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Bienvenidos a Hugowood

Mensaje por LoriG el Jue Oct 29, 2009 6:12 pm

Bienvenidos a Hugowood!



Por Marc Margolis /Newsweek
Tomado de Penultimos Dias

Como Mussolini, y antes incluso Stalin, el presidente venezolano Hugo Chávez ha erigido su propio estudio cinematográfico. Bienvenidos a Hugowood.

En las peladas colinas al este de Caracas se levanta una estructura de cristal y concreto, cociéndose bajo el sol ecuatorial. La fachada blanqueada y los cristales tintados ofrecen el aspecto de un centro comercial o de un vulgar edificio de oficinas suburbano. Pero la Villa del Cine es el cuartel para la última campaña de Chávez en su combate para capturar los corazones y mentes de Latinoamérica: una compañía cinematográfica estatal es la respuesta del hombre fuerte de Venezuela a lo que denuncia como la “tiranía” de Hollywood. Sus leales lo saludan como una “plataforma” para “revolucionar la conciencia.” Muchos venezolanos se limitan a llamarlo Hugowood.

Está sólo a dieciocho millas del centro de la ciudad, pero el paseo hasta allí resulta ser una ordalía de dos horas y media. Con la gasolina subsidiada por el estado al petropopulista precio de 17 céntimos por galón, todo el país parece estar en la calle esta mañana. El Presidente Chávez, conocido por sus devotos como el Comandante Hugo, ha convocado al pueblo de América Latina a alzarse en nombre del héroe independentista del Siglo XIX, Simón Bolivar, para romper las ataduras del neoliberalismo y a unirse a la lucha por “un socialismo del Siglo XXI.” Para eso corteja a Hezbollah y a Mahmoud Ahmadinejad, acumula cazas y tanques fabricados en Rusia, y ha dado ayuda y apoyo a las narcoguerrillas colombianas. Pero atascado en el tráfico de las afueras de la capital, tienes que preguntarte si alguien cree en esa retórica. Nadie en Venezuela va a llegar a tiempo a la revolución bolivariana.

La Villa del Cine es una amenaza igualmente hueca. Justo más allá de las puertas del estudio, un canal artificial conduce hasta un torrente artificial y al lecho de un lago —aunque no había agua en los mismos cuando la visité recientemente. Puertas adentro, los corredores y estudios de edición están vacíos, excepto por uno o dos técnicos en jeans y zapatillas deportivas. Filas de máquinas de coser descansan a salvo del polvo debajo de sus fundas en el taller de vestuario. Un incendio eléctrico a principios de año dejó fuera de combate la mayor parte de los puestos de trabajo, forzando a productores, editores, costureras, carpinteros e ingenieros a mudarse. “Aquí está el Estudio 1. Aquí caben los escenarios de seis a ocho películas,” gorjea el vivaracho relaciones públicas de Villa del Cine, abriendo la puerta de un almacén vacío.

Como casi todo en la República Bolivariana de Venezuela, la Villa del Cine ha sido construida para ser vista pero no juzgada. Chávez tiene la costumbre de inaugurar proyectos semiacabados frente a las cámaras y después perder interés en los mismos. Su estilo de mando es cinematográfico, repleto de boinas rojas, milicias ciudadanas vestidas de camuflaje, discursos impetuosos. Pero pocos venezolanos se sorprenderán si su proyecto acaba como tantos otros, impulsivo, exorbitante, exagerado y finalmente abandonado. Los cineastas conocidos mantienen su distancia, si pueden. Otros aprietan los dientes. “Porque necesitan el dinero, y porque Chávez tiene mucho, los cineastas son extremadamente chantajeables,” dice Fernando Rodríguez, un crítico de arte del periódico Tal Cual de Caracas. “Si pudiera no tendría nada que ver con la Villa,” me dijo un famoso director venezolano, y después me pidió que no lo citase.

