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Testimonio de un Marielito

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Testimonio de un Marielito

Mensaje por Admin el Mar Nov 24, 2009 3:12 pm

El Mosquito.
24 de Mayo, 2005 por Anarko


Les cuento sobre El Mosquito. Me voy a referir exclusivamente a los días entre el 11 y el 15 de mayo de 1980 porque son los que viví. Sé que se mantuvo hasta el final del verano cuando llegó el último bote a Cayo Hueso, pero si algo cambió en ese lugar, lo desconozco. Han pasado 25 años, la mitad de mi vida, pero aún después de tanto tiempo los recuerdos que narraré a continuación han permanecido inalterables. Comprenderán por qué.
El Mosquito parece haber sido un club privado antes de la revolución. Queda aproximadamente a uno o dos ¿o tres? kilómetros del puerto del Mariel. La entrada da acceso a una especie de promontorio altísimo de puro "dienteperro" que remeda a "Papillon". Una vez allí, la única salida es por donde entraste, de lo contrario habría que saltar desde una gran altura para caer de seguro no en el agua, sino encajado en las letales rocas que rodean su base. Perfecto para un pequeño campo de concentración, que es lo que crearon en el lugar.
A El Mosquito llegaban guaguas repletas desde otros puntos de agrupación en la capital. A mí me tocó salir de Versalles, en el municipio de La Lisa, pero existían otros: Cuatro Ruedas, Abreu Fontan. Una vez en camino, y más o menos cuando pasamos por la Playa del Salado, el chofer militar nos informó que adonde íbamos nos quitarían el dinero, de manera que "si me quieren dar algo, yo lo cojo y aquí no ha pasado nada". Algunos lo entregaron, pero la mayoría esperamos a pasar por donde no hubiera gente congregada en la orilla de la carretera, para tirarlo por la ventanilla. Tampoco era que quisiéramos premiar a los que nos lanzaban piedras y huevos a lo largo de todo el camino. Había otro militar además del chofer y ese fue el que hizo la colecta.
Llegamos a El Mosquito al anochecer del Domingo 11 de Mayo, día de las madres. Antes de bajar nos informaron que recordáramos que ésa era la guagua número 28, porque así nos llamarían cuando siguiéramos para el Mariel.
Y resultó que no era solamente el dinero lo que nos quitaban, sino absolutamente todo, excepto lo que llevábamos puesto de ropa. Allí tuve que despedirme de mi relojito Poljot y de una bolsita donde llevaba galletas y algo de mayonesa Doña Delicias. Anillos, pulseras, y por supuesto el carné de identidad, nos eran expropiados.
Muchos llevábamos alguna libretica u hoja de papel donde teníamos anotadas direcciones y teléfonos de familiares, amigos y conocidos que vivían en los Estados Unidos. Con esas listas se ensañaban particularmente, y nos las rompían a la cara. Para encontrarlas nos quitaban la ropa y los zapatos. Me acuerdo de que a un hombre, que tenía escrito con tinta un muslo con datos por el estilo, no le permitieron vestirse hasta que lograra borrar todo aquello de su piel, con las manos.

Después de las requisas, y siempre en fila, nos entregaron un papel impreso que decía SALVOCONDUCTO DEFINITIVO, y con tinta nuestro nombre y la fecha del 14 de Abril, igual al que les dieron a los que se colaron en la embajada del Perú. Y entonces se nos decía que al llegar a los Estados "teníamos" que decir que nosotros también éramos de la embajada. Cada salvoconducto estaba foliado, a mi me tocó el número 31,600 y pico. En la embajada entraron 11,000. Pero en esos momentos nadie cuestionaba estas cosas, lo único que queríamos era largarnos de una vez, aunque no faltó quien ya en Cayo Hueso, insistiera a las autoridades de inmigración que "yo sí estaba en la embajada de Perú".

