Secretos de Cuba
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MI BARCO ( I ) EL BAUTIZO

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MI BARCO ( I ) EL BAUTIZO

Mensaje por EstebanCL el Miér Mar 17, 2010 11:24 am

Motovapor "Carlos Manuel de Céspedes"


MI BARCO ( I ) EL BAUTIZO

Un verdadero marino, nunca podrá ocultar ese sentimiento posesivo que lleva en la sangre cuando se refiera a la nave donde gastó parte de su vida. Es mi barco, le escuchas a muchos decir cuando hablan ante un grupo, realmente no es su propietario. Otros, son un poco más románticos y se refieren siempre a ella, como si se tratara de una mujer. Lo cierto es que ambas concepciones no son muy distantes, el barco es la casa, la fuente de la que se alimenta su familia, la tabla que busca desesperadamente el sobreviviente al naufragar. Un buen marino mima a su nave, la cuida de violentos golpes contra los muelles, se enoja cuando las defensas de los remolcadores dejan sus huellas en los cascos. La limpia, lava y cuida como si se tratara de una amante, vive profundamente enamorado de ella mientras transcurre ese tiempo de Luna de Miel. Luego, cuando debes abandonarla por las razones que sean, transcurre un largo período sumergido en la nostalgia y lo imaginas sufriendo las inclemencias de un mal tiempo o en el peor de los casos, arrugándose como cualquier vieja que no puede ocultar su vejez con coloretes. Así transcurre parte de la vida de los verdaderos marinos, sumando amores que se confunden con los de aquellas naves y regresan cuando lees su nombre en las amuras o codaste. Hoy no, son como esas hembras carentes de fondillos, planchadas, y lo que aparecía como un tatuaje en cada nalga, se escribe en una superficie plana que muchos identifican como espejo. Después, se hablará en pasado con esa mezcla de tristeza y amor jurado. El tiempo transcurrió sin darte cuenta, nunca usaste las hojas del almanaque, no mencionaste meses o años, hablaste de viajes. Uno o dos fueron suficientes para permitir ese paseo entre equinoccios y solsticios. Regresas y encuentras el fruto de un vientre inflamado que anda y te sonríe, prometes no abandonarlo jamás, quieres verlo crecer y enseñarle a decir sus primeras palabras. Mientes cuando haces esas promesas, lo sabes, el mar te tiene poseído con ese dulce embrujo que solo conocen los verdaderos marinos. Dejas todo entre llantos y protestas, regresas al rescate de un viejo o nuevo amor. Nunca lo has visto, andas seguro cargando tus maletas y encuentras otra vez esa felicidad exótica o extravagante cuando te asomas al muelle. Cuentas los cabos que lo mantienen firme y te detienes en detalles insignificantes. Tiene un guardarrata caído, no se observan bien los calados, algo de óxido llorado por su costado te avisa de sus últimos sufrimientos. ¡Hola, Ojo de Plimsoll! Lo saludas y continúas por el muelle en pos de la escala real, pasas imprudentemente por debajo de una lingada y los estibadores te gritan, los ignoras, eres feliz, pones el primer pie sobre el plato de la escala, te transformas en otra persona.

