Secretos de Cuba
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SAPICHE

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SAPICHE

Mensaje por EstebanCL el Mar Dic 08, 2009 7:44 pm


A bordo del buque escuela Viet Nam Heróico,
(de izquierda a derecha) Emilio Prieto y Bernardo Ceballos,
alias Sapiche.


SAPICHE
-Si acaso observan una rajadura en el casco del barco, el procedimiento a seguir consiste en taladrar un pequeño orificio en cada extremo de la grieta detectada… Se detuvo con la intención de coordinar las ideas que deseaba expresar ante aquel grupo de hombres, cuya fama lograba extremar su miedo escénico. Sudaba copiosamente, partía con frecuencia las tizas cuando trataba de escribir o dibujar algo en la pizarra y el borrador salió disparado en varias ocasiones. Por las amplias ventanas del aula corría una refrescante brisa que nos llegaba sin interrupción desde el Estrecho de la Florida, pudo haber sido la antesala de un frente frío que nos obligaba a sacar los viejos trapos que rotaban cada invierno. Él era el único que se empeñaba en sudar, gruesas gotas descendían a toda velocidad desde la extensión de su frente y se desprendían de su cuerpo en la punta de su nariz después de una cómica despedida. Sacaba el pañuelo y lo frotaba por todo el rostro con el estilo de los guapos, casi siempre cubriendo los labios y fingiendo decir algo, insinuar, amenazar, imponer temor. Los muchachos no se preocuparon mucho por aquellas familiares señales, insistían en permanecer silenciosos y observadores, medían cada uno de sus pasos a lo ancho de la pizarra, seguían con atención el recorrido de los pedazos de tizas caídos mientras el profesor esperaba por el ataque, ya había sido advertido con anterioridad. Aquella tensa calma y ese silencio solo roto por el choque del viento con las viejas persianas lo desesperaban, estaba a punto de reventar.
-Usted dice que se deben abrir dos orificios, ¿no es cierto? Preguntó uno de ellos, no levantó la mano y la bajó sin darle tiempo al profesor para autorizarlo a hablar o sencillamente para preguntarle su nombre.
-¿Dos huequitos, con qué? Dijo otro, pero éste no se molestó en levantar la mano.
-¿Y con qué abrimos los huequitos, profesor? Fue una voz fingida que no llegó desde una dirección determinada que pudiera identificar al autor, él buscó por toda el aula y chocó de frente con rostros serios, fríos calculadores.
-Si se van a poner p’al daño me avisan, aquí nadie es anormal y saben perfectamente que los huecos en el acero deben hacerse con un taladro. Esta vez tartamudeó sin control y algunas palabras fueron mezcladas o se aproximaron al idioma ruso, resultaban casi incomprensibles y obligaba a una adaptación forzada de los oídos.
-¡Je,je,je,je! ¿Un taladro? Las notas que se agarran con ellos.
-Ese no es el taladro que menciona el profesor, vamos a prestarle un poco más de atención. Intervino el jefe de grupo y logró controlar la marejada que se avecinaba.
-Ustedes agarran el taladro y hacen un orificio aquí… Hizo una cruz con la tiza mientras la mitad de ella corría en dirección al cesto de la basura ubicado en la esquina del aula. La cruz quedó exactamente en la punta de lo que parecía un riachuelo, se detuvo varios minutos tratando de adivinar algo, como perdido en el camino.
-Y después con el mismo taladro, abrimos otro huequito allá abajo. Dijo otro de los alumnos y el profesor asintió con un ligero movimiento de cabezas. Sacó nuevamente el pañuelo para secarse la frente y miró desafiante a su alumnado, respiró profundo.
-Así mismo es, compañero…Guardó nuevamente el pañuelo.
-Profesor, ta’muy de jamón todo eso, yo creo que es mejor ir preparando los botes salvavidas. Casi gritó uno de los que usualmente se sentaban al fondo del aula.
-Precisamente estas clases son para eso, adiestrarlos en el control de averías y evitar llegar al momento de abandonar la nave.
-Ta’muy de jamón todo eso. Repitió el alumno sin levantar la mano y apenas mirar hacia la pizarra.
