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LA PEQUEÑA HABANA

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LA PEQUEÑA HABANA

Mensaje por EstebanCL el Lun Ago 09, 2010 4:49 pm



LA PEQUEÑA HABANA


Miami es una ciudad joven, creo que cumplió unos ciento cuatro años encontrándome allá. A su juventud debe su escasa historia, eso nos pasa a los humanos también, solo que en su caso el rol jugado por los cubanos ha sido importantísimo, allí han crecido varias generaciones de los nuestros. Sin embargo y muy a nuestro pesar, la historia, la muy corta historia de esa ciudad, adquiere notoriedad a partir de los éxodos producidos después del año cincuenta y nueve. Nadie dice o explica el por qué, una corriente de aire embriagador duerme a todo este continente y mira con desprecio a esa masa humana que arriba a las playas de lo que fueran manglares, ciénagas y feudos de cocodrilos.
De aquel Miami quedan huellas que lo acercan a diferentes zonas del Vedado donde se destacan las construcciones Art Deco, la mayoría concentradas en la zona de Miami Beach. Fuera de ese lugar, Miami no tiene nada que ver con La Habana, salvo la zona de Coral Way comparable por sus mansiones a Quinta Avenida, Country Club y barrios aledaños. Todo lo demás es diferente por mucho que insistan, solo coinciden en algunos nombres de calles, que cuando observas sus estados y los comparas con los de La Habana, resultan verdaderos nombretes.
Miami cobra fama con la presencia de varias generaciones de desafectos al régimen de Castro, digamos que mala fama, porque ser anticastrista se enarboló como símbolo del antisocial, vago, delincuente, escoria, etc. Su momento de mayor brillantez ocurre con el ataque a Playa Girón, luego, el film Scare Face le resta notoriedad y nos convierte a todos en bandoleros. Fuimos durante muchos años los delincuentes exportados por Castro, el arrabio de aquella sociedad, rechazada incluso por generaciones que los antecedieron, fuimos muy famosos a partir de entonces, pero era preferible no haberlo sido.
Las noticias que nos llegaban en la otra orilla, noventa millas más al sur, eran una alarma especial para evadir cualquier tipo de varadura en esas costas. Los muertos deambulaban por las calles, los negros eran perseguidos por perros, y quien pudiera recordar todas las barbaridades que invadían diariamente nuestras mentes. Solo después de la gran invasión producida en sentido contrario por la década de los setenta, el pueblo tuvo cierto acceso a la verdad, Miami no era lo que contaba la radio y televisión cubana, su imagen fue cambiando para nosotros, los que vivíamos allá.
Navegué decenas de veces por sus costas en sentido norte o sur, siempre consumimos su radio y televisión a discreción. Nunca imaginé, no pensé o me propuse bañarme en sus playas o viajar libremente por sus calles, mi llegada a estas costas fue accidental, el choque frontal entre mi ser y conciencia, cierto agotamiento y falta de credibilidad en lo que decían y observaba, llegué.
Visito Miami anualmente, razones sobran, una tía, la única sobreviviente de su generación. Mi hija y alrededor de cuarenta primos, la mayoría de ellos nacidos en esa tierra son una justificación natural a mis encuentros con esa tierra, digamos que arena. Si le sumamos la gran cantidad de amigos y un viejo amor de la juventud, Miami no dejará de ser mi punto de destino anualmente. La voy conociendo, comienzo a moverme solo por sus calles y carreteras, no sin temor, nunca había observado conducir con tanta locura y agresividad. Nunca había experimentado ese encuentro con tanta gente manejando y hablando por el celular, choferes que no hacen señal para doblar o cambiar de senda, y cuando tú lo haces aceleran para que no puedas entrar, como si se tratara de una carrera entre locos, porque así conducen allá. Y no se te ocurra tocar el claxon, puedes encontrar la sorpresa de una pistola, así me advierten con frecuencia.
Es una ciudad encantadora, bella, cautivante, caliente, musical y jodedora, pero moverte de un barrio a otro requiere de cierta experiencia para conocer cuales calles la dividen y evitar, insisten en recordármelo, el barrio de los negros, razones existirán.
Ningún turista gastará un céntimo por visitar a Hialeah o La Pequeña Habana, no poseen grandes atracciones, solo historias que a nadie interesa escuchar. Todavía La Pequeña Habana tiene a su conocida Calle 8, pero qué puede tener aquel otro barrio obrero para atraer a un turista, absolutamente nada. Los conozco a ambos, pero esta vez me di el lujo de gastar un mes a solo dos cuadras de la Calle 8 y créanme, nunca me había sentido tan cerca de Cuba, de mi Habana.
Me nutrí con las historias narradas por pintorescos protagonistas, héroes anónimos, bandoleros, desclasados si ánimo de incurrir en un tema tan molesto como resulta la Cuba que dejaron a sus espaldas. Encontré a balseros, lancheros, exprisioneros, marielitos, gente que llegó por la frontera mexicana, verdaderos personajes de carne y hueso, nada que ver con los consumidos en televisión.
