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Lógica de la carencia

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Lógica de la carencia

Mensaje por odioafifo el Jue Sep 03, 2009 2:48 pm

Lógica de la carencia



Hace unos días me puse a leer un artículo de Ivan Klíma sobre el acaparamiento de sal en la Chequia comunista e inevitablemente me quedé pensando en esa materia, al parecer inagotable, a la que Oscar Wilde llamaba “el alma del hombre bajo el socialismo”.
Klíma cuenta cómo, a pesar de que hasta el menos informado de los ciudadanos comprendía lo absurdo del rumor sobre la escasez del preciado producto (hay unas célebres minas de sal en Eslovaquia, y hasta la arrojan a las calles en invierno para evitar la congelación) todos o casi todos, en vez de reaccionar con las manifestaciones reglamentarias de adhesión y disciplina que exigía el poder de turno, o con el comedimiento y los rigores del sentido común, daban la prueba espontánea de una relación mucho menos confiada: compraban para acaparar toda la sal que se ponía a la venta y no aquella que realmente necesitaban. La “fiebre de la sal” los llevaba a apelotonarse en las tiendas, hacer colas gigantescas y regresar a casa con toda la sal que pudieran cargar, aunque ásta acabara humedecida en los sótanos y buhardillas de la inquietante Praga.
Klíma opina que era para revenderla, una simple pulsión del capitalista salvaje que todos llevamos dentro. Pero yo no estoy tan seguro. En el socialismo, el ciudadano promedio está todo el tiempo constreñido vitalmente a esa y otra larga serie de acciones indignas. Cuando un sistema no es siquiera capaz de ofrecer al ciudadano la posibilidad de ganarse dignamente el pan, y en cambio lo obliga a sustituir el trabajo por una pantomima paródica, o a convertir cualquier ganancia en la pieza de un absurdo entramado de nepotismo, corrupción y privilegios, está rompiendo uno de los esquemas más elementales del comportamiento del ser humano: aquel que asegura una moralidad elemental, una especie de civismo básico —porque no está asociado al dogma, sino a la vida cotidiana.
A cambio, se le coloca en un mundo donde la consigna dominante es “aprovéchate de todo lo que puedas mientras puedas”, un mundo donde apenas puede mantener el contacto estimulante con la novedad diaria, donde la dignidad se degrada en técnicas de supervivencia y la voluntad confunde fines y medios sin el menor remordimiento.
Nunca me ha gustado la etología social, y la psicología de las masas según Le Bon siempre me ha parecido una reverenda tontería, pero no hay dudas de que la profunda degradación de la realidad cubana no se explica sin ese componente de dignidad quebrada, de impulso básico atrofiado, de penurias justificadas por medio de una lógica de la carencia, que plantea también varios problemas de ética colectiva.
La corrupción en Cuba es un problema endémico, pero su verdadera naturaleza es política. No se trata del sino insular, ni de los “males del capitalismo” como rezagos, ni de elementos desviados, ni de la “mano blanda” del Estado. O al menos, no sólo de esas variables. Se trata del sistema, de la médula corrupta de un sistema enemigo de algo esencialmente humano.
Estos problemas no desaparecen cuando el cubano sale de Cuba. Pero sí están profundamente arraigados —ya se ha dicho— en la Bildung de ese homúnculo que se ha dado en llamar “Hombre Nuevo”. Llama la atención que los primeros en liberarse de esta lógica humillante o en cuestionarse esa doble moral, tanto en Cuba como en el exilio, son aquellos que consiguen construir una vida útil y autosuficiente fuera de la lógica ficticia de elucubraciones ideológicas o aspiraciones de representatividad social. Como si una dieta de Thoreau o de Emerson fuese lo único capaz de reconstituir el locuaz organismo que ha estado demasiado tiempo inmerso en sueños de igualitarismo, sobredeterminación y utopía.
El problema es que tal enseñanza viene también acompañada de un deseo ferviente de olvidar el pasado, de aislarse, de construir a partir de cero y, por supuesto, de desvincularse de cualquier tipo de militancia política. Esa semilla de la indiferencia garantiza la nueva vida, donde las ganas de mejorar y de ganarse el pan encuentran finalmente su espacio “natural”. El exiliado, cuanto más próspero, menos gusta de mostrar el meollo del trauma político que lleva dentro.
Triste paradoja del exilio: que siendo el único lugar que puede curar, es también el único donde ya a casi nadie le interesa el trauma.
Ernesto Hernández Busto
Barcelona
http://www.penultimosdias.com/

odioafifo
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