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PERFIL DE MARTI POR JORGE MANACH

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PERFIL DE MARTI POR JORGE MANACH

Mensaje por pedro dollar el Jue Feb 11, 2010 12:43 pm





Allá en Oriente, cuyas imágenes traigo aún prendidas a la emoción, la cadena de montañas que rodea a Santiago de Cuba termina, vista desde el mar, en una, más señera que las demás, cuya cima, cuando no la ocultan las nubes, tiene una rara forma cúbica, un raro color de acero y, sobre todo, un raro desasimiento. Se perfila, en efecto, como una gran mole cuadrada, que hubiera sido colocada allí demiúrgicamente. Corona la sierra, y ya no es, sin embargo, parte sólida de ella. Parece una dádiva geológica, una enorme improvisación telúrica; pero se halla secularmente equilibrada en aquella altura. Es la Gran Piedra.


De parecido modo, la cordillera de patricios que se ha perfilado ante ustedes en este curso remata en Martí. Martí es parte de ella: nace de ese henchimiento espiritual que es nuestro siglo XIX; sin embargo, se desprende de él y de nuestra isla y hasta de nuestra historia con un perfil casi autónomo y con una eminencia tal que se le ve desde muy lejos - cuando no lo tapan las nubes.


Las nubes que tapan las cumbres son parte de su destino cimero. En torno a estos hombres que no son ya meros hombres, que son hombres geniales, se concitan inevitablemente los cirros y los cúmulos de la apoteosis. La altura misma hace de ellos un misterio, una zona inexplorada. Se les conoce sólo de perfil y de lejos. Nos habituamos a hablar y a escribir de ellos en forma alusiva y vagarosa con los acentos de la reverencia más que del examen. Son las víctimas augustas de un panegirismo desbordado y sin detalles, constantemente amenazado de convertirse en inerte beatería. Ya lo ven ustedes: yo mismo hubiera querido comenzar esta semblanza de Martí en tono menor y, sin poder remediarlo, me he encaramado a símiles montañeros. Se acerca uno a Martí con un sobrio propósito de escrutación y mesura, y se da uno de' bruces con eso, con la montaña. Tiene que volver a alejarse para cobrarle el perfil.


En una semblanza breve, como ésta a que me obliga la índole del presente curso, no hay sino resignarse a eso. Pero un amigo nuevo de Santiago logró subir ha poco a la Gran Piedra. Cuenta que desde allí se ve un ancho trozo de isla y de mar; que la mole tiene debajo como un gran cobijo, y que hay hondas cavidades en el cuerpo de la montaña y una vegetación poderosa que por toda ella se derrama. Algún día, supongo yo, logrará también alguien una proeza similar de alpinismo martiano, y acabaremos de verle a Martí, empezaremos a verle, todo lo que hay en su mole de hondura y de primor, de núcleo y de accidente, de verticalidad magnífica y de elegante declive - y toda la anchura de isla y mundo que se puede otear desde el. Por hoy tendremos que contentarnos, una vez más, con mirarle el perfil.


Para que este sea un poco cabal, debo hablar del hombre, del artista, del pensador, del político. Porque de esa cuádruple vertiente está hecho aquel enorme volumen humano que, como el monolito de Santiago, se da en facetas desde su cumbre. La genialidad de Martí, lo que autoriza a llamar a Martí genial con menos timidez con que lo hizo Rubén Darío, es justamente esa diversidad en lo augusto, o esa augustez en lo diverso: quiero decir, el rango impar que llego a alcanzar en su condición humana por lo pronto, y luego en sus realizaciones de hombre de palabra y de pensamiento, con haber sido estas tan marginales a su capital empresa de hombre político. La versatilidad es relativamente fácil, y hasta común en lo egregio de la vida americana, por cierta múltiple solicitación de los pueblos nuevos sobre sus hombres escasos. Pero Martí no es propiamente versátil: no es talento equívoco, apto para vacar, por amenidad o por menester, a faenas menores y distintas. Como Sarmiento -con quien le emparejo certeramente la intuición poética de Darío- es más bien una suma de talentos primordiales, cada uno de ellos ponderable en balanza universal.


El primero, su talento de ser: el áureo don de humanidad que encarno en el una providencia misteriosa.


