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DESPEDIDA DEL ARZOBISPO EMERITUS MONSENOR PEDRO C. MEURICE ESTIU

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DESPEDIDA DEL ARZOBISPO EMERITUS MONSENOR PEDRO C. MEURICE ESTIU

Mensaje por pedro dollar el Mar Mar 23, 2010 10:13 am




"Al llegar el fin de mi ministerio episcopal, pues así lo manda la Santa Madre Iglesia según el Código de Derecho Canónico (modificado en el 1983), el obispo al cumplir la edad de setenta y cinco años debe según su artículo 401 inciso a, debe solicitar al Santo Padre su retiro. A mí no me gusta decir retiro, pues eso se parece a retirada, a mi me gusta decir jubilación, porque viene de júbilo de alegría. Esa edad la cumplo en unos días y ha sido aceptada mi petición. Eso ya todos lo saben. Así dando una mirada a todos estos años, veía que no había sido yo quien había impartido catequesis, visitado a los enfermos, acompañando a los presos... eso con toda honestidad lo han hecho durante todo este tiempo, ustedes.
Por ello pensé y así lo solicité, otorgar una distinción de parte del Santo Padre, a las personas que se han distinguido con constancia y se han entregado a la obra de la Fe en Cuba, en nuestra Arquidiócesis. Y es esto que estamos haciendo esta noche en este momento en que hermanos de las comunidades de Santiago de Cuba y sus alrededores recibirán esa condecoración: la Honorificencia Pontificia. Yo hubiera deseado ir parroquia por parroquia pero no ha sido posible, sólo pude ir a las parroquias de Baire, Contramaestre, Palma Soriano y San Luis."


(En ese momento fueron llamados al presbiterio todos los elegidos para recibir tan alta distinción)

El relato de la crónica de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba sobre esta celebración dice así: "Cuando ya parecían vividas todas las emociones Mons. Meurice se acercó nuevamente al micrófono. Se hizo silencio. Sabíamos que sus palabras a aquella hora sonarían muy especiales para cada uno de nosotros, sus hijos....Y comenzó:"

Palabras Finales de Mons. Meurice:

"Bien hermanos, todavía les molestaré por unos minutos. Una vez más solicitaré la paciencia de ustedes, pueden estar seguros de que ésta será la última vez. No sé por dónde empezar ni por dónde terminar.


Esta es la última Misa que he celebrado como Arzobispo de Santiago de Cuba. La última vez también como Arzobispo. No quiero terminar sin dar gracias a Dios por mis setenta y cinco años y por los cuarenta años de Arzobispo.


Agradecerle a Dios que me dio la vida, que me dio mis padres y mis hermanos.


Agradecerle la familia que me dio, los amigos que me dio.


Agradecerle a Dios que me llamó a la fe en la Iglesia Católica.Agradecerle a Dios por el párroco y los párrocos que tuve y que me presentaron para el Seminario.


Agradecerle a Dios por el arzobispo Zubizarreta que me aceptó y me mandó al Seminario.


Agradecerle a Dios por los compañeros que tuve en el seminario.


Agradecerle a Dios por el rector Madariaga; por los prefectos, sobre todo los de disciplina, que me ayudaron a coger el camino recto.


Agradecerle a Dios por el inolvidable Mons. Enrique Pérez Serantes, que me ungió sacerdote... Mons. Pérez Serantes tuvo que yo sepa un solo error en su vida, y fue el llamarme para que fuera su obispo auxiliar, sucesor de él. Él me enseño con su vida, con sus palabras... pero yo soy duro, Dios lo sabe, de"coco" y de corazón.

Todas las gracias y dones que Dios me ha dado yo no las he sabido corresponder, y no es una exageración. Cada cual sabe su historia; ustedes saben la suya, como yo sé lamía y no miento. sólo les digo que en mi barca no hay oro ni plata, ni espadas, no.

Agradecerle a Dios por los sacerdotes que me ha dado. Que cuando yo digo que son el mejor clero del mundo se ríen y creen que no lo digo de verdad. Pero es verdad. Yo sí mepuedo reír cuando ellos dicen que soy el mejor obispo del mundo.


