Secretos de Cuba
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Respecto a la normalización de relaciones o el intercambio de presos realizado el miércoles como parte del acuerdo entre Cuba y EEUU

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Juan Antonio Perez Fernandez...Juan Lennon.

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Juan Antonio Perez Fernandez...Juan Lennon.

Mensaje por davisito el Mar Oct 13, 2009 3:34 am


Septiembre del 2009

Juan Lennon Cuento de Pepe G. Piñeyro
Nadie puede negar que Juan Antonio Pérez Fernández fuera un tipo especial.
Desde que empezó a hacerse sentir en la vida hasta su muerte siempre se hizo
visible, para bien o para mal.
Nació y creció en el Vedado, popular barrio de La Habana, el día 1ro de enero de
1950. Hijo único, de un matrimonio de clase media, aprendió a corretear frente a
su casa en el parque de 15 y 16, en el Vedado, junto a la muy antigua Parroquia
ubicada en esa esquina.
La primera pelea callejera que se le conoce fue a los 5 años con el hijo del vecino
y cuando los separaron, según los testigos, iba perdiendo. Es que siempre fue un
perdedor en el sentido más fiel de la palabra, pero no era su culpa. Juan Antonio
Pérez Fernández nació en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
Apenas unos años después, Fidel Castro tomaría el poder en Cuba, su revolución
se declararía comunista y, en su extraviada niñez, a Juan no le gustaría lo que
veía y como se sentiría obligado a vivir. Por demás era la época en que los
adolescentes comenzaban a escuchar a Paul Anka primero y a los Beatles
después. Más que por derecho propio, por rumores, estaciones de radio del sur de
Florida que entraban en el dial de la Habana o por un disco que alguien había
traído del extranjero y que corría subrepticiamente de mano en mano.
Sus padres, muy religiosos, lo llevaban a misa los domingos en la parroquia de la
esquina. A los 12 años se rebeló y no fue más. Es que ya ni rezaba, ni seguía el
rito durante el oficio religioso. Se pasaba todo el tiempo como un tonto mirando el
micrófono y los altavoces, último modelo, que el sacerdote usaba en su sermón
dominical y, con envidia de pecado mortal, los imaginaba suyos para el grupo de
rock que él organizaría algún día cercano, aunque no supiera tocar ni una nota en
la guitarra, ni conociera a alguien que lo secundara en el empeño.
Sin proponérselo, la iglesia había perdido un feligrés, había dado a luz a un
rockero y, lo más importante, él había dejado de ser un Juan Pérez cualquiera.
Con su fatalidad a cuestas Juan ni montó su banda de rock, ni aprendió a tocar un
instrumento, a pesar de que sus padres le compraron en el mercado negro una
guitarra eléctrica checoslovaca marca Star que era la envidia de todos, Es que
Juan, no obstante su empeño, era zurdo a la música; no tenía voz, ni sentido del
ritmo y lo peor, era un desafinado de competencia. Sus padres lo complacían pero
en el fondo confiaban que eso pasaría pronto y que él concentraría su escaso
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talento en convertirse en médico y si no llegaba a tanto al menos en enfermero,
que era una profesión muy honorable.
Hizo lo imposible por tocar rock, no se resignaba, hasta que un día lo invitaron a
una fiesta en una casa particular y escuchó por primera vez a un grupo que por
aquel entonces era una sensación, los Kents. Quedó maravillado con la banda,
con el cantante que se hacia llamar el Conde y con su interpretación de
“Satisfaction” de los Rolling Stones. Fue la medicina que sus padres esperaban; a
partir de ese día Juan colgó la guitarra Star para siempre, pero decidió no
perderse una sola fiesta en la ciudad de la Habana donde tocara una banda de
rock.
Juan se hizo adicto a Los Kent y llegó a ser famosa la bronca tumultuosa que
inició el día que un supuesto amigo osó decir que Los Pacíficos eran mejores que
los Kent y que Monchy Font entonaba mejor que el Conde. Juan Pérez se le tiró al
cuello como animal de presa y con su efímera capacidad de liderazgo extendió el
alboroto involucrando a todos los invitados. Fue su primera noche de muchas en
una estación de policía. Le levantaron un acta, no por alteración del orden público
como correspondía, sino por diversionismo ideológico.
Sin proponérselo, desde aquella noche sus días en Cuba empezaron a estar
contados.
Corría el año 1965, él estudiaba en el Instituto Pre Universitario del Vedado. Era la
época del Mozambique de Pello el Afrokan y donde cantar en inglés era casi delito
contra la seguridad nacional. Ya en esos días Juan, resignado a no poder ser
músico de rock, se convirtió en un experto en el tema. De rockero a crítico de rock.
No estaba mal, era algo que lo distinguía. Llegó a ser una enciclopedia en el tema,
y no tenía rival. Con los años y luego de su ausencia sólo se le acercó, y a
distancia, Mayito, el que hacía muñequitos en el ICAIC, pero Juan Pérez fue, sin
dudas, insuperable.
Como buen pendenciero, persistente y perdedor se proponía metas
descabelladas. Tal vez era consecuencia de cumplir años el mismo día que la
Revolución. Siempre se quejó de que hasta en eso la vida lo había tratado mal. Su
venganza pueril era no aceptar que en el umbral de la celebración nacional del