De esa calidad humana, el testimonio capital fue su vida. A un público cubano, no he de inferirle el agravio sentimental de relatarla. Bastará con señalar algunos puntos de aquella parábola perfecta que es, desde Paula hasta Dos Ríos, como la trayectoria de un solo gran propósito disparado hacia su propio destino. El destino es aquel empleo que una existencia necesita darse para estar en conformidad con su ser íntimo. En el caso de Martí se nos aparece corno la conjunción afortunada de una superior necesidad histórica con una superior aptitud individual capaz de satisfacerla. Había que acabar de emancipar a América; la independencia de Cuba y de Puerto Rico era "la última estrofa" por escribir del poema bolivarino. Y surgió, por esa providencia secreta de los pueblos que ningún materialismo histórico podrá jamás explicarnos, el "hombre acumulado" -así- definía el propio Martí al genio- capaz de realizar la tarea casi de la nada, casi inventando su propia empresa.


Vida heroica, por consiguiente. El heroísmo principal de ella, sin embargo, no fue su culminación, sino el enorme esfuerzo que hubo de mantener, desde la cuna a la muerte, para realizar aquel destino: toda una secuencia de actos oscuros de voluntad en que el niño, el adolescente, el adulto fueron trascendiéndose y superando su propio ámbito en busca de ese mundo público ideal que es como el domicilio platónico del cual ciertos hombres traen la nostalgia al nacer. Martí empieza superando, en la infancia misma, las limitaciones tremendas de su ambiente: la pobreza y la incultura absolutas de sus padres, la disciplina de celaduría en su propio hogar, la españolidad cerrada en la casa y fuera de ella. ¿Se mide bien lo que significa, a esa edad, rebelarse contra todo eso? Hay un peligro de que, de puro estar familiarizados con la vida de Martí, no le veamos bien todos sus relieves. El heroísmo empieza allí: en los empeños infantiles de El Diablo Cojuelo y La Patria Libre. Desde entonces, toda la vida de Martí será ese vigilar y sufrir, ese quemar el amor y la paz en la pira de deber que el mismo encendió, ese llevar adelante su propia convicción cuando todos en redor suyo la niegan.


Para eso había que estar ya casi sobrenaturalmente dotado, La precocidad intelectual y moral fue otra de las marcas constantes de su genio; esto y por decir que Martí fue precoz hasta la muerte, sólo que cuando la precocidad es adulta la llamamos videncia. A la edad de los trompos se suceden los preludios periodísticos y la amistad grave a Mendive, el gesto formal de heroísmo de la carta famosa. Con la adolescencia, entra ya en las responsabilidades y trabajos mayores, y recibe el bautismo de fuego solar del Presidio, donde un niño se dobla piadoso (¡con lo indiferentes y crueles que suelen ser los niños comunes!) sobre el cuerpo yaciente de un chino atacado del vómito. "He sabido sufrir", dice orgullosamente al dejar la prisión. El trabajo primero de pluma, el primero ya adulto, en que Martí cuenta todo eso, lo escribe a los dieciocho años, y es ya una muestra asombrosa de sensibilidad moral y política, y hasta de buena retórica. En el destierro prematuro, apenas le asoma el bozo y ya es el Apóstol: ya anima, lidia, discute con los doctores. Va saltando estaciones, como si adivinara lo tasada que le venía la vida para su gran faena. Esa angustia adivinadora será siempre su acicate. Ensaya a tener juventud; pero los dolores de Cuba no le dejan: los siente a distancia como un latigazo. El héroe ciudadano es ese que no necesita que lo público le hiera en sus intereses para sufrir de lo público.


Aquella mocedad de Martí es un drama: el conflicto entre esa sensibilidad herida y los derechos primarios a la casa, la familia, la carrera, el amor. Ha terminado los estudios en España. Cuba arde en la guerra de los Diez Años. Martí se va a México. Hay también un heroísmo amargo en aquella decisión de no acudir todavía al llamamiento desesperado de la manigua. Cuesta a veces más, cuando se tiene cierta clase de alma, desertar de un deber que cumplirlo. La fuente más copiosa de dolor en la vida de Martí fue la mutilación indispensable en que tuvo que ir sacrificando los requerimientos privados a los públicos. Los años juveniles de México, en que esa jerarquía de deberes andaba aún invertida por la presión de la miseria paterna, debieron de ser los más amargos para Martí. Luego viviría del gozo de su propia angustia pública; pero entonces era el dolor árido y vergonzante de contener su propio afán mayor. Se emborrachó de amor. Amor de mujer; amor de ideas; amor de justicia y claridad para la patria sustituta. No: no era simple patetismo romántico aquello que le confesaba a Rosario Acuña de que había nacido con una infinita capacidad de amar. Tan infinita era, que sólo llegaría a saciarse en el sacrificio total de sí mismo.