Agradecerle a Dios, y lo he dejado para el final pensando que llegaba sereno, agradecerle a Dios por ustedes.

Lo que les dije al principio es verdad, no he sabido ser lo que tenía que ser.
Ustedes han hecho la obra, ustedes lo han hecho.
La Iglesia que somos hoy, ustedes la han hecho. El Espíritu Santo y nosotros, pero ustedes son los que han hecho. Yo sólo tengo una excusa, a mi me formaron en el Seminario y después en la universidad, pero no me enseñaron cómo sería después.

Yo fui y regresé a Cuba el 28 de octubre de 1958, y en un año y medio me cambiaron las cartas de la baraja. Y para qué voy a hablar si ustedes saben mejor que yo.


Dice en latín soli Deo honor et gloria. Sólo al Señor, sólo al Señor todo honor y toda gloria.


Quisiera que la última imagen que ustedes conservaran de estos cuarenta años de arzobispado, sea la de esta noche. Una eucaristía con toda la comunidad de hermanos en la que hemos orado y dado gracias al Señor y hemos participado en el reconocimiento, en la persona de estos hermanos, a todo el pueblo de Dios de Santiago de Cuba todo lo que han hecho por la Iglesia en este tiempo.


Dicen los guajiros que nunca está más oscuro que cuando va a amanecer.Yo no soy profeta, ni me atrevo a decir cosas de ésas nunca nunca nunca...Hay día y hay noche, después de la noche viene el día o después del día viene la noche; yo espero que vendrá un día esplendoroso, un día de sol en el que todos los cubanos piensen como piensen; crean o no crean en Dios; estén dónde estén, dentro de Cuba o fuera de Cuba; todos sufriendo por Cuba y esperando por Cuba. Llegará el día en que tanto dolor y tanto sufrimiento, tanto trabajo, tanto sudor, no serán en vano, darán su fruto y fruto abundante. Y todos podremos gozar de alegría, de paz, de unidad.

Eso supone un trabajo previo que se está haciendo y que de manera especial les encomiendo ahora, que es el trabajar y luchar por la reconciliación de todos los cubanos. Y se cumplirá lo que dicen hoy las escrituras.

Así quiero que me recuerden cuando digan aquel arzobispo gordito... la última vez fue la de la Honorificencia Pontificia a los hermanos.

Quiero que también se acuerden de estas cosas que les voy a decir, que lo tomen como mi última palabra, como una última petición: La última petición es que el mundo no cambia, Cuba no cambia si no se lo pedimos a Dios con una insistencia y una constancia renovadas. Hay que orar, orar, orar, orar... Rezar, rezar, rezar... para arrancarle a Dios por intercesión de nuestra Madre, María de la Caridad esa gracia...No sólo por esa gracia, sino por lo que viene después de ese momento.

Lo primero es la oración, lo segundo es que el mundo de hoy, aunque no tengamos mucho acceso aquí a eso, ha cambiado y está cambiando mucho. Y nosotros la Iglesia Católica, si queremos cumplir la misión que Dios nos encomienda en el mundo, tenemos que renovar mucho mucho mucho nuestra iglesia. Empezando por renovarnos nosotros mismos por dentro.

Cuando digo renovar, es renovar nuestras prácticas pastorales y aún en nuestra misma formación tenemos que poner muchas cosas al revés de como están ahora.


Esto es, primero trabajar por la reconciliación.
Segundo: orar orar orar, rezar rezar rezar...
Tercero cambiar, todos unidos sacerdotes y fieles cambiar,empezando por cambiar el corazón.
Cuarto, no hay Cristianismo, no hay Iglesia Católica si no hay el Culto verdadero a Dios en Espíritu y en Verdad, sin culto no hay Iglesia Católica.


