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Un tema de vergüenza ajena: el culto a la personalidad de Fidel y Raúl Castro.

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Un tema de vergüenza ajena: el culto a la personalidad de Fidel y Raúl Castro.

Mensaje por Invitado el Jue Feb 04, 2010 8:17 am





Viendo en la TV el pasado noviembre el sepelio de Carmen Nordelo, se comprende el precio que por amarlos le ha venido haciendo pagar a Fidel y Raúl Castro la prensa cubana en los últimos cincuenta años.

Fúnebre, pero satisfecho, casi con entusiasmo, decía el locutor "asistió el general Raúl Castro, presidente de los Consejos de Ministro y Estado, a la ceremonia de inhumación de los restos mortales de Carmen Nordelo, madre de Gerardo Hernández Nordelo".

Esto es, al locutor le complacía hacer saber que el sepelio de la señora Nordelo había sido importante no por ser ella la madre de Gerardo Hernández Nordelo, uno de los "cinco héroes prisioneros del Imperio", nombres que les dio la prensa al bautizarlos y que enseguida pegó. Fue importante porque a ese adiós asistió el general Raúl Castro.

Pasaría esta emocionada muestra de cariño de los periodistas y comunicadores del patio por sus líderes máximos si fuera la excepción, pero no lo es.

La apertura de la serie nacional de pelota, la llegada de un ciclón, los destrozos causados por el mar al sobrepasar el malecón, en fin, cuanto evento climático o social ocurra o haya ocurrido en el país, ayer en los tiempos de Fidel u hoy en los de Raúl, dejó de ser sujeto de significación para convertirse en predicado si los hermanos Castro se personaron en la zona del desastre, acudieron al Observatorio a interesarse en la trayectoria del huracán o asistieron a presenciar el comienzo de la Serie.

Pero es en los entierros, sobre todo en los entierros donde más ha debido hacerles sufrir a Fidel y Raúl la veneración mediática que viene persiguiéndolos sin compasión. Porque hasta de ser amado se cansa uno. Y sin embargo, ¿cómo hacerles saber a esos entusiastas devotos que en un entierro el importante es el muerto, que ese día al menos el muerto es el protagonista? Es una pregunta que muriéndose de vergüenza han debido hacerse hasta durmiendo ambos jefes, sin hallar respuesta. Porque no la hallarán. No podrían hallarla.

Antes, cuando Cuba no influía en los asuntos del planeta (y no es que ahora lo haga demasiado), cuando todavía no era el oráculo del mundo de los pobres que sueñan con la liberación, los periodistas eran unos cuantos, un grupito alojado en dos asociacioncitas o cenaculitos intrascendentes; pero hoy, dueña la nación de seis poderosos canales de televisión, catorce telecentros, decenas de emisoras de radio a la largo de Isla y cien o más publicaciones, medios que a diario, por onda larga y corta, por la prensa plana y por Internet, difunden las victorias obtenidas a diario en la agricultura, en la medicina, en la educación, en los deportes, en la cultura, en la solidaridad de exportación, en el fortalecimiento de los ideales patrios y en la lucha de las masas por la liberación de Los Cinco, hoy, los periodistas cubanos son un ejército cuya cola se pierde en el horizonte, aunque insuficiente todavía para las grandes campañas que esperan al país.

Luego entonces, imposible llamar a los periodistas uno por uno para decirles con el mayor afecto, con mucho tacto, con la mayor delicadeza, que moderen sus desesperadas muestras de amor más allá de la muerte, porque, de llamarlos, ambos líderes no tendrían tiempo para gobernar.

Y uno a uno tendrían que ser llamados, y discutir con algunos de ellos días enteros, aprovechando la ventaja de ser dos contra uno, porque de reunirlos a todos, sacarían menos. Los periodistas estarían en mayoría, y amén del millonario gasto que una reunión así originaría en transporte, alojamiento, comidas, etcétera, en los ocho o diez meses que habría de durar, no sacarían nada. Nada.

Nunca faltaría el emocionado que al final, cuando ya parecía haberse llegado a un tormentoso acuerdo, se aparecería, moción en mano y muchas lágrimas, exigiendo volver a someterlo a votación, esta vez a mano alzada, en cuyo caso ambos líderes irremisiblemente perderían, serían derrotados por primera vez en una asamblea, precedente que en materia de política si mencionarlo es malo, admitirlo sería peor, porque puede crear hábito.

Por otro lado, ¿quién en los meses que duraría el franco, sincero y apasionado diálogo de los dos ídolos con sus principales adoradores informaría al pueblo de las victorias de la clase obrera cubana en su avance hacia la consolidación del Socialismo, quién le orientaría en el combate con el enemigo en este momento decisivo de la Batalla de Ideas?

¿Prohibir la veneración al Líder por decreto? La prensa cubana se sentiría censurada. Y el enemigo, siempre en busca de caldos a medio encender, a soplar la llamita con eso. De modo que, quieran o no, en aras de la unidad, y del sagrado respeto a la libertad de palabra, lentamente tendrán Raúl y Fidel que seguir muriéndose de vergüenza. Es el precio.

http://www.ddcuba.com/cultura/articulos/2010/el-precio

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