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Vivir sin religión

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Vivir sin religión

Mensaje por odioafifo el Sáb Jul 18, 2009 11:31 am

Vivir sin religión

Vivimos en un mundo de constante enfrentamiento social, ya sea político, como religioso. Es curioso ver a lo largo de la historia lo que las diversas religiones han aportado a la humanidad. Existe un denominador común entre las diversas y variopintas religiones: la confrontación. Sí, la división, la clasificación y el marcar una escala social más en el arduo vivir del ser humano, el hechicero, el chamán, el brujo, el sacerdote, el pastor o el reverendo. De hecho, esto es el resultado de la ignorancia, y de la ignorancia se nutren las religiones. Este ensayo solo pretende dar a conocer que fuera del ámbito de creer o no creer que se puede vivir sin necesidad de hechiceros y adivinadores, que no solo viven del ajeno sino que inoculan una “infección” en la sociedad, marcando a su vez al infectado como un salvado, un salvado ¿de qué…?. Una “infección” que hace ver al alienado o reo de una doctrina como alguien elegido por tal o cual ente divino, o tal sacerdote para un determinado propósito de un supuesto dios, un dios verdadero. Cuando hablo de infección no es en un término peyorativo, más bien como algo que se inocula sin tener consciencia de las consecuencias ni de la realidad de tales supercherías. Cuando hablo de reo, evidentemente me refiero a aquel humano que sometido a un determinado dogma, religión o credo es incapaz de relacionarse con otro ser humano reconociendo su frágil fe, su mera fantasía, su sumisión a otros humanos que se autoproclaman iluminados, imprimados por algún dios y que suben a los altares a escupir contra la sociedad improperios, a condenar a sus semejantes por no practicar lo que ellos no practican, o a creerse con poderes superiores del Más Allá, sin conocer ese lugar, ni menos algo de ello. Auténticos caraduras y profesionales de la mentira.

Existe en el hombre una necesidad, un fuerte deseo de creer en un mundo más allá (1). Como dice Gonzalo Puente Ojea, el mundo de nuestros sentidos es demasiado infeliz, demasiado injusto, demasiado fugaz para que algunos puedan aceptarlo.(2)

De ese mundo “triste”, de esa finitud humana, de nuestras desgracias y limitaciones se nutren como he dicho antes las religiones. Pero en la imaginación humana, en la esperanza nace la fe, una creencia ciega ante el misterio, con la consecuente “perdida” de la realidad y del presente. Se vive en un futuro que no existe, se anhela una vida más allá de la real. Ese dolor que el hombre sufre, esa eterna duda del existir es como decía Azorín en una de sus citas, ”¡eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana” (3), es en lo que se recrean las religiones y que “maravillosamente” producen el arte sacro, para tormento de las almas dubitativas. Más para el sufrimiento el mortal agónico en vida. Ese pesimismo, esa catapulta hacia el desastre más inminente del ser humano en sus momentos de amargura, es el compost de las religiones. Fray Luis de León, escribió: “hos ego, digrediens lacrimis adfabar abortis: Vivite felices, quibus est Fortuna peracta Jam sua: nos alia ex aliis in fata vocamur” (4). Ante lo peor, nace la esperanza, desde el optimismo. La amargura desde el pesimismo, no hay nada mejor que amarga a priori para después soltar esa especia de agridulce esperanza fabricada en las mentes de los religiosos.

Desde el punto de vista histórico, las religiones han intentado conseguir y en muchos casos los han conseguido tener un poder mediático en la sociedad. Es cuando, no menos curioso, que ahora en los tiempos actuales, cuando los estertores de las religiones suenan más, quién recuerde su ambición histórica o critique su papel de poder sea tildado de antirreligioso. Término que intentaré desarrollar brevemente en un último apunte.

Por poner un ejemplo en la Constitución de España, naciente en Cádiz, su texto decía lo siguiente, “la religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única y verdadera” (x1). Creo que el texto no necesita de comentario alguno, sobre todo para notar realmente el verdadero significado y objetivo de la religión, el poder.

No solo las religiones no son precisamente un ejemplo de tolerancia, y regresando a la historia, tan denostada historia para algunos religiosos, tenemos frases lapidarias como las que oyó el duque de Angulema al frente de los Cien Mil Hijos de San Luis: ¡Rey absoluto e Inquisición!, ¡Mueran los ‘negros’!, epíteto con el que apodaban a los liberales. Y de aquello a los Principios Fundamentales del Movimiento, promulgados el 17 de mayo de 1958 (la Nación española consideraba “como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y Fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación.”) (6). Los que tenemos algunos años ya hemos conocido el resultado de “aquella inspiración”, el nacional catolicismo.

