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Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

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Saddam: entre el desastre y el olvido.

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Saddam: entre el desastre y el olvido.

Mensaje por glezbo el Lun Dic 13, 2010 12:47 am

Traido desde el blog de Emilio Ichikawa. El Kagandante es un remedo casi perfecto del celebre personaje de ficcion creado por el italiano Carlo Collodi en su cuento infantil "Pinocho" con la diferencia de que en vez de crecerle la nariz cuando mentia, a nuestro pichon de napoleon insular se le sale la mierda a chorros, gracias a Dios que existe el Internet y sus mentiras son de corto aliento, por eso la odia a muerte.

Saludos y respetos, Glezbo.





Al cabo de 9 meses, el dictador iraquí Saddam Hussein es apresado en su escondite a 2 ó 3 metros bajo tierra, cerca de su pueblo natal (Tikrit). Sus hijos y presuntos sucesores en el poder, Uday y Qusay, ya habían muerto (julio 22, 2003) en Mosul. Saddam se entregó sin ofrecer resistencia, «como hombre resignado a su destino», y encaró juicio por crímenes de lesa humanidad, que concluyó (noviembre 5, 2006) con pena de muerte, ejecutada por ahorcamiento (diciembre 30, 2006). Para explicar por qué Saddam no hizo el strip tease que exigía Washington, y así dejar claro que no poseía ni andaba fabricando armas de destrucción masiva, conviene acaso repasar su tesitura tras invadir Kuwait (agosto 2, 1990) y desencadenar así la primera crisis internacional de post-guerra fría.

En la página 501 de su Biografía a dos voces (2006), Castro califica a Saddam de este modo: «Un estratega errático. Cruel con su pueblo». Y añade que mandó a «emisarios personales recomendándole negociar y retirarse a tiempo de Kuwait», solo que en vano, porque Saddam «se encerró en una lógica que conducía a su destrucción», es decir: la misma lógica que Castro había seguido durante la Crisis de los Misiles. Sin embargo, lo más curioso estriba en que Castro dice haberse encontrado personalmente con Saddam «una sola vez, eso fue en septiembre de 1973. Yo venía de Argel [IV Cumbre NOAL] e iba para Hanoi [y] Saddam Hussein vino a recibirme en el aeropuerto de Bagdad».

Castro no recuerda haber tenido, por lo menos, otro contacto personal con Saddam: Castro no solo fue a recibirlo (diciembre 13, 1978) en el aeropuerto de La Habana, sino que al día siguiente condecoró a Saddam con la Orden Nacional José Martí, siendo éste tan sólo vicepresidente del llamado Consejo del Comando de la República de Irak y vicesecretario del Comando Nacional del Partido BAAS. Esta memoria afectiva pudiera traer su causa de que, al preguntarle su biógrafo Ignacio Ramonet qué opinaba de Saddam, Castro respondió: «Mire, ¿cómo decirlo?, un desastre».

-Nota: También el Kremlin previno a Saddam acerca de los riesgos de permanecer en Kuwait. Mandó a su experto en el Medio Oriente, Yevgeni Primakov, pero Saddam tomó aquello como tentativa de Moscú para intimidarlo. Ni siquiera dio crédito a las imágenes de satélite, presentadas por los soviéticos, sobre los preparativos de ofensiva terrestre por el flanco oeste, en vez del asalto anfibio directo a Kuwait. Saddam dijo que se trataba de una maniobra diversionista del Kremlin en coordinación con la Casa Blanca (Daniel Pipes: Hidden Hand: Middle East Fears of Conspiracy, 1996, página 16).

-Foto superior: Then-Iraqi Vice President Saddam Hussein (center) stood with Castro (left) and Defense Minister General Raul Castro (right) on January 30, 1979, in Havana, Cuba, during Hussein’s visit. (OFF/AFP/Getty Images)



-Foto inferior: Castro entre su ministro Sergio del Valle y Saddam Hussein en La Habana (1978) © Cuban Heritage Collection

glezbo
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Una tarde con Saddam.

