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La nación partida

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La nación partida

Mensaje por odioafifo el Mar Jun 01, 2010 8:43 am

La nación partida

Lunes 31 de Mayo de 2010 09:18 Rafael Rojas, México DF




Quien haya leído algunas de las muchas reacciones contra la Plataforma de españoles para la democratización de Cuba, aparecidas en Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate o La Jiribilla, habrá advertido un giro retórico que se repite. Se trata de la partición de España en dos mitades, una buena (la de la República, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Izquierda Unida, el Partido Comunista, Pascual Serrano, José Luis Centella…) y otra mala (la de Francisco Franco, el fascismo, la transición, José María Aznar, el PP, el PSOE, el Grupo Prisa, El País y todos los escritores y artistas firmantes de la Plataforma: desde Mario Vargas Llosa hasta Pedro Almodóvar, pasando por Fernando Savater y Rosa Montero).
Lo primero que llama la atención de esta idea maniquea de España es la extravagante composición de sus dos mitades. Dado que ambas Españas parecen comprender lapsos históricos de unos setenta u ochenta años, sus componentes responden a dos genealogías. La primera sugiere que, según la oficialidad intelectual de la Isla, la continuidad de la España republicana sólo podría encontrarse en las minorías de oposición de la izquierda radical o comunista a la democracia de las tres últimas décadas. La segunda reitera el tópico de esa misma ultraizquierda de que, en realidad, la transición española, iniciada a fines de los 70, ha sido una continuación del franquismo, agenciada, fundamentalmente, por el PSOE y el PP.
Es evidente que al dividir España en dos, el poder insular proyecta sobre la historia cultural y política de la península su propia visión escindida de la historia de Cuba. También el pasado y el presente cubanos, según ese poder, están partidos en dos mitades: la de la buena y verdadera Cuba (las guerras de independencia, cierto Martí, algunos revolucionarios del 33, los comunistas, algunos revolucionarios del 59 y, sobre todo, los fidelistas) y la de la antiCuba (anexionistas, reformistas y autonomistas del siglo XIX, liberales y republicanos de la primera mitad del siglo XX, revolucionarios no castristas, opositores y exiliados de los últimos 50 años).
No es España el único país al que el poder cubano aplica esas dicotomías nacionales. Con Estados Unidos sucede lo mismo: la "patria de Lincoln" funciona en esa simbología como una negación de la cultura política norteamericana, cuando es un elemento central del republicanismo y el federalismo constitutivos de la misma desde fines del siglo XVIII. En momentos de crisis diplomática con México, también se ha recurrido a la misma operación: el México bueno es el de un inverosímil Juárez antiyanqui, el de Zapata y Villa, metamorfoseados en precursores de la Revolución Cubana, y el de Lázaro Cárdenas. Todo lo demás, especialmente la gran tradición liberal de los dos últimos siglos, que desemboca en Daniel Cosío Villegas y Octavio Paz, en Vuelta y Letras Libres, en Gabriel Zaid y Enrique Krauze, queda comprendido en el antiMéxico.
Además de falsas, esas genealogías intentan tender puentes entre legados liberales y republicanos, como los de Martí, Juárez, Lincoln o Azaña, con el proyecto comunista que viabilizó la institucionalización de la experiencia revolucionaria de 1959. No sólo cada mitad es una construcción unilateral y teleológica, insostenible desde un criterio histórico de mínimo rigor, sino que las mitades "buenas" difícilmente pueden asimilarse al sistema político cubano del último medio siglo. Tal vez pueda afirmarse que el liberalismo de Juárez, el federalismo de Lincoln, el agrarismo de Zapata o el republicanismo de Azaña estuvieron en las raíces ideológicas de la Revolución que triunfó en enero de 1959. Pero tampoco podría ocultarse que esas fuentes ideológicas fueron abandonadas cuando los líderes de la Revolución optaron por el modelo totalitario comunista que, en esencia, persiste hasta hoy.
La visión histórica de España que trasmite la oficialidad intelectual de la isla es de una superficialidad escandalosa. Se trata de una visión primordialista, compartida por las izquierdas radicales de la península, incapaz de asumir la memoria plural de la guerra civil. Esta última, según ese relato, no habría terminado aún y no terminará nunca, ya que el conflicto que la generó es eterno y esencial: la España buena siempre estará enfrentada a la España mala. Se trata de dos ideas irreconciliables de la nación cuyo choque llega a su fin, únicamente, cuando una de las mitades aniquila a la otra. Los tres libros que el historiador y ensayista español, Jordi Gracia, ha dedicado a las pugnas intelectuales de la guerra civil española, son una buena introducción a la crítica de ese maniqueísmo.
