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Las Venas Abiertas de una ciudad

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Las Venas Abiertas de una ciudad

Mensaje por Alcaldesa el Mar Sep 07, 2010 9:40 pm

LAS VENAS ABIERTAS DE UNA CIUDAD

Por Ernesto Morales Licea-Bayamo

Una muerte ha enfrentado a los residentes de una ciudad oriental de la Isla, a la triste realidad de que varias menores de edad han vendido sus cuerpos a turistas depravados

Hoy, cuando debería publicar la última parte de mis textos sobre el periodismo cubano, una imposibilidad emocional me corta la intención. Porque hablar en este instante de otra cosa que no sea el paisaje lamentable que advierto en la ciudad del Himno, la atmósfera contaminada de dolor que cae hoy sobre este Bayamo de verano encendido, es traicionar la esencia cronista de mi blog.

La pequeña ciudad que habito está cubierta de gris. Un gris de hierro, de violencia. Es una ciudad atemorizada y expectante, cuyos nervios desde hace mucho no han conocido la paz.

Todo empezó con una muerte.

Como siempre, una muerte imposible de aceptar. Ésta, menos que ninguna: la muerte de una niña de 13 años de edad.

Su cuerpecito fue encontrado entre arbustos, lacerado por los días, los insectos y la descomposición, un par de meses atrás. Una pequeña prostituta que murió en una habitación alquilada, víctima de la sobredosis de droga que un turista italiano le hizo consumir.

Su historia sacudió a todos los seres de bien en esta ciudad. Nos dolió, nos duele, a quienes por sobre todo tenemos al humanismo como premisa de vida y comportamiento. Su destino (transportada en un auto, a medianoche, abandonada por el turista y cómplices cubanos a merced de perros carroñeros y buitres en ciertos parajes desolados) nos llenó de espanto al conocer, sobre todo, su corta edad.

En el momento de ser descubierta y fotografiada por el equipo policial, llevaba aún la falda amarilla del uniforme de secundaria.

A las autoridades les costó algunas semanas encontrar a los culpables. Las detenciones se sucedieron, una tras otra, sin final. Demasiados nombres bien conocidos estaban implicados de una u otra forma en el homicidio. Quienes hayan vivido en poblados de provincia, tienen idea de cuán explosivo puede resultar semejante caso en un entorno donde, de tan pequeño, todos terminan por conocerse.

A los culpables, les pusieron tras las rejas. A los responsables directos, a los indirectos, a sospechosos y a presuntos conocedores. Los frenazos de gomas, el chirriar de patrullas policiales se repetían en distintos puntos de la ciudad, a cualquier hora y frente a cualquier hogar.

Después, sobrevino la mortal inseguridad. Hasta hoy.

Porque todavía en este segundo en que escribo con sincero malestar, no han cesado las detenciones, los operativos, el despliegue de uniformados que a todas luces pretenden extender la justicia hasta planos que ya no sé si debemos apoyar. Me refiero a un escarmiento social.


Sucede que una triste realidad ha emergido desde las profundidades del caso. Una realidad donde varias menores de edad han vendido sus cuerpos impúberes a turistas depravados que lo menos que pueden inspirar, es desprecio y asco. Un panorama donde ya es comprobada la implicación de algunos familiares, madres incluso, que sabiendo la jugosa mercancía que eran las cinturas de sus niñas, les planchaban las ropas y se las entregaban recién bañadas al mejor postor.

Pero hay más lodo en este mar.

Porque ahora resulta que demasiadas detenciones nos hacen sospechar un ensañamiento social, un río revuelto que en este punto no pretende castigar a los culpables de tan horrendos delitos, sino que nos lleva a pensar en estrategias de otra índole y otra maldad.

Una estrategia que aprovecha la coyuntura, la opinión pública favorable, para barrer sin clemencia a los pocos adinerados de una ciudad pobre por definición, que muy poco o nada habían tenido que ver con hechos de esta naturaleza criminal. Se trata, evidentemente, de acabar con la prosperidad económica de unos pocos cuyas culpas no podemos definir si son ciertas, o si fueron fabricadas.

