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Tania Diaz Castro vs Alejandro Armengol

Mensaje por Invitado el Miér Sep 22, 2010 10:43 am

Justo reclamo
Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba, septiembre (www.cubanet.org) - La polémica en el periodismo nunca me ha gustado. Mucho menos entre colegas. La única que he preferido en doce años de ejercicio del periodismo independiente, ha sido la que mantengo con el régimen.
Pero resulta que al leer por segunda vez la crónica Reclamo injusto, de Alejandro Armengol, volví a sentir dolor en el alma.

Armengol desconoce por completo no sólo la dramática y trágica historia del Movimiento de Derechos Humanos en Cuba -MDHC- sino también el rol que ha representado dentro del totalitarismo castrista, los triunfos obtenidos y algo que llama la atención a muchos: el surgimiento de la prensa independiente como fenómeno original nuestro. No hubo un movimiento masivo de periodistas independientes en ninguno de los países socialistas del este europeo. Los éxitos obtenidos son tantos que mencionarlos requeriría de mayor espacio.

Debe leerse el colega Armengol el libro La fisura, de Reinaldo Bragado. Así podría enterarse de que el actual MDHC, activo en la isla desde1988, tuvo sus orígenes en 1976, cuando Ricardo Bofill fundó el primer comité de Derechos Humanos. Son 34 años de labor incansable frente al dictador más terco y aferrado al poder que se conozca.

La misma crónica de Armengol, contradictoria e incongruente, explica que la disidencia (repartida en decenas de organizaciones pertenecientes al MDHC) no ha dejado de existir pese a las escaladas de violencia del régimen. Y lo ha logrado, entre otras cosas, porque carece de “línea dura”, como aquellas que utilizaron Antonio Guiteras y luego Fidel Castro.

Pensar que el MDHC ha fracasado, según Armengol, porque no ha podido impulsar cambios democráticos en la isla, es desconocer la esencia del totalitarismo de izquierda. ¿Cómo lograrlo si ni siquiera un miembro del MDHC ha podido llegar al Parlamento castrista?

Es injusta la crónica de este colega que tanto hemos leído con admiración y respeto. Ni siquiera ha logrado apreciar el mérito de muchos cubanos del exilio que sacan la cara por los que quedan en Cuba, imposibilitados de concurrir a eventos internacionales para denunciar la dictadura. Según él, el MDHC debe ser una alternativa económica y no política. No importa si se enfrenta a diario a la represión de la policía política.

No es cierto que la población vincule a los opositores con los Estados Unidos. Los que llevan más años de enfrentamiento al régimen, los más conocidos, como Elizardo Sánchez, Francisco Chaviano, Fernando Sánchez, Héctor Palacios, Osvaldo Payá, Manuel Cuesta Morúa, Vladimiro Roca, Marta B. Roque, Eloy Gutiérrez Menoyo y muchos otros, viven en Cuba y por cierto, de forma muy humilde.

Los pueblos, hay muchos ejemplos en la historia, no son opositores. Lenin dio el golpe de estado con las minorías rusas, y el Movimiento 26 de julio fracasó durante la huelga de abril de 1958, cuando se esperaba la caída de Batista.

No importa que Alejandro Armengol no tenga buenos lentes para mirar desde lejos la actividad de los opositores y los periodistas independientes en la Cuba de Fidel Castro. A pesar de lo que diga Armengol, en Cuba, la oposición cubana se mueve.

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Publicado el lunes 30 de augusto del 2010
ALEJANDRO ARMENGOL: Reclamo injusto
By ALEJANDRO ARMENGOL
En julio del 2005, la líder opositora Martha Beatriz Roque, economista y presidenta de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil (APSC), lanzó un reto al régimen cubano: ``El camino es la calle y vamos a utilizar la calle en toda la nación''. Las semanas siguientes confirmaron el alcance de sus palabras: cero. Lo que ya estaba en juego entonces era no sólo la supervivencia de la organización disidente, sino la posibilidad de avanzar --de una forma pacífica pero mucho más combativa-- en los esfuerzos destinados a producir un cambio hacia la democracia en la isla. Hoy, lo que podría considerarse disidencia de línea dura apenas sobrevive y de vez en cuando tiene que hacer algún gesto --desde una mirada aún más crítica se podría decir que formar un alboroto-- para recordarle a Washington y Miami que aún existe. La carta enviada al papa Benedicto XVI forma parte de ese afán --sin gracia pero con bulla-- de hacerse notar.
Lo lamentable no se resume en que la misiva fue hecha con un lenguaje arcaico (``comisionados de Satanás en la tierra''), un tono injusto (``la postura que ha tenido la jerarquía eclesiástica cubana en su intervención por los presos políticos, es lamentable y de hecho bochornosa''), un reclamo patético (``por más de 20 años un grupo de disidentes pacíficos, hemos luchado por el restablecimiento de la democracia en Cuba'') y unas conclusiones apresuradas, al limitarse a expresar que ``la solución del destierro (. . .) sólo beneficia a la dictadura''. Lo peor --como bien señala el editorial de la revista Espacio Laical-- es que este grupo de opositores se ha sumado a una ``campaña para torpedear las gestiones emprendidas por la Iglesia cubana''.