Siempre existe un primer día, comentaba un amigo con más escamas que vellos en su piel. Sus historias, excelentemente narradas, son diferentes a las mías, pero tenían algo en común, estaban sazonadas con salitre, sargazos, medusas y caracolas. Algunos cantos de sirenas se escuchan a nuestro paso, él no las cuenta por temor a sus hijas, yo violo constantemente esa prudencia o discreción. ¿Mi primer día? ¡Quién pudiera olvidarlo! Dijo un día mi madre: “Lloraste mucho cuando el cura te roció la cabeza con agua bendita en la parroquia de Guanabacoa”. Nadie podía aceptar mi inclinación por los hábitos sacerdotales del marino con aquel antecedente, lo cierto es que no me conocían tanto, yo amaba el agua, dulce o salada. En mil novecientos setenta y dos, Neptuno me bautizó formalmente al cruzar la línea del Ecuador desde el hemisferio norte al sur en demanda de Valparaíso. El nombre que seleccionó para mí fue el más adecuado, “Manjúa”, así le llamamos a un diminuto pececillo que vendían frito los chinos de La Habana en un cartuchito. Yo pesaba unas ciento treinta libras y la talla de mi pantalón era de 28 pulgadas de cintura por 30 de largo, una manjuita. Ninguno de esos dos bautizos me prepararon para la vida, hubo otro peor que me marcó para siempre. Ese día, el primero de todos, nos sacaron del aula y nos condujeron hasta el dique de Casablanca. Embarcamos en un enorme barco de vapor, cuando pasamos por su amura pude leer un nombre algo raro, “New Grove”. Allí, desde su cubierta, podía admirar gran extensión de nuestra bahía hasta que decidieran nuestra suerte. Nos hicieron bajar nuevamente, pero esta vez lo hicimos hasta el plan del dique seco. Caminamos por debajo de los santos sobre los que descansaba el buque, un viejo “Liberty” de la Segunda Guerra Mundial. Muy próximo a su línea de crujía habían practicado un orificio del que descendía o ascendía una pequeña escalerilla. Varios cables eléctricos penetraban como lombrices o anguilas a su interior, diferentes voces nos llegaban desde la profunda oscuridad observada desde aquel agujero. La voz del jefe le pidió a los que hablaban animadamente que salieran y nos entregó a cada uno de nosotros un par de guantes de tela y cuero como los usados para cortar caña y una espátula bien ancha.


De izquierda a derecha..
1.-Argelio Baños agarrando el cabo.
2.- Consuegra (al fondo)
3.- Jonás Gainza Figueredo (Actualmente en Montreal y llegó a capitán de la flota)
4.- Jesús Alfonso (Al fondo, le decíamos El Capi)
5.- Esteban Casañas sentado

-¡Muchachos! La tarea que les ha encomendado la “revolución”, es la de raspar todo el petróleo viejo pegado a las paredes de esos tanques. Esos residuos de combustible deben ser sacados al exterior por medio de esos cubos, deben relevarse cada media o una hora, ustedes se ponen de acuerdo. El tipo que nos habló con ese discurso saturado de patriotismo se retiró y lo vimos ascender por la escala del dique.
-¿Y no hay caretas? Preguntó uno de los más valientes entre nosotros y todos dirigimos hacia él las miradas inquisidoras.
-¡Coño! No vamos a ponernos en esa de estar exigiendo tantas exquisiteces, ustedes saben por los problemas que se encuentra atravesando la revolución por culpa del bloqueo norteamericano. Respondió otro de los estudiantes, uno como nosotros, pero con una dosis de heroísmo superior a la del tipo que nos había conducido hasta esa cueva.
-¡Yo lo sé, compañero! Pero como nos habían dicho en las clases de control de averías, puede haber gases acumulados en esos tanques y se necesita también un explosímetro. ¿Tienen alguno a mano por ahí? Nadie quiso responder, todos nos negamos a apoyar su verdad, así ocurría en aquellos tiempos donde cualquier palabra mal dicha o interpretada podía considerarse un acto de rebeldía o desviación ideológica.
-¡Caballeros! Vamos a dejarnos de bobería y meterle el pecho a la pincha, ya lo dijo el compañero, es una tarea de la “revolución”. Nos dividieron en brigaditas de cinco y los que estábamos en el exterior éramos los encargados de recibir aquellas pesadas cubetas con fuel oil casi sólido.
La atmósfera en el interior de aquellos tanques divididos como si fueran una colmena de abejas era terriblemente infernal, casi irrespirable. El calor reinante y la incomodidad de las posiciones asumidas para evitar manchar mucho la ropa, aceleraban el ritmo de la fatiga y debías pedir con urgencia abandonarlo antes de caer totalmente desmayado. Cuando terminamos tratamos de limpiar algo nuestras ropas con estopas mojadas de diesel oil, nunca pudimos usarlas nuevamente para asistir a la escuela y las limitaciones en ofertas de esos artículos era sumamente escasa, este fue el verdadero bautizo para iniciarme en la vida de marino mercante. ¿Qué ocurrió con aquel buque? Después de gastarse miles de dólares y otros miles más en horas laborables durante los meses que permaneció varado en ese dique, la “revolución” descubrió un día que la nave estaba quebrada y que probablemente su armador griego ordenó encallarlo en las costas de Cuba para cobrar el seguro.