Hablo de dueños de Casas de Renta.

La niña murió en una de estas céntricas y cómodas casas, que los turistas escogen muchas veces por sobre los hoteles del Estado. La implicación del casero que permitió el alojamiento de un italiano con una cubana menor de edad, quienes solo somos espectadores (por fortuna) no podemos conocerla aún.

Pero tampoco sabemos cuáles argumentos justifican que durante varios días, a las cinco de la mañana se hayan detenido a otros cuatro dueños de Casas de Renta en operativos que paralizaban a la ciudad, estupefacta y atemorizada.

Los apresados, en esta ocasión, eran hombres y mujeres (incluso de avanzada edad, y con enfermedades severas) que salvo puntuales excepciones, hasta ese segundo habían mantenido un status social inmaculado.

Yo no puedo juzgar a profundidad. Yo solo me sumerjo en la realidad que nos envuelve, y de la cual ya es imposible escapar. Pero lo que tuvo lugar en la mañana del martes último, en esta ciudad de historia y festividad, no quiero aceptarlo como destino para nadie más. No creo que pueda ser saludable para un entorno social que ya extraña el oxígeno de la paz.

Antes de clarear el día los camiones y rastras se detuvieron, al unísono, frente a cinco de estos hostales particulares. Cientos de uniformados cortaron el tránsito de las calles, las avenidas, los parques aledaños. Los vecinos de estas zonas amanecieron en medio de ruidos desconcertantes que no alcanzaban a comprender de dónde provenían.

Aún al mediodía los encargados de la tarea montaban objetos sobre las rastras. Lo decomisaron todo.

Camas imperiales y refrigeradores. Sillas plásticas y de madera. Espejos de cuerpo entero, mesas de comedor, imitaciones de pinturas con marcos trabajados. Un jeep deportivo que engancharon a la parte trasera de una rastra. Antigüedades conservadas como reliquias ancestrales, modernos aires acondicionados. Cientos, miles de pertenencias que vaciaban el interior de las casas hasta dejarlas con un silencio de vértigo.

Cinco familias acababan de perder el patrimonio que tras décadas de herencias y compras, de sacrificios y privaciones, de negocios lícitos e ilícitos, habían conseguido atesorar para los suyos. Y lo más pasmoso: sin siquiera haber tenido un juicio aún.

Yo no sé el alcance verdadero de sus responsabilidades, y me niego a emitir juicios demasiado categóricos que a la postre puedan resultar infundados. Pero me atrevo a desempolvar a una Revolución Francesa donde el Incorruptible Maximilien Robespierre instauró su régimen del terror con pretextos de supuesta equidad y justicia social.

Me atrevo a desempolvar las palabras de otro francés, el tristemente célebre Joseph Fouché, cuando afirmaba con placer en sus cartas de informe: Aquí da rubor ser rico, palabras que el biógrafo Stefan Zweig desmentía diciendo que, en verdad, debieron aseverar: aquí da pavor ser rico, por las acciones de sangre que sufría todo aquel que se presumiera más acaudalado que los demás.

¿Cuáles serán las consecuencias sociales de esta cruzada contra delitos que, para cerebros no ingenuos, cruzan las fronteras de lo penable y se confunden con estrategias oportunistas, de índole estatal? Eso no lo puedo saber, no lo puede conocer nadie a mi alrededor.

Esta vez confieso que el entramado a analizar supera mi intelecto, y me declaro un espectador más sin el criterio solidificado.

Pero en cambio, no puedo dejar de alzar mi voz, que es también la de toda una ciudad: un grito que es una bandera blanca para las autoridades de esta localidad.

No puedo dejar de decir que bajo esta inestabilidad social, en este ambiente pervertido de miedo, de excitación, de no saber si será el instante de huir por un delito no cometido, pero que puede surgir de repente; bajo este clima de película surrealista donde todo es posible, los bayameses honestos no queremos vivir más.

