Secretos de Cuba
Bienvenido[a] visitante al foro Secretos de Cuba. Para escribir un mensaje hay que registrarse, asi evitamos que se nos llene el foro de spam. Pero si no quieres registrarte puedes continuar y leer toda la informacion contenida en el foro.
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Facebook
Anuncios
¿Quién está en línea?
En total hay 26 usuarios en línea: 0 Registrados, 0 Ocultos y 26 Invitados :: 2 Motores de búsqueda

Ninguno

[ Ver toda la lista ]


La mayor cantidad de usuarios en línea fue 1247 el Jue Sep 13, 2007 8:43 pm.
Buscar
 
 

Resultados por:
 

 


Rechercher Búsqueda avanzada

Sondeo

Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

54% 54% [ 42 ]
42% 42% [ 33 ]
4% 4% [ 3 ]

Votos Totales : 78

Secretos de Cuba en Twitter

El libro Negro del Castrismo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

El libro Negro del Castrismo

Mensaje por LoriG el Vie Oct 30, 2009 12:06 am

El libro Negro del Castrismo

pinchando en la fotografia del libro, lo lleva a un link para comprar el libro en Amazon.



Represión y Revolución. Jacobo Machover.

Por Zoe Valdés

Represión y revolución siempre marcharon al mismo paso en Cuba. Más aún: las ejecuciones, los juicios arbitrarios, las agresiones físicas, los destierros vergonzosos, las autocríticas públicas, la huida
desesperada de centenares de miles de personas se produjeron con un trasfondo de ambiente festivo, como si se estuviera celebrando una lucha permanente contra un enemigo omnipresente. Las multitudes exaltadas apartaban la mirada de sus víctimas o, la mayor parte de las veces, reivindicaban sus propias incitaciones al crimen atribuyendo su adhesión incondicional y entusiasta al enfrentamiento con los Estados Unidos, al considerarlos responsables de todos los males y de todas las oposiciones.

Pocos son, sin embargo, los que dentro del país no tuvieron a un familiar, un amigo o un vecino exilado, desaparecido en alta mar, preso o fusilado. Pero los que se quedaron en la isla tuvieron que guardar silencio sobre esa represión multiforme, por miedo a ser ellos también víctimas de la venganza de los chivatos reagrupados en los Comités de defensa de la revolución, los CDR, o de la policía política, la temible Seguridad del Estado.

Medio siglo ha pasado desde la toma del poder por los guerrilleros, las primeras ejecuciones y los juicios públicos, que tuvieron lugar ante las cámaras de televisión, a la vista y a sabiendas de todos.

Fidel y Raúl Castro, así como sus seguidores, se vanagloriaban de eso en sus discursos y en sus declaraciones, de los que el conjunto de la prensa internacional se hacía eco. Justificaron lo que era injustificable.

A pesar de las protestas de parte de la opinión pública, dentro y fuera de la isla, la conciencia universal acató sus argumentos, magnificándolos incluso, en nombre de la voluntad popular y de los sueños esgrimidos por esa revolución que, aparentemente, no se parecía a ninguna de las que ya habían tenido lugar ni tampoco, al principio, a ninguno de los modelos enarbolados por el movimiento comunista internacional. Las demostraciones de alegría que acompañaban las condenas lograron cubrir el ruido de los disparos de los pelotones de ejecución. ¿Cuáles son los mecanismos que le permitieron a la revolución cubana poder relativizar las críticas emitidas contra ella y presentar las ejecuciones constantes como si fueran medidas de justicia elemental, imprescindibles para que las transformaciones siguieran su curso y, más aún, como el corolario de la libertad?

En cualquier otro lugar, tanto ahí donde reinaban dictaduras militares como en los países comunistas, los juicios expeditivos y las ejecuciones de opositores que tuvieron lugar a lo largo de estos últimos cincuenta años fueron condenados. En Cuba, no. Y, sin embargo, éstos iban acompañados por redadas masivas, por ejemplo en el momento de la invasión fallida de Bahía de Cochinos, en 1961, y luego a mediados de los años 1960, cuando las autoridades encerraban a todos aquellos que podían ser considerados como marginales al sistema en campos de trabajo. Tales medidas abarcaron a decenas de miles de personas. Esos hechos pasaron prácticamente desapercibidos, cuando no fueron pura y simplemente obviados, a pesar de los innumerables testimonios directos de las víctimas. Luego cayó sobre ellos la chapa del olvido.

El silencio de los que nunca protestaron es tan culpable como las propias medidas represivas. Aquel silencio no se debe a la ignorancia –era imposible no saber– sino a la indulgencia. En nombre del
romanticismo revolucionario, todo se podía perdonar. Aunque se hayan esfumado con el pasar del tiempo, las simpatías hacia el castrismo no han desaparecido. Para todos aquellos que, en un momento u otro, sucumbieron a las sirenas de la propaganda, era preferible no volver sobre su propio pasado, por miedo a tener que cuestionarse la esencia de su trayectoria.

Pocos, demasiado pocos, fueron los que se empeñaron en remover las cloacas de la isla paradisíaca para sacar a relucir la verdad. Es una tarea que sólo puede ser llevada a cabo parcialmente, por la imposibilidad de recoger testimonios en el interior de Cuba, ya que el miedo es el sentimiento común entre los que se quedaron, aunque tuvieran que sufrir, en su propia carne o en la de sus seres más cercanos, los efectos de la violencia de Estado. Los hombres y mujeres que tuvieron que soportar largos años de presidio
fueron luego obligados a exilarse, como si su condena no se hubiera acabado nunca, por no haber aceptado los “planes de rehabilitación” que las autoridades penitenciarias pretendían imponerles.

