Secretos de Cuba
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Nuevo anti-castrismo .

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Nuevo anti-castrismo .

Mensaje por Shuljan Aruj el Dom Oct 11, 2009 4:38 pm





Cubanálisis -

El Think-Tank





SELECCIÓN DE
MATERIALES SOBRE CUBA PUBLICADOS EN LA PRENSA MUNDIAL








Un nuevo anticastrismo





ALEJANDRO ARMENGOL, El Nuevo Herald




No es que
el exilio ha dejado de ser anticastrista, sino que el anticastrismo ha
cambiado de forma. Ha dejado de ser vocinglero y pueril. No le interesa
perseguir músicos y tampoco se regodea en la nostalgia de una Cuba anterior
a 1959. Incorpora los valores culturales de esa época y tira por la borda la
exaltación pueblerina de un país plagado de pobreza, corrupción y
asesinatos. Condena a la dictadura de Batista con igual fuerza que al
régimen de Castro. Entiende lo ocurrido en la isla, durante más de casi
medio siglo, como un proceso con razones y causas, no como un destino
espurio.



Por décadas
se le ha otorgado validez histórica y política a los planteamientos de un
grupo que no sólo carece de representación, respecto a la situación cubana
actual, sino tampoco cuando se habla del ``exilio histórico''. Años y años
en que, en buena medida, la imagen del exilio fue secuestrada por arribistas
que adaptaron a su conveniencia la supuesta intransigencia frente al régimen
de La Habana. .



Por
conveniencia o facilismo de una prensa internacional, que se sentía cómoda
al presentar este estereotipo del exiliado reaccionario, se relegó a un
segundo plano la existencia de organizaciones, líderes exiliados y puntos de
vista que no responden al cliché de una comunidad intransigente, ignorante y
fácil de manipular.



El nuevo
anticastrismo admite el diálogo con Cuba, que no es sinónimo de complicidad
con La Habana. Reniega de farsantes y no quiere agitadores en Washington,
sino hombres y mujeres capaces, que al ocupar un cargo en el Congreso se
preocupen por sus distritos respectivos.



El nuevo
anticastrismo acepta con gusto a Miami como hogar, pero se niega a
considerarla una segunda patria, definición que corresponde, por lógica y
derecho propio, a Estados Unidos en su totalidad y no a una parte de su
territorio.



La adopción
de Miami como patria no deja de tener un carácter contradictorio. Los que
llegaron durante la década de 1960 impusieron una Cuba mítica como modelo
para la nostalgia. Entre esa imagen tergiversada y la memoria que trae todo
recién llegado hay pocos puntos de contacto. La añoranza para los primeros
exiliados, la realidad de la isla para los que viajaron en las últimas
décadas, parecen establecer dos naciones a veces marcadas más por las
diferencias que por las zonas comunes.



A ello se
une la saturación política que arrastran los recién llegados. Esto explica
en parte que quienes vinieron después del Mariel triunfen en actividades
como la literatura y el arte, pero no en política. Ese apartarse de lo
circunstancial, en favor de una mayor trascendencia, es un logro que no deja
de implicar desventajas: el abandono de lo cotidiano, para que pueda ser
administrado por políticos tradicionales, que en su mayoría deben su
elección a votantes del llamado ``exilio histórico''; políticos que pueden o
no cumplir su función en mayor o menor grado, pero cuya actuación en muchas
ocasiones ha dejado fuera los intereses de quienes han llegado en los
últimos años.



El defender
un modelo de justicia social --desaparecido en buena medida en Cuba-- no
implica el suscribir propuestas agotadas. Se puede estar a favor de la
educación gratuita, servicios médicos a la población y renglones económicos
de propiedad estatal sin tener que andar con las obras de Marx y Engels bajo
el brazo. Y mucho menos tener que salvar a Lenin y echarle toda la culpa a
Stalin.



La realidad
cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida. En un
país donde la mayor parte de la población se encontraba en la infancia o no
había aún nacido en la fecha en que Fidel Castro entra triunfante en La
Habana, la vida ha estado regida por un padre nacional dominante y
despótico, pero también sobreprotector y por momentos generoso: el Estado
cubano, que por demasiado tiempo se reducía a una figura, un hombre, un
gobernante. Decir que esta situación ha cambiado sustancialmente es una
exageración, pero considerar que todo en Cuba sigue igual a hace unos años
es una muestra de ignorancia.



En la isla
se mantiene firme, sin embargo, un control rígido y un inmovilismo que hace
que la realidad cubana continúe inculcando a sus ciudadanos la necesidad de
dominar el arte de la paciencia. Una tras otra, han ido acumulándose las
generaciones inacabadas, incompletas en su capacidad de formar un destino.
Los cubanos se han transformado en maestros de la espera, como bien señala
en un libro el historiador y ensayista Rafael Rojas.



En este
sentido, y aunque a algunos pueda parecerles paradójico, resulta alentador
que también comience a cambiar la política norteamericana hacia la isla.
Sobre todo con la llegada de la sensatez para sustituir a una retórica de
confrontación absurda, inútil y contraproducente.



Esta vía
que rechaza la fanfarronada estéril, en favor de la cooperación con el
pueblo cubano, cobra cada vez más fuerza en Miami. Rescata el calificativo
de anticastrista porque enfatiza las divergencias ideológicas y políticas
respecto a La Habana, lo que no le impide apostar por el intercambio y el
debate razonado. Rechaza la demagogia porque la conoce demasiado. Está a
favor de la cordura y la simpatía. Está en contra de los discursos
altisonantes de cualquier orilla. No quiere una vuelta al pasado. Apuesta
por el futuro.






Shuljan Aruj
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