Secretos de Cuba
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El policía y el otro “Dios” que los cubanos llevamos dentro.

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El policía y el otro “Dios” que los cubanos llevamos dentro.

Mensaje por Rodrigo el Jue Dic 10, 2009 4:35 pm

Convivencia -

http://convivenciacuba.es/

El policía y el otro “Dios” que los cubanos llevamos dentro.

Por Dagoberto Valdés

En Cuba la
inmensa mayoría de los ciudadanos quieren un cambio para mejorar. Es
una mayoría absoluta y cansada. Casi todos están convencidos de que
este estatus quo es inservible e irreformable. Casi nadie cree en su
palabra, ni en sus promesas, ni en sus reiterantes planes para siempre
incumplidos. Nada funciona bien. Y todo el mundo lo sabe. En la
práctica cotidiana.
Sin
embargo, la anomia social, que es la anemia de la voluntad ciudadana es
aún el estilo de vida normal. Una parálisis recorre todos los estratos
del país. Solo unas pocas personas y unos pocos grupos siguen en la
perseverante construcción del porvenir. Creemos en la fuerza de lo
pequeño y en la fecundidad de esa semilla, pero nos preguntan
continuamente por qué nada se mueve en Cuba, por qué aparentemente todo
el mundo está esperando, dejando al tiempo y a la biología la solución
del país.
Cada vez
me convenzo más de que hay dos factores subjetivos, silenciosos,
invisibles… pero al mismo tiempo quizá los dos factores más
contundentes, aparentemente inamovibles, casi imposibles de sacar fuera
de cada uno de nosotros. Ellos son, en mi opinión, la mordaza y los
grilletes del pueblo cubano.
Estos dos
factores no los ven los diplomáticos que se derriten en La Habana
jugando a ser buenos interlocutores de un sistema completamente sordo a
la alteridad, completamente ciego ante la diversidad del mundo y
visiblemente paralítico ante todo amago del menor cambio esencial.
Menos los
ven los calenturientos turistas que vienen al paraíso tropical para que
sus calores les salgan más baratos y salseros. Lo de ellos es el
mojito, la playa, las mulatas y la nostalgia de los dinosaurios. Con
eso ni se dan cuenta que es el único destino turístico en el que al
llegar les cambian la moneda de verdad por unos papelitos que solo
valen el 80 % de su dinero, sin brindarle ningún servicio.
Más aún
que diplomáticos y turistas, no los quieren ver, los empresarios sin
contenes éticos dentro de la Isla, que olvidan los derechos que exigen
para ellos en sus países con tal de tener derecho de piso antes de que
lleguen los “otros”, como solapadamente llaman a los norteamericanos.
Pero los
primeros y peores ciegos somos nosotros mismos, los cubanos y cubanas,
que desde hace 50 años estamos siendo vacunados sistemáticamente contra
la conciencia crítica, la superación del miedo y la fe en un solo Dios.
No niego que las vacunas totalitarias estuvieran vencidas, como caduca
está toda la estructura autoritaria. Pero muchas han ido inmunizando a
fuerza de introyectar cada noche, en cada rumor callejero, en cada
delación vecinal, en cada serial policíaco, en cada ingenuo que dice
que se opone y lo está, pero al mismo tiempo se cree que el poder tiene
la eficacia omnipresente de un control total y la eternidad de un Dios.
Digámoslo
de una vez para ver si sirve para algo. Esos dos factores que nos
crucifican contra nuestra propia existencia y con nuestro propio
consentimiento son:
Uno: Cada
cubano tiene sentado un policía en la silla turca. Está de guardia
permanente durante las 24 horas del día si no dormimos, y los 365 días
del año mientras vivimos en la Isla-prisión. Aún cuando viajemos, no es
raro sorprenderse hablando bajito en la sala de nuestra familia en el
exterior o comunicándonos en clave entre teléfonos de una compañía
extranjera en un lejano país. Nadie lo ve, pero lo siente como a Dios
los que tenemos fe. Está ahí por nuestra fe profana en la eficacia del
sistema policial. Nos han hecho creer que funciona como un reloj, pero
suizo. Nos han hecho creer que está ahí, acechando personalmente las 24
horas, filmándonos cada minuto de nuestra existencia, informando cada
pestañeo de nuestra vida pública, grabando cada palabra y gemido de
nuestra vida privada. Nos lo han hecho creer por los botones de muestra
que tienen para mostrar en el museo. He preguntado: Pero, ¿por qué va a
funcionar tan puntualmente este engranaje gigantesco para controlar a
11 millones si nada de lo demás funciona bien? La respuesta es: este sí
