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Antes, esta ciudad...

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Antes, esta ciudad...

Mensaje por Patrio el Mar Dic 22, 2009 2:46 pm

Camina muy cerca de la orilla, a veces alguna que otra ola que pugna por adueñarse de la arena le moja los zapatos. Piensa en Pilar, la niña de los famosos zapaticos e intenta recordar el comienzo del poema, “…Hay sol bueno, mar de espuma, arena fina y Pilar…”, claro que él no es Pilar ni lleva zapatos rosados, aunque a decir verdad por estos tiempos el rosa parece ser el color moral aceptable por la mayoría. Sí, el rosa, ese color pálido de amor acabado un fin de semana cualquiera, un color que destilado del rojo suaviza con su tinte anémico la crispación de los sufridos, como la sangre sobre el asfalto con el paso de los días. El rojo avisa a gritos de su presencia, el rosa mientras tanto es precavido, indefinido, típicamente amanerado como las nalgas de Tonito, aquel famoso saxofonista homosexual que pedía a gritos la arremetida de los falos próximos.
Contempla unos instantes el horizonte en la dirección prohibida y las pupilas intentan volar más allá, donde la tierra árida no pertenece a los hombres sino a las consignas. Enciende un cigarrillo con la parsimonia de los ancianos, con la calma que genera la tierra extraña y la cercanía de la muerte, esa gestualidad de apariencia cansada que proporciona el saberse próximo a la muerte y el empeño en demorarla, de disgustarla un poco, como si la lentitud del gesto detuviera como consecuencia al tiempo.
Otra ola moribunda moja los viejos zapatos de dos tonos que por unos segundos recuperan el brillo de antaño, cuando se movían con presteza frente a cualquier par de zapatos femeninos que le retaran a una guaracha o un son, o se desplazaban con suavidad seductora a ritmo de bolero madrugador. Los zapatos son el reflejo del alma de sus dueños y un alma cansada siempre comienza su declive cuando deja de preocuparse por su calzado. A Juan hace mucho tiempo que no le importan los zapatos, menos aun los espejos donde contempla una cara que hace también bastante tiempo no es el que recuerdan las viejas fotografías entre las revistas del armario. El Juan atlético, juvenil y sonriente le resulta extraño, no es él, lo mataron los años.
Antes la ciudad le gustaba más, quizás tenía menos luces pero más alma, era un pedazo de la patria arrancada a la distancia, nutriéndose de olores conocidos que escapaban entre las persianas. Tal vez era un sueño, eso es, un sueño y un propósito colectivo de mantener vivo el terruño tal cual siempre fue, lejos del odio, los discursos y la sangre. Entonces la ciudad latía, a veces por las noches parecían salirle alas y volar hasta posarse donde debía, en su tierra natal.
Ahora la gente vive dentro de receptores televisivos, anclados al último cuplé de los avenidos tonadilleros del otro lado, aplaudiendo a destajo a los trovadores traidores antes y traidores ahora, absortos ante el último chisme de alcoba contado por los otrora fieles mayordomos de tiranos. Los que antes tendían con extrema disposición las sábanas del sátrapa, cuentan ahora como empleados retirados de burdel, sus experiencias de orgías presenciadas, eso sí, cuidando en asegurar siempre que no formaron parte de lo que presenciaron, intentando hacer creer que eran columnas o más propiamente insectos, sí, tal vez sean realmente insectos. Parece que muchos se han adaptado por cansancio a la ausencia de patria, que apenas ya pronuncian con amor palabras como palma, guajiro o son. El corazón de muchos ha dejado a un lado las claves y las maracas, por no decir el toque sensual de las tumbadoras, que a medianoche hacen suyo el sonido inigualable del palenque, de cimarrón que se funde con el monte libre.
Los que llegan ahora no llegan, el lastre de sus conciencias no les deja irse por completo y no hacen otra cosa que intentar vomitar su pasado sin éxito. Es raro decirlo pero es casi triste en esta ciudad ser un hombre libre, de los que no se venden, de los que prefieren el estoque a bajar la cerviz en señal de aceptación, de los que optan por silencio antes que confraternizar con los súbditos del tirano. Juan es de esos, viejo, cansado y enfermo pero libre, sin patria pero sin amo, sin fortuna pero con los bolsillos repletos de sueños de una patria libre.
Antes la ciudad le gustaba más, cuando la gente no hablaba de diálogos o intercambios con la bestialidad de cinco décadas de terror, como si se pudieran amordazar los gritos de los fusilados o los estertores de los niños ahogados en el último remolcador. Habría que matar muchos recuerdos para dialogar, quemar las fotografías de muchos hijos lejanos, de tanto huérfano creado por paredones, de tantos crecidos con padres tras barrotes, habría que renunciar a la moral y la dignidad, habría que darle un machetazo a la palabra patria, tendríamos que decapitar la libertad.
Enciende otro cigarro zambullendo la mirada en las aguas del estrecho, donde hay tantos sueños ahogados. Quizás al final ahí estén los vencedores, los puros, las osamentas libres de aquellos que buscaron en el horizonte lo que su tierra les negaba. Quizás estén ahí, en el fondo, abrazados en el más allá, esperando sus almas por un amanecer de libertad que no llega y que sólo sobrevive en aquellos que como Juan se resisten a vender su sueño.
Antes, esta ciudad le gustaba más…
Patrio

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