triunfo de los barbudos de Castro le cantaran Felicidades, sino el Happy Birthday.
Una de sus proyectos memorables fue cuando en la celebración de un 13 de
marzo, justo antes de la salida al aire por Radio Reloj de la histórica grabación de
Jose Antonio Echevarria durante el ataque al Palacio Presidencial, se presentó en
la estación de radio con la propuesta de que en la programación habitual se
incluyera un segmento con una noticia de rock, justo a las horas en punto. Para su
suerte no lo tomaron en serio, más bien lo dieron por loco. No sólo tenia ideas
descabelladas para la Cuba que le tocó malvivir sino que siempre fue un
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inoportuno para presentarlas. Para ser justos, en eso él era el culpable y no el
comunismo.
En la segunda mitad de los 70 estuvo a punto de casarse con Carmelina Peñate,
Carmela para sus amigos. Fue su única inconsistencia de peso como rockero
fundamentalista. A Carmelina no le gustaba el rock, sino el son (o la salsa) y era
una bailadora estelar. Se habían conocido en el Pre Universitario y ella quedó
arrobada con su ingenuidad como persona. Vivían juntos y mantuvieron años de
relaciones tumultuosas, pero Juan la aceptó como el amor de su vida.
En sus planes de boda Juan le puso una sola condición para casarse, en vez de
marcha nupcial se usaría “All You Need is Love” de Los Beatles. Ella le dio el sí
con reservas pero quien no accedió fue el administrador de la Casa de Los
Matrimonios. Luego de horas de discusión le ofreció, como solución de
compromiso, usar “Bellecita” de Los Zafiros. Juan, indignado por la comparación,
le marcó los 5 dedos en el cachete derecho y fue su décima noche en la estación
de policía. Ya entonces no era por diversionismo ideológico sino por peligrosidad
social y cumplió tres meses tras las rejas.
Al salir, el teniente que le firmó la liberación, sin mirarlo a los ojos, le dijo
- Compañero, la próxima será de por vida.
Juan no le respondió y tomó el papel. Al salir a la calle, donde le esperaba
Carmelina le dijo:
-Nos vamos pa’l carajo de este país y ya veremos a ver donde nos casamos.
Juan se mantuvo tranquilo por unos días, al menos eso fue lo que creyó Carmela,
porque apenas salía de su casa; él aún vivía con sus padres en el Vedado y ella
en la suya en la Habana Vieja. Al no saber de él ni recibir su habitual llamada
diaria fue a visitarlo y la madre le dijo:
- Ve a ver mi’ja, hace 5 días que no sale de su cuarto ni para comer casi.
Ella le tocó en la puerta y sin esperar respuesta entró. Estaba abierta. Lo encontró
sin camisa, febril, inclinado sobre una mesa pequeña que tenia en el cuarto,
escribiendo lo que parecía un largo documento.
- ¿Que haces Juani? – le preguntó ella en tono cariñoso, acercándosele - ¿Por
qué no me has llamado?
- Déjame terminar mujer –pidió él- Me queda muy poco.
Ella se arrimó hasta que por encima de su hombro pudo leer el encabezamiento:
Proclama para la creación del partido “Power to the People”.
- ¡Ay Juan, te volviste loco! – le gritó - arrebatándole el mocho de lápiz de la
mano.
- ¡Me vas a matar de los nervios! – continuó ella
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Juan no protestó ni dijo nada, se quedó quieto, empezó a girar lentamente y la
miró como un zombie.
– Carmela, ya no aguanto más.
Y se echó a llorar. Fue la única vez que lo vio llorar un su vida.
Bajo la fuerte presión de Carmela y sus padres, Juan abandonó su proyecto
político. Meses después, vino lo de la embajada del Perú y luego el Mariel. Con su
historial no le fue difícil que lo incluyeran en el éxodo como “acompañante”, en una
de las embarcaciones que venía a buscar familiares.
Cuba hacia rato que le quedaba chiquita y él estaba sentado en un polvorín.
Juan no tenía familia directa en Estado Unidos, nadie fue a esperarlo y de buenas
a primeras se vio en Miami, solo y sin Carmelina -que no acumulaba méritos como
“ciudadana conflictiva” para ser incluida-. El día que lo citaron los del Comité de
Defensa junto al policía del barrio, la besó apasionadamente, se juraron amor
eterno, y le prometió que haría lo imposible para sacarla. Le tomó 14 años lograrlo.
Cuando le llenaron los papeles en Miami lo atendió una funcionaria de inmigración
afroamericana que no hablaba ni pizca de español. Juan siempre se ufanó en
Cuba de ser un avanzado en el inglés, pero lo cierto es que él tampoco le entendía
nada. Ella, junto a otros funcionarios, llevaba horas entrevistando a los recién
llegados dentro de una carpa con un calor de espanto. Detrás de Juan aún se veía
una fila interminable de Marielitos a procesar. Para colmo, él había sido ubicado
junto a los delincuentes que el gobierno cubano incluyó en el éxodo y el trato era
mucho menos que amable.
La mujer, sin mucha paciencia, le ladró y le puso una planilla delante para que la
llenara. Él atinó a escribir, en su habitual letra ininteligible, su nombre completo
Juan Antonio Pérez Fernández con su fecha de nacimiento y se la devolvió. La
oficial de inmigración en mala forma le gritó algo que él no entendió. Entre el calor,
la incomodidad y el sentirse maltratado, perdió los estribos, se puso las manos en
la cabeza, miró al cielo e invocando al santo ficticio que había creado años atrás
