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LA CAMAROTERA

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LA CAMAROTERA

Mensaje por EstebanCL el Vie Ago 14, 2009 10:54 pm



LA CAMAROTERA
-¡Ño! Este tipo me ha echao brujería, no la veo pasar desde que llegamos.
-¡Y pa’mí, no apuntes!, tengo unas cagaleras del carajo, las cervezas que me tomé ayer en el emboque de Regla me jodieron el estómago. Ella continuó en silencio su guardia de portalón, el muelle se encontraba vacío a esas horas de la tarde, el resto de la brigada andaba entretenida frente al televisor o descansando la borrachera del día anterior. El segundo oficial no lo interpretó como una insinuación o invitación a la cama, eran buenos socios y mantenían excelente comunicación, aunque con ella no era difícil tenerla. No se andaba por las ramas y lo decía todo con los colores que cada palabra llevaba. Su mirada se perdía vacía entre las ratas que deambulaban por el muelle, después giraba hacia la proa del barco buscando que apareciera algo o alguien. Él solo llegaba en horas laborales para atender los asuntos importantes, siempre se marchaba al mediodía cuando terminaba de almorzar, era la costumbre. Luego, podías encontrar esas piezas perdidas del juego en cualquier rincón frecuentado por los hombres de mar. Ella misma se acostumbró con facilidad a esa vida, era un hombre más de nosotros y podías hallarla hablando de galernas en El Conejito o en la barra de El Patio.
Sus gestos eran demasiado varoniles e inspiraba respeto, muchos comentaron que tenía tipo de torta, pero lo hablaban bien bajito. Cuando llegaban los víveres, dirigía a todos los hombres destinados a colocar la carga en la gambuza, impartía órdenes como el mejor contramaestre de la flota y todos la obedecían. Al finalizar, ella determinaba que era justo ofrecerles unas cervezas y nadie le ponía frenos, entraba a la nevera y sacaba dos cajas que se bebían entre bromas, muy aprisa y con esa sed insaciable que siempre nos acompañara.
No poseía una figura que hipnotizara, solo era beneficiada por la juventud y esa hambre insaciable de los lobos de mar. Algo pasada de peso que ocultaba muy bien su estatura, planchadita de nalgas, no tanto, pero no era culona como gusta a los cubanos. Si la observabas de espaldas no podías identificar a una mujer, siempre se pelaba corto y su musculatura era apropiada para cualquier levantador de pesas o boxeador. Tenía buenas piernas, eran muy necesarias para sostener todo el peso de su arboladura y aquellas tetas que tanto desvelo causaran en cada viaje. Esa era la parte más atractiva de su cuerpo, algo caídas por el peso y la fuerza de gravedad, muy voluminosas y de areolas dilatadas como tostones que se pegaran en su pecho. No tenía complejos y las cargaba sin ajustadores, pocos gastaban la vista para mirarlas en puerto, pero después de una semana de navegación eran altamente cotizadas y ella lo comprendía. No era bella tampoco, aunque no podía calificarse de fea, se daba un aire a Elena Bourke y el color de su piel era casi similar al de la cantante. Su boca era fatal aunque poseyera buena dentadura, por ella desfilaban todas las mala palabras del mundo cuando se enojaba.
Dicen que era muy complaciente y caritativa, dicen las malas lenguas que cuando ella iba a limpiar sus camarotes, aquellos depravados que hacían esas historias le solicitaban un filo para masturbarse. Fueron muy variadas las versiones, unos dijeron que se bajaba el pantalón y el blumer y luego se sentaba con las piernas abiertas hasta que terminaba el servicio solicitado. Otros contaban que se quitaba el pullover y mostraba los enormes senos mientras observaba aquel subir y bajar de una mano que siempre se detenía en un espasmódico disparo de semen. En todos los casos el tiempo transcurrido tuvo que ser muy corto, es lo normal en un mundo donde la vista se pierde entre olas y una que otra gaviota con rostro de mujer. Lo cierto es que nunca se escuchó una versión diferente, nadie manifestó haberse acostado con ella, ni los más ligones, ni los más calientes, todos la temían.
El segundo oficial escuchaba aquellas historietas que casi siempre servían para alimentar el morbo durante las tertulias del portalón, los salones del barco y las guardias del puente. Invariablemente las interpretó como una trampa tendida por los pícaros para ver quién era el valiente que se lanzaba. Las escuchaba y se reía, tampoco quiso despertar la ira de su socia y guardó hermético silencio sobre aquellos comentarios.
