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La moral de la izquierda y los derechos humanos

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La moral de la izquierda y los derechos humanos

Mensaje por Invitado el Miér Mar 17, 2010 8:29 am

Podemos apreciar es que en nuestros días, para la generalidad de la
gente “de izquierda”, la moral no consiste en determinar si cierta
acción es buena o mala en sí misma, sino que la juzgan en función de
quién la realizó. Es decir, una misma conducta podrá ser simultáneamente
decente y censurable; el calificativo asignado en cada caso dependerá
de la ubicación en el espectro político de quien la realizó.
Por Hana Fischer


Los conceptos “ser de
izquierda” o “de derecha” surgieron durante la Revolución Francesa. En
un principio, el término simplemente definía al lugar del parlamento
donde se agrupaban los diferentes sectores políticos.
Durante la época de la Asamblea Nacional (1789-1791), a
la derecha se colocaban los sectores más conservadores, o sea aquellos
que defendían las injusticias y los privilegios del Antiguo Régimen; a
la izquierda se ubicaban los “girondinos,” que querían imponer ciertos
cambios orientados según los principios liberales, fundamentalmente, el
reconocimiento y protección de los derechos individuales, y la igualdad
ante la ley.
De allí por extensión, se les
llamó “derechistas” a los que defendían el statu quo, e
“izquierdistas” a los que apoyaban las “nuevas ideas” cuyo principal
fundamento era la libertad.
Pero a partir de los
acontecimientos que culminaron con la ejecución del rey Luis XVI (enero
de 1793) y la instalación de la Convención (1792-1795), los girondinos
pasaron a sentarse a la derecha mientras que los “jacobinos”, notorios
por sus ideas radicales, lo hicieron a la izquierda.
Por lo tanto desde sus mismos comienzos, la distinción
entre “derechistas” e “izquierdistas” se tornó difusa.
El período de la Convención gobernado por los jacobinos
(1793-1794), fue el que dio la impronta que de ahí en adelante,
distinguiría a la inmensa mayoría de los gobiernos de “izquierda”: el
abismo que separa a las proclamas grandilocuentes con profundo sentido
humanista que emiten y las duras condiciones de vida de la realidad
cotidiana que generan las políticas que aplican.
Bajo
su regencia, se aprobó la Constitución de 1793 que otorgaba el sufragio
universal, el derecho a la educación, al trabajo y la protección de los
más necesitados a costa del erario público.
En
los hechos, esa constitución nunca se aplicó porque según los
gobernantes, “no estaban dadas las condiciones”. Por supuesto que ellos
atribuían la culpa de tal circunstancia, a las potencias extranjeras y a
los franceses que reprobaban los métodos utilizados. Todos esos
sectores eran descriptos como los “malvados” que se oponían a los
“buenos”, ya que no compartían los “nobles” ideales cuyo único propósito
era mejorar las condiciones de vida del “pueblo”. Los jacobinos
consideraban que ellos eran los únicos y más genuinos intérpretes de la
voluntad popular.
El gobierno de los jacobinos se
caracterizó por violar sistemáticamente los derechos humanos, el pan
escaseó más que nunca antes, reinaba la inseguridad en un ambiente donde
todos desconfiaban de todos. La guillotina “funcionaba” en forma
permanente; por ella pasaron cuantos tenían la mala suerte de pertenecer
al grupo “moralmente” equivocado, sin importar si eran niños, mujeres o
ancianos.
Por algo se define a ese período como
“El Terror”.
A pesar de esta realidad histórica
irrefutable, por razones inexplicables, con el correr del tiempo se ha
cubierto con un manto de beatitud el “ser de izquierda”, mientras se le
atribuye a la “derecha” las peores intenciones y acciones. Ese proceso
ha llegado hasta tales extremos y el concepto se ha simplificado hasta
tal punto, que daría la impresión que para sus adherentes “ser de
izquierda” y ser “de good guys”, han pasado a ser sinónimos. Se
han constituido no solo en los dueños de la “ética” sino que incluso,
se han atribuido el poder de decretar cuándo una determinada conducta
debe ser considerada moralmente buena y cuándo no.
A raíz de ello, sería bueno detenerse a analizar
qué significa –si es que significa algo- ser de izquierda en nuestros
días. Y para ello, nada mejor que recorrer la historia contemporánea
latinoamericana.
El lapso comprendido entre 1970s
y 1980s, se caracterizó por la presencia de brutales regímenes
dictatoriales militares tildados de “derecha”. En la mayoría de los
casos, ellos emergieron tras resultar victoriosos en las llamadas
“guerras sucias”, en las cuales, guerrillas no menos sanguinarias quería
imponer por la fuerza de las armas un sistema dictatorial de signo
contrario, pero tan oprobioso como el que usufructuaba el poder en esos
momentos. Como resultado de ello, cada bando violó de manera constante
los derechos humanos de los habitantes de la región.
En la década de 1980, la democracia se fue imponiendo en
el continente. Y el año 2000 trajo no sólo el comienzo de un nuevo
siglo, sino también, la propagación de los gobiernos de izquierda sobre
suelo latinoamericano. Y junto con ellos, el “revisionismo”
-frecuentemente parcializado- de lo acontecido durante aquellas nefastas
décadas de la era castrense.
Azucena Berruti es
una veterana abogada uruguaya y militante socialista, que durante la
dictadura defendió a decenas de presos políticos, y hasta realizó una
huelga de hambre como forma de protesta contra las torturas y las
detenciones arbitrarias. Durante la presidencia de Tabaré Vázquez
(2005-2010) ocupó altos cargos de gobierno, entre ellos, la titularidad
del Ministerio de Defensa. Por esa razón, consideramos interesante dar a
conocer su opinión con respecto al “furor” revisionista de nuestros
tiempos.
Berruti piensa que “En estos treinta
años pasaron muchas cosas. Me parece una situación de oportunismo
político que después contagió a todo el mundo”.
Con respecto a los
procesos judiciales que se están llevando a cabo contra las personas
acusadas de violar los derechos humanos, advierte que el fundamento de
un juicio son las pruebas, y que en los casos mencionados, ellas no
existen; las inculpaciones sólo se basan en testimonios. Opina que “Es
muy relativo que puedan identificar. Demostrar que esas personas
estaban ahí hace treinta años, que estaban torturando… A mí me importan
las garantías para todos, y eso incluye a los militares. Creo que sin
eso corremos riesgos. No puedo pensar que con decir ‘es ese’… No, no es
tan fácil, no es tan fácil”.