Permítanme repetir que todo es posible. Sí. Es posible, por ejemplo, que se extiendan de computadora en computadora, de flash memory a DVD, las imágenes horrendas del cadáver encontrado con su faldita de uniforme escolar, y más horror aún: el video con su necropsia. Ambos se filtraron desde las manos de los propios encargados de la investigación hasta la población general.

Demasiadas veces he debido rechazar, con indignación, la propuesta de alguien que me ofrece estas evidencias para saciar una supuesta curiosidad. El morbo es una de las desviaciones humanas que más he aprendido a detestar.

Yo sé que semejante clima es imposible de sostener. Yo sé que la dialéctica diluirá en algún momento esta pesadilla que, por desgracia, muchos padecerán demasiado tiempo más. Lo mismo culpables que inocentes. Lo mismo los delincuentes cuyos castigos jamás serán suficientes para hacerles pagar por este acto, que los atrapados injustamente en esta red de oportunismo judicial.

Pero desde mi humilde posición de escritor que no ha dejado de impresionarse con el peligro, y con los desafueros de quienes aplican a su antojo la ley, doy votos porque este Bayamo bien amado despierte de la pesadilla social en la que desde hace varios meses permanece sumido.

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The Open Veins of a City



Today, when I should be publishing the last part of my articles about Cuban journalism, an emotional inability cut short my intention. Because to speak, at this time, about something else other than the lamentable events happening in the city of the national anthem, the contaminated atmosphere of pain that falls today over Bayamo’s fiery summer, is to be a traitor to what it means to be a chronicler in my blog.

The small town I live in is covered in gray. The iron gray of violence. It is a terrorized city in waiting, one whose nerves have not known peace for a long time.

It all began with a death.

As always, a death impossible to accept. This one, most of all: the death of a child, a 13-year-old girl.

Her little body was found a couple of months ago in the bushes, lacerated, where it lay for days, subject to insects and decomposition. A small prostitute who died in a rented room, victim of an overdose of drugs forced on her by an Italian tourist.

Her story unnerved all the good people of this city. It hurt us, wounded us, we who above all base our lives and behavior on the idea of humanism. Her destination (taken in a car, at midnight, abandoned by the tourist and Cuban accomplices to the mercy of scavenging dogs and vultures in some desolate place), filled us with horror when we learned of it, especially because of her young age.

When she was discovered and photographed by the police team, she was still wearing the yellow skirt of her school uniform.

The authorities took several weeks to find the culprits. The arrests followed, one after another, endlessly. Too many well known names were implicated in one way or another in the homicide. Those who have lived in provincial towns understand how explosive such a case can be in such a confined environment where everything becomes known.

As for the perpetrators, they put them behind bars. Those directly responsible, those indirectly, those suspected, and those presumed to have knowledge of the crime. The squeal of the tires, the wail of the police cars, were repeated in different parts of the city, at any hour, any house.

Then the deadly insecurity struck. Even today.

Because still, at the very moment I write with sincere unease, the arrests have not stopped, the operations, the deployment of soldiers that are obviously intended to extend justice, even beyond the point where I don’t know if I should support it. I am referring to a social lesson.

It happens that a sad reality has been brought to light from the depths of the case. A reality where several children, underage, have sold their prepubescent bodies to depraved tourists who at the very least inspire contempt and disgust. A panorama where it has now been proved that some relatives have been involved, including mothers, who knowing what lucrative merchandise is represented by the waists of their daughters, ironed their clothes and delivered them freshly bathed to the highest bidder.

But there is more filth in this sea.

Because there are so many arrests that we now suspect a social mercilessness, a raging river that at this point doesn’t pretend to punish those guilty of these horrible crimes, but leads us to think of strategies of another kind and another wickedness.

A strategy that takes advantage of favorable public opinion to mercilessly sweep away the few wealthy in a city that is by definition poor, people who have had little or nothing to do with criminal acts of this nature. It is about, obviously, ending the economic prosperity of a few whose guilt cannot be established with any certainty, and may be entirely fabricated.