Verbos acelerados, adjetivos desconocidos, lentitud de pensamientos, vagancia en retornar a un pasado molesto y solo logrado cuando puedes provocarlos. Antagonismos profundos entre cuerpos, mentes y geografía, están aquí y viven allá. Nunca han escapado y tampoco alcanzarán desprenderse de lo que a veces resulta una pesadilla. Odian y aman al mismo tiempo su destino, lo asimilan con resignación y guapería. Viven aquí, pero sus pensamientos y corazones deambulan por las calles apestosas de su Habana, la misma mía, solo que yo he logrado imponerme a esa nostalgia.
-¿Dónde vives? Me preguntó quizás por quinta vez.
-Estoy cansado de decírtelo, vivo en Canadá. Lo expresé sin molestias, me gustaba provocarla para sacarle esas cosas que se guardan profundas en el alma.
-¡Entonces eres “canadito”! No creo lo haya dicho por ignorancia, ya conocía su carácter jodedor.
-¡Chica, qué canadito ni un carajo, canadiense! Todos rieron, pero su voz se elevó por encima de los techos desvencijados de aquellos solares nuestros.
-¡Canadito, bien! Insistió ella y canadito me quedé, así me saludaban después los muchachos del barrio. Mayra es una mulata que llegó cuando el éxodo del Mariel, ya va cediendo ante el peso de los años.
Los vecinos me velaban cuando salía a fumar, no pude evitar sus emboscadas, insistían en conocer a Canadá, algunos habían llegado hasta aquí como turistas. Ese contacto con ellos me regresó cada vez a Luyanó, Juanelo o Párraga, qué importa el barrio. La familiaridad con que era tratado, redujo muchas dudas sobre mi gente a pesar de estar en contacto con generaciones distintas, seguíamos siendo cubanos a pesar de todos nuestros pesares. Hacía veinte años que no me sentía tan bien, como si estuviera en mi casa, eso se logra en dos lugares de Miami, Hialeah y La Pequeña Habana. ¿Qué turista va a gastar un céntimo por disfrutar estas tonterías mías?
Veo con cierto pesar un fenómeno que observé en la calle Bergenline de New Jersey, los cubanos han ido abandonando la Calle 8 y donde antes ellos tuvieron un negocio, hoy aparecen letreros con banderas mexicanas o nicaragüenses, dominicanas o haitianas. Poco importa la nacionalidad, comenzamos a ceder terreno nuevamente, es nuestra enfermedad, huir, escapar para no ser molestados, siempre escapando, ¿cuándo nos detendremos?
Varios gatos cruzan entre mis piernas en una loca carrera por llegar hasta la comida que les ofrece un vecino, luego él llega hasta mí y me cuenta la biografía de cada animal, poco faltó para mostrar sus inscripciones de nacimientos. No son de nadie y les pertenece a todos, hacía tiempo que no veía a tantos animales callejeros, unas palomas les disputan el alimento. ¡Coño, estoy en Santos Suárez! Canta un pitirre y pasa otro vecino con un aguacate en la mano, protesta por algo, el intenso calor o la bulla de los muchachos, olvida que él fue joven.
Fui a despedir a varios de ellos que visitarían a la familia en la isla, la cola para ese vuelo es lo más deprimente que se pueda observar en un aeropuerto. Una inmensa cola de “chorizos o gusanos”, lenta, lentísima para pesarlos y forrarlos en plástico. Luego otra cola para chequear no sé qué, después otra más para otro chequeo. Los agentes de viaje recorriendo las filas y dando instrucciones, como si estuvieran allá, todos callados, pasaban las horas de angustias. Los trámites para visitar el infierno son más complicados que los necesarios para viajar a cualquier país.
-No iré si me tengo que sonar esto. Mis razones son mucho más fuertes, pero se me escapó lo pensado en ese instante.
- Yo tampoco voy. Dijo otro joven del grupo.
-¿Cuánto les costó el pasaje?
-Trescientos sesenta y nueve dólares.
-Es un robo a mano armada, Cuba se encuentra casi al final de la pista. Yo pagué doscientos sesenta y cinco por mi pasaje de ida y vuelta a Canadá.
-Ya lo ves, muchas veces se encuentra más caro, depende de la fecha.
-Es un robo de todas maneras, hay mucha gente viviendo de nuestro dolor y no les conviene un cambio allá.
Todas las despedidas son dolorosas, ya me había adaptado a La Pequeña Habana con sus mierdas de perros por las aceras, el ruido de las sirenas, su infernal calor, su incansable pachanga, su gente tan simpática. Vuelo y me persigue el aroma de las coladitas, el tibio pan cubano, la colita en el palacio de las frutas, la pestecita en el mercado Presidente. Vuelo y escucho el grito de mi gente, ¡qué volá, canadito!


Esteban Casañas Lostal.
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Re: LA PEQUEÑA HABANA

Mensaje por Invitado el Lun Ago 09, 2010 6:23 pm

Adoro la calle 8!!todo casada con un cubanohace 38 años y viajando a Miami hace 30 es mi segunda patria!!!!

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Re: LA PEQUEÑA HABANA

Mensaje por pedro dollar el Mar Ago 10, 2010 8:22 am

Y el guarapo, los Habanos, la frita cubana, el pan con lechon, el congri y la yuca con mojo; pero siempre siempre: LOS CUBANOS!!!


Benditos sean.

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Re: LA PEQUEÑA HABANA

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