Secretos de Cuba
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El secreto de Diógenes.

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El secreto de Diógenes.

Mensaje por Patrio el Mar Dic 21, 2010 3:40 pm

María la observa desde la cocina, mientras desayuna a contra reloj como de costumbre. Junto a la ventana puede verla absorta en la lluvia, ajena al mundo, con rostro inexpresivo y la vista anclada en lontananza. Le duele verla así, alejándose por día de todo aquello que le pertenece, los abrazos, las sonrisas y las frases amables, ya ni siquiera se inmuta cuando corretea el nieto a su alrededor. La enfermedad arranca a dentelladas recuerdos, hábitos y la percepción del entorno más allá de la frontera de su piel. Ha entrado en la fase más tardía donde comienzan a apagarse los sentidos y las funciones vitales, como las luces de un estadio al terminar el partido.
Al principio le costó aceptar que una mujer como su madre terminara sus días en un sillón de ruedas, pero el diagnóstico de Alzheimer fue concluyente. El suicidio colectivo de neuronas hace mermar progresivamente las habilidades adquiridas, algo así como si tuviera que devolver en breve tiempo todos y cada uno de los placeres, hasta la vida.
Apura el zumo de naranja y besa la frente de la anciana, que permanece con la mirada prendida a las gotas de lluvia que golpean los cristales de la ventana. Toma las llaves del auto, con la acostumbrada carga de informes alcanza el ascensor y en minutos es engullida por el intenso tráfico de la ciudad.
Durante el camino las notas de la Traviata, le avisan de una llamada.
- Buenos días, María.
- Hola, jefe.
- Dedica la mañana al caso del Síndrome de Diógenes, no podemos dejar pasar ni un día más. Me acaban de llamar de la oficina del alcalde y han llegado más quejas. Hazle una visita y prepara un informe para mañana, hay que tomar una decisión definitiva.
- Muy bien.


Toca el timbre mientras se prepara para enfrentar el caso denunciado, toneladas de basura apiladas por todas las habitaciones y un hedor insoportable, lo habitual en estos casos. Una voz grave se escucha en el portero automático.
- ¿Sí?
- Buenos días. Soy María Muñoz, asistente social del ayuntamiento y debo hablar con usted.
- Muy bien, pase - acto seguido el sonido de la cerradura le indica que tiene acceso libre al edificio.
Mientras recorre el largo pasillo repasa las quejas sobre el caso, la mayor parte de ellas de vecinos alarmados por montones de papeles acumulados, que al menor descuido convertirán el apartamento en una pira que se extenderá sin duda alguna al resto del edificio. No hay referencias de agresividad por parte del acusado, muy al contrario la mayoría insiste en que apenas se comunica con los residentes más próximos. Por fin, un número treinta y cinco dorado aparece frente a ella en lo alto de una puerta sin la menor señal de descuido. Tras tocar con apenas un roce de los nudillos le abren al instante, alzándose ante ella un anciano de rostro apacible y cuidado aspecto.
- Pase, señorita.
- Muchas gracias - responde algo sorprendida por el olor a sándalo reinante, tan alejado del hedor previsto.
- Siga adelante, hasta el salón.
- Muy bien - prosigue su camino entre enormes pilas de folios que alcanzan la altura de una persona, apoyadas en las paredes y que sortea no sin dificultad durante el recorrido. A su paso junto a las habitaciones puede ver el interior también atestado de libros y folios.
- Tiene usted toda una biblioteca aquí - afirma nada más acomodarse a duras penas en el salón, entre volúmenes de Víctor Hugo y Stendhal.
- Bueno, no es una biblioteca exactamente. ¿Le preparo un café?
- No, gracias. Acabo de desayunar. ¿Se imagina usted el motivo de mi visita?
- Imagino sea por los vecinos.
- Así es, recibimos aviso de un clásico Síndrome de Diógenes. ¿Su nombre es Ramón del Risco?
- El mismo - hace una pausa mientras pasea la vista sobre los montones de papeles - ¿Cree usted que están en lo cierto?
- No exactamente, pero…
- Son infundios, el ser un ente social y pertenecer a una comunidad de vecinos más enfrascados en el entorno que en sus familias, me ha convertido en una especie de leyenda urbana.
- No negará que llevan algo de razón, tiene montones de papeles que tal vez no necesite.
- No puedo deshacerme de ellos, -afirma con rostro sorprendido - son cartas de amor…
- ¿Cómo?- inquiere la joven con una sonrisa nerviosa.
- Cartas de amor - responde el anciano con firmeza - ¿No le han escrito alguna vez?
Titubea unos instantes antes de contestar. Le desconciertan las pupilas intensamente azules del anciano, traen a su memoria las playas al este de La Habana donde una mañana de verano conoció al padre de su hijo.
- No, realmente nunca me han escrito una carta de amor.
- Es muy propio de estos tiempos, aunque tal vez usted no sepa del amor que hablo.
- ¿A qué amor se refiere? El amor siempre es el mismo.
- Se equivoca joven, yerra totalmente. Existe uno al que solo conocen los afortunados, incluso estos a veces no le reconocen.
- Curioso... - afirma María tratando de restar algo del interés que la inusual conversación despierta en sus adentros - ¿Usted le conoció?
- Sí, hace mucho tiempo.
- ¿Y aún...?
- Como el primer día - se adelanta el anciano - La vi y supe que era ella. Cuando me dijo que se llamaba Ofelia, por unos segundos dudé pensando en la tragedia de Shakespeare - asegura esbozando una sonrisa a medias - pero al ver sus ojos me di cuenta que era ella, esa mujer que se espera durante siglos y a través de varias vidas.
- ¿Cómo lo supo? - inquiere atrapada por la historia.
- Porque desde ese instante todo es diferente, días, noches y horas se suceden a través de la otra persona. Algo así como que todo se experimenta a través de su ser, las alegrías, las tristezas y todas y cada una de las sensaciones sólo existen si ella las proyecta hacia uno.
- ¿Y ella...? - hace una pausa intentando inútilmente regresar en el tiempo para enmendar pregunta tan inapropiada. Aunque le impele la curiosidad de conocer la mujer que ha provocado tal amor, tiene la sensación de haber preguntado por una difunta - perdón, lo siento...
- No se preocupe, señorita. Aun vive, durante cincuenta y dos años he vivido