Mensaje por glezbo el Lun Dic 13, 2010 9:11 pm

Interesante relato por Alcibiades Hidalgo de la mision cubana a Bagdag para tratar de disuadir a Saddam Hussein de continuar con la ocupacion de Kuwait en 1990. Sobresale la arrogancia del ex-dictador iraqui que a la larga le costo su propia vida y la de miles de soldados en lo que pomposamente llamo "La Madre de todas las Guerras" y que duro menos que un piruli en la puerta de un colegio. Llamativo tambien el conocer por la pluma de uno de los insiders mas "inside" del gobierno cubano los motivos, razonamientos y acciones del satrapa cubano y sus mas allegados colaboradores.

Saludos y respetos, Glezbo.



Noviembre de 1990, cuatro meses después de la invasión iraquí a Kuwait: Una misión cubana viaja a Bagdad con un mensaje de Fidel Castro. por ALCIBíADES HIDALGO.

"Creo que una de las más gloriosas páginas de la política y la diplomacia cubana se escribió allí... actuamos en todas las direcciones
y con los mismos iraquíes..."
Fidel Castro.
Asamblea Provincial del Partido Comunista de La Habana, febrero 26 de 1991.


Saddam Hussein interrumpió con un gesto de su mano derecha la ya larga explicación del Jefe de la Inteligencia Militar cubana, que sobre un mapa de la Península Arábiga describía el creciente despliegue de las fuerzas norteamericanas y aliadas que en muy pocos días castigarían a Irak por su invasión a Kuwait. "He recibido varios informes parecidos al de ustedes. Me los envía mi embajador en Naciones Unidas y casi siempre van a parar allí", dijo en voz alta y pausada el ídolo de Takrit, al tiempo que señalaba hacia un recipiente de basura de hermoso mármol, al gusto del poderoso dictador de Irak.

El comentario —primero tras casi dos horas de escuchar a sus invitados en el palacio de Al Qadissiya— pareció más bien dirigido al puñado de dirigentes militares iraquíes que ocupaban uno de los lados de la larga mesa cubierta de dátiles y flores. Al otro, los cubanos enviados por Fidel Castro para intentar convencer al aliado de Bagdad del más probable resultado de una guerra en el Golfo, comprendimos que, pese al tono de aquella voz, esa sería una tarde muy difícil.

Eran los primeros días de noviembre de 1990. Cuatro meses atrás el inoportuno avance iraquí sobre las fronteras kuwaitíes estremeció al mundo entero e inquietó a la lejana Cuba. Un amigo reconocido desafiaba a su propio mundo árabe, a persas, turcos e israelíes, al Occidente en pleno y a todos los demás y lo hacía, para colmo de males, mediante la superioridad militar abrumadora contra un pequeño vecino independiente. Un escenario enrevesado, con desafortunadas similitudes a los peores augurios de Cuba sobre su propio gran vecino, ante el cual, necesariamente, habría que tomar posición.

La diplomacia de la Isla intentó jugar al avestruz. La cancillería, alarmada, recomendó callar, no tomar partido. Los kuwaitíes, a fin de cuentas, eran apenas unos conocidos lejanos, sin dividendos tangibles para Cuba. Otra monarquía absoluta podrida en un mar de petróleo; no-alineada, sí, pero inclinada hacia Estados Unidos. Saddam, en cambio, era un amigo de muchos años y posiciones comunes. Se debía esperar, no adelantarnos, seguir el desarrollo de los acontecimientos, buscar consenso...

Desde el Comité Central del Partido Comunista algunos de los negociadores de la retirada de las tropas cubanas de Angola, de estreno en nuevos cargos del poder político, proponíamos lo contrario: marcar la distancia con el último arrebato de Bagdad. Demasiados malabarismos nos debía Saddam por su anterior guerra contra los Ayatolás, que habían terminado con el Sha Reza Pahlevi; muchos los malentendidos con la clientela tercermundista no islámica de la política cubana, o con sus propios hermanos árabes; muchos también los opositores de la variante sanguinaria del baasismo iraquí, incluidos casi todos los comunistas de la Mesopotamia, que habían colgado de sus cuellos en la Plaza de los Ahorcados, a orillas del Tigris. La clara agresión, pese a todas las justificaciones históricas iraquíes era, además, irreconciliable con el derecho internacional. Había que tomar distancia de la aventura, en beneficio de los mejores intereses de Cuba.