Cuando ella entraba a limpiar su camarote, él fingía continuar dormido y la atrapaba entre pestañas para cargar las baterías. Tal vez se diera cuenta de eso, quizás no, se decía a modo de consuelo. La camarotera se movía con descuido y en oportunidades sintió su aliento golpeándole la cara, situación que lo alteraba aún más y provocaban esos deseos desenfrenados de acariciarse entre las piernas. Muchas veces, su respiración algo agitada le llevaba el desayuno hasta la cama. Solo un día, el vaho del ron bebido la noche anterior invadió todo su camarote, fue bastante desagradable y se cubrió la cara con la sábana. Un día al mes su aliento era insoportable, ese día, él buscaba algún bultico delator bajo su pantalón mientras ella caminaba por los pasillos del barco. Si no lo encontraba, se conformaba con las ojeras oscuras y profundas que ella cargaba para convencerlo de que estaba con eso. Ese era el único día que él no la encaramaba sobre su cuerpo y resistía con placer imaginario todo el peso de aquella enorme mole de carne y hueso. Después de la regla, ella se sentaba sobre él con las piernas abiertas y repetía constantemente esa maniobra de máquina avante y máquina atrás sin parar. Dentro de su mente casi enferma acomodaba la cama y se colocaba una almohada debajo de las nalgas para eliminar esa tenue curva que dejara fuera quizás un milímetro de nervios inflamados, así, hasta exprimirle toda la mala idea acumulada en la cabeza.
-¡Toma, second! Luego me devuelves la toalla. La primera vez lo sorprendió, no pudo imaginar que envuelta dentro de aquel trapo se encontrara una botella de ron, ella se retiró rápidamente y no le dio tiempo a darle las gracias.
-¡Ese huevo quiere sal! Le dijo el timonel de guardia y prefirió no responderle, cualquier justificación despertaría las sospechas de la tripulación. Nunca supo por qué lo hizo, pero así era ella, impredecible. Era de las pocas primeras damas que se mezclaban con la tripulación, así le decían a las que vivían en el camarote del capitán. Algunas de ellas eran las que verdaderamente mandaban en el buque, nadie imagina el poder que se encierra en ese tibio y ansiado huequito.
Su mirada continuaba perdida en algún punto de la proa, tal vez insistentemente en dirección a la lanchita de Regla. Él no regresará, cualquier excusa era aceptada para justificar su salida del barco al mediodía, nunca más tarde de la dos, muchas veces más temprano, jamás antes del almuerzo. Los marinos no se acostumbraban al sacrificio del ayuno nacional o la dieta involuntaria para bajar de peso, el sonido de la campanita para llamarlos al comedor los perseguía hasta las salas de sus casas. Con la barriga llena de frijoles y sardinas, todos esperaban por la salida del capitán para comenzar a desembarcar. Después, podías coincidir con algunos de ellos en cualquiera de los rincones preferidos por los hombres de mar. Mojitos y cervezas lavarían las pesadillas del viaje anterior y la próxima derrota, el mundo se arregla con tragos y tarros. La barra, el barco, las nubes, el viento enfurecido, las olas que se levantan y tratan de devorarte. El estómago ocioso una fracción de la vida, el bolsillo vacío la mayor parte del tiempo, los testículos siempre ocupados de un líquido rancio y pegajoso que se dispara semanalmente entre sueños eróticos y manchan las sábanas. La mente contaminada con un solo pensamiento, peludo, húmedo, tibio o caliente, insistente, enfermizo, ¿cómo sanarlo? ¡Escapar! No hay lugar seguro donde pueda guardar los miedos de todos aquellos ojos que te persiguen y suplican algo, un par de zapatos o un poco de cariño.
-¡Ño! Este tipo me ha echao brujería, no la veo pasar desde que llegamos.
-¡Te lo juro por mi madre que tengo cagaleras! Se lo dijo en tono de jodedera y en serio también. Esta vez lo escuchó y le prestó atención. No era su tipo, no era una cuarta de su cuerpo.
-¡No jodas! Le respondió con indiferencia y algo de desgano, perdida entre las ratas que andaban con descaro por el muelle.
-¡No jodo! Yo sé lo que es estar a dieta, como si estuvieras navegando. Ella afinó el oído y lo miró otra vez fijo a los ojos, como tratando de adivinar algo dentro de un mensaje cifrado. La termoeléctrica dejó escapar algo del vapor acumulado en su caldera y produjo un ruido ensordecedor, una lanchita se aproximaba al emboque y otra salía. Ambas mostraban una guirnalda de seres colgando de sus puertas laterales, dos o tres pasajeros viajaban sentados en el techo. Se balancearon por las olas producidas por ellas mismas, el patrón de la que recalaba le puso la proa a la marejada y embarcó agua con la cabezada. La que partía daba lentos bandazos, su estabilidad era pobre, pensó el segundo oficial.
-¡Aquí no hay dónde amarrar la chiva! Dijo ella con una carga de frustración exagerada, pesimista, casi inconsolable.
-¡Siempre hay, siempre hay! No te detengas y busca, lo encontrarás.
-¿Por qué no tomas una cucharada de bismuto?