para momentos de apuro dijo:
- ¡San Lennon, ayúdame!
Ella lo miró con curiosidad y le dijo como preguntando:
- ¿Lennon?
El le respondió, desafiante:
- Sí, Lennon. ¡Y qué!
Ella escribió algo en el papel, le puso un cuño, se lo extendió y gritó al aire sin
mirarlo:
- Next in line.
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Él tomó el papel sin entender muy bien y siguió al próximo cubículo. Alli le dieron
su tarjeta de Seguro Social que decía Juan Lennon-Perez. Él la leyó con sorpresa,
fue a reclamar el error, pero se detuvo, miró para el cielo nuevamente y dijo:
- ¡Coño Beatle, pa’empezar no esta mal!
A partir de ese día, por más trabajos que pasara para despegar en los Estados
Unidos, siempre fue un hombre feliz porque estaba convencido que, nada más
llegar, la vida le había hecho justicia, cambiándole el nombre junto al lugar de
residencia. Su vocación y ejecutoria históricas de rockero daban sus primeros
frutos. Ya podría celebrar su cumpleaños sin complejos de coincidencias
contranaturales. Ya no era un Juan Pérez cualquiera sino mucho, mucho más.
Trabajó como un perro y como buen perdedor le tocaron los trabajos más duros y
peor remunerados. Pero no se quejaba, se consideraba un hombre afortunado.
Nunca se metió en la droga como negociante pero la experimentó sin titubeos. El
decía que un rockero que no hubiera probado drogas era como una guitarra sin
cuerdas.
Un día en un bar de la playa cogió una nota tan fuerte con el polvo que se pasó 3
días divagando y sin encontrar su casa. La policía lo encerró, lo llevaron a juicio y
debió pagar una buena multa y hacer 50 horas de trabajo comunitario por ser la
primera vez. Él había comprado 3 guitarras eléctricas de uso que colgaba como
trofeos sagrados en una pared de su modesto apartamento. Cuando cumplió la
sentencia las bajó, les quitó las cuerdas a todas y las volvió a colgar. Nunca probó
una droga más hasta su muerte.
A partir de ese momento invirtió sus ahorros de forma menos peligrosa; adquirió
toda la colección de discos de los Beatles y los Rolling Stone, y cada 2 años
visitaba el sitio donde ultimaron a John Lennon en Nueva York. Era su
oportunidad, ya convertido en santo verdadero, para darle las gracias
personalmente por el cambio de nombre.
Le tomó 14 años traer y reencontrarse con Carmelina. Ella siempre le fue fiel,
hasta donde se conoce. Él había tenido varias mujeres en esa época que coincidió
con el desarrollo del SIDA. Nunca se cuidó, más por ignorancia que por audacia.
Aunque no lo reconocía, se sabía un perdedor, pero no tan fatal como para
contagiarse. Su promiscuidad amorosa concluyó el día que se lo diagnosticaron.
Resultó ser un error, había cogido un herpes agresivo que no se trató, pero de ahí
al SIDA había un buen trecho. Él no lo sabía y con todo el terror dentro del alma se
prometió frente al altar de la Parroquia de San Lazaro en Hialeah que si se curaba
del SIDA, no disfrutaría de otra mujer hasta reencontrarse con Carmela. Juan se
curó, no por la promesa, sino por el mal diagnóstico. Como hombre soltero, joven,
fuerte, viviendo cerca de los Go-Go de Hialeah, pero de palabra, debió resistir las
mayores tentaciones hasta la llegada de Carmela, lo que ocurrió 10 años después
de este incidente. En todos esos años sólo hizo el amor con su mano derecha.
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Carmelina nunca se había enterado que él tenía un nuevo nombre. Juan Antonio
Pérez y Fernández, el Juan Pérez del Pre del Vedado, el crítico experto en rock
era ahora Juan Lennon. Había guardado ese tesoro como sorpresa para cuando
se reencontraran. Juan estaba seguro que ella se sentiría orgullosa de él.
Carmela arribó desde Guantánamo en la crisis de los balseros de 1994. Él estaba
al tanto, se comunicaban regularmente, conspiraron juntos para lograrlo y entre el
recuerdo de su amor juvenil, su promesa jurada en el 80 y cierta artritis prematura
en su mano derecha, ya se hacía indispensable el reencuentro.
Juan esperaba su llegada en el aeropuerto de Miami con una ansiedad lógica y
con un ramo de flores en la mano izquierda. Le había llamado desde Guantánamo
dándole el vuelo y la hora de llegada. El avión estaba en tiempo y los trámites no
se demoraron en exceso. A lo lejos la vio salir del área restringida y el corazón se
le desbocó, los ojos se le empezaron a nublar y por poco tumba a una anciana que
tenía al lado y que lo increpó gritándole:
- ¡Animal!
Carmela se le abalanzó con unas cuantas libras de más y varias canas
desatendidas. El encontronazo de ambos cuerpos se sintió a varias millas, pero
más la sorpresa de Juan cuando vio al lado de Carmela a un niño delgaducho de
unos 7 años con cara de asustado que lo miraba insistente. Juan se separó, miró a
Carmela, al niño, a Carmela de nuevo y encogió los hombros como diciendo ¿Y
esto?
Carmelina con cara y tono de felicidad contenida le dijo:
- Juani, mira este es Yurislín -y luego-,
- Yurislín, mira este es Juan Antonio.
Juan, sin inmutarse, con seguro oficio de perdedor, le dijo:
- ¿Éste es tu hijo, verdad?
Carmelina asintió sin hablar.
El viaje en el carro desde el aeropuerto hasta el apartamento de Juan en el West
de Hialeah transcurrió en absoluto silencio. En señal de protesta Juan sintonizó