Les decía reconciliarse, orar por la reconciliación, cambiar las cosas... no se es cristiano si no se compromete con la Fe de tal manera que se va a comunicarla a los demás, la misión, la evangelización. Si no hay oración no hay Fe, si no hay culto al Dios verdadero no hay crecimiento en la Fe. Si no hay evangelización no hay compromiso en la Fe, no hay crecimiento en la Fe.


No olviden nunca que somos discípulos de un crucificado. Si la cruz no está en medio de nosotros, y si no vivimos la cruz no somos cristianos, simplemente.
Tendremos de todo, construiremos unos templos maravillosos, no sé cuántas cosas más, pero si no vivimos la cruz no hay cristianismo.

Nuestra Señora de la Caridad, ella es la que tiene el secreto la llave de cómo se entra a la puerta del corazón del pueblo cubano. Ella es la que tiene el secreto y esa llave, cuando vamos con esa llave nadie dice no. Tenemos primero que vivirlo como Ella, buscar que se haga en nosotros la voluntad de Dios y llevar esa dedicación y esa devoción a todos los demás.

Estoy tan emocionado que debo terminar ya, no quiero llorar, ni quiero que otros lloren. Quiero en el día de mi jubilación, júbilo y alegría.

ME VOY, PERO NO ME VOY DE CUBA, ESTOY SEMBRADO AQUÍ GRACIAS A DIOS, PORQUE AQUÍ NACÍ EN EL PUEBLO MÁS HERMOSO DE CUBA QUE SE LLAMA SAN LUIS, Y NO ME VOY DE AQUÍ, NI AUNQUE ME ARRANQUEN.

Les invito a todos para que el próximo sábado día 24 de febrero a las diez de la mañana para dar la bienvenida y celebrar con el nuevo Arzobispo nombrado por SS Benedicto XVI Mons. Dionisio García Ibáñez.


Publicado como un pequeno homenaje a quien nos guio y enseno a seguir los pasos de nuestro Senor. Mi abrazo en la distancia Monsenor Meurice.

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Re: DESPEDIDA DEL ARZOBISPO EMERITUS MONSENOR PEDRO C. MEURICE ESTIU

Mensaje por roberto ramirez el Vie Mar 26, 2010 5:27 pm

gran hpmbre , gran patriota , merese todo mi respeto .

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Re: DESPEDIDA DEL ARZOBISPO EMERITUS MONSENOR PEDRO C. MEURICE ESTIU

Mensaje por El Compañero el Vie Ago 05, 2011 5:21 pm

Amigos, no soy religioso pero si amante la justicia y las buenas acciones. En consecuencia con ello y dada la significancia de este articulo como evidencia viva de la obra de los buenos cubanos, de los valientes, reproduzco integramente este escrito d José Conrrado, cubano de a pie, párroco, amante de la verdad y amigo de los libres quien escribe en honor a su mentor el Monseñor Pedro Meurice.

Mas allá de la tibieza moral del Cardenal Jaime Ortega y de sus "risitas dudosas" ante el poder, existen tambien en la Iglesia Catolica cubanos dignos que no temen decir la verdad y se ponen del lado de los que no tienen voz.

Desde mi pequeña Parroquia

Por: P. José Conrado Rodríguez Alegre

Documento reproducido en Facebook por Julio A. Hernandez on Friday, August 5, 2011 at 4:19pm

Doblan las campanas en mi pequeña parroquia. Ha muerto Monseñor Pedro Meurice, mi amado arzobispo, mi pastor, mi padre y mi amigo. Lloro su muerte. Siento un enorme vacío, y sin embargo, también una gran paz. Descansó de sus muchos trabajos, de sus sufrimientos corporales, de aquel peso que le doblaba las espaldas: el dolor, el sufrimiento, de su pueblo.


Viene a mi memoria la Misa funeral del Arzobispo Pérez Serantes, a quien Monseñor Meurice siempre consideró como un padre. “Ha muerto el obispo valiente, ha muerto el obispo santo”, decía con profunda emoción, y repetía una y otra vez a lo largo de su homilía, el obispo de Cienfuegos, Monseñor Alfredo Muller, como si de esa manera, quisiera recordárnoslo y que se nos quedara en la memoria. Han pasado más de cuarenta años y hoy pienso que aquellas palabras cobran una nueva y extraña actualidad: “Ha muerto el obispo valiente, ha muerto el obispo santo”.