Luego de una inútil controversia para limar diferencias, ambos criterios terminaron, divergentes, sometidos a la decisión suprema del Comandante en Jefe, que decidió criticar la invasión. Cuba, miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, votó el 2 de agosto en favor de la Resolución 660 de ese órgano que condenó la acción de Irak. Un día después una declaración oficial hizo pública la posición cubana y el propio Fidel, en una larga carta a los líderes del mundo árabe, argumentó que se había actuado así "no sin pena y amargura" y en correspondencia con "los principios que hacen inaceptable el uso de la fuerza en la solución de conflictos".

La amenaza de una posible acción semejante de Estados Unidos contra Cuba fue subrayada en la explicación, la cual lamentaba también la evidencia de una "nueva correlación de fuerzas a escala mundial", luego de la renuncia a los votos socialistas en los países que conformaron la Europa Oriental.

Cuba no repetiría una acción semejante a lo largo de la crisis que desembocó en la Guerra del Golfo. En lo sucesivo, bajo instrucciones directas de Fidel Castro, la representación en la ONU emplearía todo su ingenio, o cuando menos su esfuerzo, en litigar en el seno del Consejo en favor no disimulado de las posiciones iraquíes, intentar limitar el alcance de las sanciones sucesivamente aprobadas, o tratar de dilatar las decisiones, sin lograr por ello la absolución de Saddam por el crítico distanciamiento inicial.

A mediados de aquel otoño resultaba evidente que la obstinación por prolongar la ocupación del emirato que Bagdad consideraba como su provincia diecinueve, y la determinación en sentido contrario de Estados Unidos, al frente de una coalición internacional sin precedentes, conducían a la guerra. Un conflicto que en opinión de Cuba sólo serviría para una demostración descomunal de la fuerza de los vencedores de la Guerra Fría. Moscú apagaba poco a poco sus luces, capital de una Unión que pronto preferiría no seguirlo siendo, y apenas intentaba limitar los daños del desatino iraquí, sin molestar demasiado a George H. Bush. El mundo no sería el mismo después de semejante guerra.

Para La Habana, donde se iniciaba el descenso en picada de la economía sostenida hasta entonces por los aliados socialistas, las circunstancias no podían ser peores. Era necesario cualquier empeño que evitara la previsible catástrofe de una guerra por Kuwait y ante la cual el amigo iraquí permanecía impasible. Hasta el último recurso sería ensayado, incluso una apelación directa a Saddam. La idea fue del propio Comandante. Era necesario explicar, persuadir, demostrar al tozudo autócrata la enormidad de la respuesta militar que se preparaba con un sólido respaldo internacional, y de la cual Cuba por fuentes todavía soviéticas y por sus propias vías estaba muy bien informada. En lo político, se podía apelar a una solución in extremis, a través de alguna de las múltiples mediaciones que se ofrecían a Bagdad, o de cualquier otra fórmula que facilitara la imprescindible retirada, que debía ser anunciada sin dilación.

La misión debía ser discreta y bien provista de los datos y argumentos necesarios para conmover la conocida intransigencia del líder iraquí. La encabezaría el vicepresidente del Consejo de Ministros, José Ramón Fernández. Oficial profesional de las Fuerzas Armadas incorporado a la Revolución, fue un hombre clave en la batalla librada contra la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 y desde entonces de la máxima confianza del Comandante. Pese a su ascendencia asturiana, es conocido como El Gallego, gentilicio común para todos los españoles en el habla de la Isla. Su jerarquía indicaría la importancia de la gestión y su probada ejecutoria era garantía de que las instrucciones se cumplirían al milímetro. Rodrigo Álvarez Cambras, el ortopédico que años atrás había removido un tumor de la médula espinal de Saddam Hussein —y que por esa y otras razones ha ocupado cargos prominentes de la traumatología y la política nacional— fue incluido casi que por derecho propio. Su presencia subrayaría el carácter amistoso, casi íntimo, del largo viaje a Bagdad.