Pero algo debió de aliviarle entonces la percepción instintiva de que debía reservarse, de que su hora no era aún llegada. Su obra, en efecto, esperaba una dimensión mayor. No se trataba -lo vería claro después- sólo de liberar a Cuba, sino de liberarla en función de americanidad y de universalidad democrática. El tenía que llegar a su sazón, y la realidad cubana con el. En mi biografía ce Martí apunté la curiosa geometricidad, por así decir, de su preparación americana. Sabio azar fue que viviera en México, en Guatemala, en Venezuela más tarde; es decir, que conociera íntimamente un país de cada zona de América. Toda su vida parece presidida por ese fatum interno. Su experiencia de esas tierra le ensancha la comprensión de lo histórico americano, le aguza aquel sentido de lo primario y lo real con que se van a equilibrar en el la generosidad romántica y el ímpetu idealista, y le da horizonte mayor a sus desvelos. El meditador de la cultura y de la historia, afanoso por que acabe lo que queda en América de aldeanidad, nace de esa vivencia continental, y el escritor en que se hermanaron lo tradicional y lo nuevo, lo criollo y lo universal. Sin esa experiencia, por añadidura, la empresa cubana de liberación hubiera carecido de aquel profundo sentido rector suyo, de aquel celo por crear, no un coto más para el caudillismo americano, sino una república sana desde la raíz y compuesta del derecho y el menester de todos.


Pero ahora me interesa subrayar lo puramente energético y moral de aquel ascenso a la responsabilidad histórica. Fue, sobre todo, un magnífico saber esperar: tenso, activo y en cada momento heroico. A las empresas conspirativas del 80, de la Guerra Chiquita y del 84 se unió Martí sin convicción, sin más entusiasmo que el del puro deber. Puede que efectivamente se le notara entonces, como creyó notárselo Gómez en su sazón, una suerte de impaciente egotismo y contrariado magisterio. Veía sin duda Martí que aquellas eran puras improvisaciones sin sentido histórico, y acaso adivinaba que la emancipación no lo tendría hasta que el mismo se pusiese por entraña de ella. Un noble celo de su propio destino, que a los demás pudo fácilmente parecer narcisismo acaparador, luchaba, en aquellos años de espera, con la humildad voluntariosa.


El problema de Martí era hacerse de autoridad. La exclusiva del prestigio y del derecho al mando la tenían los veteranos del 68. ¿Cómo podía aspirar a emparejarse con ellos, cuanto menos a dirigirlos, un pobre poeta raído, sin bautismo de manigua ni más títulos que una palabra opulenta? Como casi todos los problemas políticos de método, era aquel un problema psicológico. Otros lo hubieran resuelto por la lisonja y por la intriga: Martí no tuvo más que abandonarse a su capacidad de querer. Puesto que para tener autoridad, había que ser héroe, el cultivaría un heroísmo moral.


Los últimos diez años de su vida fueron} una exaltación creciente de esa voluntad de sacrificio. A los que le negaron la opuso austeramente, remitiéndose a la prueba final del tiempo. Todo lo dio con tal de hacerse amar. Sirvió tiernamente a todos, para que le reconocieran el derecho de servir a lo patrio. Puso cátedra de humildad para poder mandar, y de abnegación para poder exigir. Ahogo en la propaganda su vocación de escritor lujoso. Por hacerle un hogar a todos los cubanos, renuncio a su hogar de hombre; se quedó sin el hijo propio, por ser padre de todos; sin sueldo seguro por dar un ejemplo de independencia, el que la quería para su tierra entera. Hizo magisterio de su talento, lección de su pobreza, y de su palabra, antorcha con que encender sin quemar.


Acabo por conmover a todos el espectáculo de aquel amor y aquella fe ardientes, que hablaban sin odio un lenguaje de pelea. A su servicio tuvo la mágica irradiación de energía de todos los hombres en quienes la flaqueza se hace heroica; tuvo la fuerza ante lo adverso de todos los que saben seguro el triunfo final, y aquella prueba última de salirle al paso a la muerte cuando supo agotada su misión de apóstol.


No: por más que nos acerquemos a aquella eminencia humana, será imposible descubrirle oquedades. En sazón de resentimiento, Máximo Gómez escribió que Martí era "inexorable" y que carecía "de abnegación", y hasta el Collazo converso de Cuba Independiente dejo insinuaciones críticas sobre el modo íntimo de ser de Martí: "... siendo excesivamente irascible y absolutista -anoto- dominaba siempre su carácter, convirtiéndose en un hombre amable, cariñoso, atento, dispuesto siempre a sufrir por los demás..." Si así fue, habría que reconocerle otro heroísmo, moral: el de haber superado su propio temperamento. Al cabo, se es más hondamente ejemplar cuando se logra esa perfección por disciplina de sí que cuando se responde sin esfuerzo a una perfección natural que, por lo demás, solo se da como milagro en la hagiografía, no en las vidas heroicas del mundo.


