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LA FOSFORERA

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LA FOSFORERA

Mensaje por EstebanCL el Jue Dic 31, 2009 3:31 pm


LA FOSFORERA

Los tiempos cambiaron y la gente no era igual, lo hicieron también. Nosotros, personas sencillas y esclavizadas por el refranero popular creímos en todo, que si “el tiburón se moja, pero salpica”. Dicen que tuvo sus orígenes allá, quién sabe cuando, algunos aseguran que en los tiempos de algunos políticos de la República donde robaron a todo dar. “Y seguimos la tradición”, como dijo la canción de Gloria Estefan, mojándonos y salpicando como aquel tiburón, hasta un día, no nos pudimos mojar más y por mucho que aleteáramos, tampoco éramos capaces de salpicar. Los tiempos cambiaron y evolucionaron los tiburones, no por voluntad propia, los obligaron, eso trato de pensar. Los nuevos, eran más feroces y voraces, siempre hambrientos, egoístas y sin ánimos de compartir su mascada.
Era gente diferente que lo compartía todo, casi todo, hasta las aventuras exóticas ocurridas fuera del casco. Nos las contaban y nosotros escuchábamos, las disfrutamos con ellos, hasta los baños que les daban las geishas, porque eso sí, los japoneses son muy aseados y si no hay agua de por medio no habrá posibilidad de sexo. Asombroso, ¿no?, debe serlo para aquel que llegue de otras tierras acostumbradas a meterlo todo en situaciones de emergencia, como si siempre estuviéramos en guerra, siempre lo estuvimos. Después, siempre nos premiaban con algo, tal vez voluntariamente o para sobornarnos, que no era muy difícil comprar nuestro silencio en aquellos tiempos con gente tan “buena gente”. Eso no fallaba, una botellita de Suntory o una cajita de cerveza Sapporo, no era gran cosa, ni éramos amantes del whisky, y la cerveza japonesa era demasiado flojita para nosotros, pero compartían, coño.
Los tiempos cambiaron y surgieron tiburones cruzados con pirañas, tampoco era culpa de ellos, las geishas cerraron la pila del agua y si no hay baño, como son tan aseados los japoneses, no hay nada de lo otro. Todavía escucho las notas de aquel instrumento que tocaban y los imagino desnudos, puede que no, posiblemente vistiendo un kimono como los de Toshiro Mifume. Hace un tiempo que han muerto uno a uno, se despidieron de esta tierra algunos que siempre salpicaron con su cola y nos entretenían con aquellas historias. ¡Y si fuera eso solamente! ¡No, están equivocados! Fueron, templaron, bebieron, comieron, los bañaron, les tocaron música con un instrumento que solo tocan las geishas. ¡No es la flauta! Esa la tocaba Richard Egües en La Habana, se parece a una guitarrita, pero no lo es, tampoco importa. En fin, les tocaron musiquita con las guitarritas de los samurais y para concluir, porque los japoneses de aquellos tiempos eran extremadamente complacientes, para terminar, todos ellos se marchaban de Japón con algún equipo musical “estéreo”, el último grito de la moda. Un tocadiscos espectacular con su aguja de diamante acabado de sacar al mercado. ¡Coño! ¿Qué pudo significar una botellita de Suntory o la cajita de Sapporo? ¡Nada! Pero ese acto de entrega y desprendimiento voluntario, que no para sobornarnos, los hizo diferentes a las especies de tiburones que nacieron después.

