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MI ABUELA ADOLFINA

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MI ABUELA ADOLFINA

Mensaje por EstebanCL el Dom Feb 14, 2010 8:54 pm


Abuela cargando a mi hermana Luisita, mi prima Sonia y yo antes del 59
MI ABUELA ADOLFINA
Siempre recuerdo haber asociado su existencia a la presencia de una chiva llamada Cuca, es todo el mensaje que me llegaba de ella desde el pasado. Yo andaba por una callejuela de El Moro con un jarro de aluminio en las manos, luego, mi abuela apretando las tetas de aquella chiva, exprimiéndola para lograr el desayuno de unas cuantas tripas. Después, el animal, muy dócil e inteligente, saldría por todo el barrio a luchar su comida. Abuela nunca la maltrató, todo lo contrario, la trataba con dulces palabras mientras la ordeñaba, pero nunca le dio de comer. Nunca llegué a comprender las razones por las cuales Cuca regresara cada mañana a la puerta de la casa, tal vez fuera más inteligente que todos nosotros y sabía de los momentos difíciles que pasábamos, no he conocido a otra chiva más solidaria que esa en toda mi vida, no andaban sueltas por el barrio unos años después de mi corta infancia.
La última vez que vi a mi abuela fue en el año 1959, estuvo de visita en Cuba con mi prima Sonia. Partió y me dejó de regalo a dos abuelos, Pedro el barbero, tenía su barbería donde termina la calle Giralt, siempre, desde niño, había creído firmemente que él era mi abuelo. Me dejó también a otro que se llama como yo, lo veía de Pascua a San Juan y consideré una coincidencia que nos llamáramos igual, desgraciadamente yo estaba equivocado, era mi abuelo carnal.
Con la llegada de los barbudos se rompió todo, hasta los vínculos familiares, mi mente infantil me prohibió comprenderlo. Mi padre, un rancio comunista que por ironías del destino murió y se encuentra sepultado en Miami, enterró para siempre a su familia que había salido de Cuba antes de la llegada de Castro al poder. Todavía hoy, decenas de años después, me devano los sesos buscándole una explicación a una actitud tan rara, no la encuentro.
Pasaron los años y logré escapar, convertirme en un traidor a la Patria, la misma prostituta que se vende periódicamente al mejor postor, poco importa quien paga más, siempre abre sus piernas. La traicioné, por así decirlo o como dicen ellos. Vivo desde entonces sembrado por la nieve durante unos seis meses, como los osos. Noches extremadamente largas, oscuridad deprimente para el que haya vivido en el trópico y un frío que espanta, tiemblo y soy feliz.
Un día, uno de mis hermanos averiguó con Chepa el número de teléfono de mi abuela. Debo decirles que es una sobrina de ella, la hija de Caridad su hermana, nada que ver con su madre, una hijita de Satanás. Llamé por curiosidad y sin muchas esperanzas, me salió Sonia al teléfono, aún se acordaba de mí, solo por mi apodo, Papún. Bueno, me llaman así por ser el hijo de Papo y mis primos no saben de otro nombre. Papo era mi viejo, ese rancio comunista que les mencioné.
La vieja se encantó al saber de mi existencia, el cruce de llamadas entre Miami y Montreal era diaria, el teléfono no descansaba, apareció ante mí una enorme familia, valió la pena soportar toneladas de nieve, la oscuridad y ese frío que te congela el alma.
-¡Qué me dice la vieja más linda de Miami! Fue siempre mi saludo, hasta que agarró confianza y liberó todos los frenos de su lengua. Mi abuela era muy mal hablada, mucho más que yo, solo que una mala palabra en su boca resultaba simpática, descubrí mis verdaderas raíces, el mar y la convivencia entre hombres no era la justificación a mis inocentes excesos.
Una hija de Chepa me dijo que la abuela no se encontraba bien, ella era su ahijada. Sonia que sí, que la abuela estaba muy bien, la otra que no. No confiado, decidí visitarla antes de que fuera demasiado tarde, fue mi primera salida de Canadá e incursión en los Estados Unidos, corría el año 1994.
-Aquí te traigo a un nuevo médico para que te reconozca. Le dijo Cela en lo que supongo fuera el cuerpo de guardia de un “Home”, me dijeron que era una clínica y lo creí, pero era eso, el lugar donde depositan a nuestros viejitos cuando se ponen molestos y comienzan a molestar. Ella se encontraba sentada en un sillón de ruedas, yo permanecí callado, fue el trato realizado con mi tío para darle la sorpresa. Me escudriñó de pies a cabeza, quizás tratando de descubrir en algún lugar un solo detalle que me identificara como doctor. Luego de un corto silencio aceptó ser reconocida por mí.