una estación en español de la radio de Miami; hacía años que no escuchaba una.
Por dentro él era un volcán pero no encontraba forma de desahogarse. Bajaron los
pocos bultos que traían, entraron a la casa. Juan no pudo aguantar más y le dijo:
- Aquí tienes la llave de la casa y 500 dólares. Me voy a dar una vuelta.
Regresó tres días después. El niño estaba afuera jugando; Carmelina no lo dejó
hablar.
- Esperé todo lo que pude y éste es mi hijo. Si no lo aceptas me voy.
8
Juan creyó estar dentro de una película mexicana de los años 50. Para colmo no
acababa de entender el nombre del niño, que parecía sacado más de un recetario
médico que de un amor profundo. Mil cosas pasaban por su cabeza hasta que ella
le espetó con un
- ¿Y, bueno?
Juan se acordó de la artritis de la mano derecha y de cuando Eric Clapton le quitó
la mujer a George Harrison sin que dejaran de ser grandes amigos hasta que la
muerte los separó.
Esa noche el amor, que lo cura todo, se desbordó en Hialeah. Como a las 3 de la
mañana cuando ya no podían más, exhaustos, Juan le dijo a Carmela que él
también tenia un secreto y Carmela de pronto se puso seria. El se rió y le dijo:
- No te asustes mujer. Mira, es que ya no me llamo Juan Pérez, sino Juan Lennon.
Ella se echo a reír y le respondió:
- ¿Y esa comemierderia tuya?
El se sintió humillado en lo más profundo, se levantó de un tirón, se puso la
primera ropa que encontró y, en el umbral de la puerta, le gritó:
- Esto sí que no te lo perdono…
Se perdió en el final de la noche y esta vez no apareció en diez días.
Carmela, que lo conocía mejor que nadie en este mundo, no se sorprendió de su
reacción intempestiva convencida que regresaría cuando se le pasara. Se dedicó
a poner en orden sus papeles de recién llegada, a matricular al hijo en la escuela,
ponerle las vacunas que le correspondía y a gestionar la ayuda inicial en efectivo y
sellos para alimentos que el gobierno les otorgaba. No le sorprendieron sus
beneficios de recién llegada, estaba al tanto de todo desde Guantánamo donde
había tenido meses para informarse.
Aprovechó para limpiar y organizar mejor el apartamento de Juan y empezar a
relacionarse con los vecinos. Casi todos eran cubanos, la mayoría llegados pocos
años atrás, salvo dos matrimonios nicaragüenses y una familia americana, de
origen asiático impreciso, que nadie se explicaba que hacía en Hialeah y por que
no había emigrado ya más al norte.
En la familia asiática había un niño de aproximadamente la misma edad de su hijo
Yurislín, que cada vez que le pasaba por al lado la miraba con sus ojos rasgados,
siempre riendo y casi en un susurro decía algo que ella no entendía muy bien y
que sonaba como a “ioco”. Carmelina no sabía inglés, pero no le dio importancia
hasta que todos los niños del edificio empezaron a tocar la puerta y desaparecer
cuando abría, gritándole lo mismo y escondiéndose después. Empezó a perder la
paciencia hasta que, en una de ellas, abrió la puerta y les gritó a todo pulmón:
- ¡Mas ioco será tu abuela! – Cerrando la puerta de un golpe
9
No pasó ni un minuto y volvieron a tocar la puerta; Carmela tomó un palo de
trapear dispuesta a enfrentar a los pequeños intrusos que ya la tenían en sus
límites. Cuando abrió se encontró una señora mayor de rasgos asiáticos que se
presentó como abuela del americanito y que con un rostro impasible y en perfecto
español le dijo.
- Soy Mariteko, la vecina de los altos y abuela de Hiropito. ¿Usted me llamó, no?
Carmela se quedó petrificada sin saber que decir. Entre balbuceos se presentó
como Carmelina Peñate, novia de Juan y le explicó lo que estaba pasando,
disculpándose a la vez. La mujer la interrumpió y le dijo:
- Todos en el edificio sabemos quien es y los niños repiten lo que escuchan en sus
casas. Si usted es la novia de Juan Lennon, para nosotros es como si se llamara
Yoko Peñate y punto. Ya es tiempo de que aprenda inglés e historia.
Carmela se percató que de que el nuevo nombre de Juan era cierto, que le debía
una disculpa tan pronto apareciera y que debía aprender inglés de inmediato. Juan
no apareció hasta 4 días mas tarde, pero a la mañana siguiente matriculó en el
curso de inglés para principiantes de la escuela de su hijo. Había empezado su
nueva vida en los Estados Unidos.
Juan y Carmelina hablaron por semanas sin parar. Tenían mucho que contarse.
Fueron 14 años de historias paralelas.
Por ella Juan supo que en diciembre de 1990 un grupo de músicos cubanos, a
contrapelo de funcionarios en la isla, organizó un concierto en homenaje a John
Lennon en un parque del Vedado, en La Habana, ubicado en 17 y 8, apenas a una
cuadras del de 15 y 16, donde Juan creció. Fue el primer concierto público de ese
carácter en la isla luego de 30 años de gobierno revolucionario, hizo historia y
reunió a 3 generaciones en un festejo a la música de los Beatles. El parque fue
bautizado con el nombre de John Lennon por los mismos músicos durante el
concierto, no años después como pareció atribuirse el gobierno el día que develó
allí una estatua del famoso músico sentado en un banco del parque junto a un
empleado de carne y hueso, y cuyo oficio, a tiempo completo, pasó a ser evitar el
robo de las gafas que formaban parte de la escultura.