En mi caso, además de las funciones que recién asumía en las relaciones exteriores del Comité Central del Partido Comunista, valía el conocimiento personal del país y de su mandatario durante una larga estadía en el Medio Oriente. En la primavera de l975 fui el único periodista cubano que llegó junto con el ejército iraquí al cuartel general del mulá Mustafá Barzani, en las pedregosas y heladas cordilleras del Kurdistán, una de las victorias que consolidó el poder de Saddam en el mosaico étnico y religioso de Irak.

Para exponer la preciada colección de datos sobre el despliegue aliado, preludio de Desert Storm, Raúl Castro designó al joven coronel Jaime Salas, jefe en funciones de la Inteligencia Militar (DIM), ya que el sempiterno líder de esta agencia, general de división Jesús Bermúdez Cutiño, dirigía entonces la ocupación por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de la experimentada Dirección General de Inteligencia (DGI) del Ministerio del Interior, virtualmente disuelto a continuación del escándalo por acusaciones de narcotráfico que involucró al general Arnaldo Ochoa y a los gemelos De La Guardia. Escoltas, ayudantes, traductores y el viceministro de la cancillería a cargo de los asuntos árabes, completaron la nómina.

De inmediato se inició la redacción de un mensaje personal de Fidel a Hussein, que resultó un texto repleto de razones para no dar a Washington la oportunidad que se le ofrecía para iniciar un mandato mundial. El honor iraquí, un asunto clave, estaría a salvo si se aceptaba una mediación de amigos. Un arreglo en términos del Tercer Mundo, un sacrificio tardío pero imprescindible. En el Consejo de Seguridad los esfuerzos combinados de Cuba, Colombia, Malasia y Yemen, los no-alineados entre los quince miembros, les ganaban ya en los implacables comentarios de pasillo de Naciones Unidas la denominación de "banda de los cuatro". Algo podía hacerse aún por esa vía.

El portafolio más cargado iba a ser el del coronel Salas. Los militares soviéticos, al corriente de la misión, y con la anuencia del Kremlin de Mijail Gorbachov, proporcionaban minuciosas descripciones de fuerzas y medios de combate instalados o en camino hacia la Península Arábiga o Turquía. Se detallaban los preparativos en Europa o en el Índico, las características de nuevas armas que esperaban por la primera demostración. Desde la base soviética de Torrens, en las afueras de La Habana —también apodada Lourdes por los norteamericanos— se compartía una abundante cosecha de datos electrónicos obtenidos de los centros de mando en La Florida y de todo el territorio norteamericano, a la cual se añadían precisiones enviadas por Moscú. Los analistas militares cubanos, acostumbrados al estudio minucioso de todos los conflictos armados en que participa Estados Unidos, elaboraban sus apreciaciones.

El proyecto de mensaje de Fidel a Saddam estuvo listo rápidamente. Cuatro páginas meditadas, de tono pausado y cordial, que subrayaban la opinión del remitente sobre el carácter extremo de la situación, para luego exponer dos ideas principales: había que detener la acción militar en curso con una declaración de retirada inmediata del territorio de Kuwait. Las reclamaciones territoriales, en particular la disputa por un par de islas en las aguas del Golfo Pérsico, seguirían vigentes, pero se ventilarían más adelante. Con ello, según la óptica del gobernante cubano, quedaría a salvo el amenazado honor iraquí. El propio Fidel dio los toques finales al documento, junto a Fernández, quien debería exponerlo a Saddam, con comentarios que también le fueron indicados. Carlos Lage, por entonces recién llegado a las oficinas del Comandante, estuvo también presente, aunque silencioso, en la sesión de redacción. Concluido el texto a satisfacción del firmante se encargó al experto cubano más conocedor de los asuntos soviéticos una versión en ruso, con los cambios convenientes que hicieran el texto lo más aceptable posible para Gorbachov, a quien se mantenía convenientemente informado de toda la gestión.