¿El primer día? ¿Cuántos de ellos no tendrá acumulada nuestras vidas? El curso de timonel finalizó sin penas ni glorias, mucha de la gente nuestra ya había embarcado, solo nosotros deambulábamos desesperados por las aulas del tercer piso de nuestra Empresa. Quedé de primer expediente por las notas alcanzadas, tampoco fue absoluto mi logro, el puesto fue compartido con otro muchacho muy inteligente, Víctor Vals. Era tan inteligente que solo dio un pedacito de viaje, se lanzó a tierra en una de las esclusas del Canal de Panamá a inicios de su primer viaje, fue más inteligente que yo.
Piña de Jibilay, As de Guía, Gaza por Seno, Vuelta de Calabrote, Ballestrinque, costuras en cabos y cables, estrobos. Quién pudiera recordar el nombre de aquel magnífico contramaestre que nos enseñó todos los nudos marinos y sus usos adecuados. Era un gallego muy buena gente, es una pena haber olvidado su nombre para rendirle ese merecido homenaje y rescatarlo del olvido, pero tendrá que disculparme, no puedo recordar santos y señas de personas que existieron en 1967.
La vida a bordo de un barco no la determina el conocimiento de tantos nudos, hay muchas cosas que no se aprenden en la escuela y debes chuparla del escaramujo de los más viejos. ¿Cómo bajar a una guindola para darle mantenimiento al casco? No recuerdo el tiempo que me tomó en aquel pequeño barquito de vapor que me sirviera de escuela. ¿Ocurrió el el vapor “Río Damují”? Quizás fue el “Bahía de Tánamo” o el “Bahía de Santiago de Cuba”. Tal vez esos gritos los escuché en el “Río Caonao”, no recuerdo bien si fue en el “Bahía de Siguanea”. Por todos pasé mientras esperaba, porque eso, sí, debes tener demasiada paciencia para esperar en Cuba. Falta tal documento, debes vacunarte, tienes que solicitar el pasaporte, se están realizando las investigaciones para el Carnet de Mar, ¿tienes la libreta de enrolo? Cualquier detalle, el más insignificante, el soplido de un delator de tu cuadra, puede tirar por el piso todos los sueños y sacrificios realizados.


Motovapor "Bahía de Tánamo"