Como los autócratas del siglo XX a los que emula, Chávez está fascinado por el poder del cine. Desde que Hitler mostró su inclinación por Leni Riefenstahl, los dictadores han soñado con controlar el poder épico de la gran pantalla para su propio guión político. Con la Villa del Cine, Chávez se puesto, conscientemente o no, al frente entre los herederos de los líderes del totalitarismo (hasta el nombre del estudio, Villa del Cine está tomado del estudio de Mussolini, Cinecittà.) Habiendo intimidado o cerrado a la mayor parte de la prensa independiente, reescrito la Constitución y nacionalizado cientos de compañías, Chávez ha llegado a dominar las vidas cotidianas de millones de venezolanos. Hugowood es su apuesta por el control también de su imaginación. Su slogan oficial es: “¡Luces, cámara, revolución!”

El dinero del petróleo ha mantenido a las cámaras rodando desde que se inauguró Hugowood en el 2006. El actual complejo de estudios tiene enlatadas trece películas, con doce más en curso y un presupuesto de dieciséis millones de dólares para el 2009 (aunque sólo dos largometrajes se han estrenado en lo que va de año). El resultado incluye de todo, desde filmes épico-históricos hasta documentales. Las narrativas pueden variar pero una regla divide claramente el mundo en dos categorías: los que están con Chávez y los que están en contra. Y puesto que revolución nunca se da por concluida, cada lunes un comité de expertos nombrados por el Estado examina una nueva hornada de guiones, los sopesa en virtud de su contenido apropiadamente bolivariano. ¿Control de las ideas? “Esto es defender Venezuela,” declara Héctor Soto, ministro de cultura venezolano. “Me preocupa ver nuestros niños gastando sus fines de semana viendo como Mel Gibson mata gente durante hora y media.”

Los productores, directores y actores han practicado con las telenovelas, un género en el que Venezuela destaca. Pero con duraciones de dos horas o más y lastradas por la gravitas revolucionaria, las creaciones de Villa del Cine a veces parecen culebrones esteroidados. “Nuestra tarea aquí no es la política sino seducir al espectador haciendo la mejor película posible,” declara Armando Silva, el manager de posproducción del estudio. Pero los no tan ocultos mensajes no son difíciles de ver en comedias románticas como la recién estrenada Libertador Morales, el justiciero, sobre un conductor de moto taxis que combate con el tráfico de Caracas de día y con el crimen de noche. (El mejor recaudador de Villa del Cine este año, ha ganado aproximadamente doscientos mil dólares, contra los ingresos venezolanos de más de once millones de Ice Age 3.) Para aquellos que prefieran los documentales, The Venezuela Petroleum Company usa noticieros, entrevistas con testigos e incluso dibujos animados para contar cómo los venezolanos rescataron su fabulosa riqueza petrolera de los rapaces tejanos.

Pero a pesar de toda la cháchara sobre purgar la estética “imperialista,” Villa del Cine se vuelve loca con la visita de ídolos de la pantalla yanqui como Tim Robbins, Kevin Spacey y Danny Glover. El año pasado Sean Penn pasó seis días en Venezuela y fue paseado por todo el país por el mismo Comandante Hugo. El mayor momento de gloria fue un anuncio el 2007 de que Chávez daría nueve millones de dólares al proyecto de Glover de hacer un film sobre el revolucionario haitiano Toussaint L´Ouverture (aunque hasta ahora nada ha salido de ese proyecto). La adulación parece ser mutua. Chávez fue invitado de honor del Festival de Cine de Venecia en septiembre, donde Oliver Stone presento la première de su nuevo título, South of the Border, un adulador documental sobre El Comandante.

El hecho es que Hollywood no es tanto el enemigo como el referente de Hugowood. Los directores, actores y técnicos del estudio tienen que complacer audiencias que están acostumbradas a los estándares de las grandes producciones. Zamora, tierra y hombres libres, lanzada en julio, empleó sesenta y dos actores y cinco mil extras para contar la historia de un terrateniente del siglo XIX convertido en guerrillero. El mayor éxito del estudio hasta la fecha, Miranda regresa, vuelve a contar la vida de Francisco de Miranda, un predecesor de Bolívar. Con Glover en una aparición como pirata haitiano, el personaje del título corre a través de cuatro continentes y cuatro décadas en su intento de liberar a Venezuela del dominio español. Interpretado por el ídolo televisivo Jorge Reyes (quizás mejor conocido por su papel en un video erótico que fue filtrado a la red hace algunos años), Miranda seduce a Catalina la Grande, combate en la Revolución Francesa, pide ayuda a Thomas Jefferson y desafía a la Inquisición antes de morir como un mártir en una prisión española. Hay abundante acción y cantos a la libertad y la independencia, pero después de dos horas y veinte minutos, los espectadores pueden acabar descubriendo que apoyan a España.