Puentes y fracturas culturales
En el primero de aquellos libros, La resistencia silenciosa (2004), que ganó el Premio Anagrama de ese año, Gracia reconstruía los diversos campos intelectuales de los bandos republicano y nacionalista con el fin de deshacer la fácil polarización binaria. Había liberales y había totalitarios —comunistas o fascistas— en uno y otro lado. La calidad intelectual, recordaba entonces Gracia, no era privativa de la causa republicana, ya que sin Rafael Sánchez Mazas o Camilo José Cela, sin el Grupo de Burgos, sin el pensamiento y la literatura de Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Gonzalo Torrente Ballester, José Luis Aranguren, Ernesto Giménez Caballero y otros intelectuales alguna vez falangistas o nacionalistas difícilmente se podía aquilatar la cultura peninsular de mediados del siglo XX.
Gracia dedicaba su libro a Javier Cercas, quien en 2001, con la novela Soldados de Salamina, había inaugurado esa nueva mirada a la guerra civil española. Hasta entonces los historiadores habían continuado aquella guerra por medio de la memoria, apropiándose del legado de algún bando y confrontándolo con el otro. Ahora se trataba de pluralizar la crítica, no por medio de una pacificación de la memoria, de alguna síntesis imposible o de una limpieza de los pasados autoritarios. El autoritarismo, en uno u otro lado, debía seguir documentándose, pero la subjetividad intelectual tenía que ser lealmente reconstruida. Gracia continuó aquel proyecto con la reedición, también en Anagrama, de Estado y cultura (1996), un estudio sobre el surgimiento de la conciencia crítica bajo el franquismo.
En su recorrido por la historia intelectual de la guerra civil y el franquismo, Gracia había dejado a un lado la decisiva experiencia del exilio. Ahora, en el tercer libro de su trilogía ensayística, A la intemperie (Anagrama, 2010), se ocupa del vasto y heterogéneo horizonte del exilio republicano español. Como bien recuerda Gracia, había de todo en aquel exilio: anarquistas, trotskistas, comunistas, socialdemócratas, democristianos, liberales, conservadores, católicos, ateos y hasta algún que otro monárquico. Así como en sus dos libros anteriores cuestionaba el estereotipo del franquismo como páramo intelectual, ahora Gracia cuestiona las visiones idílicas que atribuyen al exilio una pureza moral inverosímil.
Cuenta también Gracia que desde la segunda mitad de los 50, la vida intelectual peninsular comenzó a abrirse al exilio y a crear redes entre el adentro y el afuera de la cultura española. Cela, por ejemplo, se carteó con Américo Castro, León Felipe y Max Aub; Luis Felipe Vivanco reseñó libros de Bergamín y Alberti, y Torrente Ballester envió a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí números de Tajo y Destino, revistas que, a pesar de su dejo falangista, reconocían la importancia de la literatura exiliada española. Esas redes, como advierte Gracia, no se limitaban a la literatura poética o de ficción sino que tocaban zonas más cercanas a la ideología como el pensamiento filosófico e histórico. Aranguren, Laín y Marías leían y comentaban abiertamente libros de Ferrater Mora, Gaos o Zambrano, aunque contuvieran críticas al franquismo.
Al igual que Cercas, Gracia no intenta ser imparcial, pero sí justo. Ambos pertenecen a la generación intelectual que llega a la madurez junto con la consolidación de la democracia española y las transiciones en América Latina y Europa del Este. Después de 1989, a ambos lados del Atlántico, ser de izquierda o de derecha implicará romper con el comunismo y con el fascismo, apostar responsablemente por las vías electorales para alternar en el poder y combinar políticas económicas que no sacrifiquen el crecimiento o la equidad. Sin llegar a una neutralización de la memoria, ese nuevo contexto ha facilitado una mejor ponderación de los legados intelectuales de la República, la guerra civil, el franquismo y el exilio.
La trilogía de Jordi Gracia nos recuerda lo mucho que debe la transición española a aquellos puentes entre la cultura peninsular y la cultura exiliada. Puentes que un régimen autoritario, como el de Francisco Franco, pudo y supo tolerar. Otra parece ser la historia de la fractura cultural en Cuba, donde luego de cinco décadas de totalitarismo, la literatura y el pensamiento exiliados siguen siendo percibidos como conjuras contra la nación. No es raro, pues, que el oficialismo intelectual de la Isla parta en dos mitades a España, a México o a Estados Unidos. El maniqueísmo, esa visión simétricamente polarizada de una cultura nacional, es uno de los ejes inamovibles de la ideología totalitaria

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