Mons. Meurice era un hombre tímido. A diferencia de Mons. Enrique Pérez Serantes, que era como un fenómeno de la naturaleza, un hombre telúrico, con una desbordante y extrovertida personalidad, Meurice era tímido. Lo que le daba un aire de seriedad casi adusta. Era un hombre reservado. Era el perfecto secretario, “el hombre que guardaba los secretos” y que guardaba las espaldas del otro, el jefe. Pero a este hombre humilde y concentrado Dios le pidió “llenar el hueco” de su admirado y venerado Pastor. La primera lectura que se leyó en la Misa de su ordenación episcopal era el texto de la vocación de Jeremías: “Mira que yo soy como un niño que apenas sé hablar”, le dice Jeremías a Dios. Y Dios le responde: “No importa, a donde te mande irás y lo que yo te ordene decir, tú lo dirás”.


A Meurice le humillaban los honores y las alabanzas. Era humilde, desde la conciencia, tantas veces proclamada, de su propia pequeñez. Era sincero al decirlo. En esto era, al igual que el Padre Varela, un cubano atípico. No encontramos en él ese afán de protagonismo, esa búsqueda del aplauso, o esa tentación del caudillismo, tan frecuente entre nosotros. Hablaba cuando no le quedaba más remedio y porque no le quedaba otro remedio. Esto hacía de él un hombre de pocas palabras, que en cambio, sabía hacer silencio para escuchar a los demás. No exteriorizaba fácilmente sus sentimientos, era “un hombre de cáscara dura”, pero uno percibía en él una enorme bondad, una enorme capacidad de comprensión y de paciencia, demostrada por su cotidiana manera de vivir.


Si nos preguntamos cuál era el ingrediente fundamental de una personalidad que sin embargo percibíamos tan rica como profunda, tenemos que remontarnos a su experiencia de Dios. Meurice siempre fue un hombre de oración. Cada vez más, fue un hombre de Dios, un discípulo fiel de ese Jesús que nos dijo: “La verdad les hará libres”. Al final de su vida, en las palabras con que se despidió de sus queridos feligreses de la arquidiócesis santiaguera, lo recalcó con una enorme fuerza: “Sólo a Dios ha de darse todo el honor y la gloria”, quizá en respuesta a las alabanzas que se le tributaron, tan típicas de esas circunstancias. “Son ustedes, curas, monjas y laicos, los que han hecho todo el trabajo”, nos dijo en su despedida. Sabía negarse a sí mismo, porque lo había aprendido en la escuela suprema de la oración. “La humildad es la verdad”, decía San Teresa de Ávila, otra gran aprendiz en esa misma escuela.


Monseñor Meurice era un hombre que decía la verdad porque vivía en la verdad. Su compromiso con la verdad iba más allá de la conveniencia propia, incluso de la conveniencia de la institución que tanto amaba, la Iglesia de Jesús. El tenía claro lo que decía Luz y Caballero acerca de la utilidad… “Útil es un ferrocarril, pero más útil es la justicia”. Su compromiso diamantino con la verdad y la justicia, a ejemplo de Jesús, es la última explicación de su valentía proverbial, de su arrojo en decir la verdad. “Nos llamamos cristianos porque seguimos a Jesús, que es una persona, no una ideología ni un código moral”, decía a los jóvenes. Y no solo en las palabras de acogida al Papa, aquel 24 de enero de 1998, en la Plaza Antonio Maceo, cuando el pueblo lo ovacionó trece veces, en un texto de apenas dos páginas. Las inolvidables homilías de la “Misa vespertina de la Resurrección”, en la catedral santiaguera, en las grandes celebraciones litúrgicas en torno a la Virgen, en la Basílica del Cobre y sus homilías en las más humildes parroquias de toda la diócesis, eran un continuo llamado a la esperanza, a la reconciliación, a vivir en la verdad y en el amor. Sus palabras, como su ejemplo, nos ayudaron a enfrentar los peores momentos, las mayores dificultades, con fe y coraje.


