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El diablo esta en los detalles

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El diablo esta en los detalles

Mensaje por Invitado el Miér Jun 23, 2010 9:57 pm

EL DIABLO ESTÁ EN LOS DETALLES




Ahí es donde se esconde, para que sea difícil detectarlo, y poder actuar con más facilidad. Mucho más cuando se trata de cubanos, que cargamos con tanta pasión y con tantas emociones que el raciocinio tiende a atascarse cuando más falta nos hace.



Surgió primero una carta de 74 cubanos opositores y/o disidentes dentro de la Isla, con determinadas peticiones al congreso de Estados Unidos. Casi inmediatamente, otra con 205 firmas, de ex-prisioneros políticos cubanos, solicitándole a ese mismo congreso nada menos que precisamente lo contrario. Y finalmente, otra más, esta vez con 494 firmas, a las que posteriormente se añadieron más, en la misma tónica de la de las 205 firmas, con peticiones contrarias a la de las 74 firmas.



Y esto ha sido suficiente para que todos y cada uno de nosotros entienda que tiene el deber y la obligación de pronunciarse a favor de una de las versiones y, simultáneamente, atacar con todos los medios y recursos a cualquier percepción diferente.



Se equivocan quienes dicen que en Cuba hay un solo partido: en realidad, hay más de once millones de partidos entre la Isla y el exilio, pues cada cubano se considera a si mismo no solo un partido político, como dijera Miguel de Unamuno de los españoles, sino además el único partido político que tiene la razón y que marcha “por el camino correcto”, como dijera quien tú sabes.



¿Consensos? ¿Alianzas? ¿Coaliciones? No, qué va. Eso estaría bien para los nórdicos o los australianos, pero no para quienes se las saben todas, y muchísimo menos en estos momentos. Aunque en realidad “en estos momentos” ha sido y es siempre, 1959 ó 1970, 1989 ó 2006, ahora mismo o hace treinta años.



Proclamamos continuamente la intención de lograr un Estado de Derecho para nuestra Patria, donde impere la ley, se respeten las libertades fundamentales y los derechos de todos los cubanos, lo cual es maravilloso. Pero esos derechos incluyen, de manera fundamental, el derecho a la libre expresión del pensamiento sin temor a represalias por expresar esas opiniones, derecho del que no disfrutan –hace más de medio siglo- los cubanos dentro de la Isla.



Sin embargo, no puede defenderse ese derecho inalienable de los seres humanos solo cuando la opinión que se está expresando coincide con la nuestra: el verdadero respeto a la libertad de opinión se manifiesta realmente, con mucha más fuerza, cuando se respetan las opiniones contrarias a las nuestras, las que proponen algo diferente a lo que desearíamos, las que dicen cosas que no son de nuestro agrado.



Para lo contrario, ahí está la Constitución socialista cubana, que proclama el derecho a la libre expresión solamente si se hace a favor de eso que llaman la revolución, y reservando para el partido comunista el derecho a decidir si determinada expresión es o no es favorable a esa revolución.



¿Qué tiene de malo que haya versiones diferentes –y encontradas- de esa petición al poder legislativo de Estados Unidos? ¿Qué tiene de sorprendente que documentos surgidos en contextos tan diferentes, de personas con vivencias tan diferentes, reflejen puntos de vista diferentes? ¿Por qué no somos capaces de soportar la diversidad, o nos cuesta tanto trabajo hacerlo?



Afortunadamente, todavía no se ha acudido al argumento de que el valor de esas cartas es directamente proporcional a la cantidad de firmantes: ante tanto razonamiento demasiado emocional no hubiera sido extraño que alguien se aferrara a esa posición.



Vivimos desgastándonos en continuas clasificaciones y encasillamientos estériles que no nos llevan a ningún lugar. Durante mucho tiempo se ha estado hablando de “exiliados”, “arrepentidos”, “oportunistas” o “inmigrantes” para tratar de explicar una realidad míamense que a algunos no les gusta demasiado, y de la que cada parte podría tener argumentos para hablar a favor y en contra durante mucho tiempo.



Hace un tiempo ha comenzado en muchos lugares una tendencia absurda pretendiendo un rígido encasillamiento clasificatorio para “disidentes”, “opositores” y “blogueros” que ni a nivel puramente académico contribuye demasiado a facilitar el enfrentamiento con la tiranía y a ganar más adeptos a la causa de la libertad, pero el enfoque es a veces tan fundamentalista –el fundamentalismo no es una característica exclusiva de determinadas corrientes islámicas- que los verdaderos objetivos de la lucha por un mejor futuro para nuestra patria pasan a un segundo plano en aras de que los guardianes de libros sagrados puedan aclarar y purificar conceptos clasificatorios.