No quisiera terminar con la comparación histórica de la función social de la religión y del poder mediático que busca sin hacer un breve apunte político de nuestros tiempos en España. Ya el Sr. Bono hizo comentario de que la historia de España va unida a la de la religión, y que no se entendería ésta fuera de ella. Bien, evidentemente, el Sr. Bono, muy católico y devoto él, no cae el la negra historia de la religión en España, y que el patrón de ese país es nada más y nada menos que Santiago, “el matamoros”. Recordemos que esto último se ha dicho hasta hace unos pocos años y aún en la España profunda, aún se comenta y se afirma. En España profunda que gusta del Rocío, de la procesión y los encapuchados, del milagro en la cueva del pastorcillo, etcétera. Para contraposición tenemos al presidente de la nación Jose Luis Rodríguez Zapatero, que considera una “reliquia ideológica” la aspiración de la Iglesia Católica de que hay una “ley natural por encima de las leyes que los hombres se dan” (7). Igualmente el presidente de la nación afirma: “la democracia exige un estado aconfesional y una cultura pública basada en valores laicos. La Iglesia Católica puede mantener algunas posturas que evocan todavía la aspiración a que las leyes eclesiásticas estén por encima de las leyes de los polis, pero creo que esta actitud es ya una reliquia ideológica” (. Sí, reliquia ideológica como lo es en todo su conjunto la religión, incluidas las tres grandes religiones monoteístas. Y en ambas las religiones están vinculadas al estado de una manera solapada, así como antaño lo estuvieron activamente. Y aunque resulte ser contradictorio por quien lo dice, es digno de ser meditado: “lo peor que le puede suceder a la religión es que se identifique con un partido”. Así queda esa frase “lapidaria” que lo dice José Mª Martín Patino, jesuita y director de la Fundación Encuentro. Frase que no se ajusta a la realidad de la religión, la política; ambas cosas con aspiraciones “descontrol” y poder.


¿Es la religión algo totalmente prescindible para un creyente? Yo estoy convencido de que sí. Ahí tenemos al deísta con sus convicciones y sus creencias. Del gnóstico al místico, todos ellos con su fe en un “más allá”, en un “creador”, en un “arquitecto del universo”.

No deberíamos de olvidar igualmente al agnóstico que en su escepticismo puede albergar un atisbo de esperanza dentro de la razón. Y los límites de la razón, por supuesto. La negación del ateo lo hace dependiente de la religión, muerta la religión el ateísmo desaparecería. Dado que el verdadero problema de todo esto es la pugna de la religión por adquirir cotas de poder sobre la sociedad. Y ahí que el ateísmo, se revele ante tal ataque a las libertades más elementales.

Pero, para la religión y los religiosos el verdadero problema es precisamente el deísmo, que cada día gana más “adeptos”. Una forma de creer libremente en lo que uno entiende por nuestro paso por la vida y la muerte. El deísmo, prescinde de religiosos, de sacerdotes, de templos, de doctrinas, de hechiceros, etcétera. Puede ver a Dios en la piedra, en el río, en un corzo, o en una pequeña víbora. Es un observador de la naturaleza, de la obra del hombre, de lo que nos rodea. Positivando saca su fe, y su creencia en lo que cree un mundo sin fin, o un fin con continuidad, aunque sea contradictorio. El deísta “es un agnóstico con fe”, deposita sus límites en si mismo, sin exportarlo, ni importarlo de los demás. Según Rodolphe Kasser, “el gnóstico pide y busca la desaparición del mundo físico” (9), me pregunto: existe una religión que se separe del mundo físico.

En los estertores de la fe, de la doctrina religiosa, se intenta aunar fuerzas para atraer al deísta al seno de esas organizaciones de poder. Se ataca al ateísmo como si fuera una doctrina más, para hacer de todos los oponentes una horma similar y de esa manera justificar su forma de vida. Ahora bien, el deísta, lo es desde el momento que se da cuenta que su creencia no necesita de un chamán, o de un sacerdote que explique bajo verdades absolutas su misterio. El deísmo no necesita de una autoconfirmación, o de una justificación de vida en la creencia. Es mucho más místico, más íntimo. La relación dios persona es una y no extrapolable hacia ninguna posición. El místico huye de la liturgia, rechaza la idolatría de toda índole, ya sea en ídolos de yeso y madera o en libros sagrados. Es el pensamiento, la subjetividad y la objetividad empírica la que crea en una esperanza al deísta. La grandeza del hombre, de la naturaleza es al fin de cuentas la base que destruye a las religiones, a una vida sin religión. Al final de cuentas: vivir sin religión sin renunciar a una esperanza después de la finitud del hombre.

“¿Y qué decir de la Iglesia? Cuando su padre se hacía esa pregunta su voz se enfurecía aún más. -Monjes, frailes, sacerdotes, diáconos, archidiáconos, canónigos, abades, obispos -recitaba-: ¡cualquiera de ellos es igual que cualquiera de los señores feudales que nos oprimen!” (La Catedral del Mar, de Ildefonso Falcones. Grijalbo 2006)

Jean Pierre Dubarri.

http://www.elaverno.net/?page_id=82


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