cada día para ella, aunque no hemos vuelto a vernos jamás. Mientras compartimos nuestros días sólo me separaba de sus labios para escribirle, como si una carta mía en el bolso le sirviera de guardián hasta el regreso a mis brazos. Desde la última vez que la vi, escribo al amanecer y al ocaso contándole cada detalle de mi vida, es una manera de hablar con ella y ¿quién sabe?, tal vez le lleguen mis cartas una vez que…- concluye la frase con la vista fija en la ventana, donde las gotas de lluvia impactan.
- ¿No la vio más?
- Le confesaré algo, el amor detesta los almanaques, sencillamente aparece y el nuestro no lo hizo en el mejor momento. Es la única vez en la vida que te cuestionas todo lo que has hecho y el por qué, buscas razones y culpas el no haber previsto que un día tendrías ante ti un alud de sentimientos nuevos. No te detienes ante nada y eso nos sucedió a ambos, pecamos en todo sentido pero no tuvimos tiempo siquiera de darnos cuenta, fue algo que nos arrastró literalmente y ella..., estaba casada. Nos amamos durante meses hasta que nos dimos cuenta que pertenecíamos a mundos diferentes y los últimos días, con la certeza del final flagelando nuestras conciencias fueron aún más intensos. Ofelia hizo lo que dictan los preceptos sociales, obró como se espera siempre que lo haga una buena mujer y regresó al hogar entre los suyos, a los brazos de su familia - Ramón vislumbra en los ojos de María cierta desilusión por el rumbo de la historia y decide concluir su relato - ¿Se toma un café ahora?
- Bueno...
El cuerpo esbelto del anciano se pierde en busca de la cocina y María pasea la vista por las enormes pilas de cartas, cuidadosamente acomodadas. Daría la vida por sentir algo así, hasta ahora sus experiencias amorosas han resultado desastrosas y recuerda que mientras su madre gozaba de salud, le insistía en la búsqueda del verdadero amor que va más allá de los hijos, la riqueza y todo lo material de este mundo. Más de una vez percibió un extraño brillo en sus ojos, al hablarle de ese estado especial que se respira al amar en la misma medida en que se es amado, un fulgor diferente y dulce que jamás le vio en presencia de su padre.
Unos pasos le traen a la realidad, mientras aparece ante sus ojos Ramón con una bandeja cuidadosamente dispuesta con sendas tazas de oloroso café, escoltadas por una azucarera de ribetes dorados decorada con motivos renacentistas.
- Especial para usted, joven. Es mi juego de tazas preferido, la porcelana es de Sèvres.
- Es todo un detalle.
- Usted lo merece. Se parece mucho a mi Ofelia, tenía los mismos ojos suyos, negros como la noche. Me la ha recordado desde el momento que le vi y por ello le estoy muy agradecido.
- Bueno - ladea el rostro en señal de aprobación y mientras degusta el café vuelve al asunto principal - ¿Cree que podamos dar alguna solución al problema de las cartas? Es por los vecinos y las quejas, hoy he de redactar un informe al respecto y me gustaría ayudarle.
- Señorita, sabe que no puedo deshacerme de mis cartas, preferiría, no sé...
- Debemos encontrar una solución. ¿No cree que pueda trasladar a otro sitio al menos las que ocupan el pasillo, es decir lo que ven los vecinos?
- Bueno, aun dispongo de una habitación al final, era de mi difunto perro y creo que puedo acomodarlas allí.
- Si es así, Don Ramón, informaré de que todo está resuelto.
- Es una pena.
- ¿Cómo?
- Que es una pena de que no me visite otra vez, ha sido muy agradable conversar con usted.
- Le digo lo mismo, quizás alguna vez le haga una visita.
- Siempre será bienvenida, joven. ¿Sabe algo?, es usted preciosa y no ha de pasar mucho tiempo antes que alguien le escriba una carta de amor.
- ¿Usted cree? - responde con una sonrisa agradecida mientras se aleja.