-Bueno, que empiece y no joda parado como una estatua. Tuve deseos de soltarle una carcajada, le tomé el pulso y fingí observar mi reloj, ella no quitaba la mirada de mi rostro.
-¡Vamos a ver, abuelita! ¡Enséñeme la lengua! Sacó toda la extensión de un horroroso órgano, después de aquella broma no dejo de observar la mía diariamente en el espejo, casi todo es feo en los viejos, menos su alma. Cuando hube de terminar mi examen, ella la guardó nuevamente sin quitarme los ojos de encima. -¿Sabes, qué? ¡Usted tiene tremenda lengua de mamalona! Cambió de colores e hizo el intento por levantarse del sillón.
-¡Cela! ¿Quién este hijoputa que me has traído? ¡Este maricón no es médico, ni la cabeza de un guanajo! Aquello lo dijo en voz alta y llamó la atención de los presentes.
-¡Qué me dice la vieja más linda de Miami!
-¡Lo sabía, lo sabía! ¡Este hijoputa tiene que ser nieto mío! Me incliné y nos fundimos en un abrazo que trató de recuperar la ausencia de tantos años. Sentí su olor y el de la chiva Cuca, llené mi jarro de aluminio con la leche de aquel amor perdido, solo podía beberlo yo.
Esa semana se la dediqué por entero a ella, peleábamos diariamente cuando me tocaba darle la comida. Las mala palabras viajaban por aquellos pasillos silenciosos y no fueron pocas las oportunidades en las que se presentara algún empleado del centro.
-¡Es que este hijoputa ha venido desde Canadá y quiere obligarme a comer! El hombre o la mujer me observaban con desconfianza.
-¿Son parientes? Preguntaban en español o inglés.
-¡Este cabrón es mi nieto!
-¡Ahhh, no! Ese asunto lo resuelven entre ustedes. Siempre nos decían y la dejaban a mi merced.
-¡Abre la boca, vieja de mierda!
-¡Vieja de mierda es tu madre!
-¡Abre, cabrona! Más de una hora en el almuerzo y otra más durante la comida para lograr vaciar un poco su plato. En las tardes y la noche, esas reuniones donde fui conociendo a varias generaciones de primos. Yo era la atracción, el único Casañas que conocían. Mis primas todas habían adoptado los apellidos de sus maridos, entonces, tuve que hablarles de ese gran ejército nuestro que existe en la isla, yo era un simple embajador.
-Para que veas, yo no estoy tan jodida, regresa tranquilo a Canadá. Me dijo esa mañana antes de partir para el aeropuerto. Estando solos en su cuarto, mi abuela se levantó de su silla y anduvo danzando. -¿Ya ves?
-¡Claro que veo! A alguien tenía que salir yo tan hijoputa.
-No se lo digas a nadie, ese es nuestro secreto.
-Trato hecho.
Las llamadas continuaron su período diario y las bromas nunca faltaron. Ella no podía hablar en serio, nunca lo fue, supongo. Un día, el tono de su voz cambió y me habló con mucha seriedad.
-Mi nieto, vamos a despedirnos. Un fuerte escalofrío recorrió todo mi cuerpo, era la primera vez que me hablaba con un tono serio.
-¡No jodas, mi vieja! ¿De qué me estás hablando?
-De despedirnos, ya me voy.
-No fastidies, tú estás entera, ¿no bailaste delante de mí?
-Sí, pero esta danza está llegando a su final, vamos a despedirnos ahora. No habló mucho esa tarde, tampoco quise presionarla. Los viejos saben cuando se les está acabando la cuerda de la vida a su reloj. Mi abuela murió unas horas más tarde, solo pude disfrutarla una semana después de treinta y cinco años de ausencia.
Siempre que voy a Miami trato de recuperar muchos archivos perdidos en mi memoria, consulto con Sonia mi prima. No es que sea buena historiadora, es que ella detuvo sus relojes cuando abandonó la isla. No tiene que esforzarse mucho y me sorprende, conserva hasta el nombre de todos nuestros vecino, y por supuesto, como si formara parte de nuestra familia, siempre se agrega el nombre de Cuca, aquella chiva tan generosa que nos matara tanta hambre.
-¿Tu abuela? ¡Tu abuela era de anjá! Sonia nunca dice mala palabras, no salió a nosotros. Busca en el cajón de viejas fotografías y comienza a mostrármela, no era fea de joven. Tengo miedo de que esas fotos vayan a parar al latón de la basura cuando ella se despida de nosotros.

Adolfina Hernández


Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-02-14

EstebanCL
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