejar antes una carta en la que acusaba a Fidel Castro como único culpable de su muerte, cambió la visión de una gran cantidad de personas en Francia, y paró en vilo los proyectos “culturales” de la dictadura.

Carlos Franqui escribió en su libro Retrato de familia con Fidel, que el verdadero cerebro gris de la revolución castrista era Alfredo Guevara, y razón no le faltaba. Sólo que las ideas de Alfredo Guevara no eran bien recibidas por Fidel Castro, las encontraba demasiado herejes, y Castro I jamás confió en los intelectuales, como lo declaró en su discurso de inauguración de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. Apartado Castro I del poder, debido a la enfermedad, la que lo mantiene en una especie de letargo del cual se despierta de vez en cuando; y al tomar las riendas de la sucesión, Raúl Castro, íntimo de Alfredo Guevara, y al que considera un guía espiritual, el cerebro gris ha logrado más espacio para llevar a cabo sus planes.

Y ¿cuáles fueron sus planes de toda la vida? Penetrar al exilio, a los intelectuales del exilio, incluso directamente. Hacerles creer que ya ellos no creían en el modelo de Fidel, pero que Raúl podía cambiar las cosas, que Raúl era diferente, que Raúl era un liberal. Penetrar a los artistas de Hollywood (lo que lograron antes). Penetrar a la disidencia, dividirla. Crear una nueva disidencia contestataria, pero revolucionaria, a la que no apabullarían demasiado, sólo lo suficiente para que ellos pudieran hacer su papel de disidentes, y los otros sus papel de represores (los otros son los que se encuentran bajo el ala de Machado Ventura, AG lo considera su peor enemigo), crear una disidencia que produjera entradas de divisas, que diera una imagen de que en Cuba estaba permitida una cierta disidencia, la que concordaba con el gobierno en que el imperio norteamericano era el culpable de nuestras desgracias, la que pediría a voz en cuello y al unísono que el bloqueo era el verdadero asesino del pueblo cubano. Una disidencia de nuevo diseño, en fin, que dejara en ridículo a la disidencia ortodoxa, radical, extremista, y al exilio.

Los intercambios culturales con Estados Unidos que hemos visto en los últimos meses responden a ese plan de crear eventos internacionales que promocione el mismo gobierno cubano, penetrarlos con el discurso cultural de la revolución. La nueva disidencia responde a lo mismo, no hay que ser muy inteligente para darnos cuenta. Y hasta podemos comprender que esos jóvenes, ávidos de vivir diferente, creyendo que están inaugurando un movimiento, un cambio distinto, caigan en esas trampas, o incluso, acepten, conscientes del pacto, que para poder ser creíbles afuera, en el extranjero, tienen que ser a imagen y semejanza de sus padres políticos: revolucionarios de izquierda. Es lógico, finalmente pocos de ellos conocen lo que es vivir bajo la democracia, y aprenderlo no constituye un ejercicio fácil después de 53 años de dictadura. Otros, también a sabiendas, se apuntan y sacan provecho, porque la vida es una, y “empujando poco a poco el muro” (sin definir de qué muro se trata), terminarán por eliminar las diferencias (porque nos hacen ver que sólo se trata de diferencias), entre los viejos y los nuevos. La mayoría de estos jóvenes, si se les analiza bien, siendo contestatarios, actúan más cercanos a los dirigentes castristas, que a sus hermanos exiliados radicalmente opuestos a la dictadura, lo que les conviene tanto a ellos como al régimen.

En el año 1992 entregué un guión titulado Profecía en la oficina de Alfredo Guevara, que era quien revisaba directamente los guiones. Se demoró una eternidad en leerlo, cuando lo hizo me llamó indignado. Tenía que cambiar más de la mitad de ese guión, de la forma en la que estaba escrito el ICAIC no lo produciría ni de broma (lo que ya yo me imaginaba). ¿Qué quería yo, que el Jefe lo sacara por techo? ¿Cómo era posible que escribiera un guión que ocurría todo en el mar, cuyos protagonistas eran todos balseros? ¿Estaba loca? Hasta ahí no podía llegar él. ¿No me bastaba con haber escrito Vidas paralelas (guión pactado después con la Seguridad del Estado sin mi consentimiento)? ¿No me bastaba con haber escrito algunos textos bastante conflictivos para su gusto? Si lo suavizaba y escribía, por ejemplo, que esos jóvenes se convertían en balseros debido a los espejismos y las trampas que le tendían desde Miami, entonces ya eso sería otra cosa… Nananina.

