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Secretos de príncipes.

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Secretos de príncipes.

Mensaje por Patrio el Miér Ene 13, 2010 4:58 pm




Desde que tuve uso de razón aprendí que ciertos detalles de nuestra familia debían mantenerse ocultos a cualquier precio, temas tabúes que no se mencionaban siquiera en el almuerzo dominical en casa de los abuelos. La ausencia al encuentro del domingo tenía que estar muy justificada, era una especie de rito familiar ineludible, una ley impuesta y controlada por mi abuelo Don Nicolás.
Antes de entrar en la primaria nos insistían a todos los infantes del clan que no debíamos comentar detalles en particular de la familia y que si nos preguntaban por ello, nuestra única respuesta debía ser: "Pregunte a mi madre, yo no lo sé". Hoy que correteo con prisa por la cuarta década de la vida, medito con respecto a aquellos secretos y me imagino las circunstancias sociales que condicionaron a todos los adultos de mi familia tomar tal decisión, lo primordial es que era cercenar el desarrollo intelectual de los vástagos pues el secreto era un antecedente funesto en una revolución naciente y radical.
Para los pequeños era como una muestra de confianza, nos hacía un poco adultos y nos dotaba de cierto misterio, en nuestra imaginación nos daba un toque de clandestinidad, pequeños príncipes preparados para mentir a diestra y siniestra, una ley de la omerta ambientada en el trópico, una veta siciliana antillana.
¿Pero cuál era el misterio?. Sencillo, mi tío mayor había sido policía de tráfico del gobierno de Batista y además se había negado categóricamente a servir al nuevo gobierno, lo que representaba una doble mancha para el entorno revolucionario. Otro secreto es que otro tío fue miembro de la Brigada 2506 que desembarcó en Bahía de Cochinos y regresó a EEUU tras la devolución de los combatientes. Pero había algo más, a nuestro abuelo le habían intervenido una panadería y dos talleres de mecánica, éramos de procedencia burguesa. Tres antecedentes imperdonables para todos los miembros jóvenes de la familia que pretendían estudiar en un país donde todo, hasta la universidad, es para los revolucionarios.
La orientación de nuestros mayores era precisa y como desde la primaria nos interrogaban a discreción para el expediente académico (medida de control de la policía política), mentíamos impunemente a las preguntas de costumbre cada año:
- Tiene usted algún familiar que haya pertenecido a algún organismo del régimen anterior?
No.
- Tiene usted familiares en el extranjero?
No.
- Procedencia de su familia:
Proletaria.
Las respuestas eran concisas y bien estudiadas, pasábamos el filtro anual al que estábamos obligados desde el preescolar. Tal vez algún lector extranjero crea que exagero, pero doy fe de que esto era sistemático y nos interrogaban año tras año.
Al cumplir los once años se mudó a nuestro barrio, un pequeño de mi misma edad el que casualmente fue a parar a mi aula y nos hicimos grandes amigos. No era raro el día que almorzábamos en una u otra casa respectivamente y compartíamos nuestras fantasías y sueños de por entonces, jamás éramos enemigos ni siquiera jugando, realmente éramos como hermanos y cuando llegábamos a casa recuerdo con claridad la frase usual de mi madre: "Ahí vienen mis dos príncipes". Tomás y yo crecíamos juntos y en plena adolescencia nos escapábamos al río o a la costa, compartiendo suerte y secretos por igual, excepto el secreto familiar. Ni siquiera aquella hermandad era capaz de despertar tal confianza como para contarle mi secreto, hasta un día.
Recuerdo que teníamos dieciséis años y ya salíamos con nuestras novias de ocasión. Una tarde que rumiábamos en una esquina el lento paso del tiempo cuando se es joven, Tomás me dijo que tenía que confesarme algo. El rostro grave no presagiaba nada bueno y tardó algunos minutos en decidirse.
- Eres como mi hermano y debes saber quién soy.
- Coño, ¿cómo que quién soy?
- El nombre de mi padre. - realmente como ninguno de los dos crecimos junto a nuestros padres nunca me había detenido a pensar en ello - Resulta que esto que te voy a contar debe quedar entre nosotros. Mi padre se llamaba Tomás San Gil y lo mataron en El Escambray, era jefe de "bandidos".
Me sorprendió la historia, jamás pensé que aquel jovenzuelo pudiera ser el hijo de uno de los más valientes jefes guerrilleros que durante años mantuvieron en jaque a miles y miles de soldados del gobierno y continuó: - Después que mataron a papá, el G-2 le hizo la vida imposible a mi madre y decidimos dejarlo todo mudándonos para la capital. Aun hoy después de tantos años un oficial nos visita frecuentemente y nos mantienen controlados-.
En reciprocidad le conté los secretos de mi familia y eso nos unió más. Crecimos juntos y creamos nuestras familias, pero nunca más hablamos de nuestro secreto común, no era saludable crearnos enemigos y debíamos obedecer a nuestras respectivas familias. Éramos dos príncipes del reino de la mentira.
Patrio

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