“No hay peor astilla que la del mismo palo”, dice otro refrán muy usado, ¿quién los habrá inventado? Así mismo fue, hubo un tiempo antes y otro después, todo a partir de una fecha. Las cosas comenzaron a cambiar desde la llegada del gallego José Meléndez a Tokio como representante de la marina cubana, ¡vaya que sí lo hizo! Se perdieron las geishas, los equipos de música, las botellitas de Suntory y la cajita de Sapporo. ¡Qué hambre tenía este tiburón! Lo devoraba todo y no dejaba nada para nadie, entonces, fue cuando los tiburones se volvieron más agresivos, egoístas, feroces, traidores. La gente se fue enajenando hasta perder la vergüenza y de dignidad no hablemos, que pena.
-¡Pídele al shipchandler un reloj! Me dijo esa mañana el Capitán Remigio Aras Jinalte y le mostré el puño de mi mano izquierda. Tenía un reloj ruso marca Poljot, era plateado y extraplano, me encantaba y yo me sentía muy feliz con él. Un estibador japonés, insistió varias veces en cambiármelo por un Seiko automático de los que hoy son una reliquia. Siempre rechacé sus ofertas y me preguntaba ¿por qué?, su reloj era muy bueno, pero alguna cualidad especial debía tener el mío, le tomé más cariño.
-Yo no soy hombre de estar mendigando regalitos, además, tengo reloj. El tipo se marchó, yo sabía lo que se escondía detrás de aquella proposición, el partido me había mandado a matar y él fue elegido como mi primer verdugo. Un rato después fui a recibir un camión de pintura para el barco, buen toque me hubiera llevado, pensé. Tremenda mascada se tragó el tiburón que nos representaba, la comisión de aquellos tiempos rondaba entre el 3 y 5 %. El chofer del camión se me baja con una jaba llena de gorritas, todas llevaban el logo de la marca de la pintura International.
-Dile a tu jefe que si desea que yo le haga promoción a su pintura me tiene que pagar. El hombre como que se sintió ofendido por aquel rechazo, los japoneses son muy educados y sensibles, cualquier gesto nuestro puede resultar ofensivo.
-¡Oye, Primero! ¡Agarra las gorras! Me gritaron algunos de los marineros que estaban recibiendo las pinturas en cubierta.
-¡Váyanse al carajo! Aprendan a tener un poco de vergüenza. No insistieron, como tampoco comprendieron mucho lo que yo acababa de expresar.
-¡Hazle un disparo de cien dólares al shipchandler!
-Remigio, yo no soy hombrecito de cien pesos, creo que estás equivocado conmigo. Le entregué las facturas de las pinturas y me marché de su camarote, no me resultaba agradable permanecer más de cinco minutos en su compañía y la de todos los secuaces que siempre le acompañaban. Unos minutos después llegó el proveedor con algunas cajas de materiales de cubierta a mi camarote, fui verificando una a una el contenido de aquellas cajas. Al final, el hombre me entregó una bolsita de regalo que tenía en su interior una cajita. ¡Qué sorpresa! Cuando abro la mencionada caja, me encuentro en presencia de una diana y varios dardos. Toda la sangre del cuerpo me subió con violencia a la cabeza y estuve a punto de explotar, me puse muy rojo y el japonés se dio cuenta. Le pedí que se sentara unos minutos mientras yo escribía una nota en mi inglés bastante imperfecto, decía algo así: “Señor, creo que usted se ha equivocado conmigo, yo soy un Primer Oficial en todo el sentido de la palabra y no dispongo de tiempo para jueguitos. Si los otros Oficiales que han pasado antes de mí le han aceptado estas porquerías, sepa que aún existimos oficiales con dignidad en la marina mercante cubana”. Le di la nota al japonés para que la leyera y por poco le provoco un infarto, no quería llevársela y tampoco paraba de realizar esas reverencias muy de su tierra. A él se le olvidó un poco el inglés, mal hablado también, y el resto de lo que pude interpretar como disculpas, lo expresó en esa exótica mezcla de ambas lenguas. Como media hora nos pasamos en ese tira y encoje de que me lo llevo y que no, hasta que en una de esas agarro la bolsa del regalo y con mi español de los malos, ayudado de un poco de mímica, le dije que se la llevara a su jefe y le dijera que se la metiera en el culo, ésta vez realizando una rara pantomima con la bolsita apuntando a mi trasero. Por fin pude rendirlo y el hombre se retiró muy apenado.
Después del tiempo en el cual desaparecieran las geishas, tuvieron sus orígenes muchos estilos utilizados para sustituir esas pérdidas, todas variaban de acuerdo al puerto donde se encontrara el buque, pero al final, aunque disfrazadas con palabras edulcorantes, no podían ocultar el verdadero propósito, robar. Entonces, los tiburones robaban a diestra y siniestra sin mojar a nadie, no podían hacerlo. Luego, las sardinas, convertidas en feroces pirañas, robaban a su manera y casi siempre el más perjudicado de todos resultaba el barco.

Hace unas semanas me puse a revisar una caja donde guardaba algunos objetos como reliquias, son cosas insignificantes, pero de un gran valor sentimental, encontré esta diminuta fosforera que hoy les muestro. A la mañana siguiente de aquel fatal día, regresó nuevamente el shipchandler japonés y no sabía cómo entrarme, lo invité a un te y cuando se sintió un poco más cómodo, extrajo de un portafolio un estuche de lujo que pensé fuera un reloj y me lo ofreció. Ante mi negativa en aceptarlo, me dijo que eso era un regalo suyo, muy particular. Me dijo que lo hacía por la vergüenza experimentada el día anterior y porque yo me lo merecía. Me dijo que ningún oficial de los que había pasado por allí ese año, había tenido la dignidad que yo mostraba, luego de muchos ruegos le acepté el regalo. Ese regalo ocurrió en el año 1986, nunca hubiera pensado que aquella fosforera eléctrica funcionaría. La cargué de gas y es la que estoy utilizando actualmente. No cabe la menor duda, los japoneses fabrican cosas buenas. “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista” Dice otro viejo refrán, pero ya han pasado más de cincuenta y las cosas empeoraron, los tiburones se quedaron sin barcos, también las sardinas convertidas en pirañas, ¿cuánto falta para llegar a los cien años?

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2009-12-31

EstebanCL
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