Juan recibió la historia con un sabor agridulce; por una parte se alegraba y
envidiaba no haber estado para disfrutarlo y por otra se sentía ofendido porque no
había ocurrido en su parque, el de la Parroquia. Carmela le explicó que escogieron
el lugar porque tenía una glorieta en el centro que servia de escenario natural. El
la miró y sin preámbulos le dijo
- Coño, pero es que en el otro parque nací yo. ¿No te parece razón suficiente?
Ella mantuvo el silencio para no provocarlo otra vez.
10
De pronto él se quedó serio mirando al piso. Segundos después le dijo sin levantar
los ojos.
- Sabes Carmela, si me muero primero que tú, quiero que me cremen y esparzan
mis cenizas en ese parque al lado de la estatua.
- Coño Juan, solavaya… -respondió ella-
- Prométemelo. Por tu hijo Yurislín -insistió él-
- Esta bien Juan, pero vamos a cambiar el tema, por favor –selló ella-
Un año después se casaron en una ceremonia más bien íntima. La boda se llevó a
cabo en la misma Iglesia de San Lázaro del este de Hialeah, donde Juan hizo su
promesa de “castidad” años atrás. Los padrinos fueron la abuela Mariteko por la
novia – a la sazón ya se habían hecho grandes amigas- y el doctor que equivocó
el diagnóstico de Juan.
El médico, que ni se acordaba de Juan ni del caso, no quiso hablar con él cuando
irrumpió en su consulta, pero Juan lo persuadió amenazándolo frente a empleados
y pacientes con ponerle un “sue” retroactivo. No podía hacer menos que insistir en
invitarlo; en última instancia a él le debía la vida. También pudo cumplir al fin su
sueño de Cuba y salieron de la iglesia bajo los acordes de “All You Need is Love”.
Como regalo de bodas se mudaron para una casa pequeña pero confortable que
Juan compró con sus ahorros de tantos años en Estado Unidos y de luna de miel
se la llevó para Nueva York. Ya le tocaba el viaje que acción de gracias que hacia
ininterrumpidamente cada dos años y así mataba dos pájaros de un tiro.
Carmelina se quedo boquiabierta con la ciudad, él la complació en todo, visitaron
los sitios más importantes y, para darle una sorpresa, contrató un tour privado que
reproducía los últimos momentos de vida de Lennon y que concluía depositando
una ofrenda floral -incluida dentro del precio del recorrido- en el área conocida por
“Strawberry Fields” del Parque Central.
Ya al final, depositando las flores en el parque, Carmela no pudo menos que
sonreír al pensar que esto le recordaba cuando a los recién casados en Cuba, al
terminar la ceremonia, les incluían una visita a estatuas de mártires de la patria
para depositarles flores. Por razones obvias se abstuvo de compartir este recuerdo
con Juan.
El sueño de Carmelina fue siempre ser peluquera. Tan pronto regresaron de la
luna de miel Juan le pagó un curso que a los pocos meses la tituló como tal y que
le permitió comenzar a trabajar en un famoso salón de belleza ubicado en la calle
49 de Hialeah. Allí se estrenó y entrenó como una excelente peluquera a la vez
que empezó a crear una clientela que la reclamaba.
Carmela era muy risueña, simpática y ocurrente. Tenía el raro privilegio de hacer
amigos de la nada y eso la ayudó durante toda su vida. Pronto se destacó entre
las demás empleadas y hasta la dueña empezó a verla con cierta envidia. La cosa
empezó a hacerse insostenible cuando algunas peluqueras permanecían ociosas
11
los sábados mientras Carmelina no paraba de trabajar y tenía siempre una fila de
mujeres de todas las edades sentadas a la entrada del salón a la espera de que
ella las atendiera.
Un jueves, que era su día de descanso, recibió una llamada de la dueña diciéndole
que no fuera ni el viernes ni el sábado, para darles oportunidad a las otras
peluqueras. Ella entendió a regañadientes pero ese fin de semana no dejó de
sonar su celular con clientas que le mostraban sorpresa por no haberla encontrado
en la peluquería y pidiéndole un turno aunque fuera en su propia casa. Ese día
Carmela decidió cumplir con el sueño americano de montar su propio salón de
belleza.
Habló con Juan esa misma noche, el la animó y le dio todo su apoyo. Le dijo:
- Buscaremos el dinero aunque sea abajo de la tierra.
Así mismo fue.
- Acompáñame –le dijo Juan-
Y salió al patio de atrás de la casa. Con la complicidad nocturna y una pala, abrió
un hueco al lado de un árbol que él mismo había plantado tan pronto se mudaron y
de allí extrajo una pequeña caja de metal. La abrió, sacó un sobre y se lo puso en
la mano diciéndole:
- Aquí hay 20 mil dólares. Con eso puedes empezar.
Ella que no entendía nada y estaba como en shock solo atinó a decirle:
- ¿Oye Juan, tú no estas mezclado con eso de fraude al Medicare, verdad?
- ¡Claro que no mujer! Tú sabes que yo nunca he guardado todo mi dinero en el
banco.
Ella, sin creerle, no supo hacer más que tirársele al cuello y abrazarlo con todas
sus fuerzas.
- Pero te lo regalo con una sola condición –le dijo él-
- Dime Juan… ¿Que nombre tengo ahora que ponerle a la peluquería?
- Tú me conoces demasiado Carmela.
Y ambos se echaron a reír.
El salón de belleza “Eight Days a Week” se inauguró en el verano del 2001 en un
shopping de Hialeah y desde que abrió le hizo justicia a su original nombre: no
paró de prestar servicios un solo día de la semana. Incluso los domingos en las
