Secretos de Cuba
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Las vivencias del 1ro de Enero de 1959 de un niño de 6 años.

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Las vivencias del 1ro de Enero de 1959 de un niño de 6 años.

Mensaje por Milan Lopez2010 el Jue Dic 02, 2010 4:34 pm

Esto lo encontre en el Blog de Miriam Celaya, esta BIEN LARGO, pero vale la pena leerlo. Es el "comentario o post" de un visitante llamado, Juan; y al parecer tiene un Blog que se llama: cubaenmi.blogspot.com.

No lo conozco; pero me parecio interesante el escrito; quizas visite su BLOG para leer un poco mas....de repente uno encuentra alguna "sorpresa".


Rebelde”

¡Nunca olvidaré aquel primero de Enero de 1959!
Desaparecerán de mi memoria otras fechas, otros acontecimientos. ¿Pero este día? ¡No! Y conste que tenia solo seis años.
Los recuerdos de la niñez son los que mas perduran, siempre están presente, estos forman parte de uno y como siempre, están relacionados con el lugar donde nacemos.
Los recuerdos nos hacen inseparables de nuestra tierra, y nos contagia esa particular identidad que perdura por el resto de nuestros días, y que cargamos con orgullo a donde quiera que vamos, ese pequeño mundo nuestro de sueños mezclados con recuerdos y al que después llamamos patria.
Nadie durmió aquella madrugada en casa, todos iban y venían, hablaban muy bajito, se preguntaban cosas al oído y al oído se respondían. ¿Que estaba pasando? ¡Yo no sabia!
En la calle se oían detonaciones y disparos de ametralladoras, algo muy confuso para mi era todo aquello, por mi mente pasaba una de esas películas de gángsters donde todos corrían despavoridos a protegerse de aquella locura y donde a cualquiera mataban en la calle, dentro de un restaurante o de una casa, la imagen de aquel hombre de cara seria bien vestido con traje oscuro corbata y sombrero de ala corta, no se desprendía de mi. Me asustaba mucho y cuanto mas cerca se sentían los disparos, mas crecía el miedo.
Le apretaba la mano a mi mama con mucha fuerza y en el estómago una sensación muy rara que me aflojaba las piernas hasta mojarme los pantalones, esos pantalones cortos que llevaba y que dejaban al descubierto la penosa muestra liquida que provocaban mis temores, y que luego de pasar el susto me avergonzaba tanto que no quería salir del escondite para evitar las burlas de mis hermanos que también les paso lo mismo pero que a diferencia mía, sabían como ocultar su humedad.
Mami me apretaba contra su cuerpo para que yo sintiera que no estaba solo para darme ese calor de madre que protege y que consuela. ¿Que mejor refugio para un niño?
En mi mente la idea de que venían a buscarnos no me abandonaba, tenia el mismo miedo que cuando me decían que el coco vendría a buscarme, o cuando mis hermanos ya cayendo la tarde me cantaban: ¡A esconderse que ahí viene la basura! Para mi oír aquel dichoso camión llegar casi siempre a la misma hora con los hombres corriendo detrás del mismo y recogiendo todo lo que se encontraban en la calle, era pensar que si en ese momento me veían seria el fin.
Yo corría a esconderme detrás de la puerta y me tapaba los oídos y los ojos con los brazos, mientras menos los oyera mas protegido me sentía, usaba la misma técnica del avestruz que aprendiera con los muñequitos de la tele. Todos los días media hora antes de que ellos pasaran ya los presentía, le hacía saber a mi madre que me estaba portado bien para que no permitiera que me pasara nada, ella era mi consuelo en esa media hora antes de la llegada maldita de aquel camión. No me movía del sofá de la sala donde todos miraban la televisión y a cada minuto les recordaba lo bien que me estaba portando, creyendo así que olvidarían mis travesuras de todo el día, después de cuatro o cinco veces repitiendo lo mismo sin que nadie me prestara atención me paraba delante de la pantalla para decirlo otra vez y bien alto, ahora si que me hacían caso y todos gritaban al mismo tiempo - ¡Si ya lo sabemos! Y si no te quitas de ahí ahora mismo. ¡Entonces si dejaremos que te lleve la basura!
¡Se ensañaban conmigo! Mis hermanos que eran mayores que yo disfrutaban mucho lo que me hacían y reían a carcajadas, no les importaba en lo mas mínimo mi sufrimiento y gozaban al ver mi cara de susto, era la venganza por todo lo que les hacía enojar y ellos ver como mis padres me protegían al decirles que yo era el mas pequeño y que su deber era hacer lo mismo que ellos, cuidarme y consentirme.
Mi madre no soportaba verme sufrir y corría a parar todo aquel complot en mi contra, entonces me cargaba y sentándome en sus piernas, ponía mi cabeza en su pecho y me acariciaba y cantaba muy bajito al oído para no molestar a los que veían la tele, para mi esto era como estar en la gloria y me importaba un comino aquellas miradas retorcidas de mis hermanos que sentían celos y reclamaban por tanta sobreprotección hacia mi. Entonces yo los retaba con la mirada y les hacia un gesto de burla que lograba enfurecerlos, poco tiempo después me quedaba dormido.
Aquella despedida de año no fue como las anteriores, mas que una despedida era un recibimiento a la esperanza a la cordura a la terminación de la corrupción y el abuso era la llegada del orden que tanto se necesitaba para el bien de todos.