¿Esperaban un Triunfo de la voluntad venezolano? Los cineastas totalitarios del siglo XX confiaban en artistas e intelectuales afines a la hora de rehacer la sociedad. Eisenstein habló de construir el nuevo “hombre soviético,” mientras Mussolini fundaba una revista y el Centro Sperimentale di Cinematografia, una escuela profesional de cine que aún existe. Pero Chávez tiene poca necesidad de pensadores y artistas, y los estudiantes venezolanos son sus enemigos jurados. Probados pintores y escultores han abandonado o han sido expulsados de museos y las salas de exhibición públicas (Chávez cerró el Ateneo de Caracas en mayo) y se han refugiado en las galerías privadas. El presidente prohibió recientemente a las compañías independientes de teatro en las salas públicas, e incluso borró los logos que famosos artistas habían creado para cada uno de los treinta y cinco museos oficiales y teatros, reemplazándolos con un dibujo primitivista serigrafiado de un perro y una rana.

Los partidarios de Chávez argumentan que está derribando las barreras que mantenían a las artes enclaustradas en manos de una pequeña, rica cábala. Pero los resultados han sido menos que estimulantes. Caracas antaño presumía de algunas de las mejores colecciones de bellas artes de América Latina. Ahora los museos controlados por los chavistas han dejado de adquirir piezas “elitistas,” y la asistencia se ha marchitado. El analfabetismo está en alza. El único triunfo incontestable a la hora de llevar la cultura a las masas, la Orquesta Juvenil Simón Bolivar, que enseña música en las villas miseria, fue iniciada un cuarto de siglo antes de que Chávez llegase al poder. “Ésta puede ser la única revolución de la historia sin intelectuales, estudiantes o poetas,” declara Diego Arria, un antiguo embajador de Venezuela ante las Naciones Unidas. “La gente no se da cuenta, pero esto no es un gobierno socialista, es un gobierno militar.”

No será Jonathan Jakubowicz quien se lo discuta. El 2005 el joven director de Caracas produjo Kidnap Express, una dura pero altamente elogiada descripción del crimen callejero y la corrupción en Venezuela. El filme fue distribuido por Miramax, ganó dos millones cuatrocientos mil dólares y fue mencionado como candidato para el Oscar a la mejor película extranjera. Pero Chávez vio las cosas de forma distinta. Su gobierno demandó a Jakubowicz por “socavar nuestra revolución.” Jakubowicz captó la señal y se fue a Los Angeles, donde está dirigiendo un nuevo film, Queen of the South, con Ben Kingsley y Eva Mendes. “El único objetivo de Chávez es permanecer en el poder de por vida —declara Jakubowicz— y todo su aparato de propaganda cultural, incluyendo la realización de películas, trabaja para ese fin.” Los críticos de Chávez hablan abiertamente de un país dirigiéndose hacia un “modelo cubano” de control absoluto.

Al menos Venezuela no ha sido aislada como la Cuba de Castro. El día que llamé a Villa del Cine corrían rumores sobre la acreditación pendiente de Dolby Surround Sound 5.1, la herramienta predilecta de Hollywood para ampliar explosiones y el audio de los desastres hasta proporciones de dolor de cabeza. “Estamos casi certificados,” dijo Armando Silva, técnico de la Villa. “Esto nos permitirá presentar nuestros films en el Cine-plex.” La revolución será digitalizada.

Pero dejad aún tranquilo ese Oscar. Un taxista contratado para llevar a varios empleados de Villa del Cine de vuelta al trabajo se fascinaba no hace mucho ante la portentosa fachada del estudio. “¿Cuándo vais a comenzar a poner películas?” preguntó. “Esto no es un cine. Aquí hacemos películas,” contestó Silva, que le dio una lista de los títulos del estudio. El taxista no conocía ninguno. Al menos por ahora Hollywood está a salvo.

Publicado originalmente en Newsweek, el 24 de octubre del 2009. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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