Fidel Castro nos despidió tarde en la noche en su oficina del Palacio de la Revolución. Repasó uno a uno los argumentos que el Gallego sumaría al contenido de su mensaje y habló de las últimas informaciones sobre el tema más importante del planeta, en el que Cuba participaría ahora de forma decisiva. El Comandante examinó los mapas, tablas y fotos que conformaban el expediente militar. Se extendió en comentarios sobre el carácter crucial de la misión y en los riesgos personales que asumíamos al acudir, de su parte, a un Irak ya sitiado por las fuerzas aliadas. Nos consideraba soldados rumbo al combate. Antes de un desacostumbrado abrazo a cada uno, en un discreto aparte y con un brazo sobre los hombros de Fernández, le entregó un sobre cerrado. "Para los gastos —dijo—, por si acaso pasa algo". Un arreglo en voz baja, entre "gallegos".

De La Habana a Madrid y al día siguiente a Amman en las primeras clases de Iberia y de Jordan Airlines. En el aeropuerto jordano aguardaba el embajador de Cuba ante el reino hachemita, quien informó, diligente, que el avión privado de Saddam Hussein venía para trasladarnos a Bagdad. Volar en una nave tan notoria reflejada en las atentas pantallas de cientos de radares de la coalición enemiga desplegada en el área no era la mejor de las opciones. Era la única. Los vuelos a Irak habían sido prohibidos por las sanciones ya en vigor y no podía siquiera pensarse en rechazar el amable ofrecimiento del anfitrión. Por algo habíamos sido despedidos como soldados rumbo al combate.

Por suerte, el corto vuelo nocturno transcurrió apacible. El impecable jet de Saddam se posó diestramente en el Aeropuerto Internacional Saddam, se intercambiaron los saludos de rigor con los funcionarios encargados de la bienvenida y un rápido convoy nos condujo a una residencia prevista por la misión cubana. Los iraquíes habían sugerido alguno de sus palacios habituales para huéspedes, pero desde La Habana se había declinado cortésmente el ofrecimiento, por alguna razón sobre la cual el Comandante no quiso abundar. La espera por el encuentro apenas comenzaba.

Al día siguiente un primer tanteo iraquí por lograr la entrega adelantada del mensaje de Fidel a Saddam fracasó ante la cerrada defensa organizada por el Gallego Fernández, que exhibió dotes adquiridas en sus estudios juveniles en la Escuela de Artillería de Fort Silk, en Oklahoma. Ante la petición presentada por un rígido funcionario del protocolo del presidente la respuesta fue terminante: la misiva de Fidel sólo se entregaría —y se explicaría — a su destinatario. Ese era el único propósito de los enviados de La Habana. La absurda pendencia se prolongaría varios días. El ortopédico Álvarez Cambras recurrió inútilmente a sus múltiples relaciones en el entramado político iraquí para facilitar la esperada entrevista. Infructuoso también fue mi intento por encontrar al vicepremier Tarik Aziz, a quien conocía desde su ya lejano desempeño como director de la agencia oficial de noticias. Sólo Saddam decidía sobre su precioso tiempo. Del inesperado e inexplicable prólogo se informó de inmediato a La Habana, que indicó, naturalmente, esperar.

Por tres días el forzoso intervalo fue empleado en encuentros con el par de centenares de médicos y enfermeras cubanos que permanecían concentrados en Bagdad ante la inminencia de la guerra, para quienes habíamos traído abundante correspondencia familiar. Los anfitriones sugirieron, para aliviar la espera, una visita a Babilonia. Después de ponderar la conveniencia de lo que podría parecer a la distancia algo de turismo político en mal escenario, decidimos aceptar. La reedificación de la antigua metrópoli era un empeño privilegiado del Gobierno de Bagdad y los posibles daños al invalorable patrimonio histórico, otra de las razones para evitar un conflicto. Al cuarto día de nuestro arribo, el convoy se dirigió esta vez hacia el sur.