-¡Jamón, nada! Es lo que está establecido para esos casos de averías en el casco. Esta vez se mostró alterado y su voz se escuchó en las aulas aledañas y las de los pisos inferiores. No sabía que lo estaban acorralando y que sin percibirlo iba entrando a la trampa que le estaban tendiendo sus alumnos.
-Ta’muy de jamón todo eso…
-¡Oye! Si vuelves a soltarme otro jamón más, te saco del aula. Se secó la frente y torció aún más los labios para hablar, como lo hacían los guapos de La Jata. El aula entera explotó en una escandalosa carcajada.
-¡Profe, no se ponga bravo! Si no queremos ofenderlo, lo que pasa es que nos está poniendo muy de jamón todo el asuntico de los dichosos huequitos. Intervino un alumno diferente y el profesor se sintió impotente, no tenía razones para expulsarlo del aula.
-¡Tranquilo, profe! Nosotros somos sus amigos, pero los socios tienen razón, hay que buscar otra solución y olvidarnos de los cabrones huequitos. Muy sencillo, no procede.
-¿Por qué, no? ¿Por qué, no? Su voz iba cargada de excesivas vibraciones, no pudo ocultar su incontrolable nerviosismo.
-¡Porque no se puede, profesor! Bájese de esa nube en la que anda volando, estamos en Cuba…
-¡Oye! Ni se te ocurra repetir de nuevo eso, yo no ando volando ni en ninguna otra pajarería. Esta vez fue algo violento, pero los nervios volvieron a traicionarlo y su tartamudez hacía casi incomprensible todo lo que expresaba.
-¡Tranquilo, profe! Esto no es un asunto de hombría o pajarería, hay que darle espacio al sentido figurado de la palabra…
-¡Conmigo no hay sentido de nada, no vayan a equivocarse!...
-¡Tranquilo, profe, tranquilo! Mucha imaginación, fantasía, vista larga, pero nada de ofensa, no lo tome por el camino equivocado. Los muchachos tienen razón para dudar del método, no olvide que hablamos de barcos cubanos. No se rompa la cabeza, no hay taladros para el control de averías, el único que funciona se encuentra en el departamento de máquinas bajo llave. ¡Olvide eso! Suponga que aparece el taladro y lo tiene a mano. A esa hora no aparece una extensión con longitud para llevarlo hasta la zona averiada, y si aparece la extensión, ya verá que no encuentra las barrenas, y si aparecen las barrenas, no existe la llave para cambiarlas, y si tiene la llave y la extensión, comprobará que las tomas disponibles para conectarlas no funcionan. Y si funcionan y tiene todo a mano, las lámparas de baterías no trabajan, ¿cómo se va a alumbrar? En fin, le pedimos un poco de paciencia y que no pierda la tabla.
-¡Caballeros! Vamos a pasar a otro punto antes de que esto se convierta en un círculo vicioso. Dijo el jefe de grupo y se impuso nuevamente el silencio.
-Profesor, ¿y si en lugar de una rajadura en el casco, tenemos un pequeño orificio? El negro caminó hasta las persianas y se perdió unos minutos con la vista fija al mar. El ruido producido por las olas aumentaba en la medida que el viento se mantenía permanente desde la misma dirección.
-¿Un huequito?... Regresó nuevamente hasta la pizarra e intentó dibujar algo, otro pedazo de tiza cayó muy cerca de su zapato derecho. Si en lugar de una rajadura se encuentran ante un orificio, pues en este caso lo que se utiliza es un “Sapiche”…
-¡JA,JA,JA,JA,JA,JA,JA,JA,JA,JA! ¿Un quéeeeeeeeeeeeee? Preguntó alguno por encima de toda la algarabía formada por el sonido tan simpático de aquella palabra.
-¡Un sapiche! Así como lo oyeron…
-¿Un sapiche? Preguntó otro.
-Sí, un cono de madera que introducimos en el agujero con golpes de una mandarria o martillo, si está forrado con una capa de tela es mucho mejor… Respondió el profesor un poco más enojado.
-¡Caballeros! Preparen los botes salvavidas. Gritó uno desde el fondo del aula mientras sonaba el timbre de fin de clases.
-¿Qué clases tuvieron ahora? Le preguntó “Cabotrinque” a “Cebolla” en la cola del comedor.
-¿Ahora? Control de Averías.
-¿y quién es el profesor?
-Un prieto ahí de lo más cómico, casi no se le entiende lo que habla.