Me parece, sin embargo, que esos juicios a que acabo de aludir' -tan aislados, por lo demás, entre los testimonios del carácter martiano - obedecen a la incomprensión, por dos hombres más enérgicos que sutiles, de lo verdaderamente central en el alma del Apóstol, que fue la pasión. La clave de la patética martiana, y aún, como mostrare luego, de toda su obra, fue el amor. Cuesta un poco de esfuerzo hacerse cargo de la realidad y la intensidad de esta aptitud amorosa en Martí. Todos tenemos -¡pobre de quien no lo tenga!- cierto don de querer. Pero en la generalidad de los hombres es un querer selectivo, irregular, condicionado. Lo singular en Martí, lo genialmente humano en el, es la universal, la absoluta y persistente dimensión de su capacidad de simpatía. Los que te conocieron a fondo dan testimonio de ella. La pregona su vida entera. El mismo la declara a cada paso y se la pide a los demás conmovedoramente. Si a veces hasta parece excesivo, si sugiere al pronto un recelo de dulzarrona y como profesional zalamería, es por lo mismo que se trata de una de las dimensiones -la dimensión emotiva- de su genialidad, y porque el mundo nunca ha estado habituado a este ejercicio y publicación de amor.


La pasión es ese grado en que el amor se hace como una angustiada codicia de querer y servir. A ese grado estaba siempre exaltado en Martí. Su arrogancia ocasional de hombre humilde, su ira de hombre dulce, eran los modos cómo reaccionaba, frente al obstáculo tenaz, aquella caridad voluntariosa. El era de los apasionados a quienes declaró "primogénitos del mundo".


Lejos de hacerlo inverosímil, esa universalidad del amor en Martí es la prueba de lo genuino del sentimiento mismo. En lo moral, al contrario de lo puramente biológico, sólo el amor que no distingue ni exige es amor verdadero. Scheler ha demostrado que la razón de esto se halla en la propia naturaleza amorosa del amor, que consiste en ser un "portador de valores morales", es decir, en tornar precioso todo lo que toca. El candor de Martí, su optimismo, su fe proceden de esa misma raíz. De ella le vino el ser un gran carácter, un gran escritor y un gran político.


El poeta en él estaba, en efecto, regido por ese mismo imperativo amoroso de su espíritu. Cuando digo el poeta no me refiero solamente al hombre de versos: me refiero también al escritor, al orador y, por consiguiente, al hombre de pensamiento.


Casi todos los investigadores de lo martiano, ávidos de tomarle a nuestro gran hombre todas sus dimensiones, hemos caído alguna vez en la tentación de aislar un filósofo en él. La verdad es que no pasamos nunca de descubrir, junto a una evidente unidad y hondura de visión, cierto amorfismo vagaroso. Y es que Martí no era propiamente un pensador, cuanto menos un filósofo. Como lo dejó ya entender Unamuno, alma gemela, su organización mental y espiritual era esencialmente poética. El poeta siente la verdad como cosa dada: por consiguiente, no la busca: no es hombre de preguntas, sino de afirmaciones: no razona, sino intuye. La esfera de esta intuición es su propia intimidad. Esto supone una identificación entre el ser del poeta y el ser del mundo, y de ahí que en todo poeta haya un fondo monista, panteísta y místico. El pensamiento de Martí, lo que en él hay de pensamiento, es, como veremos, lo bastante preciso e insistente para acusar ese núcleo de tendencias mentales. Pero antes quiero considerar brevemente al poeta que escribió prosa y que hizo versos y discursos.


Decía que el amor presidió íntimamente esa obra. El amor es la emoción poética por excelencia, por lo mismo que tiende a unificar toda la experiencia, a vincular intimidades. La actitud espiritual de Martí es, en ese sentido y en otros menores, esencialmente amorosa. No quisiera dar la impresión de que estoy forzando pedantemente una tesis si digo que, en general, los escritores se clasifican primariamente según tiendan a la concentración o a la efusión. Hay escritores centrípetos y escritores centrífugos; ecónomos y generosos.