La guerra psicológica había comenzado desde mucho antes, desde que uno era considerado escoria, lumpen y el rosario de adjetivos despectivos acuñados durante tantos discursos. Pero cada minuto que pasaba, y particularmente allí en El Mosquito, esa presión se intensificaba.
Supimos que la salida de las guaguas hacia el Mariel no tenía horarios, era durante las 24 horas, así que "el que se quede dormido y no oiga el número de su guagua, pierde la salida y no se va de Cuba". Esta amenaza era aplicable a todo. No poder abandonar la isla, sobre todo después de lo que habíamos sufrido las últimas semanas, de tantas tétricas historias sobre humillaciones, palizas; de haber experimentado en carne propia los excesos fascistas de todo un pueblo que nos odiaba, era lo que más temíamos.
El Mosquito estaba dividido por una cerca de púas. De un lado las familias a las que venían a buscar sus parientes en los Estados Unidos y del otro nosotros, la escoria de la escoria. De nuestro lado los había con verdaderos currículos criminales, y otros que sencillamente pagaron a un policía para que los inventara, lo cual era una forma expedita de salir del país en ese entonces. Tal era mi caso. Yo no había entrado en la embajada, ni pisado una cárcel y por supuesto nadie me reclamaba. Pero quería irme.
Era realmente increíble la mezcla de personas, y sin embargo, la disciplina general que imperaba. No hubo broncas, griterías. Todos habíamos entrado por el aro y lo único que esperábamos era que pasara el tiempo y nos llamaran de una vez. Mi espera duró cuatro noches.