La transformación de la capital del Creciente Fértil, iniciada años atrás, motivó comentarios entre la admiración y la sorpresa. Donde años atrás sólo se encontraban escasos túmulos y alguna que otra mutilada escultura, se erigían ahora enormes ziggurats, semejantes a las originales pirámides escalonadas, que dominaban la vasta planicie despojada durante siglos del antiguo esplendor. Como Nabucodonosor en su tiempo, Saddam había hecho grabar su nombre millones de veces en los ladrillos de arcilla que formaban las nuevas edificaciones, aunque con el moderno título de Presidente de la República. Cuando recorríamos las obras, llegó desde Bagdad el aviso esperado y urgente: el encuentro sería al día siguiente.

La delegación repasó esa noche por última vez los temas a exponer. Fernández entregaría el mensaje, glosaría brevemente su contenido y expondría a continuación todas las otras razones plausibles para una solución sin guerra. Mi turno estaría dedicado a un repaso de las iniciativas mediadoras en curso y la situación en el Consejo de Seguridad, con énfasis en la posibilidad de encontrar una salida por las vías diplomáticas. Por último, el coronel mostraría su prolija información, sin duda el plato fuerte de todo el asunto. Se informó nuevamente a La Habana en un despacho que incluyó comentarios recogidos por el especialista en ortopedia entre sus varios pacientes en la elite política de Bagdad, todos invariablemente coincidentes con Saddam, como también ocurría con el propio cirujano.

El convoy definitivo partió al mediodía en medio de un impresionante despliegue de los anfitriones hacia un lugar desconocido. Pronto, el embajador Juan Aldama, asignado a Bagdad dos años atrás, identificó la ruta. Nos conducían al palacio preferido por el presidente, Radwaniyah, también conocido como Al Qadissiya. Para Aldama ese fue uno de sus últimos encuentros con Saddam. Graduado de la academia diplomática de Moscú, había asumido en Bagdad, junto a una simpática esposa rusa, su primer destino como embajador. Su desempeño en la difícil crisis resultó inobjetable para los usos de la chancillería cubana, lo cual hizo más sorprendente aún lo sucedido apenas concluida la guerra.

Según explicó luego en La Habana la joven viuda, hija de un importante funcionario soviético, su esposo, después de hacer el amor por última vez se encerró una noche de la primavera de 1991 en el baño de su confortable residencia en Bagdad y, para su eterna sorpresa, se disparó en la sien con una pistola Makarov que siempre le acompañaba. Sin otros conflictos aparentes que las consuetudinarias rivalidades e intrigas con los órganos de inteligencia presentes en casi todas las misiones diplomáticas cubanas, las verdaderas causas del suicidio nunca revelado del embajador Aldama permanecen como un misterio político que quizás nunca hallará explicación.

El palacio de Al Qadissiya es hoy un lugar mucho más notorio que antes del estallido de la "Madre de todas las Batallas", como llamó Saddam a la cercana guerra. Forma parte de los llamados sitios presidenciales, sospechosos de albergar ocultos laboratorios letales. Aquella tarde el convoy atravesó de prisa los controles de acceso al espacioso conjunto de edificios y los enviados de Fidel Castro arribamos finalmente a uno de ellos, construido según los patrones de lo que se ha dado en llamar el estilo islámico moderno, aderezado en este caso con todo lo imaginable para impresionar al visitante.

Por amplios corredores de azules de Samarcanda y patios interiores de espléndidas fuentes, arribamos al salón previsto para la entrevista. Saddam no se hizo esperar. Nos disponíamos a una previsible antesala, cuando apareció al frente de media docena de altos jefes militares, según indicaban los grados e insignias en sus uniformes de campaña, tan impecables como el de su jefe. Con expresión adusta el iraquí saludó al Gallego Fernández, quien introdujo de inmediato a sus acompañantes, algunos conocidos por el gobernante. En lugar de devolver las presentaciones de rigor, Saddam señaló a sus acompañantes con un vago gesto y nos invitó a ocupar uno de los lados de una larga mesa en medio del salón.