El escritor del primer tino escribe para su propio deleite, sin importársele mucho la servicialidad de lo que escribe; tiende al regodea intelectual y contemplativo: al celo de su originalidad, al rigor crítico frente a la obra ajena. Necesita autorizarse de mucho discurrir: es frío, ceñido, vigilado. En cambio, el escritor generoso escribe por una necesidad de simpatía y de servicio, apela a la comunidad de ideas y de sentimientos; es intuitivo, ardiente, caudaloso y benigno. Entre esos tinos extremos, más o menos cerca de uno de otro, se sitúa toda la fauna.


Pues bien: Martí es el tipo mismo del escritor generoso. El amor se le traduce en una intensa irradiación de simpatía que alcanza, no sólo el fondo de su obra, sino hasta el estilo. Todo el universo resuena en él, le solicita con sus novedades, le hace admirar o padecer. En lo moral, que es también para él lo cultural y lo histórico, le anima un ardiente espíritu redentor. Sufre por el atraso, por los obstáculos, por la apatía del mundo. Quisiera educarlo y alentarlo incesantemente. Su humildad está cuajada de admoniciones. Exalta sin tasa la virtud. La benignidad es su norma: no sabe de más crítica que el silencio. Una curiosidad inagotable, que es también un modo de querer todas las cosas, le da un vasto radio a su interés, permitiéndole describir a maravilla hasta lo nimio del humano o natural espectáculo. Su género es la literatura de animar y servir: por consiguiente, el ensayo edificante, la semblanza plutárquica, la carta que agita y gana, la crónica que echa la imaginación a visitar mundos, el gran periodismo generoso, destinado a agotarse en la dádiva inmediata a todos, y no a vivir para pocos en lo tasado del libro.


La técnica misma del escribir, en Martí, es sabia en los recursos del amor. Hombre de pasión, piensa por intuiciones. La intuición -ha dicho finísimamente Madariaga- es "la pasión de la inteligencia-; y como su naturaleza consiste precisamente en una "arribada instantánea al momento vital de la certidumbre", el pensamiento intuitivo excluye los procesos pausados de la lógica. De aquí que Martí raras veces razona, si no es para señalar cómo las cosas nacen unas de otras y se enlazan en una fraternidad universal. Como observa él mismo de Emerson, con quien tiene tan profunda afinidad, "escribía como veedor, y no como meditador". El estilo, sanguíneo y palpitante, casa lo viejo con lo nuevo: la dignidad conceptuosa nutrida en el "tuétano de buey de los clásicos", que dijo Gabriela Mistral, con el centelleo cromado del modernismo que asoma por el horizonte. Derrocha la imagen, porque la imagen es el símbolo de que se vale el poeta para mostrar el secreto parentesco de todo; pero al mismo tiempo, ciñe la realidad jugosa con el adjetivo- exacto y virginal, y como quiere meter tanto del mundo en su palabra, le resulta a su estilo esa prisa elíptica y esa preñez que él mismo le ponderó a Cecilio Acosta y que no es oscuridad, sino como una especie de angustia poética.


Donde más se la echa de ver es en sus cartas. "Es mal mío -le confesaba en una de ellas a Mitre- no poder concebir nada en retazos, y querer cargar de esencia los pequeños moldes, y hacer los artículos de diario como si fueran libros, por lo cual no escribo con sosiego, ni con mi verdadero modo de escribir, sino cuando siento que escribo para gentes que han de amarme—... Las cartas, por consiguiente, nos lo dan como 'más verdadero: aquellas cartas de ávida ternura, de conciencia en vilo o de lacerada vigilancia, donde cada palabra, cada frase, va cargada de pasión y hasta de acción, donde una prisa dramática pide que se le adivinen mundos de tiempo y de sentido. Unamuno escribió que las palabras en esas cartas de Martí parecen creaciones, actos. ¿No lo era, en rigor, toda su literatura? ¿No era una gran impaciencia de la palabra? Lo importante siempre para él fue la acción: "el acto -dijo- es la dignidad de la grandeza". Toda su obra escrita -cuando no fue pasión sofocada- fue agonía verbal.


Al orador, según dicen algunas personas sinceras que le escucharon no le entendía fácilmente. No podía ser. El caudal desbordaba las represas de la atención. Varona mismo dejó escrito que, oyendo una vez a Martí, "cautivado por la melodía, poca atención había podido prestar a la trama lógica de las ideas". Aquella oratoria -que sólo se aclara en la página impresa- arrebataba, en efecto, a las gentes en la armonía del gesto, del lujo verbal, de la fuga lírica y la alusión fulgurante. No era, en suma, oratoria clásica y suasoria, sino la buena poesía oral de la resaca romántica y también ella se producía como una especie de acción, encaminada a suscitar una emoción épica de presencia: una emoción no de recuerdo, sino de esperanza.


