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Una tarde anclada a mi memoria.

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Una tarde anclada a mi memoria.

Mensaje por Patrio el Mar Sep 01, 2009 11:58 am

Recuerdo aquel último encuentro como si fuera hoy. Por entonces anudaba en mi nuca una coleta rubia de la que ya solo queda un vago recuerdo y bronceaba mi piel bajo el mandato de aquel caudal incontrolable de testosterona que inundaba mis arterias, con el único y pertinaz objetivo de lograr una feliz cópula con cualquier hembra apetecible al alcance de las pupilas. Los veinte, esa década de la fugaz existencia que llamamos vida caracterizada por un derroche de sexualidad de forma espontánea, más acuciante en el Caribe por razones no explicadas por la ciencia pero que es una realidad. Mientras un europeo adolescente se prepara con ahínco para ingresar en la selecta cúpula de los hombres de éxito, el caribeño tiene una única preocupación, sumar vaginas a su curriculum como si de verdaderos trofeos sioux se trataran. Si los llamados descubridores del Nuevo Mundo, ese hato de bandidos que exterminaron a los indígenas,hubieran dado una posibilidad a nuestra comunidad de persistir sobre la faz de nuestra isla, habríamos comprobado que los hábitos de los nativos de norteamérica y los caribeños eran diametralmente opuestos. Mientras los norteños presumían de guerreros con unas sarta de cabelleras enemigas colgadas en su tienda, lo nuestros me atrevo a asegurar que colgarían himenes, exquisitamente desplegados para mostrar el número de féminas desvirgadas.
Lo recuerdo perfectamente y aun si me lo propongo puedo hasta percibir el olor del salitre de las olas rompiendo en el muelle del Náutico. Este antiguo club reconvertido en playa de la nueva hornada de proletarios por obra y gracia del máximo líder, era nuestro punto de encuentro habitual. Justo allí concluía el trayecto de la ruta 100 que nos trasladaba desde nuestro reparto La Palma, hasta la idílica costa del oeste habanero y se convirtió en sitio de exhibición de nuestros escuálidos bísceps ante las jovenzuelas que pululaban el mencionado enclave. El chico que veía en el espejo cuando me peinaba hace mucho tiempo que desapareció de mi vista, pero tu rostro lo tengo en mi memoria con una claridad increíble, casi puedo tocarte cuando cierro los ojos y pienso en tí. No sé, pero a veces llegas a mí en esas madrugadas que se anclan a mi terraza en busca de la quietud de la nostalgia, o en las raras tardes lluviosas de esta isla atlántica, cuando los arcoiris se detienen a abrevar en el cauce del barranco justo frente a mi ventana. Lo cierto es que con el paso de los años te acercas cada vez más como cuando compartíamos nuestras infancias y nuestros gritos infantiles se colgaban para siempre del parque de tu Santos Suárez natal. He visto cambiar mi rostro con el paso de los años, he visto a mi frente rechazar con brío la primera línea de los cabellos hasta llevar su frontera casi hasta la región occipital, he presenciado como en los extremos de mis ojos la piel tersa y en franca calma, se ha trocado en una tormenta de encrespadas arrugas, pero tu estás exactamente igual, no has cambiado en lo más mínimo, la misma piel, los mismos ojos achinados, pero sobre todo aquella sonrisa que te amanecía en los labios inundando de alegría el entorno. Puedo asegurar que Dios es caprichoso pero en tu caso siempre me recuerda a Dalí y su extravagancia, a solo él y no a otro se le habría ocurrido encajar una sonrisa tan tierna e infantil en un cuerpo de dos metros de estatura.
Aquella tarde la tengo clavada en mi memoria, como el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús en el rellano de la escalera de nuestra abuela. ¿Lo recuerdas donde estás?. Subir los escalones de la casa de abuela era una verdadera ascensión al espacio celestial, al final siempre aquella enorme imagen con el dedo pulgar y medio erectos en señal de franca disculpa por la verticalidad algo excesiva de la escalera, no sé si estimulándonos a concluir aquella subida similar al Annapurna o quizás en señal de perdón perenne al desliz de los albañiles. ¿De veras lo recuerdas?. De seguro ahora sonríes, pero yo debo confesar que a veces te lloro, quizás debimos jugar más, contarnos más cosas, compartir más que algunos genes incrustados en nuestras células, tal vez haber ido más veces juntos a ver jugar a nuestro Industriales de siempre o a corretear aun más por el viejo zoológico de la avenida 26. No sé, pero debimos conocernos más y entonces podría atesorar más recuerdos para mis madrugadas insomnes, escorado a expensas de una sobrecarga en la sentina de bacardíes con cola. Pero conservo aquella tarde y la memorizo con frecuencia, intentando limpiarla del paso de los años y conservar aquella última sonrisa para mis noches de sentimientos oscuros, para que me ilumine cuando por designio del destino deba atravesar la laguna Estigia hacia el reino de Hades. Tu sonrisa faro me previene de los escollos del odio que a veces en esas madrugadas de navegación por los recuerdos, amenazan el frágil casco de mi cordura.
Ese atardecer en el muelle del Náutico me confesaste que te ibas con un grupo de amigos del barrio, que todo estaba preparado y que en unos días nos llamarías desde Miami. Realmente lo creí, con los lógicos temores pero con la engañosa certeza de que tu fortaleza era indestructible, como si el estrecho temiera tu imagen de vikingo caribeño. El abrazo final y el "cuídate" de falso chamán andino, no fueron suficientes, la noticia corrió por el barrio con la velocidad de los carteros, todo el grupo desapareció tragado por el mar, ni la maltrecha balsa se dejó ver para servir de testigo a la tragedia. Tan sólo en la imaginación de tía Berta hasta el mismo día de su muerte, te mantenías a salvo en algún cayo como Robinson Crusoe a la espera de rescate.
¿Donde estás, primo?. A veces te busco entre las olas de esta isla donde rumio mi exilio, esperando que de un momento a otro salgas de entre los rompientes para regalarme tu fantástica sonrisa y decirme: ¿Jugamos, primo?.
Caray, te extraño, Tony, te extrañaré hasta mi muerte cuando al fin pueda buscarte entre tantos ahogados en el Estrecho y decirte: "Sí, vamos a jugar".
Perdón por seguir vivo.
Tu primo,
Patrio

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Re: Una tarde anclada a mi memoria.

Mensaje por cardenense el Mar Sep 01, 2009 8:48 pm

Estimado hermano que recuerdo tan triste, cuanto daño nos han hecho los asesinos de nuestro pueblo, de los que ya no estan y de los que vivimos pero con el alma en cuidados intensivos; algun dia todo lo pagaran, no se en que lugar si aqui o en el mas alla, pero lo pagaran.

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