La ex ministra
afirma con contundencia, que no le gusta el cariz que han tomado los
acontecimientos. “Tener a todos esos viejos enfermos presos,
cocinándolos en el odio (…) Yo ya los habría soltado; lo otro es
venganza. Y yo quiero ser mejor que ellos, no por decir que soy mejor,
sino para que nosotros seamos mejores que ellos.”

Pero lo más esclarecedor, es cuando apunta que la
cuestión de los derechos humanos “se ha manipulado”. Y lo
señala con conocimiento de causa. Expresa, que a la inmensa mayoría de
los que ahora se muestran tan indignados y gritan consignas como “asesinos”,
en los momentos difíciles de la década 1970-80s, no se les veía ni la
sombra. “Mi postura debe estar influida, también, por experiencias
que tuve durante la dictadura”
-afirma-“Porque ahora todos
estamos peleados contra la dictadura, pero en aquel tiempo para
encontrar a alguien tenía que ir a buscar debajo de la cama. Esa es la
verdad.”

Como es cierto que la mayoría de
esos “paladines” de los derechos humanos actúan de modo tal, que
despiertan serias dudas acerca de sus valores morales y honestidad
intelectual.
Por ejemplo el Ministerio de
Educación –uno de cuyos jerarcas es precisamente hijo de una de las
víctimas emblemáticas de la dictadura- sigue aplicando una ley que fue
gestada durante el régimen de facto, que les prohíbe a los fiscales
hacer declaraciones a la prensa. Contando la izquierda con mayorías en
ambas cámaras legislativas, ni siquiera se considera derogar la norma
aludida, a pesar de los insistentes reclamos del gremio de los fiscales.
Y al igual que en la época de la dictadura, se sigue sosteniendo que el
fundamento de tal restricción a su libertad de expresión es, que pueden
cometer “excesos” que podrían “afectar o desacreditar a la
Administración de Justicia”.