funciona sin fallos. Y tú puedes insistir: Pero, necesitarían 6 agentes
para cada uno de nosotros con guardias de 4 horas para cubrir las 24
del día y así durante 365 días… Los pondrían para todos y cada uno de
los que se porten mal.- dice el creyente fiel. Pero, necesitarían miles
de cámaras de video y estructuras de oficinas para transcribir,
analizar, resumir, trasladar en informes que se eleven continuamente
hasta los únicos que pueden decidir en las alturas… La respuesta es
inmediata, con la fe de un Padre nuestro: ¡Así lo hacen siempre, con
todos y cada uno de los que piensan distinto!
Dos:
Todos, o casi todos, creemos que esta situación es eterna, como Dios.
Que nada va a cambiar, por lo menos en los próximos diez o veinte años.
Que las personas y las estructuras tienen más vida y más eficacia y más
estabilidad que Dios. Si no cree en esto dicho así, lo invito a que
haga la prueba: Pregunte a su alrededor hasta cuándo va a durar “esto”.
Puuuuffff. Mil años. Si aún tienes respeto sacrosanto por esta fe tan
inconmovible como ingenua, sigue preguntando, ah! ¿Y eso por qué? si el
imperio romano cambio, el imperio británico también, el imperio
soviético más recientemente… La respuesta te clavará en el puesto: Sí,
eso es allá, pero aquí es distinto. Si aún te queda algo de paciencia,
comenta: Pero ¡“esto” tiene que estar al cambiar! No demorará la
respuesta contundente: ¡Eso me lo están diciendo hace cincuenta años,
es mi vida la que pierdo! Aún te queda un argumento: Bueno, por eso
mismo, porque ya han pasado 50 años y nada es eterno y si es tu vida la
que pierdes harás algo para que no sea así. Se trata de tu única vida.
Todo se terminará en una cándida e infantil profesión de fe: ¡Y pasarán
50 más! Estoy condenado a perder mi única vida. A nuestra generación
nos ha tocado perder. En tres palabras: esto es eterno.
No hay que
ser ingenuo. El miedo no es infundado. Nace de un Estado policial y
totalitario que intenta controlar todos los rincones de nuestras vidas.
Pero, con el tiempo, la realidad se va confundiendo con nuestros
reflejos condicionados. Y luego, con la repetición, se van convirtiendo
en reacciones incondicionadas.
Así es
como un policía virtual vigila a cada ciudadano. No es una cámara, ni
una grabadora. Es el autorepresor que nosotros mismos hemos permitido
que nos siembren dentro de nuestras conciencias. Y lo alimentamos con
el humus de la autocensura, con la cultivadora que escarba la cizaña.
Lo regamos con las fuertes corrientes de los rumores. Se consolidan al
divulgar por televisión y por “radio bemba” que nadie puede moverse,
que todo está bajo la mirada del “gran hermano”. Incluso ese policía se
alimenta de medios muy contemporáneos como fotos digitales y videos de
“casos” como el del Hurón Azul y otros que, casualmente, se filtran y
salen de los archivos de las fiscalías y la policía y pasan de mano en
mano como documentos persuasivos de que, al final, “te dan cuerda y te
cogen”. Ese policía, que no duerme ni descansa, es uno de los tumores
causados por el daño antropológico. Es la punta de lanza del terror
infiltrado paciente y constantemente durante medio siglo en nuestra
forma de pensar, de vivir, de temer.
Tampoco
hay que ser ingenuo con el ídolo del sistema. La realidad es que por
nuestra responsabilidad, ese mito tiene fuerza. Ese endiosamiento del
sistema, para siempre, eterno, inmortal es el otro logro de la
propaganda y el culto a la personalidad y a las estructuras
sacrosantas. De la veneración cuasi religiosa de los símbolos de esa
nueva religión secular. Nace y crece por la necesidad que tiene el ser
humano de “seguridades” en su vida, de “una respuesta para cada
incertidumbre” aunque sepa que es mentira, pero la psicología dañada se
convence con un: ¿y si esta vez es verdad?
Un
enmarañado síndrome del que “es mejor malo conocido que bueno por
conocer” nos conduce imperceptiblemente a creernos que “esto es para
largo”. Hasta el colmo de tener que escuchar a una joven madre con una
niña de tres años que dice con toda convicción: Bueno, yo espero que
mis nietos no vean “esto”. ¡Dios! ¿Cómo es posible tanta fe en
personas, estructuras, sistemas, realidades absolutamente humanas,
caducas e ineficaces? ¡Es porque han durado mucho!- vuelve a decir
nuestro policía desde la silla turca.
Entonces, ¿qué podemos hacer?
Algunas sugerencias que vienen de la experiencia de no pocos:

1. Darnos cuenta de esto. Leerlo. Pensarlo.
2. Despertar de esos monstruos interiores: parte realidad y parte ídolo.
3. Con serenidad y valentía quitarle a la realidad la máscara del mito.
4. Dejar a la realidad en que vivimos desnuda de sus tres viejos ropajes, ya raídos y sucios:
- El endiosamiento de circo: Son personas y organismos humanos que se equivocan.
- la perfecta eficacia que no funciona: Nada funciona bien aquí. Y si no, probémoslo.
- y
las eternidades de cartón: Nada es eterno, ni inmortal. Todo pasa y
todos morimos y pasamos. Y se acaba y muchas veces se pierde en la
memoria, si es mala. Y nada en la vida dura ni un día más que lo que
nosotros queramos.

5. Probarnos
a nosotros mismos si estas tres cosas son así. Desmontar el mito.
Descolgar los falsos ídolos, reconociendo el rosario de errores
esenciales y conscientes, por empecinamiento voluntarista, no por las
circunstancias.
6. Y,
con infinita paciencia y perseverante empeño, ir conversando esto con
los más cercanos, con los amigos, con los más jóvenes. En fin,
desacralizando el andamiaje de una falsa “religión” alienante. Tan
alienante como la versión histórica que conocieron en su tiempo los que
llamaron a las verdaderas religiones: opio del pueblo.

No he
podido conocer en la historia otro experimento más alienante contra la
alienación. ¿Será la contradicción de la contradicción o la lucha de
contrarios o la incoherencia intrínseca del sistema?

Pero… ¡En estas disquisiciones dialécticas nos podemos meter cien años más!

¿O lo
mejor es no seguir escribiendo esto porque el policía me ha estado
filmando desde el momento que cada letra ha salido de mi máquina y ya
viene a buscarme…?

¡Está bueno ya!

Rodrigo
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Re: El policía y el otro “Dios” que los cubanos llevamos dentro.

Mensaje por tito el Jue Dic 10, 2009 9:13 pm

cuantas verdades en su escrito exelente

saludos
tito

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Re: El policía y el otro “Dios” que los cubanos llevamos dentro.

Mensaje por Invitado el Vie Dic 11, 2009 6:29 am

¡Excelente! y Otra vez Excelente este Escrito!... ¡Porque así es como funciona El Fascismo aplicado a Cuba por Fidel Castro!... ¡Porque TODO es “un Truco Psicológico”!...
He tratado de ilustrar con un ejemplo genérico, pero no menos real, cómo se manifiestan estos mecanismos de autocensura en los Cubanos de Dentro y de Fuera en el Escrito: "¿Cómo el Régimen de Fidel Castro “Fabrica”, con ayuda, La Doble Moral Anticastrista?"; si lo desean, pueden echarle un vistazo...

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Re: El policía y el otro “Dios” que los cubanos llevamos dentro.

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 1:46 am


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