¡Después de la cena empezó el show! Al principio se confundieron los disparos con los fuegos artificiales de las doce de la noche, ya desde varios días antes la situación era bastante tensa y recuerdo que a mi no me dejaban oír lo que escuchaban en la radio, era un misterio que no podía entender porque a mi padre que le gustaba escucharla con calidad y alto volumen ahora se empeñaba en oírlo en una posición muy incómoda, estaba completamente encorvado con la cabeza pegada al aparato y cada vez que yo trataba de acercarme me empujaba con la mano y la dejaba extendida para que no volviera, era una emisora clandestina que daba noticias de Los Rebeldes. Aquellos famosos barbudos que venían de la Sierra Maestra.
¡Nunca pude escuchar una sola palabra que saliera de ese aparato!
La cosa se estaba poniendo fea, ya no se dudaba de que eran disparos reales lo que se escuchaba y no los que se hacían al aire como de costumbre, por cada disparo había una respuesta y gritos en la calle, la noticia de que Batista se había ido corría muy de prisa.
De pronto una enorme cantidad de disparos rompieron los vidrios de las ventanas que daban al fondo de la casa y se sentían los silbidos que hacen las balas por todas partes, alguien tocaba tan fuerte a la puerta que se pensaba que era la policía. ¡Fue un caos!
¡El terror llego a apoderarse de todos! Ahora mis hermanos gritaban, mi mamá temblaba como una hoja de papel y trataba de cubrirnos haciéndonos doblar el torso y ponernos las manos en la cabeza, mi abuela Catalina le gritaba a mi papa que hiciera algo y este cerraba todas las puertas y ventanas y ordenaba que fuéramos hacia el cuarto. ¡Ahora si llegarían pronto! Pensé yo al ver a la familia con un nerviosismo desacostumbrado, imaginaba que o el coco o los gángsters o la basura ya venían por nosotros.
Cuando entramos al cuarto y sin que nadie dijera nada, salimos disparados a buscar el mejor lugar debajo de la cama, que es el refugio ideal en que todos pensamos cuando estamos en peligro dentro de nuestro hogar, allí esperaríamos que llegara la calma para salir del escondite.
Mami fué la última en meterse debajo de la cama y yo cogido de su mano recibiendo la protección que merecía el mas indefenso de la casa. Mi hermana Mimi, la primera que se deslizó hacia su guarida con un movimiento de serpentina que la hacía llegar hasta lo mas profundo de su refugio con una facilidad asombrosa. Parecía una escena de la gallina protegiendo a los pollitos, mi papa era diferente el dio la orden de protegerse y se quedó al lado de la cama con una rodilla puesta en el piso y dándole la mano a mi mamá, yo alzando la cabeza podía ver sus pies desde allá abajo y esto me hacía sentir seguro.
Yo que siempre tuve en mis juegos a aquel refugio como uno de mis favoritos o como escondite cuando no me quería bañar o cuando lloraba y no quería que me vieran o peor aún cuando llegaba alguna visita y querían que yo les recitara alguna poesía de Marti o que les cantara una canción de moda y de donde mi mama me sacaba con el palo de la escoba, ahora estaba feliz haciendo de aquello un juego, un juego que nunca mas repetiría. Me sentí diferente teniéndolos a todos en mi guarida y por primera vez en casa no tener que mirar hacia arriba para hablar con ellos. ¡Allí abajo teníamos la misma altura!
Quien tocaba en la puerta con tanta fuerza era Manolo, el borracho vecino nuestro y al que siempre mi papá lo ayudaba dándole que comer y alguna que otra vez para que se comprara su botellita de Palmita que tanto le gustara y que solo costaba 10 centavos.
Estaba desesperado, lo sorprendió el tiroteo en el parque y salió corriendo para nuestra casa.