-¿Cómo se llama?
-Sapiche, eso es, se llama Sapiche y estudió en la Unión Soviética. Tuvo que haber sido él y no otro el que bautizara a Ceballos con ese apodo. Cebolla era todo un personaje dentro del alumnado, una especie de sacerdote de la jodedera que acostumbraba a bautizar a sus compañeros con apodos que luego se quedaban para siempre.
Las Isobaras.-
Unos meses después embarcamos en el buque escuela “Viet Nam Heroico” y Ceballos impartiría Meteorología Náutica. Ya se había acostumbrado a nosotros, hubo química de ambas partes. No solo se había acomodado a nuestras maldades, aceptaba sin enojos que lo llamaran por su nuevo nombre, claro, en la intimidad de nuestro grupo.
Qué clases de líos y enredos se formó para meternos en la cabeza la existencia de las isobaras. No era que se encontrara incapacitado para impartirnos aquellas clases, todo lo contrario, solo que su estudios los había recibido en ruso y ya deben imaginarse, aquellos seres tenían la costumbre de complicarlo todo. Sapiche debía hacer un esfuerzo superior al de nosotros, tenía que comenzar desde cero para luego poder impartirnos las clases. Bueno, aprendimos a plotear los partes del tiempo y no solo eso, la parte más complicada fue la de descifrar aquellos mensajes codificados que en nuestros buques eran conocidos como las “loterías”.
Su modesto apartamento de Santos Suárez se vio invadido varios fines de semana por un numeroso grupo de sus alumnos, cada uno aportaba lo que estaba a su alcance y “Yoya”, una gorda con rostro y alma de ángel, se encargaba de cocinar para toda aquella tropa en medio de las bromas propias de la juventud. Sapiche se desenroló cuando terminó de impartir su asignatura y luego tomamos caminos diferentes. Pasaron varios años sin que coincidiéramos, hasta un día.
La tía moribunda.-
Ya lo conté alguna vez en otro de mis trabajos, pero vale la pena repetirlo, no sé quién le pudo informar sobre mi existencia. Andaba yo enrolado en el buque “Comandante Camilo Cienfuegos”, el viejo, el de construcción polaca. Llevaba fondeado en La Habana cerca de un año y me estaba tomando unas vacaciones. Hacía veinticuatro horas de guardia y descansaba cuarenta y ocho, tiempo libre que empleaba para realizar trabajos particulares de albañilería. En fin, me encontraba ganando en puerto mucha más plata que un capitán navegando y disfrutaba de esa nueva aventura, siempre me encontraba en casa.
Esa mañana entraba de guardia y debía tomar la lancha al lado del muelle Sierra Maestra Nr.3 Sur, ese era nuestro punto de embarque hacia el fondeadero. Sapiche se aparece y me dice que tenía a una tía moribunda, la abuela en la funeraria y un primo en el hospital. No fue exactamente así, pero el drama pintado y la cara que puso era capaz de conmover al más indiferente de los seres humanos.
-¿Y cuándo sale el barco? Le pregunté.
-Sale hoy al mediodía.
-¡No puede ser, compadre! No tengo tiempo para ir a buscar la ropa, enrolarme y recibir el cargo en tan corto plazo. Todos deben imaginar las dificultades que existían en la capital cubana para trasladarse de un punto a otro.
-No te preocupes por eso, he conseguido una moto con sidecar para que hagas todos esos movimientos. No cabe la menor duda de que venía bien preparado para rechazar cualquier intento de negativa y solo me concedió unos minutos para pensarlo. ¡Coño! La tía que se muere, la abuela en la funeraria, los primos en el hospital, es un cuadro bastante doloroso por el que está atravesando este infeliz y los socios debemos decir presente ante una situación como ésta. ¡Nada! A las dos de la tarde me encontraba subiendo por la escala del buque con mis maletas y el Práctico se encontraba a bordo. Solté las maletas y fui directo al puente, no había absolutamente nada preparado y tenía como agravante que Sapiche no se encontraba para hacerme una entrega informal del cargo. Deben imaginar los dolores de cabeza producidos durante esa primera semana en un buque donde desconoces el paradero de todo lo necesario para poder trabajar. Pero bueno, cumplí con mi deber de buen samaritano y viajaba con la conciencia tranquila mientras imaginaba a Sapiche viajando de la funeraria al hospital, del hospital al cementerios, del cementerio a la iglesia, de la iglesia a la funeraria de nuevo y me consolaba, yo no tuve que pasar por esos continuos paseos entre la angustia, el sufrimiento y el dolor.