-¡Qué te sueltes, coño! ¡Pedí marineros y mandaron marineritos de mierda! Gritaba enojado aquel cabrón pañolero y los estibadores reían a todo pulmón.
-¡La guindola está muy separada de la amura! Le contestaba con nerviosismo y mucho miedo.
-¡Qué te sueltes, carajo! ¡Saca esas manos de la barandilla!
-¡La escala se mueve mucho!
-¡Qué se tiene que mover, pendejo! ¿No ves que está suelta? ¡Baja o te mando para la Empresa inmediatamente! Las piernas me temblaban, pero logré llegar a la guindola. Malhumorado me arrió un jibilay con un gancho atado a la punta del chicote. -¿Ves los cáncamos soldados al casco? Balancea este gancho y trata de pescar uno de ellos, el que más próximo se encuentra a la punta de la guindola. Media hora después lo había logrado y arrió otro jibilay similar para el otro extremo. –Ahora, cóbrate hasta acercar la guindola al casco y cuando lo logres haces firme el jibilay. Un poco más sereno fui siguiendo sus instrucciones y los estibadores se retiraron, había acabado la función.
–Procura que la piqueta no se te caiga al agua, si sucede, es mejor te tires detrás de ella para recuperarla. Varios días bajando y subiendo, subiendo y bajando. Piquetazos van y vienen, una burbuja de agua escondida detrás del viejo carapacho de pintura, una roncha de óxido, rayones producidos por las uñas del ancla. Piqueta, cepillo, minio, piqueta, cepillo, minio. Minio otra vez, pintura negra, espesa, pintura otra vez. Ya el pañolero no nos gritaba tanto y en la noche me sentaba en una de las esquinas de mi barrio a contarles mis avances a otros muchachos que comenzaban a soñar.
-¡Estira el amantillo por toda la cubierta! Me gritaba el timonel de guardia, no era peleón como el pañolero, debía hablar con ese volumen para sobrepasar el ruido de aquellas escandalosas maquinillas, eran pequeñas locomotoras fijadas a las cubiertas. –Ven para acá y veme dando cable en la medida que te lo pida, hay que arriar ese puntal. Yo observaba como le quitaba las vueltas en ocho a la cornamusa y dejaba solo cuatro o cinco vueltas redondas sobre ella.-¡Dame cable! ¡Dame cable! Entonces yo halaba con todas mis fuerzas aquella larga línea de acero pesado y rebelde. ¡Dame cable! El puntal bajaba rápidamente y solo atinaba a seguirlo con la vista, estaba justo encima de mi cabeza. ¡No mires más y dame cable! Si se cae no va a pasar de la cubierta. Luego daba varias vueltas en ocho y amarraba el cable con un pedacito de jibilay junto al enrollado. Soltaba lo que estaba haciendo y salía a cobrar la osta del centro. ¡Arría la contraosta en la medida que pida! Hasta que yo te grite “firme”, ¡Arría, arría, arría! ¡Olvídate de la osta! ¡Firme, ahora! Yo le daba vueltas en ocho sobre la cornamusa fija a la brazola mientras el timonel le pedía a los maquinilleros que levantaran la lingada para poder tensar la osta del centro, la hacía firme también a su cornamusa y venía hacia mi posición. ¡Vamos a cobrar la osta! ¡Cobra, cobra, cobra, ya! ¡Viste qué fácil! No puedes volverte loco, trabaja con los pies limpios, nunca permitas que se mantengan ningún cable o cabo en maniobra cerca de tus pies, no olvides eso. Eran hombres rudos, muy fuerte la mayoría y con la piel muy curtida por el mar, sin embargo, sus gestos de camaradería y protección hacia sus compañeros de trabajo los convertían en seres muy especiales. –El próximo puntal lo vas a arriar tú. La sola idea de verme vinculado a la manipulación del amantillo me aterrorizaba.
-Sube hasta la cruceta del palo y pasa esta driza de bandera por el motoncito que tiene en el extremo. Ordenó una mañana el contramaestre, no recuerdo en cuál de aquellos barcos mencionados.
-¿Y el cinturón de seguridad?
-¿Quién te habló de eso? Aquí no existe, nunca lo hemos usado.
-En las clases de marinería, allí nos dijeron que debíamos utilizarlo por nuestra seguridad.
-¡No hay seguridad que valga! ¡Pa’rriba!
-¡Pero, mire!
-No hay peros que valgan, ¡Pa’rriba o pa’la Empresa! Un escalón con el pie derecho, subir el izquierdo hasta el mismo paso de la escala. Un escalón con el pie derecho, luego repetir la misma acción y mirar para abajo. -¡Oye! El siguiente pie lo pones en el paso superior al que ya pisaste. ¡Ahhhh! No estés mirando pa’bajo, si te caes no vas a pasar de la cubierta. La arboladura no era tan alta, pero lo suficiente para hacerme sentir un terremoto debajo de las piernas. Una vez en la cruceta tomé un descanso y miré con más calma hacia abajo, todo lo veía pequeño y la manga de la nave exageradamente reducida. Por encima de todos, disfruté otra vez de esa vista panorámica tan hermosa que brindaba nuestra bahía atestada de barcos. Imaginé encontrarme en la cofa de uno de aquellos viejos galeones de piratas, soñaba por segundos, pero siempre era despertado por la molesta voz del contramaestre. -¡Eso es pa’hoy! El trinquete se estremeció cuando izaron una lingada, yo pensé que caería junto a él, los obenques de babor se tensaron cuando el peso de la carga pasó a la banda contraria. Busqué el dichoso motón y pasé el chicote de la driza, lo fui cobrando hasta verlo llegar a la cubierta. ¡Pa’bajo todos los santos ayudan! Pensé cuando puse el primer pie sobre la escala, lo hice al tacto. ¡Hace falta que no me ayuden tanto! Pensé otra vez.