Nunca lo habíamos visto gritar tanto, el que siempre hablaba muy bajito y calmado, ahora parecía un gran tenor dándonos un concierto en la puerta de la casa. Mi papá le tenía un gran cariño y al descubrir su voz dijo muy preocupado, Es Manolo! Y demostrando un gran afecto por aquel pobre hombre, bajó corriendo las escaleras en su busca, abrió la puerta y lo entró de un tirón como si fuera un muñeco.
Subieron los dos, mi papá traía a Manolo de la mano quien tropezaba con todo lo que encontraba en el camino y lo metió en el cuarto donde estábamos para que se protegiera. Este al ver la cama, y aprovechando del impulso que llevaba en su carrera, sin preguntar nada se deslizó al mejor estilo de un big leaguer con los pies por delante y la botella de Palmita en la mano levantada sin que corriera esta el mas mínimo riesgo de romperse.
Justo aterrizó al lado de mi abuela, la única en la casa a la que Manolo no le hacía mucha gracia, ella lo tachaba de borracho y de que nunca hizo algo que valiera la pena.
¡Safe! Gritaron mis hermanos al ver a Manolo entrar de esa manera, y el con una inmensa sonrisa, abrió las manos como hacen los umpires para declarar la jugada. ¡Su botella de Palmita había llegado quieta a home¡ E inmediatamente propuso un brindis a todos los allí cautivos.
Diciendo esto Manolo, mi abuela se puso como una fiera, y le gritó:
¡Mira! Lo que tienes que hacer es dejar de beber y tratar de estar claro para que te pongas a trabajar que mucha falta te hace, ya estas muy viejo para tanta ridiculez, ¿No te da pena? A lo que Manolo contestó:
¡Mira abuela, la pena que me quedaba se me parecía a Palmita y también me la bebí!
No me digas mas abuela que tu eres mas viejo que yo, y hazme el favor de salir de aquí abajo con esa peste a alcohol, además le dijo que no lo quería a su lado y le reprochó que siendo el tan valiente como se hacía llamar. ¿Por qué gritaba tanto para que le abrieran la puerta? A lo que el le respondió con esa gracia que portaba.
Yo no gritaba por mi, si me mataban no se perdería nada bueno, y así saldrías de mi, por lo que tenia miedo era por la botella. ¿Te imaginas si le pegaban un tiro a mi Palmita? Hay que celebrar esto bebiendo, y hoy precisamente es el día del año en que empiezo a emborracharme un poquito, es primero de Enero y no es hasta el 31 de Diciembre que podrás decir que estoy totalmente borracho. También le recordó a mi abuela que no se le ocurriera prender una de esas velitas que ella encendía para pedirle a la Virgen por nuestra protección, porque el tenía tanto alcohol adentro que la explosión allí debajo de esa cama sería mas fuerte que las que se sentían afuera.
Manolo era ya como de la familia nunca le faltó el respeto a nadie y siempre inventaba cuentos que nos hacían reír de lo lindo. Ya el rondaba los 70 y tanto alcohol lo hacía parecer con veinte años mas de los que tenía, era hijo de españoles que llegaron a la isla a mitad del siglo IXX y había estudiado contabilidad en La Habana pero desde muy joven quedó huérfano y hacía 10 años su esposa había muerto en un accidente de tránsito.
Nunca tuvo hijos y fue la soledad la que lo llevó al vicio, el pregonaba que nosotros éramos su familia, pero en sus ojos jaraneros se notaba una profunda tristeza por sus seres queridos que nunca lo abandonaría. Era esa mirada la que le abría la puerta de nuestros corazones, y la que nos hacía buscar su compañía, pues en días que no venia a vernos, nos preocupábamos nosotros
por traerlo a casa. Manolo no quería cuidarse, el sabía perfectamente el daño que le hacía tanto exceso, y no había manera de convencerlo de lo contrario, muchas veces vi a mis padres hablar con el muy serio, pero a ellos nunca les respondía y se marchaba muy triste a beber a otro lugar donde nadie lo reprochara. ¿Que sentido tendría para el, seguir con tanta falta de los suyos?