El viaje fue una desgracia, nada de pago y menos aún de pacotilla. En Egipto no pudimos bajar a tierra, en Jordania no llegó el pago de la tripulación y para concluir, Rumania se encontraba atravesando una situación peor que la de Cuba. Debo sumarle a todo eso que al regreso estuve a punto de caer preso por unos billetes viejos que llevé accidentalmente a bordo, pero eso pertenece a otra historia ya escrita.
-¿Has sabido algo de Sapiche? Le pregunté a un socio en la acera de la empresa esa mañana.
-¿Sapiche? Creo que se fue para Japón en no sé cuál barco.
-¿Cuándo salió para Japón?
-No lo sé, pero eso lo puedes averiguar fácilmente en el departamento de Cuadros. No insistí en preguntarle algo más y seguí su consejo. Cual no sería la sorpresa recibida durante mis averiguaciones, Sapiche había partido una o dos semanas después de mí. ¡Coño! El socio me jodió. Fue todo lo que se me ocurrió pensar. Después de aquello nos encontramos en varias oportunidades y compartimos tan amigos como siempre.
Veinte años después.-
No recuerdo quién me dio su número telefónico, tampoco sabía que él se encontraba en los Estados Unidos y no demoré mucho en apretar las teclas de mi teléfono. Una mujer gritó su nombre hasta donde le permitieron sus pulmones y temí haberme equivocado, pensé haber llamado a un solar de La Habana Vieja y no a New York.
-¿Dónde carajo estás metido? Fue todo lo que se me ocurrió preguntarle, luego, solo unos segundos después, aquella misma voz quebrada y tartamuda se ahorcaba en medio de una maraña de isobaras. Regresó la alegría de los viejos tiempos y la risa inconfundible de quienes tratan de revivir un pasado ya sepultado en la profundidad de una niebla que nunca se disipará. Me juró y volvió a jurarme que su tía estaba enferma de verdad, solo que mejoró a los pocos días. ¡Me jodiste, cabrón! Se reía y yo también.
De vez en cuando nos escribimos o hablamos por teléfono, estuvo muy feliz con la visita de su hija, una hermosa mulata que vive en Israel de madre rusa. Gozó con su nieto y luego viajó hasta allá, no se cansó de enviarme fotos. Él no ha cambiado mucho, está un poco más gordo, bastante. La frente se le empató con la nuca, dice que desde hace mucho tiempo y le creo. Su voz no ha mejorado, más ronca y quebrada. Continúa con muchas dificultades para hacerse comprender, antes, se justificaba por su tartamudez y la influencia del idioma ruso. Hoy debe ser peor, no ha olvidado el ruso y se le impone el inglés, su español es fatal, pero tampoco hay razones para preocuparse, solo lo utilizamos para decirnos barbaridades, como en los viejos tiempos.
He estado conversando con varios amigos que fueron alumnos de él y todos coincidimos en lo mismo, ese afecto y cariño que supo ganarse en Jaimanitas sigue siendo igual. Lo recordamos tal y cual fue en su juventud, un “Sapiche” muy especial que no servirá para controlar una vía de agua en el casco de una nave, pero bien utilizada no dejará escapar esa amistad que supo sembrar entre nosotros. Espero que con estas pobres líneas le llegue todo el afecto y cariño de todos aquellos muchachos que, una vez trataron de comprender el sentido de sus isobaras.

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2009-12-08

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Re: SAPICHE

Mensaje por Patrio el Jue Dic 10, 2009 2:22 pm

Excelente, Don Esteban, como siempre. Me sentí por un momento dentro de aquella aula, intentando descifrar la jerga de Sapiche.
Abrazos, siempre,
Patrio

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