Queremos la libertad inmediata de todos los presos políticos, y la queremos sinceramente, pero si alguno de los que logran salir de la cárcel pequeña –la grande es la Isla- dice cosas que no nos resultan demasiado agradables, de inmediato se le pone muy mala cara y comenzamos a preguntarnos de qué lado realmente está este individuo y qué será lo que persigue.



Y como no es suficiente solamente con preguntarse eso, las “vanguardias” se lanzan de inmediato al insulto y la descalificación, a sugerir o preguntarse –siempre manteniendo la posibilidad de la negación plausible en su momento- si es que esa persona no sabe lo que está diciendo, si le dejaron loco en la prisión, o si es que habrá sido reclutado por “la seguridad”.



Y eso es solo el comienzo, cuando todavía se considera que es más respetuoso decirle a alguien que no sabe lo que está diciendo o que no sabe ni donde está parado, que culparlo abiertamente de agente del enemigo. No obstante, la falta de respeto a la opinión ajena es la misma en un caso que en el otro: la diferencia está en el ego del acusador, no en la falta de respeto en sí.



Y por otra parte, “las vanguardias” no siempre necesitan pasar de la sugerencia a una más directa acusación: para eso están los segundos escalones, desesperados de protagonismo, que dirán abiertamente lo que los otros sugirieron o pusieron en duda.



Y en tiempos de la ciber-democracia informativa, donde cada quien coloca su post on-line cuando lo estima conveniente, se pierde la ética –que tal vez hubiera habido en un momento- y a las acusaciones ridículas se suma el lenguaje soez mezclado a la vez con garrafales faltas de ortografía y gramaticales que darían mucha risa si no se tratara de un tema tan serio.



Hablamos de defender una mentalidad democrática, pero, lamentablemente, algunos se comportan, en el mejor de los casos, de manera autocrática. Y en ocasiones hasta de manera totalitaria. Simplemente, porque no comparten determinadas percepciones de los demás. Y olvidan, como canta el gran Alberto Cortez –otro que no tiene ninguna buena recepción en tierras de “los duros” porque ha ido a cantar a Cuba- que todos somos “los demás de los demás”.



Por eso, para no limitar las cosas al terreno de los enfrentamientos de criterios, donde es necesario razonar y convencer, en cuanto la polémica comienza a ganar temperatura se pasa casi obligatoriamente a otra técnica tan bien dominada por la tiranía: la descalificación de los oponentes.



No se trata ni mucho menos de creer que quienes fuera de Cuba inmediatamente van a descalificar al oponente son testaferros de la tiranía: lo que se está diciendo en este párrafo, muy claramente, es que es una forma de actuar que gusta mucho al totalitarismo cubano, que la utiliza permanentemente.



Entre nosotros los que creemos en la democracia, la libertad y las leyes, debería estar absolutamente desterrada tal conducta, pero entre tanto destierro que vivimos pareciera que no hay espacio para más, por lo que la descalificación, o los intentos de ello, surgen casi de inmediato, en su versión más agria y de intención apabullante: “esos son de la seguridad del estado”.



Cualquier análisis medianamente mesurado y serio debería llevarnos a una conclusión demasiado clara para seguirla ignorando: a pesar de los miles de acusaciones que por medio siglo se han vertido acerca de que determinadas personas son agentes de la seguridad del estado, muy pocas han podido ser llevadas ante los tribunales con evidencia suficiente para proceder judicialmente, que es como se hacen esas cosas en un imperio de la ley.



Por el contrario, cada vez que el régimen ha considerado necesario hacer abiertamente pública la identidad de algunos de sus agentes, en cualquier momento, por cualquier razón o circunstancia, sea en Cuba o en el extranjero, ha resultado que casi siempre eran personas que nadie había acusado nunca de ser “de la seguridad”.



Algo se debería haber aprendido ya de la experiencia de casi medio siglo en todos estos menesteres, pero mientras las emociones pesen tanto es prácticamente imposible. Las emociones son una parte inseparable del comportamiento de los seres humanos, pero precisamente por su condición no pueden funcionar como el raciocinio, que implica el control de tales emociones.



Y la emoción ha obligado a muchos a expresarse sobre cada una de las mencionadas cartas, porque al fin y al cabo, sobran argumentos para actuar así: “se ha sufrido mucho”, “eso no puede permitirse de ninguna manera”, “está claro que se están burlando de nosotros”, “nos están desconociendo”, “es una maniobra más del gobierno”, y así hasta el infinito.