El peor momento ya había pasado, ahora los disparos eran esporádicos y nos estábamos acostumbrando a ellos como se acostumbran los soldados a la guerra, pero el peligro seguía latente, así que teníamos que resignarnos a esperar a que llegara la calma.
A mi me molestaba mucho el quedarme tanto tiempo en el mismo lugar, después de treinta minutos tratando de adaptarnos al miedo, empecé a crearles algunos problemas a los que se resignaban a estar allá abajo.
Comencé a pasar por encima de todos yendo de un lado a otro, tropezando y dándole con los pies en la cabeza a mis hermanos que por supuesto enseguida comenzaron a protestar y amenazarme con pegarme porque decían que yo les hacía daño a propósito y me pellizcaban cuando mi mama no los veía, yo le daba las quejas a ella y esta los regañaba, ellos protestaban. Mi abuela nos mandaba a callar, mi papa se asomaba de vez en cuando a decirnos que todos cogeríamos una buena tunda, y que hiciéramos silencio para tratar de escuchar lo que acontecía allá afuera.
El único que no protestaba era Manolo, parecía una estatua acostado boca arriba con su botella de Palmita acurrucada en el pecho y cantando muy bajito una canción de amor, con sus ojos entre cerrados y una sonrisa que lo hacía parecer un santo.
¡Tienes que hacer algo para calmar a este muchacho! Le dijo dijo mi mamá a papi.
¿Que quieres que haga? ¿Que lo saque de allá abajo y lo tenga aquí conmigo? Tu lo consientes mucho pero cuando empieza a joder demasiado entonces quieres que yo resuelva el problema.
¡Ven acá! Gritó mi papá enfurecido. Metió la mano para tratar de cogerme y yo al ver que se ponía fea la cosa me escurrí hacia el otro lado de la cama y salí sin que mis hermanos pudieran detenerme.
Se que ellos hubieran hecho cualquier cosa para que el me atrapara.
Cuando mi papá trato de bordear la cama para cerrarme el paso , yo de un salto me subí en la cama y caí justo encima de donde estaba mi abuela, aplastándola y sintiendo los gritos que ella daba, mi mamá sacando un brazo me cogió por un tobillo y me introdujo de nuevo a su lado.
Otra vez la protesta de todos al ver que ella en vez de regañarme, me escondía bajo su manto.
Algo había que hacer para tranquilizarme. Y fue cuando ella se acordó de un regalo que me tenía guardado.
Mi mamá asomó la cabeza y le pidió a papi que era el único que no estaba debajo de la cama, que fuera hasta la cocina y le trajera una caja de zapatos que estaba escondida detrás del estante.
¿Y esto que cosa es?
¡Lo que hace tiempo le había prometido al niño! Y creo que ahora es el mejor momento para dárselo. ¡Estoy segura de que esto lo tranquilizará!
Yo que estaba escuchando muy atento, sentí impaciencia por saber si lo que le había pedido a mi mamá fuera a convertirse ahora en realidad.
Todos tenían la cabeza levantada como una banda de guineos jíbaros, tratando de ver lo que acontecía.
Hasta Manolo que no había salido de su éxtasis en todo ese tiempo, estaba ahora expectante.
¿Sabes lo que te tengo aquí? Me preguntó mi madre.
¡Si! El par de mocasines de hombre que yo te pedí hace tiempo.
¡Inmediatamente mis hermanos reaccionaron!
¿Y a nosotros que nos compraste?
No se preocupen, que a todos les compré lo que me pidieron y papá les traerá sus regalos pero uno a uno.
¡Toma! Mira a ver si te gusta! Dijo mi mamá.
Yo estiré las manos con mucha emoción y recogí aquella caja de zapatos con tantos deseos que no me di cuenta del peso de aquel regalo.
Levanté la tapa y la tiré hacia atrás golpeando en la frente de mi hermana, quien respondió la agresión dándome varias veces con la tapa en la cabeza.
¡Oh Dios mío! ¡Quedé paralizado! No podía reaccionar ante aquellos ojitos negros que miraban fijos a los míos como si ya me presintiera, como invitándome a jugar con su pelota, a la vez que movía su colita con velocidad de juguete de cuerda.