I am speaking of the owners of Homes for Rent.

The young girl died in one of these central and comfortable houses which tourists often choose over the State-owned hotels. The involvement of the landlord, who allowed an Italian to entertain a Cuban minor, is something we cannot yet know; fortunately, we are only spectators.

But we do know the arguments they have used to justify, for days now, having arrested another four homeowners of Homes for Rent at five in the morning, in an operation that paralyzed, shocked and frightened the city.

The arrested, on this occasion, were men and women (including those of advanced age and with severe illnesses) who, save specific exceptions, have until this very second maintained an immaculate social status.

I cannot judge the depth. I simply immerse myself in the reality that surrounds us, and from which it is impossible to escape. But what took place last Tuesday morning, in this city of history and celebration, I cannot accept as a fate for anyone else. I don’t believe it to be healthy for the social environment that already lacks the oxygen of peace.

Before daybreak the trucks and trailers stopped in unison, in front of five of these private hostels. Hundreds of soldiers blocked off the nearby streets, avenues and parks. The residents of these areas awoke in the middle of disturbing noises about which they had no idea where they were coming from.

In the middle of the day they were still loading a mountain of possessions on the trailers. They seized everything.

Twin beds and refrigerators. Plastic chairs and wooden chairs. Full-length mirrors, dining tables, copies of paintings in wrought iron frames. A sports jeep that they hooked to the back of a trailer. Antiques preserved as ancestral relics, modern air conditioners. Hundreds, thousands of items that they emptied from the interiors of the houses leaving a dizzying silence.

Five families have just lost their patrimony, assembled over decades of inheritance and purchase, sacrifice and privation, legal and illegal business dealings, everything they had managed to collect as their own. And most incredible: all this without yet having gone to trial.

I don’t know the true extent of their responsibility, and I refuse to make too many categorical judgments that may ultimately prove to be unfounded. But I dare to dust off the French Revolution where the “Incorruptible Maximilien Robespierre” established his regime of terror on the pretext of supposed equality and social justice.

I also dare to dust off the words of another Frenchman, the infamous Joseph Fouché, when he affirmed with pleasure in his writings, “Here, to be rich makes one blush,” words that his biographer Stefan Zweig belied saying that, in truth, he should have said, “Here, it terrorizes one to be rich, because of the bloody actions suffered by those who are presumed to have accumulated more than anyone else.”

What are the social consequences of this crusade against crimes that, to naive minds, cross the boundaries of what must be penalized and confuse that with opportunistic strategies of the State? This I cannot know, nor can anyone around me.

This time, I confess, that the analysis required exceeds my intellect, and I declare myself one more spectator without a solid opinion.

But at the same time, I can’t not raise my voice, which is also that of an entire city: a cry that is a white flag for the authorities of this town.

I can’t not say that with this social instability, this perverted atmosphere of fear, of agitation, of not knowing when it will be time to flee from a crime you didn’t commit, but which may arise suddenly; in this atmosphere of a surrealist film where anything is possible, the honest people of Bayamo no longer want to live.

Let me repeat that anything is possible. Yes. It is possible, for example, that traveling from computer to computer, from flash memory to DVD, are the horrific images of the body found in her school uniform skirt, and even more horrible, the video of her autopsy. Both filtered out through the hands of the investigation itself, to the general population.

Too many times I have had to reject, indignantly, the offer from someone to show me this evidence to satisfy an alleged curiosity. Morbid curiosity is one of the human deviations that I have most learned to detest.

I know that in such a climate it is impossible to bear up. I know that the dialectic will be diluted at some point in this nightmare, which, unfortunately, many will continue to suffer for far too long. The guilty along with the innocent. The criminals whose punishment will never be sufficient to pay for this act, as well as those unjustly caught in this web of judicial opportunism.

But from my humble position as a writer who has never ceased to be aware of the danger, and of the excesses of those who enforce the law at their own will, I hope that my beloved Bayamo will wake from this social nightmare in which we have been plunged for several months.

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