Sin duda, una enorme carga de amor a Cuba inspiraba esas palabras suyas al Pueblo de Dios. De sus palabras y escritos, podría hacerse la alabanza que hizo don José de la Luz y Caballero de nuestro insigne Padre Varela: “Sólo una caridad tan ardiente y acendrada como la que anima su pluma puede haber inspirado tanta valentía y tanta modestia en reprender, tanto calor y tan sostenida unción en persuadir… Sólo el hombre que ha pasado la vida practicando todas las virtudes evangélicas con el fervor de los apóstoles, sería capaz de pintar la virtud con los vivos colores que él lo hace, copiándola del original que alberga en su pecho”.


Martí dijo de Agramonte esta suprema alabanza, que yo aplico también a Monseñor Meurice: “El que ni en sí ni en los demás humilló nunca al hombre”. El respetaba profundamente a las personas. En pleno período especial, su continua preocupación por alimentar a los pobres, sus largas horas de escuchar a los humildes, de ayudarlos material y espiritualmente, lo llevó a dar la orden de que las parroquias no enviaran las cuotas de contribución acostumbradas al Arzobispado y que lo dieran todo a los pobres. Él conocía muy bien la voz de los que no tienen voz, porque vivía escuchándolos. Por eso fue su más legítimo portavoz. “Negó muchas veces su defensa a los poderosos; no a los tristes. A sus ojos el más débil era el más amable. Y el necesitado era su dueño”, como dijo Martí del venezolano Cecilio Acosta.


Pero nadie vive inmerso en medio de tantas presiones sin pagar un precio. Su salud se quebrantó. En sus últimos años al frente de la Arquidiócesis , vivió una larga noche oscura que a veces le impedía hasta tomar la palabra en público. Cuando se le invitaba a las parroquias decía al cura: “Yo presido la Misa , pero tú predicas”. Después de su jubilación, ya en el Cobre, dividía su tiempo entre las visitas a los pobres y los largos ratos diarios de oración. La sabiduría del corazón se aprende en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Y él, que al igual que Moisés “se mantuvo firme como si viera al Invisible”, supo abrazarse a la cruz de su Señor. Dios le ofreció el regalo máximo: como a Juan, el discípulo que tanto amaba, a quien confió a su Madre, Jesús le concedió pasar sus últimos tres años de vida en el Cobre, a los pies de María, cerca del antiguo Seminario San Basilio, donde habían transcurrido su niñez y juventud. ¡Él, que tanto se preocupó por el Santuario, que tanto amó a la Madre , que fuera el custodio fiel de su imagen por tantos años como Arzobispo de Santiago, allá fue, a descansar de sus muchos trabajos!


A los pies de María, en su otra casa, la que le construyeron centavo a centavo sus hijos del exilio, fue a pasar sus últimos días. Tantas veces lo proclamó: “Somos un solo pueblo, acá y allá”. Meurice se convirtió en un sacramento de unidad para todo el pueblo cubano, un verdadero puente (pontífice) signo de unidad y de reconciliación entre las dos orillas del estrecho de la Florida. Su muerte allá, permitió que se proclamara alto y que se reconociera públicamente, su callada y meritoria labor en este sentido. Todos estaban en su corazón y él llegó a estar en el corazón de todos, los de allá y los de acá. Por eso su muerte ha sido su última homilía, su último servicio a la Patria y a la Iglesia. Porque Cuba no sería Cuba sin los hermanos que tenemos fuera.


El padre Meurice escogió como lema de su ministerio episcopal las últimas palabras de la Biblia: el grito del “Ven, Señor Jesús”, es el grito de la Iglesia perseguida, de los cristianos humillados, “que han lavado sus túnicas en la sangre del Cordero”, es el grito del Espíritu y la Esposa, pidiéndole al Señor Jesús que venga, porque con Él vendrá la salvación. Es el grito profético de los que confían su suerte a Dios, “sabiendo de quién se han fiado”: el único verdadero Mesías y Salvador que nos libera de toda alienación porque nos hace hijos del Padre y hermanos de todos los hombres y mujeres de la tierra.