tardes atendía a clientes especiales que contrataban esa sesión para varios
miembros de una misma familia que deseaban atenderse en privado, mientras el
salón les servia una deliciosa paella con cervezas, preparada por Juan y cortesía
de la casa. Esta excelente idea de marketing fue utilizada después por otros
negocios y según algunos entendidos, dio origen incluso a que varios bancos en
Miami decidieran extender sus servicios al público sábados y domingos.
12
Juan empezó a sentirse decaído y a bajar de peso. Carmela lo presionó para ir al
médico que había sido padrino de su boda y que era ya un buen amigo de la
familia. El no quiso y cuando un día casi se desmaya al llegar a la casa, ella se
asustó tanto que por poco llama al 911. Él finalmente accedió con la condición de
que fueran a otro médico. Con la sabiduría del buen perdedor Juan siempre decía
que en la vida uno tiene una sola oportunidad para dejar una impresión y que con
un diagnóstico equivocado era suficiente. Nunca permitió que el médico amigo le
tomara ni siquiera la presión.
Esta vez no hubo error cuando le diagnosticaron diabetes, con presión alta y el
colesterol por las nubes. En la segunda visita, el médico le dio los resultados y
Juan le comentó en voz alta:
- Gracias doctor, a partir de hoy he pasado a ser un “transportation”.
En buena medida era verdad. A partir de entonces su vida cambió radicalmente y
empezó a vérsele achacoso y de mal carácter cuando apenas había rebasado los
50 años. Se deprimía con frecuencia y comenzó a escuchar exclusivamente rock
sinfónico con una recurrencia de mal pronóstico.
El alerta no fue por gusto. Una fría mañana de invierno en Miami, justo un día
después de cumplirse un año más de la muerte de John Lennon, Juan amaneció
sin vida en su cama de Hialeah; había fallecido de un infarto masivo mientras
dormía. La vida le había jugado su última mala pasada. No sólo había muerto aún
joven, en plena felicidad y prosperidad económica –el negocio de Carmela iba tan
bien que habían abierto dos nuevos salones de belleza, uno en Miami Lakes y otro
en la calle 8 del Southwest- sino que por apenas un día Juan Lennon-Pérez no
había coincidido en la muerte con su ídolo en vida.
La fatalidad que siempre lo acompañó se ensañó con él todavía más al final,
cuando dejó un nuevo ejemplo de falta de puntería en su recorrido por este
mundo. Es que Juan o nunca llegó, o siempre se pasó.
Sin percatarse, deslizó sus últimas horas de vida sobre dos fechas excepcionales
que bien merecía, para finalmente resbalar y caer casi en el olvido. Le pasó por
encima al 7 de diciembre, día de la muerte del prócer Antonio Maceo y duelo
nacional para los cubanos, y sobre el 8 de diciembre, día de la muerte de Lennon
y duelo musical para muchos vivos de todo el mundo. Fue a aterrizar sobre un
poco llamativo 9 de diciembre que no contaba con efemérides de lujo, al menos
para un Juan Pérez como él.
Más triste fue conocer que nunca se supo a ciencia cierta a que hora murió. El
médico forense que lo recibió, luego de apenas revisar el rictus de su artrítica
mano derecha y sin pruebas adicionales, declaró con firmeza que su fallecimiento
ocurrió, probablemente, a la 01:00 horas del día 9 de diciembre y así quedó
asentado en los registros para todos los efectos legales e históricos. Juan, luego
13
de una vida azarosa y más de 50 años comprometidos con el rock, se pasó de la
inmortalidad por apenas una hora.
Carmelina estaba inconsolable y estuvo llorando sin parar desde que lo descubrió
al despertar hasta que lo enterraron en el cementerio de la 57 Avenida frente al
aeropuerto de Opalocka, bajo las notas de “In My Life”. Ella misma eligió esta
canción porque sabía que a él le habría encantado.
Poca gente asistió al funeral, tanta como lo acompañaba en el día a día cotidiano
en Miami. Desde que había salido de Cuba, por una causa u otra, Juan había
dejado de ser un aglutinador y contestatario para llevar una vida discreta, de bajo
perfil. Al regreso del cementerio, al final de la tarde de un viernes plomizo, los más
allegados se reunieron en casa del difunto a consolar a Carmelina, que parecía
empezar a aceptar lo irremediable. Mariteko, la abuela asiática, preparó un caldo
de pollo para los presentes mientras el médico del diagnostico equivocado le
tomaba la presión a Carmelina.
- Normal –dijo- cuando terminó, bajo la mirada escéptica de varios testigos.
Uno de los amigos de su hijo Yurislín, que fumaba desaforadamente sosteniendo
un cenicero lleno de colillas y cenizas, pasó por delante de Carmela, tropezó y sin
querer esparció todo el contenido por el piso, provocando señales de disgusto y
recriminación. Ella se percató como entre sueños y lentamente fue levantando la
cabeza, le clavó los ojos al cenicero ya vacío y a las colillas en el piso, abrió los
ojos desmesuradamente, se levanto de un golpe y gritando exclamó:
- ¡Ay mi madre, pero si lo enterramos!
Acto seguido, se desmayó redonda sobre el piso.
El deseo de Juan de ser cremado y sus cenizas esparcidas en el parque John
Lennon de la Habana parecía haberse frustrado. La sorpresa de su repentina
muerte y la emoción que le embargaba privó a Carmela de recordar la promesa
que había hecho a Juan en nombre de su hijo. La había hecho más por salir de
