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7 GLADYOLOS EN EL CIVILENTERIO

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7 GLADYOLOS EN EL CIVILENTERIO

Mensaje por LoriG el Sáb Mar 20, 2010 8:35 pm

7 GLADYOLOS EN EL CIVILENTERIO
A RAS DE UNA PRIMAVERA BLANCA
Orlando Luis Pardo Lazo

“¿En qué país vivimos?”, pregunta mi madre de casi 75 de cara a nuestro obsoleto televisor. “Bienvenida al justo tiempo humano que nunca fue”, le digo, y cambio la retransmisión de la Mesa Redonda por el noveno inning del play-off de béisbol. Se acaba este campeonato y el equipo estrella de la capital cubana parece inspirado en la semifinal.[/font]

Pero mi madre queda conectada con el otro canal y pregunta sobre esas Damas de Blanco que nadie defiende al otro lado de la pantalla. Ella es católica de domingos y “casitas de misión”, pero ningún fiel en Lawton se atreve a explicarle qué piden dichas señoras de iglesia en iglesia. Tampoco la homilía abunda en por qué la policía o el pueblo o ambos les impiden a empujones cada peregrinación.


Es muy tarde en Cuba, casi medianoche, y con el último frente frío se condensa un silencio nórdico al que sólo la TV sobrevive. Deshabitamos una barriada fantasma, de zombis espectadores pero ya no expectantes. El arte de la espera aquí es pura falacia argumental. Lawton languidece póstumo a la par que pacífico.

No tengo ganas de responderle a esta hora a mi madre. Se aterraría si descubre que su hijo único posee información peligrosa al respecto. Apenas reporto que se trata de familiares de periodistas presos desde el 2003, por lo que como dolientes tienen tácitamente cierto estatus de inmunidad moral. De lo contrario, por mucho menos las hubieran condenado con mil y una pruebas por desacato o escándalo público o peligrosidad.


“La política es el negocio de los muertos”, mi madre parafrasea sin saberlo a otra madre de letras en Las iniciales de la tierra. La veo tomar sus pastillas y sprays, y se acuesta sin mayor post-data para mi pequeño speech. Es evidente que he declarado detalles de más. Hablo mucho en los interrogatorios (contrario a Jesús Díaz, yo soy un novelista frustrado) y hay instancias de poder (paternalista o materno) ante las que cualquier diálogo sobra.


De pronto me he quedado solo en la sala, visionando la victoria de tinte azul insípido de los Industriales. Entonces cambio clandestinamente el canal y las veo a retazos entre diplomáticos y musiquita de suspense socialista. Damas indomables de un blanco que sobrevive a los ripios de ese reportaje ridículo y radical.


Para añadirle fuel a mi fotoblog Boring Home Utopics, una vez hice fotos a las Damas de Blanco, en la Quinta Avenida de Miramar. Y cuando comenzaron a corear “libertad, libertad” bajo el reloj roto de Calle 10, casi me escondo de cuerpo completo dentro de mi Canon digital.


Tras aquella coraza estuve disparando sin respirar varios minutos, hasta rebosar la tarjeta de 1 gigabyte. No podía creer que yo estuviera entre aquel grupito femenino que resolvía sin esfuerzo el nudo gordiano de la Revolución Cubana: manifestarse en público de manera espontánea.


Sea neutro, a favor o en contra: es sabido que no poder desviarse de la disciplina gubernamental es el talón totalitario de Aquiles que debilita a cualquier autoridad.


Durante estos días vuelvo a saber de ellas por chismes de pasillo y acera, por sms que rebotan anónimos en mi móvil, por los titulares y píxeles y tribulaciones de la prensa extranjera acreditada oficialmente en La Habana, y ahora resuenan incluso en la engañosa voz gangosa de Randy Alonso y en el desparpajo por despecho o encargo de Reinaldo Taladrid.


Cuba queda entonces, por supuesto, a la espera de las reflexiones del ex-Premier en el periódico Granma o como postre en un portal de internet. Todo el mundo tiene algo que aportar o apestar acerca de este descolor sagrado, un blanco que remite al respeto de las religiones afrocubanas (en tanto los gladiolos de gladiadoras permanecen por el momento menos fichados).


Dada la coyuntura extrema interna y la candente campaña internacional, las Damas de Blanco, como en una pesadilla política de Stephen Vincent Benét, marcan un hito de género para el futuro de nuestra historia tan machistoide. Así, mientras los hombres se exterminan por idioteces más o menos ideológicas, la savia sabia de las hembras sigue siendo un garante de civilización: sus cromosomas X-X aún tienen el coraje de dar a luz un nuevo tipo de lucidez, de parir otra patria no tan patéticamente patriota como la del siglo XX, y de no parar a menos que les pase por encima todo el peso podrido de la ley.


Con sus atrevidas aventuras por los barrios altos y los marginales de La Habana 2010, las Damas de Blanco durante una semana se robaron la tea prometeica de la acción. En términos dramáticos ellas sin duda son una fuerza actancial, protagonistas agónicas de un efímero ensayo de revolución ciudadana. El eterno Estado cubano, o nuestro pueblo en tanto su vocero de verde oliva o civil, no puede sino jugar a la riposta, interpretando el rol secundario de la reacción.


Las alternativas no parecen ser otras que el entendimiento (esa virtud ninguneada ante todo conato contrario de opinión) o el aniquilamiento (esa perversión que los cubanos profesan tan pródigamente contra el enemigo supuesto o real). Un oráculo de derechas diría que hoy hay demasiados intereses institucionales que insisten en que la odisea del odio dure más allá del retorno a la Isla de Ítaca. Una pitonisa de izquierdas diría que la nación sigue en peligro de invasiones bárbaras como medio siglo o medio milenio atrás.


“¿En qué país viviremos?”, le pregunto a la pregunta de mi madre de casi 75. “Bienvenidos al injusto tiempo humano que nunca dejó de ser”, me digo, y el pitido del patrón de pruebas me resucita en medio del insoportable silencio de la medianoche.


Finalmente apago el televisor y yo también me voy a la cama, deseándole buena suerte en esta etapa final a mis ídolos de Industriales, rogando para que ningún couch negocie con muertos en la próxima bronca sobre el terreno de nuestra novela de necio aprendizaje nacional.

LoriG
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