La otra poesía, la lírica pura, la no destinada a la comunicación, es la de sus versos. "Versos de cabeza hecha a dormir en almohada de piedra como dijo él mismo: poesía de suspiro y desvelo. Por más que, en algún momento de política literaria, celebrara la pseudopoesía de edificación y mensaje que solía perpetrar su época, él se sabía muy bien -como acaso no lo supo antes que el nadie de su siglo y de su lengua, si no Bécquer- que no hay poesía verdadera sin intimidad y misterio. Dijo hondamente: "Tal vez la poesía no es más que la distancia". Separarse, en efecto, de la presencia concreta de las cosas y contemplar sus imágenes en el agua profunda del espíritu. En la medida en que así lo hizo, él que no tuvo mucho tiempo para ensimismarse, captó la gracia poética verdadera. Sus "endecasílabos hirsutos' tenían aún demasiado ardor comunicativo. Sin poesía genuina es la de los "versos sencillos", donde se cumple tan bien aquel saber suyo: "no se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble o graciosa". Esta emoción era casi siempre de amor. Apenas tocó Martí el amor como tema; pero fue esencialmente un poeta amoroso.


Hay en el, finalmente, una acción amorosa de las ideas.


El origen de lo que -con las reservas que ya dije- podernos llamar su pensamiento es, principalmente, el mismo: su propia hechura temperamental. Todo su ideario es revelación de alma, despliegue de intuiciones. Influencia de época, sin embargo, reforzaron por una parte ese subjetivismo; por la otra lo sometieron a contrarias solicitaciones. En lo romántico se confirmó su vocación íntima; pero la corriente naturalista que venía del fondo del siglo y que tuvo en el positivismo su estuario, fecundó también aquella mente unidora y totalizadora de Martí. Ambos aportes intentaron resolverse en una síntesis, más poética que filosófica, de espiritualismo y naturalismo. Era esta, subrayo, una necesidad radical del espíritu martiano. La condición amorosa de su temperamento se traducía en una avidez de solidaridad universal. "El amor -escribió Hegel- es la sensación del Todo-; y un epígono moderno del romanticismo, von Hartmann, añade que el amor "es, desde el punto de vista teórico y universal, la intuición de la identidad esencial de los individuos". Esta identidad esencial es precisamente la idea más insistente en Martí. "La vida es universal -escribió-, y todo lo que existe mero grado y forma de ella, y cada ser vivo su agente, que luego de adelantar la vida general y la suya propia en su camino por la tierra, a la Naturaleza inmensa vuelve, y se pierde y esparce en su grandeza y hermosura". De todo esto se deduce una conclusión espiritualista. Como en la naturaleza "no puede haber contradicción" y como en el hombre, que es parte de ella, no se puede negar lo espiritual soberano, esa marcha del mundo tiende a la realización plena del espíritu en el universo. La realidad tiene, así, un sentido y un destino moral.


Estas ideas no eran nada nuevas, por supuesto. La gran tradición neoplatónica, que reverbera en la mística española, les tenía abonado de atrás el terreno en la península. En su formulación moderna eran del patrimonio romántico y, como es sabido, habían hallado en la filosofía idealista del romanticismo alemán su formulación sistemática. Ese idealismo impregnaba el ambiente español en los años de formación intelectual de Martí. No es dudoso que, como los españoles del 70, recibiera Martí su influencia por la vía del krausismo, que a la sazón hacía furor en España. Krause es el filósofo del armonismo masónico. Más tarde, en los Estados Unidos, las mismas ideas afluyeron al caudal de Martí en la doctrina de Emerson y los demás trascendentalistas de la Nueva Inglaterra. Con un poco menos de misticismo, medio Martí está ya en el poético meditador de Concord. El magnífico ensayo que sobre el escribe es un testimonio de afinidad profunda. Finalmente, hay que señalar que ese panteísmo espiritualista no deja de estar matizado en Martí por ciertos reflejos del misticismo oriental, recibidos probablemente durante sus años de México.


A esos caudales místico-románticos se mezcla, como decía, el aluvión naturalista que trae del siglo XVIII su exaltación de la razón humana y de la naturaleza, y que, nutrido por evolucionismo de Darwin a mediados del XIX, asume su disciplina escéptica y cientificista en el positivismo de las últimas décadas. Martí, que había nacido en "la cuna liberal del siglo", recibe en los Estados Unidos las oleadas del mar spenceriano. De todo este repertorio de influencias se equipa aquel culto reverencial de la naturaleza, y por tanto, de lo primario y espontáneo; su concepción evolucionista del mundo y de la historia; sus actitudes antidogmáticas y de practicismo intelectual; en una palabra: su positivismo.