Son pues palabras de exilados las que se dan a conocer en este libro. Llegará, no obstante, el día en que se desaten las lenguas dentro de la isla. Y todo lo que hubo que callar, debido a la delación omnipresente, aparecerá en la superficie. Surgirán entonces a plena luz innumerables testimonios que completarán y amplificarán todos los que las víctimas que tuvieron ocasión de expresarse en el exterior intentaron hacer llegar al mundo, sin que se les escuchara la mayor parte del tiempo.

Los que fueron perseguidos prefieren contar, por lo general, no lo que ellos tuvieron que aguantar sino lo que debieron soportar los demás, los que tuvieron aún menos suerte que ellos y se llevaron sus secretos a la tumba. No fue fácil, incluso para sus familiares, oír lo que vieron todos juntos, los que murieron y los que sobrevivieron.

A pesar de la suma de relatos concordantes, muchos eran los que no querían creerlos. No eran considerados legítimos. Tuvieron que enfrentar no sólo la represión sino también la reprobación de buena parte de la conciencia universal. Los intelectuales, periodistas, políticos e incluso algunos defensores de los derechos
humanos, quienes supuestamente tenían que haber mostrado un mínimo de compasión o de solidaridad ante sus sufrimientos, se volcaban la mayor parte del tiempo en contra de ellos, apoyando al poder vigente. Ahí reside la verdadera perversión de los valores ejercida por el castrismo: transformar a las víctimas en responsables de sus propias desgracias y a los verdugos en víctimas de la agresión de una potencia extranjera.

De tal modo, los presos y los fusilados venían a ser agentes a sueldo del imperialismo. Tal vez se merecieran lo que les ocurría. No estaban del buen lado de la Historia. Nadie iría a manifestar a su favor,
por temor a encontrase también de ese lado.

Así logró el castrismo ahogar las protestas, elaborando paralelamente un sistema que le permitió dar a conocer una realidad completamente opuesta. La exuberante naturaleza del trópico y el modo de vida del pueblo cubano, lleno de música y de sensualidad, favorecían sus propósitos, sin duda. ¿Quién podía imaginarse que, en La Habana misma, dentro de las antiguas fortalezas coloniales de La Cabaña, del Morro, del Príncipe (y por todo el país), había miles de presos pudriéndose en sus fosos y en sus celdas?

Pero ¿era posible no oír el ruido de los disparos de los pelotones de fusilamiento que efectuaban, en horas avanzadas de la noche, su lúgubre tarea? Para la mayoría de los observadores, la personalidad de Fidel
Castro era mucho más importante que todas las críticas hacia él. El Líder Máximo descartaba las acusaciones contra su régimen de un revés de la mano o de una palmadita amistosa en las rodillas o en los muslos de los periodistas y de las personalidades a quienes invitaba a venir a escucharlo. Y sus interlocutores, tan complacientes, no ponían para nada en duda su palabra, uno de los últimos y más importantes de ellos siendo el periodista y militante anti-mundialista francoespañol Ignacio Ramonet.

El hombre que tomó el relevo de Fidel Castro, primero de manera provisional el 31 de julio de 2006, y luego en forma definitiva el 19 de febrero de 2008, ha sido el principal ejecutante de los crímenes perpetrados durante todas estas décadas de poder revolucionario en Cuba. Actuó a la sombra de su hermano mayor, demostrando una crueldad sin límites, al principio contra los antiguos partidarios de la dictadura de Fulgencio Batista, ordenando fusilar a varias decenas de ellos en un solo día de enero de 1959, en la provincia de Oriente, sin el más mínimo semblante de proceso, y más tarde mandando a pronunciar
condenas expeditivas contra aquellos, antiguos militares “internacionalistas” o responsables de la Seguridad del Estado convertidos en “traidores” susceptibles de amenazar el poder de su hermano así como el suyo propio, durante el “caso Ochoa” en 1989. Muchos más actos sangrientos, menos espectaculares pero sin piedad alguna, deben serle imputados.

Los “héroes” principales de la revolución, particularmente Ernesto Che Guevara, responsable de los fusilamientos que tuvieron lugar durante los primeros meses dentro de la fortaleza-prisión de La Cabaña, tuvieron una fuerte implicación en la represión. Para poder demostrar su fe en la revolución, no bastaba con haber luchado en la Sierra Maestra o en las campañas “internacionalistas” de América Latina, África u otros continentes. Había que mancharse las manos con sangre indeleble. Todos permanecían de ese modo ligados a los hermanos Castro, aparentemente hasta la eternidad.

Muchos de ellos, no obstante, cayeron también bajo las balas de los pelotones de fusilamiento que ellos mismos habían contribuido a crear. Otros tomaron el camino del exilio. Pero a menudo estaban atados al régimen vigente por un pacto de silencio. Ése fue el caso de varios intelectuales que entraron luego en disidencia. Los que habían alentado públicamente las ejecuciones o los encarcelamientos arbitrarios
prefirieron callarse, por miedo a que resurgiera a la luz su propio pasado. De ese modo los escritos y declaraciones de algunos antiguos responsables revolucionarios, ya de vuelta de sus ilusiones, conllevan lagunas esenciales que representan obstáculos deliberados a la comprensión de los mecanismos represivos del castrismo. Las víctimas solamente pueden contar con sus propios testimonios.

LoriG
Soporte Tecnico

Cantidad de mensajes : 1660
Edad : 46
Localización : Miami
Valoración de Comentarios : 229
Puntos : 1900
Fecha de inscripción : 13/01/2007

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.