una conversación incómoda pero eso no eliminaba el compromiso. Que lejos iba a
estar de imaginar que Juan se moriría antes que ella y que se vería en la
obligación moral de cumplirle lo que le prometió; y ahora él estaba bajo tierra y sin
derecho a réplica.
Cuando Carmela volvió en sí y compartió su angustia hubo más desmayos y
lamentos. Entonces fue cuando desde el fondo se escuchó la voz profunda de
Mariteko que, con su proverbial sabiduría oriental, proclamó sin inmutarse:
- Lo único que no tiene solución es la muerte. Esto sí tiene solución: se le
desentierra, se le crema y te lo llevas para la Habana.
Al día siguiente, acompañada por Mariteko y el médico del diagnóstico
equivocado, Carmelina se presentó en la oficina de la funeraria, expresando su
14
deseo de exhumar el cadáver de Juan y cremarlo. El manager la miró como si
tuviera enfrente a una loca y le dijo sin preámbulos:
- Señora, la acompaño en su sentimiento una vez más, pero eso es imposible: hay
una ley en la Florida que impide desenterrar fallecidos si no son ciudadanos
americanos. –Y continuó- Según reza en los documentos del fallecido, el señor
Juan Lennon-Perez sólo era residente legal en los Estados Unidos.
Carmelina se empezó a poner roja de la indignación y le dijo:
- Mire señor o usted hace lo que le pido o lo entierro junto con mi marido.
Nada logró con sus amenazas y no le quedó más alternativa que ir a ver un
abogado especialista en inmigración, herencias y testamentos fraudulentos. El
lunes, a primera hora, Carmela con su comitiva y varios papeles que encontró en
las gavetas de Juan iba rumbo a las oficinas de un abogado que le habían
recomendado como el mejor en casos como éste.
Cuando le diagnosticaron SIDA y se confirmó que no lo tenia, Juan se acercó a
una amiga que vendía planes de pre necesidad y decidió comprar una póliza
completa que le otorgaba el derecho de recibir cualquier clase de servicios
funerarios, según fuera su ultima voluntad o la de sus familiares mas cercanos, si
él moría repentinamente. Juan, que había quedado muy aprehensivo luego de su
experiencia, no lo dudó y compró el plan pagándolo íntegramente en ese
momento. Carmelina conocía por Juan de la existencia de la póliza pero no de sus
especificidades.
Lo que no sabía Carmela era que este plan tenía una cláusula de garantía que
permitía al receptor del servicio rechazar por cualquier motivo el servicio prestado
y sustituirlo por otro de los incluidos en la póliza. La cláusula no exigía requisitos
adicionales y lo que era más importante, era válida incluso para inmigrantes
indocumentados.
Eso le explicó el abogado luego de revisar los documentos, a lo que ella
respondió:
- Entonces me lo tienen que desenterrar y quemármelo al instante.
- Correcto –le indico el profesional- y continuó:
- Sin embargó señora, tenga presente que según la cláusula de garantía esto debe
ocurrir dentro de las 72 horas posteriores al primer servicio. ¿Cuando enterraron a
su esposo?
- Bueno, el viernes a las 3 de la tarde –respondió Carmelina-.
El abogado miró el reloj y le dijo, sin la menor emoción
- Es la 1 y 45 de la tarde. Si descontamos el tiempo que le tomará pagar por mis
servicios puedo decir que tiene apenas una hora para hacer valer la cláusula.
Mucha suerte.
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Carmelina llegó al cementerio a las 2 y 50 de la tarde e irrumpió en la oficina del
manager, desestimando las protestas de su secretaria. La encontró desierta.
- Señora, se lo iba a decir, él está en el área atendiendo directamente el funeral de
un importante funcionario del gobierno local que falleció ayer durante una
audiencia pública, mientras presentaba el plan para subir los impuestos a la
propiedad.
Salió al exterior sin preguntar más y recorriendo todo el cementerio con la vista -
con un sentido de la orientación que le recordó el año 1994 cuando sin referencias
en el mar encontraron en 15 minutos un barco americano que los llevó a
Guantánamo- salió disparada en dirección a uno de los 3 servicios que se
prestaban simultáneamente y que asumió era el que buscaba.
Corrió descalza como un bólido, como cuando era joven e iba de la mano de Juan
en el parque frente al Pre Universitario, hasta que logró identificar la silueta del
manager que discretamente se mantenía a la sombra, a varios pasos del
sacerdote que oficiaba el responso del alto funcionario. Ante una multitud que
Juan habría envidiado, interrumpió el rito con un grito salvaje que paralizó a todos
en el funeral y que se escuchó en toda Hialeah:
- ¡Ustedes son testigos que son las 2 y 59 de la tarde!
Días después, en la mañana de otro frío día invernal para Miami, Carmelina se
reiría con Mariteko recordando el trance, cuando estaba casi lista para salir al
aeropuerto en su viaje a Cuba. Era el 30 de diciembre y tenía el plan de depositar
a Juan en el parque el día 31, justo a las 12 de la noche, en la víspera de su
cumpleaños.
El médico del diagnóstico equivocado acababa de llegar; se había brindado para
llevarla y, con su habitual cortesía, fue a tomar el equipaje de Carmela para
colocarlo en el auto.
Ella lo detuvo con suavidad y le dijo:
- Doctor tome usted la maleta grande, que a Juan me lo llevo yo.