Lo genial es como Martí absorbe y funde en coherencia poética esos elementos desacordes. Todas las ideas que recibe han sido repensadas y fraguadas en su propio molde. De esa amalgama entre "el conocimiento racional y amoroso de la naturaleza" y el de "la perdurabilidad y trascendencia de la vida", deriva sus mensajes más personales y positivos: su pensamiento ético, histórico, político.


Se ha hablado mucho, en cuanto al primero, de la filiación estoica de Martí. No estoy seguro de que no se haya exagerado un poco. Martí es afín, desde luego, por temperamento y por cultura a la tradición senequista española. Pero, sobre que ésta, como tradición intelectual, me parece haber sido en exceso abultada, no hay duda de que en Martí se da en forma muy poco castiza. Su austero sentido del deber, su aceptación del dolor y su aprecio de la dignidad humana son actitudes estoicas; pero enriquecidas, humedecidas, si se me permite la palabra, por otras más delicadas esencias. Lo que sobre todo aparta la ética de Martí de la ética estoica es el lugar predominante que en ella tiene el amor. Nada más distante de la apasionada idea moral martiana que aquel desideratum de apatía, de serenidad a todo trance, de repugnancia a todos los afectos, incluso la compasión, que caracteriza la moral de los estoicos, principalmente de los romanos. Es también cierto de Martí (quien no creía que, por española, se debiera malquerer a Santa Teresa) lo que dice Rousselot del estoicismo de los místicos españoles. Cristo ha pasado por aquel desierto de entusiasmos que tenía su fórmula en el sustine et abstine clásico. Martí sufre y soporta; pero no se abstiene: 'ama. Y así nos ha dejado una ética del deber que llega hasta la fruición del dolor, "sal de la gloria", y una didáctica del desinterés como "ley general de la naturaleza humana".


Su concepción de la dignidad, capital para su pensamiento político, representa una fusión de la idea estoica de la dignidad del hombre como partícipe en la razón universal, y la idea naturalista y revolucionaria del hombre como sujeto de derechos naturales y principalmente del derecho al respeto de los demás hombres.


Su pensamiento histórico-cultural es asimismo una proyección armónica de la síntesis central de su filosofía. Evolucionismo y espiritualismo se dan la mano. Todo acontecer es episodio de la vasta evolución en que el Espíritu se va volviendo a encontrar a sí mismo en la naturaleza. En definitiva, pues, las fuerzas morales gobiernan al mundo, y la calidad de cada civilización se mide por el grado de esa presencia espiritual en ella, por el estilo de hombre y de mujer que produce. La tarea esencial es, por tanto, mejorar este estilo humano: educar al hombre para el ejercicio de la plena dignidad espiritual.


No menos que el ideario pedagógico, nace de esos postulados el ideario político. Tiene en ese sentido el pensamiento de Martí dos direcciones fundamentales: una dirección ética y práctica, cuyo eje fue el amor, y otra doctrinal y política, cuyo fin es la libertad. Pero estas dos direcciones en rigor coinciden en una sola. Vale decir que para Martí lo ético es de la esencia de lo político y viceversa. Como el hombre, los pueblos han de ser dignos, han de ser responsables. No pueden serlo, si no tiene la libertad para crear y para regir sus propios destinos. La pura libertad formal, sin embargo, no basta: "¡Qué infeliz Jamaica -exclama Martí-, y que caída, con sus libertades inútiles, sin el dominio ni el concepto de sí propia!" El coeficiente de la libertad es, pues, ese concepto de sí, la dignidad; y la condición de la dignidad histórica es la independencia.


Por eso Martí dedicó su vida entera a la independencia de la porción de humanidad en que le tocó nacer. Ese fondo espiritualista explica lo que de visionario y ardiente hay en la prédica martiana por la independencia. Acaso sea un alivio decir que Martí no fue propiamente un político, sino un revolucionario: es decir, un poeta de la acción histórica. Político en el sentido grande, o sea, hombre de razón y de cálculo, prosador de la empresa pública, fue, por ejemplo, Montoro. Martí, poeta "en versos y obras", como él mismo le escribía a Varona, se inclina a esa suerte de metáfora o salto histórico que es toda revolución, y se inspira en una imagen hiperbólica de la patria. Acaso no hubiera pedido servir para el menester de continuidad y detalle que vino después. Pero sólo un poeta como él pudo haber creado la patria: sólo un poeta pudo habernos dado su imagen ideal con suficiente dramatismo y hermosura para inducir a morir en la tarea de ganarla. Dije antes que Martí casi había inventado su propia empresa; el "casi" era un tributo a la veteranía separatista del siglo. Pero ya Lanuza, valientemente, dejó escrito que "el pueblo cubano, en aquel tiempo,... no quedaría, en su mayoría al menos, la revolución". A pura voluntad histórica hizo Martí quererla: a pura visión poética logro que creyeran en ella. Pocos casos más ciertos se han dado en la historia de esa fuerza de creación que Unamuno lo reconocía a la fe.