Motovapor "Río Jibacoa"

Fueron varios meses de paciente espera y esos barcos partían a su destino. Hubo oportunidades en las que el exceso de personal en tierra sobrepasaba la demanda de aquellas naves, entonces, nos sometíamos a las maravillas que surgen en el paraíso que comienza a crear el proletariado. Gracias a esas iniciativas “revolucionarias” que nadie estaba dispuesto a contradecir, los estibadores eran movilizados y enviados a cortar caña. El lugar de los estibadores era ocupado por valientes y revolucionarios trabajadores del turismo y otros organismos cercanos a ese sindicato. Los empleados de las posadas sustituían a los que realizaban esas labores voluntarias en el puerto y eran relevados a su vez por los choferes de las guaguas. Las guaguas eran conducidas por obreros de avanzada del sindicato alimenticio y en el lugar de ellos, trabajaban los vaqueros de una famosa granja del estado. Los reclutas del Servicio Militar Obligatorio eran destinados a laborar en las vaquerías para sustituir a los vaqueros que trabajaban como conductores, quienes no sabían montar una habitación en las posadas. Ni los estibadores cumplían la norma que cualquier campesino realizaba en sus faenas diarias de cortar caña, ni… Todo era un bayú que tenía de proxeneta a Lenin y al fotogénico de Castro. Sobre estadía para todos los barcos en puerto, falta de leche y vacas templadas por los reclutas, transporte deficiente, apagones, escasez de comida y cuanta mierda se logra viviendo dentro de ese panorama. No fueron pocas las veces que trabajé como estibador, hoy descargando cemento, mañana sacos de abono químico y pasado mañana lo peor que arribara a ese puerto. ¡Mucha paciencia y boca cerrada! Esa es una de las fórmulas para poder triunfar en el socialismo, que nos pregunten a nosotros los cubanos.
-Usted ha sido seleccionado para ser enrolado como “agregado de timonel” en la motonave “Habana”. Me dijo esa mañana “Cordero” en la oficina de personal de la Empresa de Navegación Mambisa. Cuando aquello solo trabajaban cuatro gatos en ella, Alberto era un viejo que llenaba toda la documentación con la ayuda de una vieja máquina Underwood. Véliz era el Jefe de personal y Monteagudo trabajaba en finanzas, había un negro que ahora no recuerdo su nombre. No eran muchos, solo cuatro gatos fueron los pioneros de lo que luego se convertiría en una temida maquinaria burocrática. –Su salario será de $50.00 pesos cubanos y ganará $2.00 dólares semanales. Dijo para concluir y como preguntando si estaba de acuerdo. ¿Quién carajo va a decir que no, después de infinitos meses de espera? Tomé mis documentos y me dirigí al muelle “Margarito Iglesias”, allí se encontraba la motonave “Habana” en plena faena de descarga.
Trancanil, imbornal, pescante, pasarela, obenque, molinete, escobén, escala de gato, spring, amante, cuartel, entrepuente, pañol, estrobo, adujar, al garete, enrolado, portalón y decenas de otras palabras fueron creando un nuevo vocabulario. Mis amigos me escuchaban con curiosidad, mis novias comenzaron a sentir celos, tenían razón, se enfrentaban ante un nuevo y peligroso romance.


Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-03-11

EstebanCL
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