El Gallego inició sus palabras tras la invitación del anfitrión. Nos motivaba, dijo, la probada amistad entre Irak y Cuba, entre Saddam y Fidel. Nos preocupaba el perjuicio que ocasionaría al Gobierno iraquí la inminente confrontación. Y también el beneficio que Estados Unidos obtendría con la demostración de su poderío militar. Continuó un extenso inventario de argumentos que el iraquí escuchó impasible en la intachable traducción de un intérprete de magra figura traído especialmente de La Habana. El Gallego dijo que con un esfuerzo especial el Gobierno cubano había considerado cuidadosamente las posibles soluciones diplomáticas del conflicto y, más importante aún, traíamos una valiosa información sobre el volumen y carácter de la fuerza enemiga que, ya casi totalmente desplegada, se aprestaba a la guerra. Ambos temas serían expuestos si eran de su interés. El mensaje de Fidel, convenientemente traducido, fue entregado al fin a su destinatario, que lo leyó con detenimiento y sin formular comentario alguno, salvo unas pocas palabras apenas musitadas para sí mismo y algunos movimientos de cabeza de difícil interpretación. Cuando Saddam levantó nuevamente la vista hacia nosotros, como solicitando qué venía a continuación, Fernández, que había empleado la totalidad de los razonamientos que le fueran indicados en La Habana, sugirió que escuchara los que otros enviados teníamos para decir.

Tras el largo parlamento del Gallego, el iraquí transpiraba impaciencia. Entre sus acompañantes era difícil descubrir una expresión de coincidencia con el análisis presentado por los cubanos. Tales circunstancias recomendaban que mi turno debía ser escueto. Una solución diplomática era todavía posible. Enviados de distintos países arribaban a menudo a Bagdad desde que la posibilidad de una guerra se había hecho evidente. Entre ellos, la insistente gestión de los diplomáticos rusos —todavía soviéticos— trataba de evitar el abandono público por primera vez de un aliado árabe. Con la URSS, que conocía esta misión de Cuba ante Saddam, podía contarse para alguna iniciativa de última hora en el Consejo de Seguridad, a la que seguramente se sumaría China y quizás, con reticencias, algún otro de los miembros permanentes. Eran, sin embargo, los integrantes de ese órgano que representaban al Tercer Mundo los que se empeñarían en una solución honorable, siempre que Irak ofreciera por adelantado su retirada de Kuwait. Las reclamaciones territoriales podrían replantearse en otra coyuntura. La buena disposición del Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, cercano amigo de La Habana, formaba parte de la ecuación negociadora. Cuba aseguraba que si Bagdad hacía el anuncio imprescindible se podría hallar una solución sin guerra. La explicación de las opciones diplomáticas tampoco motivó comentarios.

Ante la aparente decisión de Hussein de escuchar cuanto teníamos que decir antes de hacer sus propios comentarios, el coronel Salas se dirigió por indicación de Fernández hacia un pizarrón en el que se habían dispuesto en riguroso orden los numerosos mapas, tablas, fotos y esquemas que ilustrarían esta explicación. Salas expuso las diversas etapas en que se había desarrollado el despliegue de los norteamericanos y sus aliados desde bases en Europa y Estados Unidos a partir del último otoño. Explicó con detenimiento las características de aquellas tropas, algunas de ellas estudiadas por Cuba durante muchos años, hizo énfasis en la reciente ampliación de sus posibilidades para la lucha en el desierto y desde los mares adyacentes, el alto grado de disposición combativa, el número estimado de sus integrantes. Identificó los lugares de concentración de distintas unidades y sus acciones previsibles en el amplio teatro de operaciones, indicó las posibilidades de coordinación entre los diferentes mandos y tipos de armamentos. La enumeración de las poderosas armas, muchas de las cuales serían empleadas por primera vez, fue especialmente abrumadora. El coronel cubano habló de una guerra tecnológica, de misiles Tomahawk de varias cabezas que podían ser lanzados desde el Mar Rojo o el Golfo Pérsico; de helicópteros antitanques Apache; de superfortalezas B-52, ya probadas en Vietnam; de los nuevos aviones F117A Stealth, invisibles a los radares; de los sistemas de mando AWACS que guiarían simultáneamente cientos de aviones durante los combates; de cohetes Patriot, incomparables a los Scud de que disponían los iraquíes; de los tanques Abrams dotados de cañones de 120 milímetros; de los novedosos sistemas espaciales GPS; de aviones sin piloto y de otras varias armas inteligentes y recursos para su utilización, a las que se sumaban las de los aliados de Estados Unidos, que harían esta guerra incomparable a cualquier otra librada anteriormente, según demostraba aquella montaña de datos de cuidada exactitud.