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Re: Juan Antonio Perez Fernandez...Juan Lennon.

Mensaje por Patrio el Mar Oct 13, 2009 7:55 am

Es realmente genial. Gracias Davisito `por compartir.
Saludos,
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Re: Juan Antonio Perez Fernandez...Juan Lennon.

Mensaje por ppp357 el Mar Oct 13, 2009 12:16 pm

No tiene otro calificativo que GENIAL,disfrute la lectura como si hubiera conocido a JUAN LENNON.
GRACIAS DAVISITO

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Re: Juan Antonio Perez Fernandez...Juan Lennon.

Mensaje por davisito el Miér Dic 02, 2009 9:41 pm

Patrio se que no vives en miami,me gustaria que no te perdieras esto ,pero bueno para los que yacen en esta turbulenta ciudad,les anuncio que esta obra fue escogida y sera llevada a teatro en el hoy como ayer de esta ciudad.

Casualmente vi los anuncios en el programa de alexis valdes y pude ver el ensayo ,para aquellos sobre todos nostalgicos de la epoca del rock en cuba,que se atrevan a disfrutarla seguramente le arrimaran lagrimas y risas.

Este vienes y sabado en el hoy como ayer de esta ciudad de miami.

Yo creo que con la madurez llegan tambien una secuencia de flashes del pasado en los que hay un predominio a la comparacion...no se si me hago entender,es como si salieras del juego y lo vieras desde arriba o desde las gradas,con mejor vision y tiempo para ejecutar una jugada.
La prohibicion del rock,y las ganas de formar parte de aquel movimiento era como el arma para expresar la protesta contra aquellos que nos detestaban ,por el pelo largo,por querer aprender ingles,por llevar el moviemiento de la musica del exterior,...para hacernos sentir rebeldes mas que por el amor a sonidos de cuerdas y vocales.
por eso esta representacion de esta obra es como viajar en la maquina del tiempo y chocar con aquellos sentimientos temerarios,de no tener miedo a nada...algo asi mas o menos.Cuando digo no tener miedo a nada me refiero a la represion de la quew eramos victimas,por lo mismo que es victima cualquier cubano,por pensar diferente.

Bueno sin mas muela espero leer comentarios de alguno que otro haya podido disfrutar...ya yo les traere los mios ,pero ya no tantos porque vi el ensayo...me colee!!!! jajajaja

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Re: Juan Antonio Perez Fernandez...Juan Lennon.

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