Unas horas más tarde regresa a casa abrumada por las tareas de rutina, recoger al hijo en la escuela, bañar a su madre, preparar la cena y por último culminar algunos informes pendientes, entre ellos el de Ramón, el síndrome de Diógenes más encantador de toda su carrera y que no aparta de sus pensamientos.
Cerca de las diez, con la pertinaz llovizna golpeando arrítmicamente las ventanas, acerca la anciana a la estufa. Mientras la acomoda le cuenta los sucesos del día y la historia del anciano que atesora cartas de amor. A veces, convencida de que su madre ha perdido la totalidad de los sentidos, se desahoga sin el menor recato.
- Si le vieras mamá, aun con ochenta y un años es un hombre atractivo, ¿puedes creerme? Alto, distinguido y sobre todo con una voz que acaricia, jamás pensé que pudiera sentirme atraída por un anciano, pero imagino que con veinte o treinta años menos sería irresistible. Pero lo que más impacta es esa pasión con la que habla de su amor, cuando dijo el nombre de Ofelia me sorprendió y por unos minutos llegué a pensar que podías ser tú - afirma sonriendo - ¿Te imaginas ser la que provoca miles y miles de cartas de amor?
María va hasta la cocina en busca de una taza de café que le sirva de compañía para enfrentar el abultado grupo de expedientes y se aleja lo suficiente para no escuchar un profundo suspiro, que se disipa entre el sonido de la lluvia en la ventana.
Una semana más tarde, la encontró sobre el lecho en posición inusual, como si intentara alcanzar uno de los cajones a su derecha que permanece entreabierto.
- Madre...
La joven observa la mirada de la anciana fija en su objetivo y tras acomodarle, detiene la vista en un pequeño alijo de cartas amarillas. Extrae una de ellas y sus ojos recorren líneas de elegantes trazos: "...Mi Ofelia, tantas horas sin ti son...". No da crédito a la lectura, un rubor intenso le sobrecoge mientras prosigue enfrascada en la epístola, cerrada con una frase que le recuerdan tiernas palabras conocidas días antes:
"…Por siempre tuyo, Ramón".
Regresa la mirada a la anciana en busca de alguna explicación, de por sí imposible en aquel rostro que ha desterrado las expresiones. Tan sólo vislumbra una lágrima que revolotea por la mejilla, como una mariposa de abril.

Ramón Muñoz Yanes.

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Re: El secreto de Diógenes.

Mensaje por El tuerto el Mar Dic 21, 2010 3:58 pm

Gracias Bro por Compartir,...es ..un Canto al Amor..Gracias,.Un abrasote,.el tuerto

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Re: El secreto de Diógenes.

Mensaje por Patrio el Mar Dic 21, 2010 6:01 pm

@El tuerto escribió:Gracias Bro por Compartir,...es ..un Canto al Amor..Gracias,.Un abrasote,.el tuerto

Muchas gracias, hermano, por vuestra lectura.
Un abrazo,
Patrio

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Re: El secreto de Diógenes.

Mensaje por ElpidioValdez el Mar Dic 21, 2010 9:11 pm

Patrio, este escrito, es el mejor regalo de Navidad que se le podria dar a este foro, mucha humanidad ,sentimiento envuelto todo en la pimienta de la originalidad.

Saludos.


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Re: El secreto de Diógenes.

Mensaje por Patrio el Mar Dic 21, 2010 9:54 pm

@ElpidioValdez escribió:Patrio, este escrito, es el mejor regalo de Navidad que se le podria dar a este foro, mucha humanidad ,sentimiento envuelto todo en la pimienta de la originalidad.

Saludos.


Hermano Elpidio:
No sabe usted cuanto agradecimiento generan vuestras palabras.
Mis respetos para usted,
Patrio

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Re: El secreto de Diógenes.

Mensaje por Gandalf el Mar Dic 21, 2010 10:09 pm

Esta es la mejor expresion criolla para decir lo que pienso al leer tu post...
Te la comistes Patrio..!!!!!

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Re: El secreto de Diógenes.

Mensaje por Patrio el Mar Dic 21, 2010 10:12 pm

@Gandalf escribió:Esta es la mejor expresion criolla para decir lo que pienso al leer tu post...
Te la comistes Patrio..!!!!!

Una entrega de navidad para los hermanos. Mi abrazo para mi hermano de Tampa.

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Re: El secreto de Diógenes.

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