La comparación mesurada pero imprescindible con las fuerzas de Irak que siguió a continuación, colmó la copa de Saddam. Escuchó impasible estimar en desventaja la capacidad de resistencia de su ejército de tierra con menos de un millón de hombres, unos siete mil tanques y muchas menos piezas de artillería, pero dio por terminada la exposición cuando nuestro coronel comenzó a describir la manifiesta superioridad aérea del enemigo.

Tras señalar con duro gesto el destino final de los informes diplomáticos semejantes a lo que oía de los enviados de Cuba, inició un crudo discurso sobre la injusticia colonial que creó el Estado de Kuwait, verdadera causa de la situación actual. Condenó la ingratitud de la nación árabe hacia el único de sus miembros que había combatido la expansión persa en el Golfo, que primero había sido víctima de maniobras con el petróleo y ahora aislado frente a la nueva cruzada de Occidente. Aludió a otras ingratitudes de amigos inconformes con la decisión iraquí de no ceder ante sus enemigos, de la ineptitud de la ONU y la infidelidad de los países comunistas. Recordó a Saladino, también oriundo de la región de Takrit según precisó, y habló de su compromiso ante la historia y de la formidable lección que el pueblo iraquí, decidido a vencer, daría a cualquier agresor.

"Pueden decir al camarada Fidel Castro —dijo mientras se incorporaba de su silla—, que agradezco su preocupación. Si los soldados de Estados Unidos invaden Irak los aplastaremos de esta manera", concluyó en voz muy alta, al tiempo que pisoteaba acompasadamente la alfombra con sus pulidas botas militares.

El encuentro había terminado. Saddam estrechó sin sonreír las manos de todos los cubanos mientras nos retirábamos del suntuoso salón. Al Gallego lo despidió con un abrazo al estilo árabe y el encargo de un saludo al Comandante. El camino de regreso a nuestra residencia transcurrió sin comentarios.

Esa noche redacté un largo despacho que describía con la mayor exactitud posible lo sucedido en la reunión. Fernández lo distribuyó entre los enviados y al embajador Aldama. Con algunas sugerencias todos aprobaron el informe de nuestra gestión, con excepción del ortopédico Álvarez Cambras. Visiblemente disgustado por la descripción de las reacciones de su amigo Saddam Hussein, expresó, tajante, su opinión: "Yo no firmo un informe así para el Comandante". La réplica de Fernández fue más breve: "El que lo va a firmar soy yo". Álvarez Cambras dijo que en La Habana prepararía su propio informe, y Fernández dio por terminada la discusión.

Dos días después iniciamos el regreso a Cuba por la misma ruta. En la residencia del embajador cubano en el exclusivo Parque Conde de Orgaz en Madrid, donde esperamos por el avión hacia La Habana, Fernández abrió el sobre que Fidel le entregara la noche de la partida y nos entregó un billete de cien dólares a cada uno de los miembros de la delegación para comprar algún recuerdo del viaje, según dijo. El 12 de noviembre de 1990 el diario oficial Granma informó del regreso de una delegación oficial a Irak, cuya partida nunca fue anunciada, que había sostenido conversaciones con Saddam Hussein en nombre de la más alta dirección del país.

Cuando Fidel nos recibió ese mismo día no quiso escuchar de nuevo el relato del encuentro. Solo pidió que el Gallego le demostrara con sus propios pies cómo Saddam había dicho que aplastaría a los norteamericanos. Se habló de otros temas y Fernández le devolvió el sobre recibido de sus manos y explicó el desembolso de Madrid. El Comandante levantó entonces una ceja, como de extrañeza, pero no hizo otros comentarios.

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