Pero volviendo a ese, para mí inolvidable, 11 de Mayo. Oscureció y el hambre empezó a apretar. Seguían llegando guaguas, casi al mismo ritmo de las que salían hacia el Mariel. Calculo que siempre éramos alrededor de 3,000 personas allí. Un espacio de acaso 30 o 40 metros. Por supuesto que la posición lógica era de pie. No había forma de que los 3,000 nos pudiéramos sentar a la vez. Estábamos hacinados. Nos agrupamos según nuestro número de guagua y mientras unos estaban alerta y de pie, otros se sentaban espalda contra espalda para echar un sueñito. Hicimos también subgrupos de cinco o seis e intercambiamos nombres que memorizamos. La cosa era que además de vocear el número de la guagua, los militares gritaban tu nombre y el primer apellido, y había que contestar con el segundo. Obviamente la amenaza de perder la salida no era real, pero el sadismo era parte de la operación.
Así pasé cuatro madrugadas, y en cada una de ellas, en algún momento - recuerden que no teníamos manera de saber la hora - soltaban unos perros enormes de la raza Pastor Alemán. Creo que cuatro. Y aunque algunos libraban de sus dientes nadie escapaba a las consecuencias de esos quince minutos con aquellas fieras sueltas. La gente le huía en estampida generando una fuerza que te arrastraba sobre las rocas. El saldo de heridos, de cuerpos aplastados por la multitud despavorida, era enorme.
Al amanecer unos militares pusieron unos tubos largos y "habilitaron" una pila de agua, que hasta el momento no existía, en un extremo del promontorio. Y como parte del acondicionamiento del lugar, vaciaron en un espacio algunos sacos de serrín y esa sería nuestra letrina, a campo abierto.
La pila estaba a unos pocos centímetros del suelo y cuando empezó a salir agua ya la cola era interminable. Como era tan bajita había que tirarse al suelo y poner la cara contra la tierra. Al minuto se formó un perenne lodazal. Luego de aplacarse la sed, uno estaba lleno de fango. Entonces a correr para marcar de nuevo porque cuando volviera a tocar el turno, ya se estaba nuevamente muerto de la sed.
Sobre el mediodía los militares se aparecieron con una cazuela muy grande, la montaron sobre unos bloques colocados cerca de la pila del agua, leña debajo, fuego, y le añadieron varios cartones de huevo, no recuerdo si algo de aceite. El detalle es que los huevos iban con cascarones y todo. La primera vez que vimos aquello nos quedamos atónitos, pero ni chistamos. Un militar lo revolvía todo con un palo y luego de un rato comenzaban a repartir el mejunje a la fila del agua. Los guardias metían las manos en la cazuela y te daban un puñado en las tuyas justo cuando pasabas por la pila. La sed afloraba inmediatamente, y para que contarles la odisea de sacarse de la boca aquellos pedazos de cascarón.
Esa fue la rutina durante los tres días que estuve allí. Insisto en que a pesar de todo lo sorprendente era la disciplina que reinó siempre. A veces por que uno no era un problemático y buscaba evitar el conflicto a toda costa y otras porque los militares tenían unas cadenas con anzuelos enganchados a ellas que todos temíamos. Los vi utilizarlas pocas veces, pero no eran de adorno. No faltaron los cuerpos desgarrados tras chocar contra ellas.
Finalmente gritaron mi nombre y primer apellido al amanecer del día 15 de Mayo. A todos los de nuestra guagua nos pusieron en fila y nos sacaron a una especie de cabaña grande, más allá de los alambres de púas, que fungía como cuartel de los militares. Al principio les dije que creía que El Mosquito debió haber sido una especie de club de recreo y es porque al lado de aquella cabaña había una piscina, pero en lugar de la cristalina agua de otros tiempos, lo que había allí era una pudrición de hojas mezcladas con agua estancada de aproximadamente medio metro que apestaba. La piscina tenía dos escaleritas de acceso. A manera de despedida nos ordenaron bajar por una de ellas y subir por la otra, franqueando por supuesto aquel revoltijo baboso que se impregnaba hasta las rodillas en cada uno de nosotros. De ahí, ultrajados y malolientes subimos a la guagua, siempre en fila.
Del Mosquito al Mariel hay apenas unos diez minutos. En el Mariel había una nave muy grande con bancos de madera, imagínense un teatro rústico donde el escenario es el puerto con todos los botes. Nos sentaron en los últimos bancos y nos instruyeron de que según se fuera vaciando el inmediato de enfrente, nos levantáramos y lo ocupáramos, y así hasta llegar al primero. Pero a veces nos decían que esperáramos para avanzar, y entonces traían a otro grupo y lo sentaban delante de nosotros. Esto sucedió muchas veces. Creo que nos tomó más de cuatro ser los primeros. Estos grupos de "colados" eran mayormente de locos, pacientes mentales evidentemente sacados de Mazorra y otros hospitales, o de la propia calle. A veces traían hombres salidos de las prisiones. Los locos se babeaban o se entretenían con cualquier cosa y daba la impresión que estaban bajo los efectos de algún calmante, pero los ex-reclusos fue otra historia. Aunque muchos estaban encantados con irse de Cuba, otros lloraban a moco tendido. Ya en el bote conocí a dos que nos contaron como los habían amenazado con duplicar su sentencia si no se marchaban. Detrás dejaban familia, hijos, sencillamente no se querían ir, pero ante las presiones no tuvieron alternativa.
Según nos acercábamos a los bancos de la parte delantera, la actitud de los militares cambiaba y llegaron incluso a actuar con cortesía. Sabemos que en los botes estaban los que iban a buscar a su familia. Había que dar otra imagen.
A mi me tocó una pequeña embarcación de recreo, el Majestic II, que decía claramente "maximum occupancy 35 persons". Pero a pesar de las protestas de la tripulación nos metieron allí a 75. Según los dueños, este era su tercer viaje a Cuba en una semana y de los nueve familiares que reclamaban solamente habían logrado llevarse a cinco, porque se los daban con gotero, para obligarlos a regresar una y otra vez. Así y todo nos dijeron que lo harían hasta llevarse al último.
La línea de flotación no se veía y el motor se rompió mucho antes de llegar a Key West .Nos remolcó hasta el puerto un guardacostas norteamericano. La travesía fue de 15 horas, pero esa es otra historia, también larga, que algún día quizás me anime a contar.

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Re: Testimonio de un Marielito

Mensaje por Patrio el Mar Nov 24, 2009 3:48 pm

Interesante artículo que narra de primera mano parte de las atrocidades cometidas contra quienes sólo querían irse.
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Re: Testimonio de un Marielito

Mensaje por Opossum el Jue Mayo 29, 2014 3:51 pm

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Re: Testimonio de un Marielito

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