Y esto no se limita solamente a los exiliados cubanos en cualquier lugar del mundo, lamentablemente. Dentro de la Isla se repiten también no solamente las opiniones discordantes, que no tiene nada de malo en sí, sino también los intentos de descalificación, así como la necesidad impostergable de pronunciarse a favor de una de las versiones y a la vez rechazar a las demás. Porque estamos ya todos tan acostumbrados a ver las cosas como una disyuntiva de “A ó B”, que nos parece imposible que pueda existir alguna vez algo como “A + B”.



Lo más contradictorio de toda esta dinámica es que las tres cartas en cuestión tienen la intención de buscar lo que sería más conveniente para todos los cubanos, aunque haya, como es lógico, opiniones diferentes sobre cómo lograrlo. Es decir, no se trata de un enfrentamiento con la inepta gerontocracia totalitaria en el poder, que no pinta nada en este asunto, sino opiniones diferentes entre cubanos pro-democracia y libertad –tanto de aquí como de allá- entre los que estamos del mismo lado y en el lado opuesto a la tiranía. No tiene sentido.



Porque, lamentablemente, lo que ha estado sucediendo en este tema hasta ahora tiene un claro beneficiario ya en estos momentos: el régimen totalitario. Toda esta agria polémica, que de esta forma no va a resolver nada en un sentido o el otro a favor del pueblo cubano, le está haciendo un servicio demasiado conveniente a la nefasta tiranía neocastrista, para quien la descalificación de sus adversarios es una de sus máximas prioridades. Y ahora son los mismos adversarios peleando agriamente entre ellos, paradójicamente, los que le están regalando municiones al enemigo para disparar.



No se trata de que alguien entre los que estamos por la libertad, la democracia y el Estado de Derecho tenga que renunciar a sus bastiones ni a sus percepciones, o que no tenga el derecho a expresar respetuosamente sus puntos de vista, por muy discrepantes que sean.



Pero si no se acaba de aprender de una vez por todas que no atacar un criterio diferente de quienes debemos y tenemos que ser aliados naturales no necesariamente significa estar de acuerdo con ese criterio diferente, y que no es obligatorio tener que saltar a la valla cada vez que no nos guste algo que digan o hagan algunos de los que sabemos que estamos del mismo lado, seguiremos corriendo el riesgo de que la tragedia cubana se prolongue por mucho más tiempo, y ya es demasiado tiempo.



Cada palabra que se gaste atacando o pretendiendo descalificar a quienes se supone que están del mismo lado –y eso hay que suponerlo así, siempre, hasta que no se demuestre fehacientemente lo contrario- es un esfuerzo más que se desperdicia sin enfrentar al adversario, a la tiranía, al régimen totalitario, al verdadero y único responsable del drama de la nación cubana.



Dejemos a la historia elucidar en el momento necesario quiénes estuvieron de verdad del mismo lado, aunque hayan tenido posiciones diferentes, o hasta erróneas pero con buenas intenciones. Y también sacar a la luz a quiénes fingían estar del mismo lado para hacerle el trabajo sucio al enemigo verdadero. Nadie, nunca, en ningún lugar, puede escapar al veredicto de la historia.



Mientras tanto, dediquemos todos nuestros mejores esfuerzos y energías a buscar diversas soluciones posibles al terrible drama nacional, sin pretender reclamar derechos de autor o los para nada necesarios ni útiles protagonismos de pacotilla.



Porque, mientras tanto, el régimen totalitario se atrinchera y pretende consolidarse más aún para mantenerse en el poder hasta consumar la mayor de todas las infamias posibles, como evidentemente pretende: lograr que una dictadura que ignoró y despreció a todo el pueblo cubano mientras hizo lo que le dio la gana por más de medio siglo, vaya a poder escapar del veredicto popular en sus etapas finales y dejar tras sí cómplices sucesores que le garanticen el cómodo disfrute de las piñatas mal habidas y el más absoluto desprecio hacia todos sus opositores internos y externos.



Porque no está clara todavía, lamentablemente, la gran película, la visión global, mientras el Diablo se sigue paseando por sobre todos los detalles y haciendo desgastarse a los que deben y tienen que ser los verdaderos actores de esta historia.



Porque el Diablo, ese sí, es agente de la seguridad del estado.



Dr. Eugenio Yáñez









http://www.cubanalisis.com/ARTÍCULOS/EUGENIO%20-%20EL%20DIABLO%20ESTÁ%20EN%20LOS%20DETALLES.htm

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