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Hijo de pincho (Tema para Potrillo)

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Hijo de pincho (Tema para Potrillo)

Mensaje por Rodrigo el Dom Dic 06, 2009 1:33 am

Sentía que necesitaba un toque. Un impulso incontrolable desde el
fondo de su ser. La hora de la coca. Y allá se fue. Donde siempre. A la
casona oscura y agrietada, detrás del barrio chino de La Habana. Sudaba
y casi corría, las piernas le temblaban ligeramente y le faltaba el
aire, cuando con 35 cuc (pesos cubanos convertibles) en mano, compró el
gramo de cocaína que su cuerpo le pedía.
Inhaló la traza de un golpe. Como un asmático, que necesita un soplo
de oxígeno. En ese momento fue feliz. Tres horas. Luego volvería el
vicio a dominarlo.
Si usted, no conoce los efectos de las drogas en una persona,
entonces les presento a Rolando, 36 años. Nació en cuna de oro. Sí.
Para la vida repleta de estrecheces de la Cuba socialista de Fidel
Castro, personas como él, pertenecen a una élite privilegiada.
Sus padres fueron diplomáticos en países occidentales. No conoció la
cartilla de racionamiento. Y en los años duros del “período especial”,
en su mansión de Miramar no faltaban la carne de res ni los camarones.
Tampoco la luz eléctrica. Tenían una planta emergente, tres autos y una
moto en el garaje.
La vida para su familia era bella. En las noches de 1995, cuando la
ciudad estaba oscura hasta 16 horas diarias, en la sala iluminada el
padre charlaba con sus amigos sobre el Tate de Londres, el Prado de
Madrid, o en voz baja, de sus escapadas al Picadilly, en el Soho
londinense.
Conversaciones mojadas con Jack Daniels o un buen whisky escocés.
Con canapés de jamón o salmón. Así creció Rolando. Entre “pinchos”,
como en el argot popular le dicen a los tipos que viajan sin
restricciones de dólares y euros, con criados en casa y perros
Rottwailer. Rolando, hijo único, lo mejor que hizo fue holgazanear.
Dejó la carrera de Relaciones Internacionales en segundo año. Su
padre le consiguió un curso de gerente, en una cafetería por divisas en
Varadero, playa a 132 kilómetros al este de la capital.
Allí se hizo adicto a la cocaína. Ya había fumado algún que otro
porro y en las orgías con lesbianas, probó las pastillas de diseño.
“Pero la coca fue la que me enganchó, era para mí lo bello y lo
prohibido, nunca me faltó dinero para comprarla”. Era fácil. Un día
malo le dejaba 400 cuc de ganancia en la cafetería. Si no, lo cogía de
la caja registradora. Halaba más polvo que una aspiradora.
Hasta que llegó el día fatal. Una mañana, sin previo aviso, una
inspección a la cafetería detectó un faltante de 9 mil 400 cuc. No
aceptaron sobornos ni regalos. “Esta gente venía en serio, fui
despedido y se me levantó una causa. Gracias a la influencia de mis
padres no fui a la cárcel”- dice Rolando entornando los ojos.
Pero la coca seguió prendida a él. Sus padres lo han intentado todo.
Han recorrido los mejores centros de rehabilitación del país. Pero
nada. Siempre vuelve. “Ahora, los viejos hacen gestiones para llevarme
a una clínica en Suiza, siento que no me puedo dominar, es como un
reloj biológico, cada determinadas horas, tengo que halar”, confiesa
casi en un susurro.
Está aventejado y ha perdido mucho peso. Le obligan a comer. Su casa
se ha convertido en su prisión. Sus carceleros son sus padres. Pero al
menor descuido, huye tras un gramo de coca. Y tiene suerte, de formar
parte de una familia influyente y comprometida con la revolución de los
Castro. Su historia hubiese sido otra de ser un ciudadano común y
corriente.
En las madrugadas, cuando logra saltar la empedrada cerca de la
residencia familiar y corre como un demente en pos de la cocaína, se
siente poseído por una fuerza maligna y poderosa. Después, cuando
sudando frío inhala el polvo blanco junto a unos latones de basura en
el centro de La Habana, rodeado de cucarachas, ratas y olor a mierda,
vuelve a ser el niño feliz que una vez fue. Sólo por unas horas.
Iván García (Blog Desde la Habana)




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