Todos sabemos
que cuando avanza el autoritarismo, lo primero que se mutila es la
libertad de opinión. En el caso de los fiscales, dado lo delicado de su
tarea, esta censura es particularmente alarmante.
O
también podríamos mencionar el rechazo de la bancada de senadores del
partido gobernante de “izquierda”, de apoyar una declaración política
promovida por la “derecha”, que “insta” al gobierno de Cuba a “promover
el pluralismo político y garantizar las libertades
,
al debatir sobre la muerte del cubano Orlando Zapata Tamayo, que
permaneció 85 días en huelga de hambre, como forma de protesta por sus
condiciones de reclusión y al régimen imperante en su país.
En el documento, los parlamentarios firmantes
manifiestan su “convicción” de que la “vigencia de los
derechos humanos en su plenitud debe ser respetada por todos los Estados

(…) de forma tal que resulten efectivos, en particular en lo
relativo al caso Zapata, aquellos derechos que se refieren al trato
inhumano en prisión, a la necesidad de un juicio justo y al derecho a la
libertad de expresión y opinión”.

Un
legislador izquierdista declaró que su partido no acompañó la
iniciativa, por considerar que refería al régimen cubano y no a la
muerte de Zapata. Y a modo de justificación expresó, que “Todos
tenemos la congoja por la muerte de Zapata y estamos dispuestos a hacer
cualquier declaración para manifestarlo, pero no sobre el régimen
cubano; hay que respetar la autodeterminación de los pueblos y el
principio de no intervención”.

Actitudes de
este tipo suelen describirse como “lágrimas de cocodrilo”.
También por estos días y ante la posibilidad de que el
mandatario de Nicaragua, Daniel Ortega, viniese al Uruguay (como había
anunciado) para asistir el 1 de marzo a la asunción del ex guerrillero
José Mujica, volvió a quedar en evidencia esta hemiplejía moral.
Este hecho impulsó a otra militante de izquierda a
manifestar su indignación. Fany Puyesky proclamó estar convencida, de
que “el motivo rector de la actuación política es la ética”. A
su entender, en el pasado la moral de los izquierdistas uruguayos “era
más que una palabra o un concepto vacío”.
Era una actitud que
implicaba “la idea de solidaridad contra el autoritarismo, las
injusticias y violencias que en la vida cotidiana sufren los y las
demás. Pero no sólo la solidaridad económica, sino la solidaridad por el
dolor de toda la gente, de todos los días, de los sin voz, y no
únicamente de los militantes políticos”.

Por
esa razón no puede concebir que se mire para otro lado y se reciba con
honores a Ortega, por la simple razón de ser un “compañero”,
cuando es público y notorio que violó sistemática a su hijastra durante
años, “amparado por una guardia de ‘compañeros sandinistas’
matones”.

Pero de un tiempo a esta parte,
autodefinirse en nuestro continente como "de izquierda", "socialista" o
"progresista" parecería otorgar una especie de “licencia” moral. De otro
modo, no puede comprenderse cómo es posible que el muy izquierdista
intendente de la capital lo haya distinguido a Ortega en 2008, con el
título de “Ciudadano Ilustre de la ciudad de Montevideo”.
Finalmente Ortega se acobardó y no asistió a la toma de
posesión de Mujica, al enterarse de que un grupo de mujeres -de todo el
espectro ideológico- estaba realizando una campaña de rechazo hacia su
persona.
Por lo tanto, ¿qué es “ser de izquierda”
o de “derecha?
Lo que podemos apreciar es que
en nuestros días, para la generalidad de la gente “de izquierda”, la
moral no consiste en determinar si cierta acción es buena o mala en sí
misma, sino que la juzgan en función de quién la realizó. Es decir, una
misma conducta podrá ser simultáneamente decente y censurable; el
calificativo asignado en cada caso dependerá de la ubicación en el
espectro político de quien la realizó.
Notoriamente,
posiciones como las de Berruti o Puyesky van en contra de los
criterios hegemónicos dentro de su fracción ideológica. Ambas exhiben
una coherencia entre los valores morales que declaman y su accionar, que
lamentablemente, no es el común denominador.
En
función de todo lo que hemos estado exponiendo, es claro que no hay una
línea tajante que nos permita diferenciar la “izquierda” de la
“derecha”. Pero sí es seguro, que no es para nada cierto que de un lado
estén los “buenos”, y del otro, los “malvados”.

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