Dos motivos parecen estar detrás de la actitud de este grupo de opositores. Uno es el continuo fracaso en impulsar cambios democráticos en la isla, hacer valer una agenda política independiente y extender su influencia a la población cubana. Se trata de una disidencia de proclamas, ``congresos'', reuniones hogareñas y declaraciones divulgadas con fervor en Miami.

Otro es el esfuerzo continuado de varias organizaciones miamenses, cuyo objetivo fundamental es alentar pequeños actos que no conducen a nada y planes en que las frases se crean en esta ciudad (la campaña ``Yo no coopero'' es un buen ejemplo) mientras los presos los pone Cuba. Ello con el objetivo de continuar recibiendo fondos para mantener sus negocios anticastristas y exhibirse en Europa.

Alentar desde el exilio las protestas populares en la isla es un acto irresponsable. En Miami se enfatiza el carácter detonante del aumento de las tensiones en la isla, sin tomar en consideración las consecuencias de una escalada de violencia. Precisamente la labor de la Iglesia Católica ha sido disminuir estas tensiones, y lo ha logrado. En última instancia, ese es el reproche oculto de la llamada ``línea dura'' opositora en Miami y La Habana, quienes se empecinan en sus planes de fracaso y maraña.

Por lo general, estos planes no avanzan más allá de un micrófono o una página impresa. Fue en ese mismo año 2005 cuando Beatriz manifestó su voluntad de ``seguir insistiendo'' en utilizar la calle. Agregó que ``en todas las provincias la Asamblea está llamando a celebrar manifestaciones''. El resultado fue de nuevo nulo. Las declaraciones de la opositora no pasaron de una audacia verbal.

El deterioro económico de la isla viene alentando en esta ciudad las esperanzas de una explosión popular en Cuba. Dejando a un lado las implicaciones éticas de tal razonamiento, en Miami el exilio de ``línea dura'' estimula cualquier medida que pueda significar un empeoramiento de las condiciones de vida de los cubanos en la isla.

Si bien los desaciertos del gobierno cubano son la causal fundamental de la crisis económica, y la represión la razón de mayor peso que impide el avance público de la oposición pacífica, limitarse a esos argumentos sólo sirve para continuar en este estancamiento de décadas.

Para la mayoría de la población de la isla, la disidencia es una alternativa política pero no económica. La alternativa económica no radica en la denuncia opositora sino en el mercado negro.

Es en el terreno social y económico donde se define la batalla por la calle. Además de enfrentar una fuerte represión, toda organización disidente que intente hacer llegar su mensaje a la mayoría de la población tiene que otorgarles preferencia a los temas sociales. Aunque los grupos más importantes de la disidencia interna contemplan una plataforma social y económica, las cuestiones políticas han predominado en su discurso.

ás allá de la censura, que impide la divulgación a la población de las ideas opositoras, por regla general los opositores dentro de Cuba son percibidos --en caso de conocerse su existencia-- como factores externos, vinculados a Estados Unidos y más preocupados por su libertad de expresión que por un programa de justicia social. En el mejor de los casos, se tienden a asociar con la defensa de los derechos humanos (en un sentido universal) y no de los derechos e inquietudes de los ciudadanos (trabajo, vivienda, salud pública).

La gestión de la Iglesia Católica en Cuba ha transitado con mayor éxito la puesta en práctica de programas sociales, pero lo más importante es que su gestión ha sido y es fundamentalmente de mediación humanitaria, no de actor. Lo importante en estos momentos sigue siendo la liberación de los presos, los reclamos de protagonismo deberían ser dejados a un lado. Desgraciadamente, los firmantes de la carta al Papa no lo han hecho.

aarmengol@herald.com




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