Me entregó el guión y me mandó al carajo con una frase: “¡No eres más que una inoportuna!” Años más tarde se superaría en vulgaridad llamándome cloaca y demás insultos propios de la jerga castrista. Ese guión lo incorporé en mi novela Café Nostalgia. Lo mismo ocurrió cuando le conté que estaba escribiendo una novela cuyo título era La nada cotidiana. “Con ese título no quiero ni leerla”, fue su respuesta. Y la mía: “Nadie pensó en que usted la leería”. Sin embargo, la leyó, una vez publicada, ya yo en el exilio. Incluso la comentó con unos extranjeros en la embajada francesa, soltó su mejor réplica, a lo Gloria Swanson: “Es una gran novela, ella es una gran escritora, pero tiene mucho rencor dentro, mucho odio”. Lo mismo que nos decía a nosotros de Guillermo Cabrera Infante y hasta de Reinaldo Arenas, y que le señalaba a escritores como Juan Armas Marcelo, por ejemplo.

En el año 1993 salió traducida mi primera novela en Francia, Sangre azul, había firmado el contrato a escondidas, sin decirle nada a nadie. Enseguida me llamaron de la oficina de Jorge Timossi, el director del ALA, que antes era el CENDA, que no son más que unos ladrones de los derechos de autor de los cubanos. ¿No estaba enterada yo que sólo un escritor antes que yo se había atrevido a tanto y le había costado dos años de cárcel? Reinaldo Arenas, por supuesto. Me amenazó con un proceso político, llamó a Alfredo Guevara. Luego, en la oficina de Alfredo Guevara, después de sonarme el rapapolvo, y de escucharle decir mil veces: “Esto hay que virarlo a favor nuestro, esto hay que virarlo, porque me ve a caer a mí encima este problema”, llamó a Timossi y le espetó: “Óyeme, no podemos armar otro casito Reinaldo Arenas, no podemos, no le conviene a la Revolución, ni a Fidel”. Ese día comprendí que tenía que largarme para siempre de ese país si no quería que me cogieran de palito barquillero y de escritora representante del castrismo como habían hecho con otros.

En el año 1994 sucedió la Crisis de los Balseros, todo lo que yo había contado en mi guión Profecía lo estaba viendo, en vivo, a través de mi ventana: Las balsas zigzagueando por montones en medio del mar, los policías que miran hacia otro lado, instrucciones recibidas desde el más alto mando.

En el año 1995, con 35 años, me fugué de Aquella Isla. Nadie se va de Cuba, ni siquiera por avión, la mayoría de las veces uno tiene que fugarse, planear muy bien todo, hacer el teatro correspondiente para poder engañar a los comunistas, y todos sabemos que no es fácil engañar a un comunista. Algunos meses antes de mi partida definitiva, un solitario y amargado Alfredo Guevara, esperaba a sus nuevos amigos de Miami: Max Lesnik, Pradito, entre otros, para que le llenaran la nevera de pavos (su carne preferida). Cuando le argumenté por qué ya no creía en nada, ni en Fidel ni en Raúl, ni en nada, con una tremenda calma, pero fingiendo –como mismo hacen ellos, de otro modo no hubiera podido irme, al fin y al cabo yo dependía de su firma para mi salvoconducto- que creía en el futuro de Cuba. Y él fingiendo que tampoco podía demasiado con Fidel Castro, y que si no fuera por Raúl, blablabla, como suele hacer con los contactos que tiene en el exilio sobre todo en Madrid, me respondió que entonces yo no creía en él, que él no podía traicionar lo que era su vida, que le diera 6 meses, que en 6 meses los jóvenes revolucionarios, y antiimperialistas, volverían a tomar el poder, que ellos serían capaces de dejarle el poder a aquellos jóvenes que se lo merecieran.

Pero Alfredo Guevara no contaba con una cosa. A mi nunca me ha interesado el poder. Repelo profundamente todo lo que tiene que ver con el poder y con la política. Amo profundamente la libertad y la vida. Amo el arte. Y el arte no puede estar en función de la política y del poder como él ha creído siempre. Es el poder y la política quienes tienen que respetar el arte, e inclinarse ante el arte. Por eso eché el bofe allá y por eso sigo echándolo aquí.

Zoé Valdés.

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