Meurice fue un hombre fiel y agradecido. En primer lugar con Dios. En los momentos importantes de su vida manifestó su gratitud a Dios por la familia que le regaló, en especial doña Sisa, su santa madre y su padre, al que, por su temprano fallecimiento, apenas conoció. Después a Monseñor Pérez Serantes, cuya feliz memoria conservó siempre viva en su corazón y que fue para él un modelo como sacerdote y obispo. Para con sus profesores y formadores del Seminario, para sus compañeros de San Basilio, para los sacerdotes, de cuya comisión nacional fue presidente varias veces. Para sus hermanos obispos, a los que siempre apoyó con su cariño, consejo y amistad sincera. Al pueblo cubano y a la Santa Madre Iglesia Católica, de la que se sentía hijo y deudor, además de pastor. Amó a su Iglesia santiaguera y a San Luis, su pueblo natal, “El pueblo más lindo de la tierra”, como él solía decir. Y ese amor fue correspondido por su gente, que le pagó con su cariño y admiración.


Algo falta en esta semblanza, de todos modos incompleta e insuficiente. Y es el sentido del humor del Padre, su capacidad de jugar con las palabras (que no con las personas, como acoté ya una vez). Había en él una dimensión lúdica, una picardía muy cubana, muy humana. No era un hombre estirado. Le encantaba comer. Una vez dijo: “El que no es capaz de disfrutar del vino de la tierra no es digno de beber el vino del Reino”. En la mesa del arzobispado, en las convivencias sacerdotales, cuando se reunía con sus viejos amigos, cuando estaba de viaje, salía a flote el lado bromista y divertido del Arzobispo. Nada, que “un santo triste siempre sería un triste santo” según acotaba Santa Teresa. Todo sea dicho: cuando se incomodaba podía llegar a perder los estribos. Pero cuando recapacitaba, o si se había equivocado, al caer en la cuenta, tenía la enorme virtud de reconocerlo e incluso, de pedir perdón con humildad. “Nunca es más alto el bambú que cuando más bajo se inclina”, reza un proverbio chino.


Me atrevo a terminar esta evocación de mi querido padre y pastor, con esta cita martiana, aun si el verbo inicial resulta fuerte, quizá inadecuado al caso. ¡Creo difícil que alguien odiara a Meurice! Martí escribió estas palabras en la muerte del poeta uruguayo Juan C. Gómez: “Odian los hombres y ven como enemigo al que con su virtud les hecha involuntariamente en rostro que carecen de ella; pero apenas ven desaparecer a uno de esos seres acumulados y sumos, que son como conciencia viva de la Humanidad y como su médula, se aman y aprietan en sigilo y angustia en torno del que les dio honor y ejemplo, como si temiesen que, a pesar de sus columnas de oro, cuando un hombre honrado muere, la humanidad se venga abajo”.

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Re: DESPEDIDA DEL ARZOBISPO EMERITUS MONSENOR PEDRO C. MEURICE ESTIU

Mensaje por pedro dollar el Sáb Ago 06, 2011 9:19 pm

El padre Jose Conrado seguira con esa posicion de critica solemne contra el regimen castrista.

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Re: DESPEDIDA DEL ARZOBISPO EMERITUS MONSENOR PEDRO C. MEURICE ESTIU

Mensaje por EVIDIO el Dom Ago 07, 2011 10:06 am

La Iglesia Católica no es, ni será jamás como los que la deshonran.Conozco imnumerables casos, de personas muy dignas, entre los que visten hábitos y sus feligreses.Sucede que en este mundo, solo la maldad hace noticia.

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Re: DESPEDIDA DEL ARZOBISPO EMERITUS MONSENOR PEDRO C. MEURICE ESTIU

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