¡Para todos fue la sorpresa! Nadie habló por varios segundos.
¿Puedo cogerlo? ¡Pregunté sin desviar la mirada ni un momento!
¡Es tuyo! Dijo mi madre.
Lo saqué de aquella caja con mucha suavidad y a la vez ganas de apretarlo.
¡No lo vallas a besar! ¡Dijo mi madre! Como si descubriera mi intención.
Fue inevitable aquel primer abrazo, cara con cara lameándome como si ya me quisiera.
¡Mira que cochino es mami! Dijeron mis hermanos. ¿Para que le compraste ese perro feo? Dijo Mimi.
Ya no me importaba lo que me dijeran, ni el tiempo que pasé allí abajo, ni el golpe que me dió Mimi con la tapa de la caja de zapatos, ahora solo me importaba mi nuevo amigo.
¿Y como le vas a poner? Dijo mami.
Como si la pregunta fuera con ellos ¡Enseguida todos opinaron!
¡Ponle Nerón! Dijo mi hermano.
¡No! ¡Mejor Rabito! Dijo Mimi. En alusión a su cola enroscada.
Mi abuela alzó la cabeza y al mirarlo dijo: ¡Llámalo tristeza, que es lo que va a tener en esta casa!
Manolo lo miró fijo y dijo: Para que nunca esté triste, tienes que ponerle Palmita, así cada vez que lo llames me acordaré que tengo que darme un trago.
¡Saltó mi abuela a replicarle a Manolo! ¡Eres un caso perdido! ¡Te he dicho que no le hables mas a los niños de lo que haces! ¡Eres un mal ejemplo!
Ya yo no escuchaba a nadie, mientras tanto ellos seguían discutiendo debajo de esa cama, cual seria el nombre que le quedaba mejor a mi perro.
¡De pronto grité! (Para que todos me atendieran) ¿Ustedes quieren que les presente a mi nuevo amigo?
No podían creer que ya yo tuviera un nombre sin reparar en sus opiniones.
¡Si! Queremos saberlo dijo mi mamá.
Esperé un tiempo sin hablar, para provocar sus ansias.
Disfruté mucho verlos discutiendo, hablaban subiendo y bajando sus cabezas como las baquetas de un concierto de marimba, desesperados por saber cual nombre había yo escogido.
Les presento a …………..
¡Acaba de decir el nombre! Dijo Mimi.
¡Si no hablas pronto te lo quito! Dijo mi hermano.
¡Ay niño acaba que nos tienes desesperados! Decía mi abuela.
¡Rebelde! Dije. ¡Rebelde!
Como un rayo que caía sentí sonar las rodillas de mi papá contra el suelo que doblando el torso asomó la cabeza y me dijo.
¿Como dices que se llama?
¡Rebelde papi, se llama Rebelde!
¡Ni loco Cara Sucia! (Que era como me llamaba mi papá)
Mi mamá al oír el nombre que le quería poner a mi perro, sacó la mitad del cuerpo y dijo:
¡Este niño nos va a meter en un problema! Así que arregla esto, que a ti te hace mas caso.
¿Por qué no le pones Cuba? ¡Esta es una buena fecha! Dijo mami.
Mi abuela grito desde allá abajo. ¡Ya les dije que le pongan tristeza!
Manolo muy silencioso, para no molestar a abuela, solo sacó la mano y la alzó junto con la botella, dándole un movimiento rítmico e intermitente como diciendo: ¡Pónganle Palmita! ¡Y se acaba el problema!
¿Tu sabes que significan los rebeldes? Me dijo mi padre todavía hincado de rodillas.
Ellos vinieron a librarnos de este gobierno tan corrupto y se sacrificaron mucho, para que ahora tu le pongas ese nombre a un perro.
¡No creo que sea correcto! ¿Que van a pensar de nosotros? No no no, fíjate que hasta te permito que le pongas Palmita como quiere Manolo, Nerón, tristeza, Cuba o Rabito, antes que Rebelde.
Manolo agitaba ahora mas fuerte la mano izquierda con la que sostenía su tesoro y sacando la otra apuntaba con el dedo índice hacia el nombre que estaba en la etiqueta de la botella.
¡Quiero evitar que alguien venga a reclamarme el irrespeto a esos gloriosos luchadores!
¡No quiero que nos señalen como contrarios al nuevo gobierno! Decía mi padre como queriendo que lo escucharan allá afuera.
¿Cual era el problema por querer llamarle Rebelde?
Yo era muy joven para entender qué a solo varios minutos del triunfo de la revolución, yo sería el responsable de haber provocado la primera auto censura que por cierto se haría una obligada costumbre que dura hasta nuestros días. Fue el presagio de algo que comenzaba mal, de algo que comenzaba a tiros y que yo creí ¡Fuera la llegada del Coco, los gánsters, o la basura¡
¡Hoy ya ha pasado mucho tiempo! ¡Que pena de tiempo, el que ha pasado! Me doy cuenta de que el mismo miedo que sentí aquel primero de Enero de 1959 provocado por el sonido de balas que no terminan de apagar su eco, nos recuerdan a cada momento que !Ya no queda Rebelde ni rebeldes! ¡Que Nerón cumplió su tarea! ¿Y de Cuba? ¡Solo queda Cuba! Con la Tristeza y el Rabito entre las patas, con el único consuelo de Palmitas para embriagar sus penas, y escondida aún debajo de la cama.
¡Nunca olvidaré aquel primero de Enero de 1959! ¡Nunca! ¡Porque ese día, conocí a Rebelde!


Milan Lopez2010
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