Ella abrió la puertecita del armario donde colgaban prendidas al techo varias copitas, nunca supo diferenciar el uso por sus tamaños o formas. Debajo y fijas a una especie de panal con círculos que limitaban sus movimientos, permanecían varias botellas de ron y brandy español que el capitán recibiera de regalo en Barcelona. Tomó las que consideró apropiadas para la ocasión y las llenó hasta la mitad de ron Havana Club carta blanca. Puso dos cubitos de hielo en cada copa y completó el espacio restante con jugo de toronja Taoro. Se sentó a su lado y alzó la copa.
-¡Por tus cagaleras! Brindó y él no pudo contener la risa.
-¡Por la brujería que te echaron! Un seco tin selló el brindis y ambos se llevaron las copas a los labios. Hablaron y lo hicieron hasta la desesperación, buscaron causas, razones y justificaciones que nunca habían encontrado. Hablaron y trataron de arreglar al mundo, ella volvió a servir las copas, pero esta vez trajo la botella y la lata de jugo hasta la mesita. Sacó la tartarita de hielo y la colocó cuidadosamente sobre una toallita doblada.
-Y tu hija, ¿qué edad tiene? Preguntó él cuando se habían agotado los problemas del mundo.
-Doce años, ya está en secundaria.
-¿No te ha reclamado que le falta la mamá?
-No, es muy feliz, me reclama zapatos, blúmers, íntimas, algún perfume y discos, pero no la encuentro triste. Además de eso, second, la felicidad no se puede limitar a nuestra presencia.
-Eso lo sabemos todos, pero a veces los muchachos son un poco más exigentes. Y tu marido, ¿qué dice?
-Nunca lo tuve, soy madre y padre a la vez.
-No es fácil.
-No, no lo sabes, hay que estar en ese lugar, no imaginárselo.
-Al menos te comprendo, ¿quién la cuida cuando no estás?
-Por supuesto que mi madre.
-¿Y tu padre?
-Tampoco está donde debió, hace años que no lo veo.
-Una historia muy común entre nosotros.
-¿Qué le vamos a hacer? La vida es la vida, y por cierto, muy corta.
-¡Claro! Hay que vivirla mientras podamos.
-¿Nos bañamos?
-Pensándolo bien, se me fueron las cagaleras.
La primera dama sacó una toalla de los armarios del camarote, todo se encontraba impecablemente limpio y ordenado. Él le levantó el pullover algo sudado y dejó sus enormes senos cubiertos y sostenidos por el ajustador. Ella alzó los brazos y miró con vagancia la caída de aquella prenda sobre la alfombra. Fue desabotonando la camisa de su uniforme y ésta cayó sobre el pullover mostrando con cierto orgullo la charretera de segundo del hombro izquierdo. Él le zafó los botones del gastado jean con cientos de singladuras, éste cubrió la charretera. Ella soltó con rabia y desesperación el cinto de su pantalón mientras él la ayudaba en aquella operación. Ambos estaban casi desnudos, un oscuro bulto se ocultaba bajo su blumer. Él soltó con hábil maniobra de dedos el prendedor del ajustador, los enormes senos cayeron y recordó las versiones escuchada de sus compañeros. Descendió hasta la altura del blumer, todo el misterio de aquella montaña oscura se encontraba a la altura de sus ojos, la fue bajando poco a poco, pacientemente, conteniendo su desespero, traicionando su respiración, condenando su olfato de pastor alemán, ignorando cualquier sorpresa. Levantó una pierna, luego la otra, mientras un campo de oscuros vellos acariciaban su nariz y trataban de penetrar por sus ojos. El elástico del calzoncillo se trabó con el glande, lo alzó nuevamente y estiró el elástico de la cintura hasta separarlo de él. Él levantó un pie y luego otro, a su lado descansaba un bulto de piezas. Frente a él, una mujer de treinta años desnuda, la misma que limpiara su camarote semanalmente, la que inspirara tantos comentarios, la que conquistara tantos sueños y orgasmos, desnuda. Todo era exagerado, se sintió por primera vez un enano. El agua de la ducha corría tibia sobre sus cuerpos, mientra el descaro del pecado concebido, danzaba con lujuria entre sus labios. La altura de aquella mujer lo obligaba a empinarse para pescar su lengua, el roce de los cuerpos enjabonados los invitaba a continuar, una densa espumareda se aferraba a un monte que no era de Venus y ocultaba de momento la provocadora belleza del contraste producido entre un negro oscuro como el azabache y aquel color canela de su piel.
Permanecieron desnudos junto a la mesita mientras ella servía nuevamente en la copa que nunca aprendió cuál era su uso, la más grande de todas era la apropiada para la ocasión. Los ojos de él iban recorriendo cada zanja producida por la celulitis y perdonada por los malos o buenos instintos, tal vez por el grado de alcohol acumulado en el organismo. Después, se sentó sobre sus piernas y protestó.
-¡Ño! Este tipo me ha echao brujería.
-No te quejes tanto, ya la viste pasar.
-Es verdad, el asunto es que resulta difícil ser fiel.
-¿Fiel? ¿Alguna vez lo fuimos en esta vida animal?

Esteban Casañas Lostal
Montreal..Canadá.
2009-08-14


FORO NAVAL CUBANO "Faro de Recalada"

EstebanCL
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Re: LA CAMAROTERA

Mensaje por Opossum el Vie Mayo 30, 2014 4:09 pm

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Opossum
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