No es acaso excesivo afirmar que fue esta también una manifestación de su capacidad de amor. El amor es ciego en cuanto que no pone condiciones para entregarse; pero suele ser a la vez sumamente perspicaz para descubrir las posibilidades de exaltación de la cosa amada. Acaso la previsión política misma, más que una decantación de experiencia, sea, en ciertos visionarios ardientes del linaje de Martí, como una forma misteriosa de conocimiento por amor. Esa simpatía profunda sería la que le permitió a Martí percibir el latido del subsuelo cubano, que era el alma contenida de su pueblo, cuando los demás solo le veían la impávida superficie. Ella explicaría también su optimismo patrio: su estimación generosa de nuestro carácter y su confianza en la capacidad política de la república futura.


Todo lo cual no obsta para que Martí -hombre de ala y de raiz- fuese además en lo político un percibidor muy fino de todas las realidades. Concibió la independencia en función continental. En una época en que todavía los países hispánicos andaban como distraídos del amago potente de fuera, el vio con justeza lo que luego otros han sobrevisto con histeria: la urgencia de cerrar el ciclo bolivarino, para que no pudiera dejar brecha a ninguna expansión imperial. Maestro de conspiradores, supo aprovechar sagazmente la necesidad de importar la acción revolucionaria y capitalizo nostalgias, concertó autoridades y recursos, construyo, en fin con sigilo y eficacia insuperables, un mecanismo invasor de hombres, de armas y de ideas. Predico la revolución hasta el último instante sobre un tema de amor, para que no se quebrantase aquella solidaridad de lo heterogéneo en que había que fundar la patria "con todos y para todos". Muy de atrás se cuido de que la patria futura tuviese sana raíz democrática, y riño con Gómez por ello. Más tarde escribía: "Si no se hace la guerra según el plan de las emigraciones (es decir, según su plan), los del' 68 se la llevan, y tenemos lo de las primeras repúblicas americanas'. No, no era una orgía de caudillos, ni una oligarquía letrada más lo que el quería para Cuba. Quería -ustedes recuerdan la famosa sentencia- la república "una sagaz y cordial" que "tuviese por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de los demás; la pasión en fin, por el decoro del hombre". La democracia no se ha definido nunca con más hondura.


Y no es que Martí se hiciese demasiadas ilusiones. La norma evolucionista de su pensamiento le inducía a percatarse de que todas las cosas, cuanto más las realizaciones humanas, tienen su curso y sazón. Sabía que a Cuba le aguardaba su inevitable proceso de integración interna y que, en tanto, tenía que sudar su calentura. Pero confiaba en una buena voluntad rectora del cubano futuro. "A ver si me falla -escribió en los días fundadores.- Esa sí que sería puñalada mortal".


Felizmente, no tuvo ocasión de recibirla. Cuando escribió en la manigua, dos o tres días antes de su muerte: "Para mí ya es hora", acaso tuvo su última adivinación. Acaso sentía ya agotados los días de grandeza, loa días de creación y desinterés, que habían sido su destino. Su agonía había terminado. Sin quererlo, se dejó matar, por una vocación recóndita de su alma, más poderosa que todo raciocinio.


"Sé desaparecer. Pero no desaparecerá mi pensamiento".


Su pensamiento no ha desaparecido. Le ha faltado vigencia oficial, eso sí, porque todavía no se ha logrado en Cuba poner la autoridad al servicio de la nación. Pero su pensamiento está ahí, esperando su hora de plenitud. Terminemos como sólo se ha de terminar siempre: con unas palabras suyas. Estas parecen escritas para hoy:


"El cubano ahora ha de llevar la gloria por la rienda; ha de ajustar a la realidad conocida el entusiasmo; ha de reducir el sueño divino a lo posible; ha de preparar lo venidero con todo el bien y el mal de lo presente; ha de evitar la recaída en los errores que lo privaron de la libertad; ha de poner la naturaleza sobre el libro. Ferviente ha de ser como un apóstol, y como un indio sagaz... Alma trágica es lo que los cubanos han de tener por el tiempo que corre".


Jorge Manach

pedro dollar
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